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Conversión es sinónimo de transformación. Quien se convierte, se transforma en algo que antes no era. Ahora bien, en qué consista la conversión depende en gran manera de la situación inicial de quien se convierte.

Tres situaciones desde las cuales entender la conversión

En función de dicha situación inicial, en el cristianismo la conversión puede ser entendida básicamente de tres formas diferentes.

Conversión como incorporación a Cristo

Conversión. Pila bautismalSi la persona de la que hablamos no era cristiana, la conversión consiste en la aceptación de la fe y su posterior incorporación a la Iglesia por medio del sacramento del Bautismo. No es por casualidad que en estos casos se hable expresamente de conversos. Éste es el sentido que en sus orígenes tenía la palabra conversión.

Conversión como vuelta a la vida cristiana

Conversión. Foto de un confesionarioOtro caso diferente es la de aquellos que, después de haber sido incorporados a la Iglesia por el bautismo, pecan gravemente de forma continuada. Hablar de continuidad y no simplemente de actos pecaminosos tiene su importancia. En la vida de una persona, un solo acto puede marcar un antes y un después. Sin embargo, es la continuidad lo que va modelando nuestro modo de ser. Por eso, para hablar propiamente de conversión –y no solo de arrepentimiento- es importante que la situación pecaminosa tenga de alguna forma carácter permanente.

Las situaciones que pueden darse son de muy diversa índole, aunque seguramente el caso paradigmático es el del abandono consciente de la fe, y no sólo de cierta práctica. En este caso la conversión, más allá del aspecto sacramental, supone necesariamente, no sólo un arrepentimiento sincero, sino también un largo camino de regreso, más allá de la práctica pastoral que la Iglesia pueda adoptar. Porque las heridas de la vida dejan huellas profundas en el corazón y es muy difícil recuperar la confianza una vez perdida.

La conversión como tarea de todos los cristianos

Conversión. Miércoles de cenizaMás difícil de abordar es el tercer modo de entender la conversión y en él nos centraremos. La Iglesia nos enseña que todos sin excepción estamos llamados a la conversión. ¿Qué significa entonces la conversión para aquellos cristianos que no han perdido la fe, que no han abandonado las prácticas religiosas y que tratan de guiar su vida con unos criterios morales iluminados desde la fe?

Conversión desde la mediocridad

En este último caso nos encontramos con una primera dificultad. Según la definición de conversión, parece que el convertido debería transformarse en algo que antes no era. Ahora bien, si todos necesitamos conversión y la conversión es una transformación radical… entonces la conversión no puede ser entendida de forma exclusivamente individual sino que implica a toda la Iglesia.

Y aquí nos encontramos la primera paradoja. Porque la llamada de Dios es a todos y cada uno de nosotros de forma individual. Pero si esa conversión debe ser una transformación radical del ser humano (individual) y todos estamos llamados a ella, eso significa que la Iglesia entera está llamada a esa conversión, a esa transformación radical. Esto coloca a esta tercera clase de conversos en una situación complicada dentro de la Iglesia, cosa que puede comprobarse leyendo la vida de los santos.

La conversión no tiene nada que ver con la corrección de faltas

Convertirse no es evitar esos pecados recurrentes con los que cada cual lleva toda su vida luchando con mayor o menor éxito.

El que tiene mal genio, hará bien en dulcificar su trato con los demás. Si a alguien se le pegan las sábanas por la mañana, hará bien en levantarse aunque no le apetezca. Y si alguien está siempre pensando mal de los demás, no estará de más que se mire al espejo de vez en cuando. Pero la conversión es algo que no puede quedarse en aspectos de nuestra personalidad, sino que abarca a la persona entera.

La conversión no consiste en perfeccionar nuestra personalidad. Esto es obra de la educación –no confundir educación con urbanidad- y es tarea de toda la vida para cualquier ser humano, sean cuales sean sus creencias. Madurar como ser humano es algo muy conveniente, pero la conversión es otra cosa.

Convertirse no es cambiar cosas, sino cambiar uno mismo y hacerlo, además, de forma radical. Esta radicalidad comienza justamente por sacar a la propia persona del centro de su propia atención. Arrancarla de raíz de sus seguridades.

Conversión. Hombre besando su imagen en un espejoQuien busca su propia perfección, lo hace mirando hacia sí mismo. Podría decirse, incluso, que está más lejos de la conversión que quien se busca a sí mismo de manera más burda pues, en su sutileza, está bruñendo una falsa seguridad que le blinda ante lo radicalmente nuevo. Esto puede verse claramente reflejado en los evangelios. De qué formas tan distintas fue recibido el mensaje de Jesús por sus contemporáneos. La parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 8,9-14) ilustra perfectamente lo que quiero decir.

