LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO CONTADA HOY

Estamos tan acostumbrados a escuchar la parábola del buen samaritano, que no somos capaces de percibir la valentía de Jesús al pronunciarla

¿Cómo contaría hoy Jesús la parábola del buen Samaritano? En estos días previos a la Navidad, Dios me está haciendo ver escenas del Evangelio en vivo y en directo. No. No se trata de experiencias de oración. Son experiencias de vida con personajes de carne y hueso. Parece un cuento de Navidad, y está sucediendo ante mis ojos.

La parábola del buen samaritano

Me van ustedes a permitir que les cuente la parábola del buen samaritano con personajes y situaciones de hoy. O, si lo prefieren, me van a permitir que adapte una historia real al texto de san Lucas 10,25-37.

La parábola del buen samaritano. El texto

Se levantó un doctor en derecho canónico y, para poner a prueba a Jesús, le preguntó: «Maestro, ¿qué he de hacer para alcanzar la Vida Eterna?».

Jesús le respondió: «¿Qué lees en los Evangelios?»

El doctor dijo entonces: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo».

Dijo entonces Jesús: «Has respondido bien. Haz eso y vivirás».

El canonista, queriéndose justificar respondió: «Y, ¿quién es mi prójimo?»

Contó entonces Jesús la siguiente historia: «Había una familia numerosa en la cuneta del camino. Debido a una grave enfermedad del padre y a la mala salud de la madre, la situación económica se les había ido de las manos. La situación era tal que el padre decidió emigrar. Poco después, la madre y los hijos estaban a punto de ser desahuciados.

La parábola del buen samaritano
La parábola del buen samaritano

De ello se enteró una señora muy de la parroquia, que no pasó de largo porque era amiga del casero. La señora gritó desde lejos: «¡No ayudéis a esa mujer, porque su religión es falsa y solo viene a la Iglesia para pedir!».

Después pasó el sacerdote y dijo: «Pues, si tiene padres, que se vaya con ellos».

Pero un podemita, al enterarse de la situación, llegó junto a ellos y, al verlos, tuvo compasión. Les cedió la casa en la que vivía, pagó parte del alquiler y buscó otras personas para ayudar a la manutención de la familia.

¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo de quienes estaban en tan lastimosa situación?

El canonista respondió: «El que practicó la misericordia con ellos». Jesús dijo entonces: «Vete y haz tú lo mismo».

La parábola del buen samaritano. Breve comentario

He adaptado el diálogo de Jesús con el maestro de la Ley a un contexto cristiano. El resto de la historia ha sucedido tal cual. Se han omitido los detalles.

Después de estos preámbulos, entremos en el contenido de la parábola del buen samaritano. Esta parábola, que forma parte central de la encíclica Fratelli tutti, es muy incisiva.

Que los personajes que pasan de largo sean un sacerdote y un levita, no es un detalle menor. Cierto que había una razón legal para ello. También podemos argumentar que esta actitud tenía una justificación religiosa. No obstante, la elección de los personajes es una provocación por parte de Jesús. Sobre todo si tenemos en cuenta que el interlocutor es nada menos que un maestro de la Ley.

Dos personas religiosas pasan de largo, al tiempo que el hereje es puesto como ejemplo. ¿Qué quiere esto decir? ¿Acaso el objetivo de Jesús era molestar a los judíos cumplidores de la Ley? No lo creo y yo no he vivido de este modo el hecho real.

Desde la experiencia que he tenido, la parábola del buen samaritano es expresión del misterio de la Encarnación. En el hecho acontecido se ha hecho presente la Navidad. No había lugar para ellos en la posada. Porque, para entrar en la posada, hay que tener solvencia.

Los solventes pueden dar limosna, pero rara vez dan entrada. Para dejar entrar a Jesús, hay que tener entrañas de misericordia. Y esas entrañas no están bien repartidas. La Encarnación representa justamente esto. Un Dios que se abaja para hacerse uno de nosotros. No alguien importante, sino precisamente un mindundi. Y es ahí donde se manifiesta la verdadera humanidad. Porque es en lo más profundo de la humanidad donde está Cristo. Buscarlo en otra parte es idolatría.

Estos son mi madre y mis hermanos

Además de la parábola del buen samaritano, otro texto evangélico ha cobrado todo su sentido en esta historia. Algunos han querido ver en el texto de Mc 3,31-35 un desprecio a Nuestra Señora. Otros le dan la vuelta a esta interpretación para decir que nadie cumplió la voluntad de Dios mejor que María.

Sin embargo, hay un aspecto que no estaría de más tener también en cuenta y es el de la comunidad cristiana. Claro que la familia es muy importante. Desde luego que María está por encima del más fiel de los seguidores de Jesús. Pero quien ha tenido la experiencia del amor de caridad sabe bien que es muy superior al amor carnal. «Estos son mi madre y mis hermanos» tiene en este contexto todo su sentido.

Esta expresión vino a mi mente ante el caso que he narrado antes. El sacerdote, sin querer saber nada del caso, había dicho hacía algunas semanas: «Que se vaya con su madre». Y, cuando la mujer se sintió arropada, dijo: «No tengo aquí a nadie, y he encontrado una familia». Entonces sentí a Jesús decir: «estos son mi madre y mis hermanos». Y di muchas gracias a Dios.

¿Qué responder a quienes afirman que la Iglesia no es una ONG?

Es cierto. La Iglesia no es una ONG. ¡La iglesia es mucho más que una ONG!. Porque en una ONG hay personas especializadas que valoran los casos y distribuyen los recursos. En una ONG los donantes no son anónimos para la organización, pero sí que lo son para los receptores de la ayuda.

¿Qué diferencia existe o debería existir entre la Iglesia y una ONG?

En principio hay una diferencia muy evidente y es que la Iglesia abarca un abanico mucho más amplio de actividades. Entre estas actividades destaca el culto, que es lo que más la distancia de cualquier ONG. Pero los hombres de Iglesia no deberían considerar que la ayuda material no figura entre sus prioridades. El ser humano es una unidad. Y Jesús nunca dijo que algún asunto no fuera de su incumbencia. El ejemplo del buen samaritano muestra cómo debe ser nuestro amor.

Ahora bien, del mismo modo que la Iglesia no puede desentenderse de lo material, tampoco puede desentenderse de lo espiritual. Puede parecer extraño, pero así sucede a menudo. La Iglesia no debería tomar distancia de aquellos a quienes socorre. No se trata de hacer proselitismo. Se trata de interesarse por la persona. Que seguramente viene a nosotros porque no tiene para comer. Pero a menudo viene también reclamando atención. Con la autoestima por los suelos. Porque los pobres son culpabilizados por el mero hecho de serlo. Quizá no podamos decirles: «tus pecados quedan perdonados», pero sí podemos hacer que sientan el amor de Dios a través del nuestro. Y ese amor es redentor. Para ellos y para nosotros.

Claro que la Iglesia no es una ONG, pero no porque las necesidades materiales sean en otra «ventanilla», sino porque la Iglesia debe implicarse en la salvación del ser humano en su totalidad.

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