SAN PEDRO Y SAN PABLO, LOS COMIENZOS DE LA IGLESIA

San Pedro y san Pablo son las dos figuras más relevantes del Nuevo Testamento. Sin embargo, ninguno de los dos da el perfil que hoy consideraríamos ideal en un pastor. Más aún, es probable que ninguno de los dos encontrase obispo que quisiera ordenarlos. San Pedro seguramente sería rechazado por inmaduro. San Pablo lo tendría aún peor: problemas con la autoridad. Sin embargo, Cristo quiso que ellos fueran las dos columnas de la Iglesia naciente. Eso nos debería hacer reflexionar sobre los Apóstoles que quiere Jesús para su Iglesia. Desde luego no para buscar perfiles similares, pues ambos son irrepetibles. Pero sí para creer que la Iglesia no es obra de los hombres, sino de Dios.

San Pedro

san Pedro. Dibujo de una llave

Últimamente parece que a todo el mundo le ha dado por insistir en que san Pedro era un hombre débil y cobarde. No parece que esto sea justo.

San Pedro, una vida vivida «a tumba abierta»

Es cierto que se hundió cuando caminaba sobre las aguas al encuentro de Cristo (cf. Mt 14,30). Esto sucedió porque tuvo miedo. Pero, ¿quién no tendría miedo de noche y andando en medio del mar? Para juzgarle, lo que hay que hacer es observar el comportamiento del resto de discípulos. ¿Qué hicieron los demás? Pues lo que haríamos nosotros: observar en silencio la escena. San Pedro se puso, sin necesidad, en una situación de peligro. Y sintió miedo. Natural.

Y es cierto que negó a Jesús para salvar la vida (cf. Mc 14,68-71). Obviamente un gesto de cobardía y un pecado gravísimo. Pero, ¿dónde estaba él y dónde estaban los demás discípulos en ese momento? Él se había metido nada menos que en el Pretorio para ver qué pasaba con Jesús. Una verdadera temeridad. Claro que tuvo miedo. Pero ¿dónde estaban sus compañeros? Solo sabemos que huyeron despavoridos después del prendimiento de Jesús.

¿Quién fue el que cortó la oreja de Malco? Esa fue otra de las temeridades de nuestro querido Pedro (cf. Jn 18,10). Y, seguramente hubiera sido apresado de no ser porque Jesús curó a este sirviente del Sumo Sacerdote (cf. Lc 22,51).

No parece que la cobardía fuera una de las características de san Pedro. Lo que le caracteriza es que está siempre tirándose a la piscina… sin mirar primero si hay o no hay agua. El primer Papa de la iglesia fue un hombre muy impulsivo y muy imprudente.

Después de Pentecostés

No es antes, sino después de Pentecostés cuando san Pedro da muestras de debilidad (cf. Gal 2,11-12). En vida de Jesús, sus miedos vinieron motivados por las situaciones en las que se metió sin necesidad. Sin embargo ahora tiene la responsabilidad de la Iglesia. Y es en este momento cuando trata de nadar y guardar la ropa.

Él, que había abandonado las prácticas judías, finge respetarlas por miedo al escándalo. El poder le ha quitado la espontaneidad. La libertad de actuar según su conciencia. Es comprensible. Ya no actúa por cuenta propia, sino en nombre de toda la Iglesia.

Sin embargo, tiene la grandeza de no tomar represalias contra san Pablo, que acaba de reprenderle delante de todos. Y, de forma colegiada, admite que los paganos sigan a Cristo sin hacerse judíos. Es difícil imaginar hoy en día lo que esto tuvo que suponer en la Iglesia primitiva.

Elegido por Jesús

Según nuestra concepción de la jerarquía eclesial, un obispo puede ser cualquier cosa menos un insensato. Y, sin embargo, Jesús se fijó en él enseguida.

Podemos pensar que san Pedro ciertamente amaba a Jesús apasionadamente. Que, tal vez, Jesús lo eligió porque tampoco tenía mucho donde elegir. Sin embargo, sabemos que había otro discípulo del que sabemos que era «el discípulo amado».

Parece que actualmente hubiera alguna consigna para sostener que san Pedro era un cobarde y un garrulo. ¿No será que el perfil elegido por Jesús resulta escandaloso en el mundo clerical? ¿No estará nuestra Iglesia gobernada por una élite intelectual de hombres demasiado seguros de sí mismos? ¿Nos creemos de verdad que quien dirige la Iglesia es el Espíritu Santo?

