Saltar al contenido

Conocimiento interno del Señor. Dibujo a carboncillo del rostro de Jesús coronado de espinasConocimiento interno del Señor, es el encuentro de nuestro ser más íntimo con la persona misma del Resucitado. Es intimidad y es búsqueda. Es personal e intransferible. Va mucho más allá de la doctrina o de las prácticas religiosas. No es consuelo, sino aguijón y, sin embargo, es lo único que puede llenar nuestro corazón inquieto.

La búsqueda de Dios puede tomar muchas formas, aunque siempre debe ir acompañada de la búsqueda de la verdad.

Para quien ya es cristiano, esa búsqueda de Dios no puede ser otra que la búsqueda de Cristo. Alguien podría pensar que, quien ya es cristiano, ya se encontró con Cristo y no precisa buscar más.

Nada más lejos de la verdad. En primer lugar porque, salvo una experiencia como la de san Pablo, el encuentro con Cristo es siempre mediado. Y, por tanto, a medias mientras no haya un encuentro personal más allá del testimonio de otros. En segundo lugar porque el encuentro con Cristo, como todo encuentro personal, es siempre algo en proceso. Por ello, cuanto mayor es nuestro conocimiento interno del Señor, mayor es nuestra percepción de lo lejos que estamos de conocerle y de amarle.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE S. IGNACIO [1]

 

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son una forma no infalible, ni tampoco imprescindible, pero sí muy eficaz de alcanzar este conocimiento interno. Estoy hablando del mes de ejercicios.

Lo que san Ignacio pretende es recrear en lo posible la experiencia que los discípulos tuvieron con Jesús. El fruto de los ejercicios es el encuentro con Jesús de Nazaret. Una experiencia espiritual que, cuando se alcanza, deja huella. Este es el auténtico fruto de los ejercicios.

Tres son los lugares en los que san Ignacio habla del conocimiento interno.

Conocimiento interno de mis pecados

En la primera semana de ejercicios, san Ignacio nos propone tres coloquios. El primer coloquio será con Nuestra Señora, el segundo con el Hijo. Finalmente nuestra petición se dirigirá al Padre. En los tres coloquios la petición es siempre la misma: «conocimiento interno de mis pecados y aborrecimiento de ellos» (EE [63]).

Estos coloquios incluyen otras peticiones relacionadas con la anterior, por ejemplo «conocimiento del mundo». Pero no se vuelve a hablar de conocimiento interno.

Mirando en mi interior

¿Qué significa aquí la expresión «conocimiento interno»? El ejercitante pide luz para descubrir sus pecados, para no engañarse a sí mismo, para ver en su interior. Pero está  pidiendo mucho más.

Conocerse uno a sí mismo no es nada fácil. Reconocer las propias faltas es un ejercicio muy duro, que requiere una notable madurez y equilibrio afectivo. Derribar los mecanismos de defensa para dejarse curar por Dios es una gracia.

Pero lo que el ejercitante está pidiendo aquí va mucho más allá de este ejercicio ascético.

Mirando hacia Dios

Conocimiento interno. Fotografía del mural que preside las escaleras del colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)
Mural en el colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)

Porque no se trata de una introspección para descubrir mis faltas, mis defectos o las cosas que hago mal. Estamos hablando de «mis pecados». Y los pecados hacen siempre referencia a Dios. De modo que no puede haber «conocimiento interno de mis pecados» que no nazca del conocimiento interno del amor que  Dios me tiene.

Quien reconoce sus faltas está mirando hacia sí mismo. En cambio, el conocimiento interno de mis pecados es un acto de adoración y de amor a Dios. Mirar hacia las propias faltas puede llevar al rechazo hacia nosotros mismos. Presentar nuestras miserias ante Dios lleva al conocimiento interno de su Amor.

De esta manera, ya desde la primera semana, se viene preparando lo que culminará, como veremos, en la cuarta semana.

Conocimiento interno del Señor

El conocimiento interno del Señor es el eje sobre el que pivota la segunda semana de ejercicios.

Conocimiento interno. Para que mas le ame y le siga. Fotografía de unas huellasEsta semana comienza, a modo de introducción, con la contemplación del Rey Eternal (EE [91-100]). Inmediatamente después, comienza propiamente la segunda semana con la contemplación de la Encarnación. Y es ahí donde san Ignacio propone al ejercitante que comience pidiendo: «demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga» (EE [104]).

Tres preámbulos

Encontramos esta petición en el tercer preámbulo. En los dos preámbulos anteriores, el ejercitante habrá preparado la contemplación. Primero trayendo el contenido de la contemplación y después colocándose en situación: «contemplación, viendo el lugar».

El proceso, por lo tanto, es el siguiente: Primero los datos conocidos por el testimonio de otros. Segundo e importantísimo, yo formando parte de la escena. Finalmente el conocimiento interno, que ya no depende de mí y, por eso, no puedo hacer sino pedirlo.

El conocimiento interno no es obra de la inteligencia (primer preámbulo) ni de la voluntad (segundo preámbulo), sino que es gracia.

