LA CONFESIÓN FRECUENTE

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario.
Confesionario. Concatedral de Santa María de la Redonda. Logroño

El objetivo de este artículo es mostrar la confesión frecuente como lo que es, como un regalo de Dios. No una práctica piadosa, ni una costumbre, ni algo que se parezca a una obligación. Más bien una oportunidad muy especial para crecer en la vida espiritual.

Suponemos conocidas las cinco condiciones para realizar una buena confesión. Y damos por supuesto que, quien lee estas líneas valora la práctica de una confesión frecuente. Si no es así, pueden descargarse gratis el libro de Benedikt Baur.

Hay que decir también que la práctica del Sacramento de la Reconciliación ha variado mucho a lo largo de los tiempos. Por ello, no estará de más tener algunas nociones acerca de la historia de este sacramento. Alguien podría pensar que un cambio tan radical en el modo y las condiciones para administrar un sacramento compromete seriamente la fe. Nada más lejos de la realidad. Exceptuando la Eucaristía, de ningún sacramento tenemos testimonio tan contundente en la vida de Jesús. Jesús de Nazaret perdonó los pecados a numerosas personas, como atestiguan con profusión los evangelios. No es de extrañar pues, que la Iglesia busque todas las formas posibles de hacer lo mismo.

Por otra parte, este artículo está muy relacionado con el tema de la conversión. En este mismo blog pueden encontrar un artículo cuya lectura recomiendo: Cuaresma tiempo de conversión.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario (la puerta de la izquierda es para el sacerdote y la puerta de la derecha para el penitente)
Confesionario. Iglesia del Carmen (Cercedilla)

Confesión frecuente y examen de conciencia

Confesión frecuente. Fotografía confesionario
Confesionario. Ermita Virgen del Valle. Saldaña (Palencia)

Sabemos que, para recibir válidamente la absolución, no es imprescindible confesar todos los pecados veniales, Esto significa que no debemos tener escrúpulos después de la confesión. El sacramento de la reconciliación es un momento de gracia, no de condenación.

Dicho esto, aunque la absolución sea de todos los pecados, para que Dios sane nuestras heridas, tenemos que reconocerlas. No las reconoce quien se confiesa de generalidades. Lo difícil no es, como suele pensarse, decir los pecados al confesor. Lo difícil es reconocer de verdad nuestros pecados. Es tan doloroso, que muchas veces no somos capaces de ver lo que para los demás es evidente. Por eso no basta con reconocer aquellos pecados en los que siempre caemos. Y no es buena señal que, en la confesión frecuente, nos confesemos siempre de las mismas cosas.

No digo que no vayamos a caer una y otra vez. Lo que digo es que, a medida que crece nuestro amor, aumenta la percepción de nuestro pecado. Quien en la confesión dice siempre lo mismo, es porque se confiesa de aquello que ya tiene asumido.

En el examen de conciencia no somos nosotros los que le decimos a Dios en qué le hemos ofendido. El examen de conciencia es el momento en el que Dios pone el dedo en la llaga y es entonces cuando somos sanados. Es lo que le sucedió a san Pedro cuando cantó el gallo. Y eso no es obra nuestra, sino gracia de Dios que hay que pedir.

Pedir conocimiento interno de nuestros pecados. Descubrir nuestros pecados va mucho más allá del reconocimiento de nuestras limitaciones. Es la experiencia del amor que Dios nos tiene lo que marca la diferencia. No fría introspección, sino confianza y gratitud.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario
Confesionario. Iglesia de S. Bartolomé. Logroño

La confesión frecuente y la importancia de decir los pecados al confesor

Acabamos de decir que, cuando Dios toca nuestras heridas, estas quedan curadas. Alguien puede pensar que no hay entonces necesidad alguna de ir a confesar. Especialmente si no hay pecado mortal.

Es cierto que un acto de contricción perfecta alcanza el perdón de los pecados, incluso de los pecados más graves. Y es cierto también que, no habiendo pecado mortal, no habría estricta obligación de confesar posteriormente. Pero no estamos en el terreno de la obligación, sino del amor.

Y, en el terreno del amor, tenemos tres razones muy poderosas para confesar los pecados ante el confesor. Vayamos de menos a más.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario
Confesionario. Parroquia de san Telmo. Palencia

El reconocimiento de los pecados debe ser concreto

La primera razón es de orden psicológico. Esa frase tan oída: «yo me confieso con Dios», no es más que un pretexto. Tener que contarle los pecados a una persona, te obliga a verbalizar. Y esto tiene mucha importancia. Porque verbalizar significa concretar. Más allá de un vago sentimiento de culpa, concretar es destapar las heridas. Es quitar la gasa que las cubre y que tantas veces está adherida a nuestra piel supurante.