La conversión no será nunca obra nuestra

Nadie puede cambiarse a sí mismo. Podemos cambiar cosas nuestras, pero la transformación en algo diferente de lo que somos no puede ser nunca obra nuestra. Filosóficamente es imposible, puesto que, en el momento del cambio, habría desaparecido el sujeto. Y teológicamente sabemos que tampoco es posible, porque todo lo que somos y tenemos es obra de Dios. "¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?" (Mt 6,27).

De ahí que, amonestar a los fieles para que se conviertan, es tarea inútil.  Más aún si no se concreta en qué consiste esta conversión, ni cómo puede ser llevada a cabo.

Tarea de la Iglesia es más bien crear las condiciones necesarias para la conversión. Por ejemplo, ofreciendo ejercicios espirituales en los que el núcleo central sea la oración personal –y no las charlas- de modo que cada uno tenga la oportunidad de encontrarse a solas con Cristo. Y, sobre todo, viviendo aquello que se predica.

Caravaggio. Conversión de san PabloEn cualquier caso, la conversión no es algo que uno consigue con su esfuerzo, sino algo que Dios concede a quien quiere. Siempre sin mérito de nuestra parte, algunas veces incluso sin buscarlo (cf. Hech 9,1ss; 1 Cor 15,8) lo que no quita para que lo pidamos insistentemente en la oración.

Convertíos y creed en el Evangelio

Jesús comienza su predicación diciendo: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Este mandato de Jesús es tan claro que puede resultar equívoco, si no lo situamos en su contexto.

Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán y, a continuación, va al desierto donde permanece cuarenta días. A su vuelta va a Galilea –su tierra- y comienza a predicar diciendo que se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca.

Jesús está predicando a judíos creyentes y les está diciendo que está a punto de cumplirse aquello que la Escritura había anunciado y que ellos llevaban mucho tiempo esperando. El mensaje de Jesús es Buena nueva (=Evangelio) porque, por fin, Dios va a cumplir sus promesas y va a llegar el tan ansiado Reino de Dios.

Lo que ocurre es que, cuando las cosas que anhelamos tardan demasiado en llegar, nos acomodamos y acontece con frecuencia que perdemos el interés. Es un mecanismo de defensa el resignarse ante la adversidad, de tal modo que el ser humano puede llegar a preferir “lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Jesús dice: “¡Convertíos!”, pero no hace ninguna referencia a los pecados de los presentes, ni siquiera de forma genérica. Nosotros esperaríamos que, tras este llamamiento, viniera una reprimenda. Pero Jesús no hace ningún reproche, ni siquiera dice: “creed en Dios”. Lo que dice es: “creed en la buena noticia”. Por eso, el imperativo “convertíos” hay que leerlo a la luz de la buena noticia y no al revés.

La conversión como seguimiento

En los versículos siguientes se nos relata la invitación que Jesús va haciendo a algunos hombres (Simón y Andrés; Santiago y Juan). Jesús no habla de sus pecados, ni siquiera para perdonarles. Tampoco les dice que vaya a hacer de ellos mejores personas. De hecho, los evangelios no tienen ningún reparo en poner en evidencia la torpeza e incluso la ambición de los apóstoles.

Solamente les invita a seguirle. Y les dice que hará de ellos “pescadores de hombres”, es decir, que ellos llamarán a otros del mismo modo que Jesús les llamó a ellos.

La motivación para seguir a Jesús no viene de la obligación moral, sino del descubrimiento de algo nuevo e ilusionante. En esto consiste la conversión: en creer que el mensaje de Jesús es una buena noticia. Dejar todo para seguir a Jesús es la consecuencia.

La Buena nueva del Reino de Dios

Quien sigue a Jesús no lo hace por ningún tipo de dependencia. Cualquiera puede decir que habla en nombre de Jesús y prometernos una vida dichosa –aquí o en el más allá- si le seguimos. La propia institución eclesial no está exenta de esta tentación.

Conversión. El Reino de Dios es como un tesoroLo que Jesús ofrece es algo por lo cual merece la pena dejarlo todo. Recordemos las parábolas del Reino (cf. Mt 13). En particular la del tesoro escondido (cf. Mt 13,44). Cuando alguien encuentra un tesoro… cuando lo encuentra… Porque dejarlo todo no es el fin, sino únicamente el medio. Cuando alguien descubre lo que vale la pena, se olvida de lo que no vale la pena. Y lo que vale la pena se descubre en la vida, no en los discursos.

En el Nuevo Testamento no se nos dice lo que es el Reino de Dios. Los judíos estaban muy familiarizados con los escritos proféticos en los que se anunciaba su venida. El Reino de Dios es, literalmente, el reinado de Dios. Es decir, una realidad en la que se hará patente el triunfo de Dios, en la que los hombres respetarán la ley de Dios. El profeta Isaías es particularmente explícito al describir este Reino (cf.  por ejemplo Is 25).