Para que más le ame y le siga

La petición de conocimiento interno tiene además un por qué y un para qué. Pido conocimiento interno del Señor «que por mí se ha hecho hombre». No se trata de un dato añadido, sino de la razón por la cual yo deseo conocerle y amarle: porque él me amó primero. Y es por esto que yo deseo a mi vez amarle y seguirle. «Para que más le ame y le siga». El conocimiento interno tiene por finalidad el amor, y un seguimiento que no es externo ni funcional, sino interno y personal. Se trata de conocerle tan íntimamente que su persona sea reconocible en la nuestra.

Conocimiento interno de tanto bien recibido

En la cuarta semana de ejercicios, encontramos la tercera petición de conocimiento interno. Aquí, conocimiento interno de nuestra profunda deuda para con Dios. Este conocimiento nos llevará al reconocimiento amoroso hacia nuestro Creador.

El segundo preámbulo de la contemplación para alcanzar amor es: «pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad» EE [233].

La contemplación comienza con la composición de lugar, que consiste en hacerme consciente de que estoy en la presencia de Dios nuestro Señor. Este Señor es el Resucitado y aparece rodeado de los ángeles y de los santos, que interceden por mí. Estoy ante el Cristo total.

En este contexto, el ejercitante pedirá conocimiento interno de tanto bien recibido. En los cuatro puntos de los que consta la contemplación (EE [234-237]), san Ignacio se encarga de enumerar la multitud de dones recibidos.

El inmenso gozo de sabernos creaturas

La composición nos ayuda a entender el sentido que tiene el conocimiento interno en este contexto. El conocimiento interno es conocimiento ante la presencia de Dios. ¿Quién no se ha sentido muchas veces feliz ante cualquier hecho o circunstancia? Dar gracias a la vida es un ejercicio muy sano, que nos esponja el corazón. Pero el conocimiento interno va más allá.

El conocimiento interno es penetración de la realidad a la luz de la fe. El conocimiento interno de los bienes recibidos es experimentar en lo más profundo de nuestro ser que todo se lo debemos a Dios. Es el reconocimiento, no teórico sino actual, de nuestra condición de creaturas. Es sabernos totalmente dependientes de Dios, saber que somos suyos, de modo que deseemos con toda el alma «en todo amar y servir».

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO

 

Sentir y gustar de las cosas internamente

San Ignacio comienza el libro de los ejercicios espirituales con unas anotaciones. En ellas indica a quien da los ejercicios que no se extienda en la predicación. La razón que da para ello es que «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» EE [2].

Este sentir y gustar internamente equivale al conocimiento interno. Para san Ignacio, el conocimiento interno del Señor equivale a conocimiento personal. Es sentir y gustar de su presencia. El conocimiento interno es alimentado por el amor recíproco. Es el conocimiento que nace del trato, del encuentro y de la experiencia.

El conocimiento interno va tomando cuerpo por medio de la oración personal, a la luz de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios.

Por eso, es muy significativo que a quien da los ejercicios se le diga textualmente: «discurriendo solamente por los puntos con breve o sumaria declaración». Porque es de mucho más fruto espiritual que el ejercitante descubra por sí mismo (por su propio raciocinio o por virtud divina) el sentido de la historia.

Cuando el director de ejercicios se explaya en exceso, se está interponiendo entre el Señor y el ejercitante. Su labor es ir guiando, pero dejando que sea el ejercitante quien realice su propia oración. El conocimiento interno es el que nace de dentro. El predicador puede aumentar nuestro conocimiento intelectual. También puede encender el sentimiento religioso. Pero el único que puede alcanzarnos el conocimiento interno es el Señor mismo.

Conocer en nuestro interior

El conocimiento interno del Señor es en primer lugar conocimiento que se realiza desde la fe, desde lo más íntimo de nosotros mismos.

El conocimiento interno nace del amor

Conocimiento interno del Señor. Dibujo de un corazón grande que representa a Cristo y, dentro de él, un corazón enamorado que nos representa a nosotros.
Conocimiento interno del Señor

Para alcanzar el conocimiento interno del Señor son de mucha ayuda el estudio y la profundización teológica. Pero no son imprescindibles y, desde luego, no son suficientes. Podría decirse que el conocimiento interno nace del amor y poco amor demuestra quien no busca conocer de todas las formas posibles. Pero el conocimiento interno solamente se puede alcanzar mediante la oración, mediante el trato íntimo con el Señor.

El conocimiento interno es un don que hay que pedir y que se da únicamente en la entrega de la propia persona. Se percibe en el alma, pero nace del ver y el escuchar, oler, palpar. Sentir y gustar. El conocimiento interno no es aceptación de una doctrina, sino enamoramiento.

El conocimiento interno del Señor nos mueve a su búsqueda

Conocimiento interno es intuición. Es ese percibir que nace de la convivencia. Es esa sintonía que nace de la amistad, cuando las palabras sobran. De ahí viene el reconocimiento que nos capacita para distinguir dónde está Cristo y dónde no. En eso consiste el discernimiento, que va mucho más allá de la elección de estado. El discernimiento es un estado que para san Ignacio fue permanente. En todo amar y servir supone una actitud de perpetuo discernimiento.

El conocimiento interno es amar a Cristo con toda el alma, y supone una actitud de alerta continua. Porque el conocimiento interno es un don. Sabiendo, además, que con gran facilidad podemos ser engañados. Unas veces conformándonos con muy poco (tentaciones de primera semana). Otras veces proyectando nuestros deseos sobre la realidad (tentaciones de segunda semana).