En gran medida, un buen examen de conciencia es más consecuencia que requisito. Si no tuviéramos que decir los pecados al confesor, fácilmente podríamos pensar que buena gana de hacer un buen examen de conciencia… si Dios ya lo sabe todo. ¡Dios sí, pero nosotros no! Ir a confesar es dejarnos curar por Dios, aunque nos duela.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario
Cofesionario. Iglesia parroquial de san Martín. Ortigosa de Cameros (La Rioja)

Una buena oportunidad para ser humildes y agradecidos

La segunda razón es de orden espiritual. A todos nos gusta dar una buena imagen, parecer mejores de lo que somos. Pues bien, después de haber abierto tu corazón a Dios, ¿por qué habrías de tener inconveniente en abrir tu corazón al sacerdote?. Ese pequeño acto de humildad es una penitencia muy ligera que gozosamente podemos ofrecer a Dios.

Bien entendido que humildad es sinónimo de verdad. No sería humildad confesarte de cosas que no has hecho o exagerar tus pecados. Resulta extraña esta observación, pero no es sin fundamento. A menudo es más fácil confesar con brocha gorda, que dejarse tocar por el dedo de Dios. A la hora de hacer examen de conciencia, cuesta más ajustarnos a la verdad, que acusarnos de alguna barbaridad. Porque la verdad solamente puede ser alcanzada cuando nos dejamos alcanzar por Dios.

Cuando esta gracia se recibe en el examen de conciencia, la gratitud es tal que eso de «yo me confieso con Dios» no tiene cabida. Cuando hay contrición, no cabe el «ya he cumplido». El gozo y la gratitud aumentan al expresarse.

La confesión frecuente. Fotografía de dos confesionarios iguales en la concatedral de Santa María de la Redonda. Logroño
Confesionarios. Concatedral de Santa María de la Redonda. Logroño

Recibir el perdón de la Iglesia

Confesión frecuente. Fotografía confesionario
Confesionario. Ermita Virgen del Valle. Saldaña (Palencia)

Finalmente, la tercera razón es de orden sacramental. En el examen de conciencia mismo, Dios ya me ha perdonado. No es un sentimiento, es una certeza desde la fe. Porque no estamos hablando de un examen moral, sino de abrir mi alma al Señor y dejarme amar por él. A partir de ahí, la confesión ante un sacerdote no es, ni mucho menos, un acto superfluo. Todo lo contrario. Es un acto eclesial y, como tal, algo dichoso. Dios ya me ha perdonado, y yo he encontrado un sacerdote con el que abrir mi corazón como al mismo Cristo.

Cuando se trata de la confesión frecuente, ayuda mucho que el sacerdote sea siempre el mismo. No es imprescindible y, además, conviene no confundir confesión con dirección espiritual. En todo caso, es muy conveniente por varias razones. Una de esas razones es la confianza. Confianza en un doble sentido. Tener confianza con el sacerdote ayuda a una buena comunicación. Pero más importante aún es confiar en el sacerdote. Por otra parte, que el confesor te conozca, le pone a él las cosas más fáciles, lo cual redunda en tu beneficio. Menos explicaciones que dar y consejos más certeros. Aunque no hay ninguna duda de que el Espíritu sopla donde quiere.

En cualquier caso, está la Iglesia y está la gracia de Dios otorgada por medio de la Iglesia. Dios ha puesto en mi corazón el arrepentimiento, me ha perdonado antes de que yo le pida perdón, ha puesto a alguien que me escuche y me oriente. Y, además, me llena de su gracia por medio del sacramento de la Reconciliación. ¿Se puede pedir más? «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). ¡Qué gran verdad y qué gran regalo!

La confesión frecuente. Fotografía de confesionario
Confesionario. Monasterio de Valvanera. Brieva de Cameros (La Rioja)

Peligros a evitar en la confesión frecuente

Este apartado no debe ser interpretado como un contrapeso a todo lo que acabamos de decir. Todo lo contrario. En la confesión frecuente no hay «peros», lo que puede haber es una praxis deficiente. Y, sobre todo, lo que hay es mucho por descubrir. Todo un camino por delante para sacar de la confesión frecuente el mayor fruto.

Confesión frecuente y escrúpulos

Parece que esto es cosa de otros tiempos, que hoy más bien pecamos de lo contrario. Pero no hay que descartar que, en un momento u otro, cualquiera pueda padecerlos.

No es este el lugar, ni soy la persona indicada para entrar a fondo en este tema. Solamente diré -y con la mayor prudencia- que los escrúpulos en la confesión parten tal vez de mirar más hacia nosotros mismos que hacia Dios. Mirando hacia nosotros mismos, nunca hacemos una buena confesión. Porque ni nos conocemos a nosotros mismos lo bastante, ni se nos alcanza el abismo del amor que Dios nos tiene. La raíz de una buena confesión está en la medida de nuestra gratitud a Dios. El fondo de nuestra alma es como un pozo oscuro y lleno de porquería. Sólo descubriendo allí a Dios, podemos quedar en paz.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario
Confesionario. Iglesia parroquial de san Martín. Ortigosa de Cameros (La Rioja)

Confesión frecuente y rutina

Los autores que hablan de la confesión frecuente, señalan una periodicidad máxima de un mes. Yo prefiero no cuantificar la frecuencia. Creo que es más importante la regularidad. Y, sobre todo, respetar los ritmos de cada uno. No digo que un tiempo demasiado corto pueda ser agobiante para determinadas personas, que también. Estoy pensando, más bien, en el tiempo necesario para un crecimiento espiritual. Si ese crecimiento espiritual no se da, aunque sea mínimo, podemos caer en la rutina.