Conversión. Dios, fuerza de los débilesEl Reino de Dios es promesa de salvación para los débiles, lo cual tiene consecuencias –no directamente buscadas- para los poderosos. Yahweh es un Dios que escucha las súplicas de los débiles y se pone siempre de su parte. Los salmos son muy explícitos en este sentido.

La conversión al Reino de Dios

En este contexto, la conversión es formar parte de este Reino de Dios, ponerse de parte de Dios, de un Dios que –en nuestras relaciones humanas- no es nunca neutral. De un Dios que escucha las súplicas de quienes no tienen otro valedor.

La conversión consiste en entrar a formar parte del Reino de Dios. Es importante insistir en que el Reino de Dios no se hace, sino que se acoge. El Reino de Dios no es una ética, sino un regalo. Precisamente ése es el espíritu de las Bienaventuranzas.

El Reino de Dios es promesa de salvación. Una salvación no condicionada. La única condición es creer, abandonar las seguridades humanas para poner la confianza en Dios.

Conversión. Una nueva forma de relacionarnosEl Reino de Dios es regalo comunitario. La nueva realidad surge cuando las personas crean entre sí nuevas relaciones no marcadas por el dominio y el abuso. Eso no es obra humana, y tampoco puede recibirse en solitario, aunque la mirada nueva sí que es algo totalmente personal.

El Reino de Dios pasa desapercibido. Dios está en las cosas pequeñas, Elías descubrió a Dios, no en el huracán, ni en el fuego, sino en el susurro de la brisa (cf. 1 Re 19,11-13). La verdadera conversión es la conversión del corazón. A los humanos nos gustan las transformaciones espectaculares, pero la conversión es obra de Dios. Dios pone amor en nuestro corazón y limpieza en nuestra mirada. Por nuestra parte, y como solía decir san Ignacio de Loyola, somos “todo impedimento”.

Aún así, el Reino de Dios es contagioso (cf. Mt 13,33). Por eso, no debería preocuparnos tanto recuperar a quienes han abandonado la Iglesia, cuanto recuperar el gozo de sabernos hijos de Dios.

Corona de Adviento. Capilla del colegio de las Escolapias en Cercedilla (Madrid - España). Adviento, espera y esperanzaEl Adviento es sobre todo acompañar a María en la espera de su Hijo. La liturgia de este tiempo, sin embargo, se centra sobre todo en la espera de los novísimos. La relación entre ambas esperas tiene un sólido fundamento teológico en la virtud teologal de la esperanza, por más que pedagógicamente sea complicado el encaje de ambos enfoques.

Jesús es el Mesías esperado y su llegada corresponde a los últimos tiempos. Últimos tiempos que son inaugurados con la Encarnación y que culminarán con la segunda venida de Cristo en la Parusía. La esperanza cristiana gira alrededor de la espera de Cristo.

Ahora bien, la concepción individualista de la salvación, que ha primado en el imaginario cristiano y también en las predicaciones e incluso en la teología, ha difuminado el triunfo de Cristo sobre la muerte para centrarse en la muerte de cada uno. Así, lo que en su origen fue –y continúa siendo- un mensaje de esperanza, se ha vivido más bien como algo triste e incluso como una amenaza.

Espera y esperanza

Comenzaremos por distinguir entre espera y esperanza. La espera tiene un matiz de pasividad. Alguien puede esperar algo que habrá de suceder en cualquier caso. Por ejemplo, quien espera un hijo no puede hacer otra cosa que aguardar el momento del alumbramiento. La esperanza, sin embargo, supone un estado de ánimo que puede contribuir a la realización de aquello que se desea. Quien tiene verdadera esperanza, pone todos los medios a su alcance para que el bien que espera se haga realidad. Poca esperanza demuestra entonces quien se limita a esperar.

Pequeño brote que representa la esperanza
Esperanza

Ahora bien, resulta en extremo difícil adoptar esta actitud esperanzada ante una fecha que inexorablemente sabemos que va a llegar. Sabemos que Jesús nació hace más de dos mil años y sabemos que el 25 de diciembre ni siquiera es la fecha de su cumpleaños, sino más bien la cristianización de unas fiestas paganas. ¿Cómo recuperar la ilusión infantil de la Navidad? Ilusión que, por otra parte, tenía por objeto más bien los dulces y los regalos.

Reloj de arena que representa la espera
Espera

Más difícil todavía. ¿Cómo ilusionarnos ante la igualmente inexorable certeza de que habremos de morir? El color morado característico de la liturgia de este tiempo tampoco ayuda a esperar con ilusión. Más que esperar la Navidad, lo que invita es a desear que el Adviento termine cuanto antes.