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

El conocimiento interno es conocimiento desde nuestro interior, pero es también conocimiento del interior del propio Cristo.

Esto último parece extraordinaria osadía. Sin embargo, seguir a Cristo supone conocerle en la profundidad de su persona. No hay verdadero seguimiento si no hay conocimiento interno.

Conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle

Seguir a Cristo no es imitar exteriormente sus acciones. Tampoco es seguir su doctrina. Y, contra lo que algunas formas de espiritualidad practican, tampoco es obedecer a una persona. Ni que sea el director espiritual. Seguir a Cristo es identificarse con él, sentir como él, ser otro Cristo. Por ello, el conocimiento verdadero de Cristo ha de ser conocimiento interno. Conocimiento de su persona, de sus “por qués”, como observa Santiago Arzubialde [2]. No conocemos a alguien hasta que no somos capaces de intuir por qué actúa del modo en el que lo hace.

Imitar a Jesús puede ser muy meritorio, pero no dejaría de ser una caricatura. Jesús actuó del modo en que lo hizo, porque esa fue la voluntad del Padre en las circunstancias concretas que le tocó vivir. Seguir a Jesús es ser dóciles al Padre como él lo fue.

Seguir la doctrina de Jesús parece algo más realista. Lo parece. Porque la doctrina que nos muestran los Evangelios es de imposible cumplimiento con las solas fuerzas humanas. Así pues, sin el conocimiento interno de Cristo, tenemos de nuevo una caricatura. Porque el único mandamiento de Cristo es el mandato del amor. Y es el amor el único que puede guiar nuestros pasos.

De ahí la petición de «conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga». Un conocimiento interno que solo es posible a través de la oración. Amor y seguimiento que es amor al Padre y entrega de la vida en sus manos.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LA VIDA DEL CRISTIANO

 

Muchos cristianos salen de ejercicios identificando erróneamente el fruto de los ejercicios con los «propósitos» de ejercicios. Nunca están mal los buenos propósitos, pero son más propios de la Nochevieja que de la experiencia de ejercicios.

El fruto de los ejercicios es la experiencia en sí misma. El encuentro del Señor, cuando es genuino, deja huella. Si en ejercicios nuestra oración se ha quedado en la superficie, poco durará en nosotros la consolación que hayamos creído tener. Pero si hemos alcanzado algún conocimiento interno, este es perdurable.

En cualquier caso, existe una diferencia cualitativa entre la vida de fe que nace del conocimiento interno y la vida de fe que se alimenta por medio de terceros. Esto no significa que unos y otros no puedan alcanzar el mismo grado de santidad. De hecho, la santidad se mide en términos de fidelidad. El conocimiento interno es un don, y «a quien mucho fue dado, mucho será demandado» (Lc 12,48). Pero sí da lugar a dos modos totalmente distintos de experimentar la pertenencia a la Iglesia. Y ello tiene importantes consecuencias, especialmente cuando se vive en una sociedad desacralizada como la nuestra.

El conocimiento interno requiere una vida de oración

El conocimiento interno del Señor, es conocimiento personal, relación personal con él. Y la oración es justamente esto.

¿Qué es oración?

Ahora bien, ¿qué es oración? Porque es un hecho que, muchas veces, la oración no nos lleva al conocimiento interno. Lo primero que nos viene a la mente es la parábola del fariseo y el publicano. El publicano volvió justificado, porque puso en las manos de Dios su realidad. Podríamos decir que tuvo conocimiento interno de sus pecados.

¿Qué hizo de malo el fariseo? Dio gracias a Dios y no mintió al enumerar todas las cosas buenas que había hecho. Pero juzgó a los demás y se tuvo por superior a ellos. De este modo se atribuyó a sí mismo el mérito de sus buenas obras y, por consiguiente, no fue del todo sincero al dar gracias a Dios. Aún peor, no se dejó interpelar por Dios. Habló y habló, pero no escuchó. Si hubiera tenido una actitud de escucha, su oración hubiera virado en algún momento y se hubiera convertido en acto de contrición.

Esto no significa que toda oración sincera tenga que tener la forma de petición de perdón. Lo imprescindible de la oración es el reconocimiento de que todo se lo debemos a Dios. Y no menos importante es la actitud de escucha. Por eso Jesús dice a sus discípulos que no utilicen muchas palabras como hacen los paganos. Porque, cuando hablamos mucho, la oración se convierte en un monólogo.

El silencio de Dios

Y aquí nos encontramos con lo que muchos llaman el «silencio de Dios». Cuando pedimos a Dios y él parece no escuchar. Cuando tenemos que tomar una decisión y nos gustaría que nos dijese con claridad lo que espera de nosotros.

En los salmos vemos que lo que la oración transforma es ante todo al orante. Podemos observar cómo los salmos de petición comienzan con el salmista al borde del abismo y terminan dando gracias a Dios. Así nos sucede también a nosotros.

Dios se vale de nuestras necesidades para realizar su pedagogía. Lo que la oración realiza en nosotros es, ante todo, un cambio radical de perspectiva.