Lo peor que le puede pasar a alguien que busca crecer en la vida espiritual es hacer las cosas por costumbre y de forma mecánica. Voy a decir una barbaridad. Es preferible caer en el pecado, que caer en la rutina. Porque el pecado puede ser un choque que nos haga despertar. La rutina, en cambio, tiende a perpetuarse.

Por eso es tan importante que seamos muy cuidadosos a la hora de hacer el examen de conciencia. No escrupulosos, pero sí minuciosos. Que el arrepentimiento sea lo más sincero y profundo posible. No hay nada peor que una confesión hecha «porque toca» y de cosas a las que no damos importancia.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario.
Confesionario. Iglesia de Santa María del Camino. Carrión de los Condes (Palencia)

Confesión frecuente y moralismo

Conviene dejar muy claro que no estamos oponiendo moralismo a laxitud. No estoy sugiriendo que la moral no importe. Pero lo que está aquí en juego es el amor a Dios. Viene a mi recuerdo la respuesta que Jesús dio a Simón: «Al que poco se le perdona, poco amor muestra» (Lc 7,47).

Personas que tal vez hacen examen de conciencia todos los días. Pequeñas faltas acumuladas. Examen de conciencia tal vez como una simple suma de lo examinado a diario. ¡Qué fácil tener la impresión de que estamos haciendo lo correcto! Especialmente si lo hacemos por obediencia. La obediencia también puede ser al confesor.

Claro que no se trata de pecar más para amar más. Y tampoco pretendo sugerir que, cuanto más tiempo transcurra, más oportunidad de pecar habremos tenido. Claro que no. Lo que quiero decir es que existe una semejanza entre la vida espiritual y montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que mirar al horizonte. Como mires a la rueda de la pegas. En la vida espiritual conviene tener los ojos fijos en Cristo y no tanto en uno mismo.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario
Confesionario. Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Briones (La Rioja)

Confesión frecuente y ritualismo

Ritualismo es entender el sacramento como un rito de purificación. Esto sucede, por ejemplo, cuando las personas piensan que no pueden comulgar si no se confiesan primero. Estamos hablando de personas que han confesado hace poco y que no tienen conciencia de pecado mortal. Esto no es de suyo malo y puede revelar incluso una gran sensibilidad hacia la Eucaristía. Pero conviene saber que el sacramento de la Reconciliación es mucho más que un requisito.

Hay, sin embargo, una forma de ritualismo menos piadosa. Existe relación entre ambas formas de ritualismo, pero en rigor son dos cosas diferentes. Hablamos aquí de esa actitud de la que otras confesiones cristianas nos acusan. Como si los católicos no tuviéramos ningún problema para pecar, con confesarnos después, asunto resuelto. Esto es obviamente una exageración, pero sí que tiene algo de cierto. Es lo que el Papa Francisco llama la «tintorería«. Obviamente, el sacramento de la Reconciliación no tiene nada que ver con esto. Al confesionario no vamos para «lavar» nuestros pecados. En la confesión nos encontramos con Cristo, que nos abraza con su misericordia. Algo muy diferente de un rito de purificación.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionariio
Confesionario. Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Briones (La Rioja)

Confesión frecuente y propósito de la enmienda

Al arrepentimiento no le hemos dedicado ningún apartado, porque está presente a lo largo de todo el escrito. Pero no podemos terminar sin mencionar siquiera el propósito de la enmienda. Claro está que el arrepentimiento lleva de suyo al deseo de nunca más pecar. Sin embargo, sabemos que somos pecadores y vamos a caer una y mil veces.

La confesión no puede llevarnos entonces a sentirnos «limpios», ni a recuperar la autoestima. El fruto de la confesión es más bien ser un poco más humildes. Reconocer que por nosotros mismos no podemos nada. Pero sintiéndonos, al mismo tiempo, seguros y confiados en que Dios lo puede todo. El propósito de la enmienda no se expresa con un: «no lo volveré a hacer» que sabemos que es mentira. Propósito de la enmienda es más bien suplicar a Dios que no nos permita que nos apartemos jamás de él.

La confesión frecuente. Fotografía de un confesionario
Confesionario. Monasterio de Valvanera. Brieva de Cameros (La Rioja)

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Monasterio de Valvanera. Brieva de Cameros (La Rioja)

Agradezco a mis amigas Alicia y Soledad por las fotos que me han enviado desde La Rioja y Palencia respectivamente.

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2 comentarios en “LA CONFESIÓN FRECUENTE”

  1. Obrigada, Maria. Falas da confissão de um jeito diferente. Um jeito que nos faz desejar o perdão sacramental e não apenas cumprir um dever ou um rito rotineiro. Obrigada por ajudar a crescer no amor a Deus.

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