¿Cómo podríamos entonces motivarnos para vivir un Adviento verdaderamente esperanzado? Hemos oído muchas veces que lo que los cristianos debemos esperar es que Cristo nazca en nuestros corazones. Cierto. Pero, ¿eso no es algo que el cristiano debe pedir a Dios continuamente? ¿Qué tiene de especial la Navidad, más allá de las comilonas, los regalos y esa falsa caridad que se instala en algunos y que con tanto sarcasmo retrató Berlanga?

Esperanza y pobreza

La cuesta de enero ofrece sin duda un contexto mucho más adecuado para darle a la Navidad un sentido más cristiano. Porque la verdadera esperanza –que no la espera- requiere experimentar la carencia. Quien tiene esperanza es porque sabe que no lo tiene todo y que, además, aquello que le falta, no lo puede conseguir solamente con sus propios medios. No se espera aquello que se puede comprar, sino aquello por lo que debemos luchar a sabiendas de que, aún así, necesitaremos alguna ayuda para conseguirlo. Uno no espera un coche (salvo que piense que se lo van a regalar), pero sí que espera encontrar trabajo. Y también muchos esperan llegar a fin de mes. Esa experiencia humana de carencia nos coloca en disposición de entender mejor el Adviento y también el Evangelio.

Esperanza. Dibujo de un pobre descalzo y con un hatillo a la espaldaEs evidente que la carencia puede ser de muchos tipos y que podemos experimentar nuestra necesidad de salvación de muchas formas. Pero la carencia económica nos acerca a la realidad del Evangelio de una forma especial. En primer lugar porque ese es el contexto en el que se sitúan los Evangelios. Pero, además, porque la pobreza material lleva consigo muchas otras carencias. La pobreza suele llevar consigo falta de salud, debido a la mala alimentación y a la falta de atención sanitaria. Cuando esa pobreza se arrastra desde la infancia, lleva también consigo la falta de preparación académica. En nuestras sociedades opulentas, donde la gente no se sabe relacionar si no es gastando dinero, la pobreza también lleva consigo soledad. Y lleva a la falta de oportunidades, dado que en las relaciones entre pobres es difícil que alguien pueda darte la mano.

Virtud teologal de la esperanza

Puede parecer que esto no tiene nada que ver con Jesús de Nazaret. Puede parecer que estamos planteando una esperanza puramente material, como si nos estuviéramos olvidando de la esperanza que es virtud teologal. Nada más lejos de nuestra intención.

ESPERANDO A JESÚS. Él es el fundamento de nuestra esperanza, el origen de nuestra fe y el centro de nuestro amor. Nacimiento en la Parroquia del pueblo de Navacerrada (Madrid - España)
ESPERANDO A JESÚS Él es el fundamento de nuestra esperanza, el origen de nuestra fe y el centro de nuestro amor

Más bien es al contrario. Cuando los cristianos ponen la esperanza cristiana de forma exclusiva en las postrimerías, están dejando en suspenso nada menos que la vida que pasa a ser, de este modo, poco más que un paréntesis. Este vacío, que una fe intensa puede llenar de obras de misericordia con las que prepararse para la muerte, se convierte para la mayoría en un espacio propio que cada cual llena como puede. La esperanza cristiana se convierte de este modo en un plus que influye poco o nada en la vida. Esto sucede especialmente en una cultura como la nuestra en la que difícilmente estamos dispuestos a hipotecar el presente en aras de un futuro incierto.

Pero es que esas predicaciones que parecían cosa del pasado y hoy –aunque dulcificadas- vuelven a estar presentes en algunos sectores de nuestra Iglesia, no se corresponden con lo que los Evangelios nos transmiten. Al menos no presentan la totalidad de lo que leemos en ellos, sino que se centran en algunos pasajes olvidando muchos otros.

Aprender de Jesús

¿Cómo nos presentan los evangelistas a Jesús? ¿Puede alguien recordar un solo pasaje en el que Jesús explique a sus discípulos –o a la gente- cómo deben prepararse para la muerte? Jesús prepara a sus discípulos para el momento en el que se quedarán solos, cuando él sea crucificado. Pero esa es otra cuestión.

Escultura del Buen PastorJesús enseña a vivir. Lo enseña a sus discípulos y a todo aquel que le quiera escuchar. Jesús se compadece de la gente y va curando toda dolencia y toda enfermedad. Y, por supuesto, llama a la conversión y perdona los pecados. Y, cuando habla del juicio final, no habla de prácticas religiosas, sino de amor al prójimo. Amor efectivo, concreto, visible. Amor al próximo, al que está a nuestro lado. No obras de caridad institucionalizadas. Nadie está llamado a arreglar el mundo. El mundo se arreglará cuando cada cual arregle lo que está a su alcance. Jesús nos enseña a vivir de modo amoroso, pasar haciendo el bien, lo mismo que hizo él (Hech 10, 38).