La oración nos hace ver la realidad con los ojos de Dios. No estoy hablando de resignación, sino de esperanza. En nuestra vida, sucede con frecuencia que los árboles no nos dejan ver el bosque. Carecemos de perspectiva y de paciencia. La oración contextualiza nuestra realidad, haciendo que experimentemos nuestra vida en las manos de Dios. Hablo de experiencia, no de doctrina. No se trata de decirnos a nosotros mismos que nuestra vida está en las manos de Dios. El sentir y gustar de las cosas internamente es experiencia y es gracia.

En el caso más extremo, encontramos la oración de Jesús en el Huerto: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Conocimiento interno del Señor y discernimiento

No hay conocimiento interno del Señor sin discernimiento. Porque el conocimiento interno del Señor no es algo que se consiga de una vez y para siempre. Por eso es necesario estar muy atentos para discernir dónde está el Señor y dónde no.

Conocimiento interno. Discernimiento. Foto de una lupa como símbolo de búsquedaAlgunas veces es relativamente sencillo descubrir dónde «no» está el Señor, pero con frecuencia podemos creer que seguimos al Señor cuando, en realidad, estamos siguiendo nuestras propias inclinaciones [3].

También puede suceder que, de forma autónoma o por indicación de otros, estemos viviendo una vida que no es la nuestra. Por eso, el discernimiento debe hacerlo cada uno personalmente ante Dios. Nadie puede suplirnos en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre nosotros.

Para el encuentro con Cristo no hay recetas. Existen unas normas morales que son para todos, pero seguir a Cristo es mucho más que una ética. El consejo de personas espirituales es siempre bienvenido e incluso necesario, pero el conocimiento interno es personal e intransferible. Cada cual debe encontrar la voluntad de Dios en cada instante de su vida. Esto exige un continuo abrir nuestro corazón a Cristo.

No solo en las grandes decisiones. Las grandes decisiones están condicionadas por lo que somos. Y lo que somos viene dado por esas pequeñas decisiones que hemos ido tomando a lo largo de toda nuestra vida.

Pobreza con Cristo pobre

El conocimiento interno del Señor lleva al amor. El amor lleva al deseo de seguirle. Y el deseo de seguirle va indefectiblemente unido al deseo de parecernos más a él.

La pobreza no es un fin, pero ayuda

Esta pobreza no debe ser entendida como forma de imitación externa de una determinada situación socioeconómica.

La pobreza no es un fin, pero ayuda. Hoy en día, antes siquiera de comenzar a trabajar en cualquier cosa (también en lo pastoral), lo primero que se mira son los medios materiales. Esto, que parece razonable para un partido político, es letal para la Iglesia. Al corazón de las personas no se llega con grandes templos, ni con emisoras de televisión, sino con nuestra entrega, nuestra fe, nuestro amor y con el ejemplo de nuestra vida.

Seguir a Cristo hasta la cruz

San Ignacio no nos invita a abrazar la pobreza sin más, sino «pobreza con Cristo pobre», que no es lo mismo. Se trata de seguir a Cristo hasta la cruz. Por eso san Ignacio va más allá. El texto ignaciano dice así:

«… por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente de este mundo» (Tercera manera de humildad, EE [167]).

Esto subvierte los criterios mundanos que son una tentación constante para la Iglesia.

Conocimiento interno. Pobreza con Cristo pobre. Fotografía de la iglesia del Carmen en Cercedilla (Madrid)
Iglesia del Carmen - Cercedilla

¿Dónde está Cristo? ¿En la prudencia o en el amor? ¿Acaso en las comunidades pobres que no tienen ni templo o en las parroquias ricas que, cuando tienen goteras en alguno de sus edificios, echan el templo abajo y lo vuelven a construir? ¿En los excelentísimos y reverendísimos señores o en algunas de esas ancianas en quienes nadie repara?

Para concluir

El conocimiento interno del Señor es ese conocimiento del que el Señor dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeñitos» (Lc 10,21).

Los pequeñitos no son los niños. Tampoco son, sin más, la gente sencilla. Los pequeñitos son todos aquellos que tienen conocimiento interno de su realidad de creaturas. Que sienten y gustan interiormente que su vida dependa enteramente de Dios. Y esto, obviamente, es mucho más fácil para aquellos cuyo único valedor es Dios.

El conocimiento interno del Señor es el Señor mismo que se entrega a quienes se saben pequeños [4]. Que lo saben de verdad, no de boquilla;  y que lo viven con gozo, no deseando que sea de otra forma.

Conocimiento interno del Señor es ante todo experiencia del Señor. Y esta experiencia del Señor lleva consigo ver la realidad con los ojos de la fe. Es ver el mundo y a nosotros mismos con los ojos de Dios.

El conocimiento interno del Señor lleva a una continua acción de gracias. Por aquello que nos agrada, y también por lo que no nos agrada (cf. Rom 8,28)

NOTAS

[1] El texto de los ejercicios espirituales de san Ignacio pueden encontrarlo en la página de descarga gratis.

[2] ARZUBIALDE, Santiago, Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Historia y Análisis, Mensajero-Sal Terrae (Bilbao-Santander, 1991) pp. 284-285.

[3] San Ignacio pone un ejemplo muy inocente, pero muy gráfico de su propia vida. Cuando era estudiante, tenía dificultades con el latín. Durante un tiempo observó que le invadía un repentino fervor cada vez que se ponía a estudiar. Entonces llegó a la conclusión de que ese fervor no venía de Dios, sino que era tentación. El encuentro con Cristo se da en cumplir su voluntad, que en este caso era que estudiase.