Claro que dejarnos llevar por el Espíritu Santo no significa que la Jerarquía eclesial deba estar formada por un puñado de inútiles. No es necesario llegar a estos extremos para que quede evidenciado que el triunfo es de Dios y no nuestro. No es necesario imitar a Gedeón (cf. Jue 7,1-8). Pero necesitamos hombres «imprudentes» que se fíen más de Cristo y menos de la sabiduría humana. Pastores que no tengan miedo, por mucho que parezca que la barca se hunde.

San Pablo

san Pablo. Dibujo de una espada

De san Pablo querría destacar tan solo un par de cosas que llaman mucho la atención.

No me referiré a su experiencia espiritual, su encuentro con Cristo. Eso forma parte de la gracia de Dios y es un misterio de amor. Desde luego que esta experiencia es la que explica la increíble libertad de san Pablo. Pero ¿qué habría sucedido en la Iglesia primitiva sin la generosidad y el amor de san Pedro?

San Pablo insiste en que nadie le instruyó en la fe

Llama mucho la atención que san Pablo afirme que el Evangelio le fue directamente revelado por Jesucristo (Gal 1,12). Sobre todo teniendo en cuenta que hasta ese momento se había dedicado a perseguir a la Iglesia.

¿Alguien se imagina lo que sucedería hoy si un enemigo declarado de la Iglesia se erigiera a sí mismo como obispo? Alguien me dirá que san Pablo no se erigió a sí mismo, sino que fue erigido por el mismo Cristo. Sin embargo, ¿cómo sabían los Apóstoles que eso era cierto?

Y san Pablo insiste: «sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre» (Gal 1,16). Es decir, sin contar con nadie. ¡Menudas credenciales!

Solamente al cabo de tres años se digna subir a Jerusalén (cf. Gal 1,18) donde pasa quince días con san Pedro y conoce a Santiago. E insiste: «Y no vi a ningún otro apóstol» (Gal 1,19).

Situados en el contexto de la primitiva Iglesia, las palabras de san Pablo nos invitan a pensar en una nueva Iglesia diferente de la fundada por Jesús. En una herejía o, al menos en un cisma. San Pablo no intenta homologar su pertenencia a la Iglesia. Todo lo contrario.

¿Por qué san Pablo pone tanto empeño en no juntarse con los amigos de Jesús? ¿Por qué tiene tanto interés en dejar claro que no tiene nada que ver con ellos? ¿No parecería razonable esperar justamente lo contrario? ¿Por qué no ponerse inmediatamente al servicio de san Pedro? ¿Por qué no decir: «Cristo me envió y Pedro, comprendiendo que el Espíritu sopla donde quiere, puso sus manos sobre mí»?

Si ya debió despertar no pocas sospechas la repentina conversión de san Pablo, ¿por qué meter el dedo en la llaga haciendo alarde de insumisión?

Disputa teológica entre san Pedro y san Pablo

Del enfrentamiento entre san Pedro y san Pablo hay bastante literatura. Por eso no insistiremos sobre ello. Pero no está de más que nos pongamos en situación. Que la primitiva Iglesia estuvo a punto de volar por los aires. En tiempos posteriores, por mucho menos la Iglesia ha quedado muy tocada.

De un lado san Pedro, que defendía la tolerancia con los cristianos procedentes del paganismo. Sin embargo, como jefe de la Iglesia, no quería líos con los judíos conversos. De otro lado san Pablo cuya conversión supuso una ruptura radical con el judaísmo. San Pedro en la cuerda floja. San Pablo decidido a resolver el asunto de una vez por todas.

Hubo una solución satisfactoria para todos a corto plazo. Y no hubo represalias. Lo que hubo, de hecho y a largo plazo, fue una desaparición de las costumbres judías entre los cristianos. Fue providencial, pero seguramente mucho más traumático de lo que el Nuevo Testamento deja entrever.

San Pedro y san Pablo, una perspectiva actual

No es intención de este pequeño escrito criticar a ninguno de estos dos grandes hombres. Tampoco pretendo decir que Dios hizo maravillas con ellos, a pesar de sus defectos y aún de sus pecados. Eso también, pero no es el objetivo primordial de este escrito.

Lo que quiero es invitar a la reflexión. ¿Por qué Jesús llama al discípulo más imprudente para que sea cabeza de su Iglesia? Y, ¿por qué el Apóstol que lleva la fe en Cristo hasta los confines del imperio romano es justamente aquél que dice que no ha sido enviado por san Pedro?

A lo mejor porque la prudencia es incompatible con la fe. De hecho a Jesús lo tuvieron por loco. Y porque, para obedecer a Dios, muchas veces hay que desobedecer a los hombres.

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