Vivir en esperanza es vivir esperándolo todo de Dios. Y es en eso en lo que se puede distinguir al creyente del que no lo es. Cuando buscamos nuestras seguridades –también materiales- en lo que no es Dios, entonces Dios pasa a ser algo irrelevante. Algo así como un título más que añadir a nuestro currículo. Es el catolicismo de algunos, que supone más fuente de escándalo que de testimonio para quienes no han conocido a Cristo, por más que hayan oído hablar de él.

Vivir en el amor

Nacimiento¿Cómo prepararnos entonces para la Navidad? Sean cuales sean nuestras circunstancias, viviendo con alegría esperanzada. Amando la vida y a quienes la comparten con nosotros. Y el amor es naturalidad. El amor forzado no es amor. Vivir la presencia de Cristo en la realidad que a cada uno le haya tocado vivir.

Quien tenga mucha familia y los días navideños sean de mucho jaleo, que no anhele la soledad, sino que trate de hacer felices a los demás en la oportunidad que Dios le da. Si alguien se ve obligado a vivir estos días en soledad, que no se deje llevar por la nostalgia o la autocompasión, sino que llene su corazón de la compañía de Cristo. Quien disfrute de una posición desahogada, que no dé de lo que le sobra, sino que comparta de lo que pensaba gastar en los suyos o que regale comida de la que ya compró para su casa. Pero si alguien, no pasando necesidad, no tiene sin embargo para regalos y celebraciones, que no se entristezca ni se deje llevar por la envidia, sino que recuerde que Jesús nació en un pesebre.

La penitencia autoimpuesta lleva a la soberbia. El amor, en cambio, purifica. El sacrificio sin amor no vale de nada. El amor, en cambio, hace fáciles todas las cosas. La Navidad es el momento de dar gracias al Padre por habernos enviado a su Hijo. Y, es momento también de dar gracias por todos los dones recibidos. El don de la vida. El don de la fe. El regalo que suponen los demás para cada uno de nosotros. Quien tenga salud que dé gracias por estar sano. Quien ha recobrado la salud, que dé gracias por ello. Y quien esté enfermo, que agradezca el cariño y la generosidad de quienes le rodean.

¡Ven Señor Jesús!

Así nuestra vida será reflejo de la fe que profesamos, haciendo presente a Cristo en nuestro mundo. No con la elocuencia de nuestras palabras, sino con la alegría de nuestro corazón. No con la propaganda de las grandes obras, sino con el reflejo de una mirada limpia y un corazón agradecido.

Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen

Cristo Resucitado fundamento de nuestra fe
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Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano!

Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo.

Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe». (1 Corintios 15, 1-14)

Cristo resucitado fundamento de nuestra fe

Cristo resucitado, fundamento de nuestra fe. Discípulos de Emaús. Cuadro de Jan Wildens

Ante la cruz todo parece venirse abajo. La muerte es el final del suplicio, pero también de toda esperanza. Es el “nosotros esperábamos” de los discípulos de Emaús.

Si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría ningún sentido. Podría acaso salvarse una forma heroica de ver la vida, una nueva moral muy generosa, pero está claro que no tendría ningún sentido una oración dirigida a Jesús y, por consiguiente, tampoco a María ni a ningún santo.

La dificultad no se salva argumentando que, como Cristo era Dios, continúa vivo. Porque, si bien es cierto que Dios no puede morir, eso haría de la Encarnación una especie de fingimiento no muy distinto del que predicaba el docetismo.

Cristo continúa presente en medio nuestro

El núcleo del cristianismo no es una moral, por muy sublime que ésta sea. Cristo resucitado fundamento de nuestra fe. El núcleo del cristianismo es que Cristo continúa presente en medio de nosotros. Con una presencia real en la Eucaristía, pero también de manera espiritual pero no menos verdadera en nuestro interior. Cuando el cristiano ora, no mira hacia fuera, sino que entra en su interior y es allí donde se encuentra con el mismo Cristo. Los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte para que vivamos una Vida Nueva (Rom 6,3-4).

Cristo resucitado fundamento de nuestra fe
Jesús con María Magdalena - El Marco

Esta Vida Nueva consiste en encontrarse con Jesucristo y dejarle entrar en nuestra vida de modo que forme parte de ella y se convierta en presencia continua. Esto no significa necesariamente pasar el día rezando. Se trata más bien de una compañía constante, algo así como un continuo saber que Cristo está contigo. Cristo resucitado fundamento de nuestra fe. El "hallar a Dios en todas las cosas" del que nos habla san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. 