[4] Es importante señalar que este ser y sabernos pequeños no tiene nada que ver con ciertas actitudes que algunas veces se ven -o se esperan- en la Iglesia. El conocimiento interno es todo lo contrario de la pusilanimidad. El conocimiento interno del Señor da una fuerza extraordinaria. Aquella misma fuerza que el Resucitado infundió en los Apóstoles. Al mismo tiempo, la entrega de la propia vida en las manos de Dios nos da la fuerza para no dejarnos llevar por modas ni conveniencias de hombre alguno.

Conversión es sinónimo de transformación. Quien se convierte, se transforma en algo que antes no era. Ahora bien, en qué consista la conversión depende en gran manera de la situación inicial de quien se convierte.

Tres situaciones desde las cuales entender la conversión

En función de dicha situación inicial, en el cristianismo la conversión puede ser entendida básicamente de tres formas diferentes.

Conversión como incorporación a Cristo

Conversión. Pila bautismalSi la persona de la que hablamos no era cristiana, la conversión consiste en la aceptación de la fe y su posterior incorporación a la Iglesia por medio del sacramento del Bautismo. No es por casualidad que en estos casos se hable expresamente de conversos. Éste es el sentido que en sus orígenes tenía la palabra conversión.

Conversión como vuelta a la vida cristiana

Conversión. Foto de un confesionarioOtro caso diferente es la de aquellos que, después de haber sido incorporados a la Iglesia por el bautismo, pecan gravemente de forma continuada. Hablar de continuidad y no simplemente de actos pecaminosos tiene su importancia. En la vida de una persona, un solo acto puede marcar un antes y un después. Sin embargo, es la continuidad lo que va modelando nuestro modo de ser. Por eso, para hablar propiamente de conversión –y no solo de arrepentimiento- es importante que la situación pecaminosa tenga de alguna forma carácter permanente.

Las situaciones que pueden darse son de muy diversa índole, aunque seguramente el caso paradigmático es el del abandono consciente de la fe, y no sólo de cierta práctica. En este caso la conversión, más allá del aspecto sacramental, supone necesariamente, no sólo un arrepentimiento sincero, sino también un largo camino de regreso, más allá de la práctica pastoral que la Iglesia pueda adoptar. Porque las heridas de la vida dejan huellas profundas en el corazón y es muy difícil recuperar la confianza una vez perdida.

La conversión como tarea de todos los cristianos

Conversión. Miércoles de cenizaMás difícil de abordar es el tercer modo de entender la conversión y en él nos centraremos. La Iglesia nos enseña que todos sin excepción estamos llamados a la conversión. ¿Qué significa entonces la conversión para aquellos cristianos que no han perdido la fe, que no han abandonado las prácticas religiosas y que tratan de guiar su vida con unos criterios morales iluminados desde la fe?

Conversión desde la mediocridad

En este último caso nos encontramos con una primera dificultad. Según la definición de conversión, parece que el convertido debería transformarse en algo que antes no era. Ahora bien, si todos necesitamos conversión y la conversión es una transformación radical… entonces la conversión no puede ser entendida de forma exclusivamente individual sino que implica a toda la Iglesia.

Y aquí nos encontramos la primera paradoja. Porque la llamada de Dios es a todos y cada uno de nosotros de forma individual. Pero si esa conversión debe ser una transformación radical del ser humano (individual) y todos estamos llamados a ella, eso significa que la Iglesia entera está llamada a esa conversión, a esa transformación radical. Esto coloca a esta tercera clase de conversos en una situación complicada dentro de la Iglesia, cosa que puede comprobarse leyendo la vida de los santos.

La conversión no tiene nada que ver con la corrección de faltas

Convertirse no es evitar esos pecados recurrentes con los que cada cual lleva toda su vida luchando con mayor o menor éxito.

El que tiene mal genio, hará bien en dulcificar su trato con los demás. Si a alguien se le pegan las sábanas por la mañana, hará bien en levantarse aunque no le apetezca. Y si alguien está siempre pensando mal de los demás, no estará de más que se mire al espejo de vez en cuando. Pero la conversión es algo que no puede quedarse en aspectos de nuestra personalidad, sino que abarca a la persona entera.

La conversión no consiste en perfeccionar nuestra personalidad. Esto es obra de la educación –no confundir educación con urbanidad- y es tarea de toda la vida para cualquier ser humano, sean cuales sean sus creencias. Madurar como ser humano es algo muy conveniente, pero la conversión es otra cosa.

Convertirse no es cambiar cosas, sino cambiar uno mismo y hacerlo, además, de forma radical. Esta radicalidad comienza justamente por sacar a la propia persona del centro de su propia atención. Arrancarla de raíz de sus seguridades.

Conversión. Hombre besando su imagen en un espejoQuien busca su propia perfección, lo hace mirando hacia sí mismo. Podría decirse, incluso, que está más lejos de la conversión que quien se busca a sí mismo de manera más burda pues, en su sutileza, está bruñendo una falsa seguridad que le blinda ante lo radicalmente nuevo. Esto puede verse claramente reflejado en los evangelios. De qué formas tan distintas fue recibido el mensaje de Jesús por sus contemporáneos. La parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 8,9-14) ilustra perfectamente lo que quiero decir.

