LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

La Ascensión del Señor. Fotografía de la imagen situada en el retablo de la parroquia de la Santísima Trinidad en Collado-Villalba (Madrid)
La Ascensión del Señor. Parroquia de la Santísima Trinidad – Collado-Villalba (Madrid)

De la Ascensión del Señor nos hablan explícitamente los evangelistas S. Marcos (Mc 16,19) y S. Lucas (Lc 24,51; Hech 1,9). El texto de Marcos es muy escueto, pero dice a continuación algo que es muy significativo. Los discípulos salen inmediatamente a predicar por todas partes, «colaborando el Señor con ellos» (Mc 16,20). Cristo ha desaparecido de su vista, pero continúa presente y actuante.

El evangelio de Lucas señala que, después de la Ascensión, los discípulos se volvieron a Jerusalén «con gran gozo» (Lc 24, 52) y «estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios» (Lc 24,53). Los discípulos no se quedan tristes, ni se sienten huérfanos. Todo lo contrario. La presencia de Cristo es ahora más fuerte que cuando podían verle y tocarle. Más fuerte incluso que los días que pudieron pasar con él después de la Resurrección.

Ciertamente que la Ascensión del Señor no debió ser fácil para sus discípulos. Algo podemos intuir a través del testimonio del propio Lucas en el libro de Hechos. Algún toque de atención recibieron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?» (Hech 1,11).

¿No nos ha pasado a nosotros lo mismo? Creemos en Jesús, pero no le vemos. Nosotros, que vivimos una continua Ascensión, no sabemos qué hacer, nos sentimos huérfanos. No le vemos, porque miramos donde no es. Buscamos en el cielo, pero está en nosotros. En mí, pero también en quien Dios me ha entregado. Miramos fuera y lo tenemos dentro. Nos entristecemos, porque pensamos únicamente en nosotros mismos. Miremos únicamente al Señor, y unámonos a su gozo.

La Ascensión del Señor en la liturgia

La Iglesia prolonga el tiempo de Pascua durante cincuenta días. Exactamente hasta el domingo de Pentecostés. Entre el domingo de Pascua y el de Pentecostés se encuentra la Solemnidad de la Ascensión. Actualmente suele celebrarse el domingo anterior al de Pentecostés, séptimo domingo de Pascua. Sin embargo, tradicionalmente, la fiesta se celebraba el jueves anterior. Es decir, cuarenta días después de Pascua. ¿Por qué 40 días? Esto se debe al testimonio de Lucas (Hech 1,3). Ahí leemos que Jesús se apareció a sus discípulos muchas veces durante cuarenta días.

Así pues, la Solemnidad de Pentecostés tiene lugar diez días después de la Ascensión. A pesar de lo concreto de estas cifras, parecería que la Solemnidad de la Ascensión fluye entre Pascua y Pentecostés sin tener un lugar propio. ¿No dijo Jesús que convenía a los discípulos su marcha para que pudiera venir el Espíritu Santo? (cf. Jn 16,7). ¿Por qué entonces esperar diez días? Por otra parte, Jesús le dice a María que no le toque, porque todavía no ha subido al Padre (cf. Jn 20,17). ¿Se refería a la Ascensión? Pero no parece que Jesús hable de una subida definitiva.

En realidad Pascua, Ascensión y Pentecostés son aspectos diferentes de una única realidad. Cristo ha asumido la humanidad para siempre y ese es el don de la Pascua para nosotros. La Ascensión es la vuelta de Cristo al Padre, su triunfo definitivo. Pero no su marcha. Ahora ya no viene solo, sino que le acompaña su Espíritu encargado de cristificarnos. Y eso es Pentecostés.

La Ascensión del Señor, fuente de gozo para nosotros

Los discípulos vuelven a Jerusalén llenos de gozo (Lc 24,52). Y no paraban de bendecir a Dios (Lc 24,53). Ambas cosas van siempre juntas. El gozo viene del amor que Dios pone en nuestro corazón. Y ese amor produce en nosotros una inmensa gratitud que brota del alma en forma de acción de gracias y bendición.

Los discípulos tenían motivos objetivos para la alegría. Estaban unidos y el trabajo apostólico comenzaba a dar sus frutos. Su gozo, sin embargo, tiene un origen más profundo. No nace del éxito, sino del amor. El esposo acaba de desaparecer ante sus ojos (cf. Mt 9,15). Sin embargo, lejos de estar tristes por ello, se gozan porque ven las obras de Cristo actuando por medio de ellos.

Pero, desde el amor, hay una razón mucho más poderosa. Y es que, para Jesús, no hay cosa mejor que volver al Padre. Por mucho que sintamos su ausencia, por muchas crisis que sufra la Iglesia. Aunque le echemos de menos, aunque nos parezca que carecemos de referentes en nuestro entorno cercano. Cristo está vivo y está sentado a la diestra del Padre. Y nosotros sentimos un enorme gozo y damos muchas gracias a Dios por ello. Porque él es el centro de nuestro amor y todo lo demás es secundario.

«Si me amaseis, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo».

Jn 14,22

La Ascensión del Señor es para nosotros motivo de gozo. Y es también fundamento de nuestra esperanza.

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