Es evidente que vivir de este modo supone una determinada moral, pero poner la obligación moral por encima de la fe no puede ser sino motivo de amargura y no raras veces de soberbia. Por el contrario, la fe lleva a la alegría y a la humildad. A la alegría que nace de la confianza, porque el Amor de Dios no depende de mis méritos. A la humildad, porque uno se va haciendo cada vez más consciente de que con sus propias fuerzas no puede dar ni un solo paso, que cada vez que intentas hacer algo por tu cuenta, no haces sino meter la pata y que todo lo que eres o consigues hacer es un regalo de Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo.

La pasión de Cristo. Cristo en la cruz. Cuadro de Barocci
La pasión de Cristo en el centro de la vida del cristiano

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Anónimo español publicado por primera vez en 1628)

LA PASIÓN DE CRISTO EN EL CENTRO DE LA VIDA DEL CRISTIANO

Sentimientos encontrados

La pasión de Cristo nos engancha por la fuerza del Amor hasta el extremo. Al mismo tiempo, las escenas tan duras se nos hacen insoportables hasta el punto de provocar en nosotros un terrible rechazo.

Cristo nos atrae, su amor nos enamora. Pero el sufrimiento nos echa para atrás. Esto sucede especialmente a medida que la experiencia de vida nos va haciendo cada vez más conscientes de que, efectivamente, esto es un “valle de lágrimas”. Por cierto que la cultura actual trata por todos los medios de olvidar el sufrimiento. Mientras tanto, los telediarios se encargan machaconamente de amargarnos la sobremesa.

 

La oración en estos días

Pero entonces, ¿cuál es la oración adecuada en estos días?

Imagen tridimensional de Cristo coronado de espinas. En la foto de la imagen solamente se ve el rostro a modo de busto.
La pasión de Cristo

El domingo pasado (de Ramos), me estremecí al escuchar la canción que tuvieron la ocurrencia de cantar en misa. “Oh Dios por qué nos has abandonado”.

El canto debió parecerles muy adecuado. La letra es aparentemente muy respetuosa con el salmo 21 (salmo responsorial de la misa). El plural, sin embargo, cambia por completo el sentido que dicho salmo tiene en el contexto del Domingo de Ramos.

En el contexto de la Semana Santa, cantar o rezar el salmo 21 en plural raya en lo blasfemo. Porque la identificación con Jesucristo no pasa por fingir que sus vivencias son nuestras vivencias. Pero, sobre todo, porque la Cruz de Cristo es precisamente el sello de la Alianza de Dios con nosotros. Es justamente la prueba de que ni nos ha abandonado, ni nos abandonará jamás.

Y, por si eso fuera poco, el canto resultó obsceno en el contexto en el que se estaba cantando. Por el lugar y por el momento histórico ¿Acaso tenemos nosotros motivos para sentirnos nada menos que abandonados por Dios cuando no nos falta de nada, al tiempo que nuestro silencio cómplice está impidiendo que otros muchos experimenten por nuestro medio que Dios les ama?

Sentido de la pasión de Cristo

Muchas veces se ha dicho que no debemos quedarnos en los sentimientos. Sin embargo, ante una situación tan dramática, es difícil no quedarse en lo evidente. El terrible sufrimiento físico y espiritual de Jesús. No sólo la muerte en cruz, sino también el abandono de los suyos y, lo que es mucho peor, el aparente fracaso de su misión hasta el extremo de rezar: “Oh, Dios, ¿por qué me has abandonado?”.

El hecho de que sea un salmo no le quita fuerza, sino todo lo contrario. Jesús eligió ese salmo y no otro. Puestos a interpretar, Jesús podía haber rezado así: “aunque pase por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”.

Imagen de una chica joven sentada en el suelo y hecha un ovillo sobre sus piernas dobladasEl cristiano que reza ante la cruz de Cristo se encuentra con esa situación, que es la misma que puede imaginar cualquier persona -creyente o no- con un mínimo de empatía.

Pero entonces, ¿qué encuentra el cristiano cuando medita sobre la pasión de Cristo? La empatía desencarnada puede ser incluso gratificante. No es difícil sentir devoción ante la contemplación de la Pasión de Cristo. Por el contrario, la empatía encarnada produce un intenso malestar –no exento de miedo- que nos lleva a huir e incluso negar a Cristo, no ya ante otros, sino incluso en nuestro interior.

Fotografía de un chico que se tapa la cara con las manos y al que solamente se le ve el pelo y un ojo que aparece muy abierto entre dos de sus dedos. La huida puede tomar la forma de rechazo, pero también existe una forma de huida hacia adelante que es dar la pasión de Cristo por amortizada y pasar directamente a la Resurrección. Esto último es en realidad un paso en falso, porque la Resurrección es algo totalmente Nuevo y no simplemente el final del sufrimiento (especialmente cuando dicho sufrimiento nos lo podemos dosificar nosotros a voluntad).