La conversión no será nunca obra nuestra

Nadie puede cambiarse a sí mismo. Podemos cambiar cosas nuestras, pero la transformación en algo diferente de lo que somos no puede ser nunca obra nuestra. Filosóficamente es imposible, puesto que, en el momento del cambio, habría desaparecido el sujeto. Y teológicamente sabemos que tampoco es posible, porque todo lo que somos y tenemos es obra de Dios. "¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?" (Mt 6,27).

De ahí que, amonestar a los fieles para que se conviertan, es tarea inútil.  Más aún si no se concreta en qué consiste esta conversión, ni cómo puede ser llevada a cabo.

Tarea de la Iglesia es más bien crear las condiciones necesarias para la conversión. Por ejemplo, ofreciendo ejercicios espirituales en los que el núcleo central sea la oración personal –y no las charlas- de modo que cada uno tenga la oportunidad de encontrarse a solas con Cristo. Y, sobre todo, viviendo aquello que se predica.

Caravaggio. Conversión de san PabloEn cualquier caso, la conversión no es algo que uno consigue con su esfuerzo, sino algo que Dios concede a quien quiere. Siempre sin mérito de nuestra parte, algunas veces incluso sin buscarlo (cf. Hech 9,1ss; 1 Cor 15,8) lo que no quita para que lo pidamos insistentemente en la oración.

Convertíos y creed en el Evangelio

Jesús comienza su predicación diciendo: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Este mandato de Jesús es tan claro que puede resultar equívoco, si no lo situamos en su contexto.

Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán y, a continuación, va al desierto donde permanece cuarenta días. A su vuelta va a Galilea –su tierra- y comienza a predicar diciendo que se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca.

Jesús está predicando a judíos creyentes y les está diciendo que está a punto de cumplirse aquello que la Escritura había anunciado y que ellos llevaban mucho tiempo esperando. El mensaje de Jesús es Buena nueva (=Evangelio) porque, por fin, Dios va a cumplir sus promesas y va a llegar el tan ansiado Reino de Dios.

Lo que ocurre es que, cuando las cosas que anhelamos tardan demasiado en llegar, nos acomodamos y acontece con frecuencia que perdemos el interés. Es un mecanismo de defensa el resignarse ante la adversidad, de tal modo que el ser humano puede llegar a preferir “lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Jesús dice: “¡Convertíos!”, pero no hace ninguna referencia a los pecados de los presentes, ni siquiera de forma genérica. Nosotros esperaríamos que, tras este llamamiento, viniera una reprimenda. Pero Jesús no hace ningún reproche, ni siquiera dice: “creed en Dios”. Lo que dice es: “creed en la buena noticia”. Por eso, el imperativo “convertíos” hay que leerlo a la luz de la buena noticia y no al revés.

La conversión como seguimiento

En los versículos siguientes se nos relata la invitación que Jesús va haciendo a algunos hombres (Simón y Andrés; Santiago y Juan). Jesús no habla de sus pecados, ni siquiera para perdonarles. Tampoco les dice que vaya a hacer de ellos mejores personas. De hecho, los evangelios no tienen ningún reparo en poner en evidencia la torpeza e incluso la ambición de los apóstoles.

Solamente les invita a seguirle. Y les dice que hará de ellos “pescadores de hombres”, es decir, que ellos llamarán a otros del mismo modo que Jesús les llamó a ellos.

La motivación para seguir a Jesús no viene de la obligación moral, sino del descubrimiento de algo nuevo e ilusionante. En esto consiste la conversión: en creer que el mensaje de Jesús es una buena noticia. Dejar todo para seguir a Jesús es la consecuencia.

La Buena nueva del Reino de Dios

Quien sigue a Jesús no lo hace por ningún tipo de dependencia. Cualquiera puede decir que habla en nombre de Jesús y prometernos una vida dichosa –aquí o en el más allá- si le seguimos. La propia institución eclesial no está exenta de esta tentación.

Conversión. El Reino de Dios es como un tesoroLo que Jesús ofrece es algo por lo cual merece la pena dejarlo todo. Recordemos las parábolas del Reino (cf. Mt 13). En particular la del tesoro escondido (cf. Mt 13,44). Cuando alguien encuentra un tesoro… cuando lo encuentra… Porque dejarlo todo no es el fin, sino únicamente el medio. Cuando alguien descubre lo que vale la pena, se olvida de lo que no vale la pena. Y lo que vale la pena se descubre en la vida, no en los discursos.

En el Nuevo Testamento no se nos dice lo que es el Reino de Dios. Los judíos estaban muy familiarizados con los escritos proféticos en los que se anunciaba su venida. El Reino de Dios es, literalmente, el reinado de Dios. Es decir, una realidad en la que se hará patente el triunfo de Dios, en la que los hombres respetarán la ley de Dios. El profeta Isaías es particularmente explícito al describir este Reino (cf.  por ejemplo Is 25).

Conversión. Dios, fuerza de los débilesEl Reino de Dios es promesa de salvación para los débiles, lo cual tiene consecuencias –no directamente buscadas- para los poderosos. Yahweh es un Dios que escucha las súplicas de los débiles y se pone siempre de su parte. Los salmos son muy explícitos en este sentido.

La conversión al Reino de Dios

En este contexto, la conversión es formar parte de este Reino de Dios, ponerse de parte de Dios, de un Dios que –en nuestras relaciones humanas- no es nunca neutral. De un Dios que escucha las súplicas de quienes no tienen otro valedor.

La conversión consiste en entrar a formar parte del Reino de Dios. Es importante insistir en que el Reino de Dios no se hace, sino que se acoge. El Reino de Dios no es una ética, sino un regalo. Precisamente ése es el espíritu de las Bienaventuranzas.

El Reino de Dios es promesa de salvación. Una salvación no condicionada. La única condición es creer, abandonar las seguridades humanas para poner la confianza en Dios.

Conversión. Una nueva forma de relacionarnosEl Reino de Dios es regalo comunitario. La nueva realidad surge cuando las personas crean entre sí nuevas relaciones no marcadas por el dominio y el abuso. Eso no es obra humana, y tampoco puede recibirse en solitario, aunque la mirada nueva sí que es algo totalmente personal.

El Reino de Dios pasa desapercibido. Dios está en las cosas pequeñas, Elías descubrió a Dios, no en el huracán, ni en el fuego, sino en el susurro de la brisa (cf. 1 Re 19,11-13). La verdadera conversión es la conversión del corazón. A los humanos nos gustan las transformaciones espectaculares, pero la conversión es obra de Dios. Dios pone amor en nuestro corazón y limpieza en nuestra mirada. Por nuestra parte, y como solía decir san Ignacio de Loyola, somos “todo impedimento”.

Aún así, el Reino de Dios es contagioso (cf. Mt 13,33). Por eso, no debería preocuparnos tanto recuperar a quienes han abandonado la Iglesia, cuanto recuperar el gozo de sabernos hijos de Dios.

La Eucaristía es celebración y vida.

La eucaristía es celebración y vida. Foto de la portada del libro: La Eucaristía. Origen, doctrina, celebración y vida (portada del libro)
La Eucaristía. Origen, doctrina, celebración y vida. Descargar libro pdf (gratis)

 

Durante muchos años la eucaristía fue vista como santo y seña, lo que caracterizaba al católico como tal. Hoy, el péndulo ha oscilado al extremo opuesto, como si el ser cristiano no tuviera nada que ver con el ir o no ir a misa.

"Oír misa"

Más aún, la expresión oír misa cobró carta de ciudadanía. Este carácter meramente auditivo de la eucaristía perdura aún hoy entre muchos cristianos. Así pues, tanto los que asisten regularmente como los que dejaron de hacerlo suelen aludir casi exclusivamente a este aspecto. Los unos para afirmar el beneficio de escuchar las sabias palabras del presbítero. Los otros para negar que, del hecho de escuchar un sermón, puedan seguirse dichos beneficios espirituales o morales. Estos últimos no suelen entrar en valoraciones concretas. Esto confirma algo que ya cabía sospechar, a saber: que, si bien los contenidos y las formas verbales son importantes, lo fundamental de la crisis actual hay que buscado en otra parte.

Si lo importante de la eucaristía fuese la homilía, entonces podría sustituirse ventajosamente por un buen libro. Más aún, pretender que la persona puede cambiar con solo querer es sencillamente falso.

Conferencia. Dibujo en el que aparece un conferenciante ante su público
La Eucaristía es celebración y vida. Nada que ver con escuchar un sermón, charla o conferencia.

De nada sirve que nos digan lo que está bien y lo que está mal. Las costumbres se cambian por el contacto y el ejemplo, no por lo que a uno le digan. Pero los cristianos sabemos que hay algo más: cambiar a mejor siempre es posible bajo ciertas condiciones, pero ser cristianos es otra cosa. 

Ser cristianos es ser transformados en otros cristos y esto no puede ser sino un regalo del propio Cristo. Ser otros cristos no es cumplir con una serie de preceptos. Tampoco es alcanzar una perfección imposible al ser humano. Más bien tiene que ver con una forma de experimentar la vida, de percibirnos a nosotros mismos y a los otros. Es ese «nacer de nuevo» (cf. Jn 3) que te hace sentir las cosas de un modo radicalmente diferente.

La Eucaristía es celebración y vida

Es en este contexto en el que tiene sentido la eucaristía. Porque participar de una eucaristía no es asistir a un espectáculo, a una conferencia, a un concierto, ni tampoco a una charla espiritual.

Participar en la eucaristía es concelebrar. Se acostumbra a llamar concelebración cuando la eucaristía es presidida por varios presbíteros, pero en rigor -y puesto que la eucaristía es una celebración- todos concelebramos, porque no concelebrar sería no celebrar, no participar en la celebración. Y participar en la celebración es en primer lugar reunimos en nombre de Cristo. A lo largo de la celebración, la presencia de Cristo se expresará de diversas formas, cuyo objeto final es la unión de los cristianos con Cristo y entre sí.

Foto: niños en claseConfundir esto con la mera transmisión de una enseñanza moral es un empobrecimiento que han llevado consigo unas eucaristías en las que los presbíteros suprimen todo aquello que pueda parecer una complicación innecesaria -con un sentido pragmático y meramente jurídico que hace imposible imaginar siquiera que aquello pueda ser ni de lejos una celebración- y en las que los fieles no quitan ojo del reloj, dejando entender bien a las claras que, si se trata de cumplir con una obligación, cuanto antes se termine, mucho mejor.