La cruz como acto redentor

obstáculoEn la espiritualidad cristiana la cruz es al mismo tiempo iluminación y oscuridad. A través de la cruz se nos muestra el rostro de Dios. Pero la cruz es al mismo tiempo un objeto cuyo significado se nos oculta a causa de nuestros prejuicios. Y no es para menos.

luz de CristoLa cruz no puede ser tomada a la ligera, pero lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el mismo Dios actuando –de forma misteriosa- a través del sufrimiento de Jesucristo.

El núcleo central de la fe cristiana no está en una genérica fe en un Dios amoroso que nos dice que tenemos que ser buenos. Esto es tan impreciso que prácticamente equivale a no decir nada.

El centro de la vida cristiana es mucho más concreto y consiste en creer que Jesucristo es Dios de una forma misteriosa (Santísima Trinidad) y que se ofreció voluntariamente al Padre para nuestra Redención.

cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros. Palabras que aparecen sobre un dibujo de un cordero desangrándoseLa teología católica ha explicado este ofrecimiento con las categorías de sacrificio que encontramos en el Antiguo Testamento. Estas categorías son muy difíciles de asimilar para la mentalidad de hoy. Pero, categorías aparte, lo irrenunciable de nuestra fe es que Cristo murió por nuestros pecados. No solo a causa de nuestros pecados (lo cual es obvio), sino también para liberarnos de nuestros pecados.

Como si presente me hallase

Eso significa ir más allá de lo sentimental a la hora de contemplar a Cristo en la cruz. Ante el sufrimiento injusto y cruel de Jesús uno puede sentir compasión o espanto, pero ninguna de las dos cosas tiene nada que ver con la fe. Son reacciones espontáneas que se pueden fomentar o eludir, pero que no afectan al núcleo más profundo de la persona.

En lo nuclear de la fe está el hacerse presente a ese sufrimiento. Presente de una forma espiritual pero mucho más real que la representación imaginativa de la escena. Es ser parte de la acción, no para tomar el lugar de alguno de los personajes que estuvieron presentes en Jerusalén, sino haciéndome presente en el corazón del propio Cristo que ha muerto “por mi”, en su doble acepción: “por mi causa” y “a favor mío”.

Ése es el centro de nuestra fe, una fe que no consiste en mero asentimiento intelectual sino que, para ser verdad, tiene que hacerse convencimiento profundo y motivador de un cambio real de vida. Bien entendido que dicho cambio de vida rara vez será espectacular: la calidad espiritual suele estar más bien en los detalles.

El amor con el que Dios nos ama

La meditación ante Cristo crucificado es así meditación más bien sobre el amor que Dios nos tiene. “Por mí”. Dios ha hecho esto “por mí”.

¿Lleva esto a pensar que el sufrimiento tiene en la vida cristiana un lugar preponderante? Pienso que no, no al menos como nos lo han podido transmitir algunas veces.

San Pedro. Cuadro de Francisco de Goya
San Pedro (Francisco de Goya)

Ante Cristo crucificado, la conclusión no puede ser otra que un profundo acto de contrición. Si mis pecados -nuestros pecados- tienen tales consecuencias, yo no tengo ningún derecho a tomármelos a la ligera y lo menos que puedo hacer es pedir perdón con toda mi alma. Es precisamente esta contrición la que me libera de mis pecados. No hablo de los pecados pasados, sino de los presentes y de los futuros. Hablo en suma de esa gratitud que nos cambia por dentro: “yo tampoco te condeno, vete y, en adelante, no peques más”.

Esto lleva a un conocimiento interior que no es fruto de la introspección, sino del reconocimiento del amor que Dios me tiene. Esa confianza nos da fuerza para encontrarnos en nuestro interior, no con nuestras miserias (lo cual es insoportable) sino con Él.

Otra imagen de Dios

Ante el escándalo que provoca que Dios haya cuanto menos permitido que su Hijo muriera de forma tan ignominiosa, quiero terminar haciendo una breve reflexión.

No sabemos por qué Dios permite ciertas cosas. En La Ciudad de Dios, San Agustín justifica de forma muy ingeniosa que lo que es malo para unos es bueno para otros. El mal no sería nunca algo absoluto. En este caso, lo malo para Jesús sería bueno para nosotros.

El lavatorio. Cuadro de Tintoreto
El lavatorio (Tintoretto)

Más allá de cualquier modo que tengamos de justificar –o no- la existencia del mal en el mundo, lo que la cruz nos muestra es una forma muy distinta de ser Dios (“el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor”). Ésta es la forma que Dios tiene de responder al eterno deseo humano de “ser como Dios”. Éste -y no otro- es el pecado original. En la Biblia no se habla de manzana, sino de “fruto”.

La cruz debería ser de este modo vacuna antes que escalera, guía que apunta al cielo por el camino de la entrega y el sacrificio, huyendo de todo lo que sea apariencia o autobombo.

Navidad

Imagen animada de un árbol de navidad con sus luces parpadeando
Navidad. ¿Qué tiene que ver el misterio de la Encarnación con los abetos? Eso es otro misterio, ciertamente.

No voy a entrar en la cuestión de cómo se celebra  hoy la Navidad. Eso es algo que todos sabemos. Hace muchos siglos, ante el dilema de suprimir o dar el cambiazo, la Iglesia decidió cristianizar unas fiestas paganas y hoy el paganismo ha recuperado lo que era suyo. Se trata únicamente de la fuerza de la gravedad: cuando las fuerzas que elevan el espíritu decaen, las cosas caen por la fuerza de su propio peso.

Y tampoco voy a entrar en el espíritu navideño que a algunos católicos les embargaba por estas fechas en forma de solidaridad transitoria, como de forma cruelmente sarcástica caricaturizó Berlanga en su película Plácido.

El misterio de la Encarnación

El misterio de la Encarnación. imagen animada en la que aparecen la Virgen y san José con el niño Jesús de quien salen unos rayos de luz parpadeantes. En contra de lo que pudiera parecer, al hablar de la Navidad lo fácil es explicar el contenido dogmático que encierra la fe en el misterio de la Encarnación. Decir que el Verbo de Dios se hizo carne, que la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre, ése es el gran dogma de nuestra fe, la seña de identidad del cristiano.

Decirlo es fácil. Creerlo no es fácil ni difícil: se cree o no se cree. Pero vivirlo... ¡ah! vivirlo. Eso es otro asunto.

Pero, ¿qué significa el Misterio de la Encarnación? Dicho de otro modo, ¿qué significa para nosotros este misterio de nuestra fe? ¿Qué diferencia hay entre creer únicamente que existe Dios y creer que Jesús de Nazaret es Dios?

Creer en Dios y no creer en la divinidad de Jesucristo es perfectamente compatible con tener una imagen de Dios cercano y preocupado por los hombres. Aunque sería un error olvidar la imagen concreta que de Dios nos transmiten los Evangelios. No ya como Padre, sino como "abba" (papá).

Hijos en el Hijo

Fragmento de la Creación del Mundo. Fresco de Miguel Ángel que se encuentra en la Capilla Sixtina. En el fragmento aparece únicamente Dios creador. Pero hay más. Con la Encarnación, la humanidad queda de algún modo santificada. Y digo "de algún modo" porque hoy en día circula de forma implícita una creencia ciertamente herética como si el hombre pudiera llegar a ser Dios. Hoy en día no existe debate teológico de ningún tipo. Las ideas no se afirman, solamente se sugieren y así uno queda indefenso ante ciertas corrientes.

Somos "hijos en el Hijo", lo que quiere decir que nadie es hijo fuera de Cristo. Y lo de ser "otros Cristos" tampoco significa la divinización del hombre, de ningún hombre y tampoco de la humanidad como tal. No es la divinización lo que nos enseña en Nuevo Testamento, sino la kénosis:

6Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
7al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
8se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

9Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
10de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
11y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.(Filp 2,6-11)

El seguimiento de Cristo

Cristo en el huerto de Getsemaní. Cuadro de Heinrich Hofmann. 1890.
Christ in the Garden of Gethsemane
Heinrich Hofmann, 1890

Éste es el Dios en el que creemos y, para ser "otro Cristo", no hay otro camino que la cruz: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24). Es el "aprendió sufriendo a obedecer" de Heb. 5,8. Así es Dios y no como nosotros nos lo imaginamos:

Es que Dios sabe muy bien que el día en que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal (Gn 3,5)

 

Perseus. Escultura de Antonio CanovaDe modo que la el Misterio de la Encarnación no es sólo ni fundamentalmente una lección acerca de la cercanía de Dios, sino más bien una lección acerca de quién es realmente Dios, de cómo es Dios. Justo lo contrario de cómo nos lo imaginamos nosotros.

«Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» (Mc 9,35)

 

Brotes. FotografíaCreer en Cristo es creer que solamente por Cristo, con Él y en Él podemos llegar a Dios. Y eso significa creer también que el Reino de Dios crece por la fuerza de Dios a partir de una semilla muchas veces invisible. La Evangelización es obra de Dios, no nuestra. Las técnicas de marketing están de más en la Iglesia. Y también están de más los métodos antiguos, tales como centrarse en la educación de las élites. Dios se manifiesta dónde y cómo quiere, generalmente donde menos pensamos.

Dios ha escogido más bien a los que el mundo tiene por necios para confundir a los sabios; y ha elegido a los débiles del mundo para confundir a los fuertes (1 Cor 1,27)

Navidad