Y aquí acabamos de damos de bruces con dos cuestiones de la mayor importancia: lo que unos y otros entendemos por Iglesia, y lo que puede ser una ceremonia donde el sentido de celebración está ausente.

 

La eucaristía. Dibujo de sacerdote preparándose para repartir la comuniónLa Eucaristía

Iniciamos hoy una serie de artículos sobre el Sacrificio eucarístico, que algunos prefieren llamar Eucaristía y otros Santa Misa. La elección del nombre suele ir acompañada de una determinada forma de concebir la celebración. Esto -que es legítimo- en ningún caso debería condicionar lo que es la fe de la Iglesia.

Los artículos irán numerados en el orden en que sean publicados. No irán numerados de forma sistemática como si se tratase de los capítulos de un tratado. Más bien irán respondiendo a cuestiones que hoy en día se plantean. Intentaremos ir de menos a más, comenzando por los aspectos más visibles y siguiendo por aquellos más dogmáticos. Sin que ello sea obstáculo para volver sobre otras cuestiones prácticas en cualquier momento.

Digamos también que, si alguien desea que se trate alguna cuestión específica, puede solicitarlo de forma pública en los comentarios o, también, privadamente a través del contacto.

Y, si alguien quiere leer un pequeño tratado sobre la eucaristía, puede encontrarlo aquí.

Jesús de Nazaret ante la cruz

Cuadro de Velazquez que representa a Cristo crucificado
Jesús de Nazaret ante la cruz. Imagen de Cristo crucificado (Velazquez)

En estos días de Semana Santa, lo menos que podemos hacer es acompañar a Jesús de Nazaret ante la cruz. Sin embargo, la imagen es de un dramatismo tal que corremos el peligro de quedar bloqueados por los acontecimientos, incapaces de dejarnos iluminar por el misterio de la salvación de Dios.

Por eso necesito en estos momentos tomar distancia de la cruz y, al mismo tiempo, acercarme a Jesús para observarle y escucharle. Tratar de conocerle un poco mejor. Ver de qué forma se comportó Jesús ante el sufrimiento, cuál fue su enseñanza o su ejemplo.

El Sermón del Monte. Cuadro de Carl Bloch (1890)
Jesús de Nazaret ante la cruz. Sermón del monte

Irme poco a poco preparando para la pregunta definitiva: ¿qué sentido tiene la cruz de Cristo? No el sufrimiento en general, sino la muerte de Jesús. Y, cuando me pregunto aquí por el sentido, no quiero quedarme en la respuesta humana. No me basta con la coherencia de Jesús hasta la muerte, la fe me dice que hay mucho más. Sé que fue voluntad del Padre, pero quiero poder entenderlo (hasta donde sea posible). También sé que Jesús resucitó, pero la resurrección no es un pasar página después de la muerte. Por eso es tan importante ver la cruz con la mirada de Dios, porque sólo así es posible resucitar con Cristo.

El recorrido por la vida de Jesús lo haremos de la mano de S. Mateo. La razón de centrarnos en un Evangelio es para dejarnos llevar por él. Hemos elegido este evangelio por motivos litúrgicos (2017 corresponde al ciclo A: lectura continua de S. Mateo).

Jesús de Nazaret ante la cruz de sus hermanos

Los evangelios nos presentan a Jesús continuamente haciendo milagros. Pero no es el aspecto milagroso de los actos de Jesús lo que nos interesa en este momento. Más importante es profundizar en la actitud de Jesús. Conocerle, observarle, dejarnos mirar por él.

Cristo curando a un enfermo. Cuadro de Rembrandt
Jesús de Nazaret ante la cruz. Cristo curando a un enfermo

En dos lugares distintos, Mateo repite la misma frase casi palabra por palabra: «Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23; cf. 4,24-25; 9,35). Jesús proclama la buena noticia –que eso significa evangelio- del Reino de Dios. No se limita a decirlo, sino que lo hace curando toda enfermedad y toda dolencia. La distinción entre enfermedad y dolencia deja entrever que, en el centro mismo de su misión, está el aliviar tanto el sufrimiento físico como el moral de las gentes.

En esa última línea va este otro texto: «Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13). Para los judíos de entonces no había una distinción como la que tenemos nosotros entre enfermedad y pecado.

Quienes disfrutaban de una posición ventajosa no eran simplemente afortunados, sino también merecedores ante Dios de dicha fortuna.

Por el contrario, la miseria en general y la enfermedad en particular eran también un estigma moral. Cuando Jesús dice que ha venido a llamar a los pecadores, va mucho más allá de la corrección de faltas morales. Está dando vida y esperanza a la muchedumbre que yacía en las cunetas de la sociedad. Ha venido a salvar a quienes no cuentan.

Como ovejas que no tienen pastor

Jesús no actúa como los profesionales –que necesitan tomar distancia para ser eficaces-. A él le afecta el sufrimiento de las gentes y se mueve a compasión: «Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”» (Mt 9,36).

El Buen Pastor. Cuadro de Cristobal García Salmerón
Jesús de Nazaret ante la cruz. El Buen Pastor cargando con sus ovejas.

Abandonadas y sin pastor. Jesús no se comporta como otros profetas, No amenaza a los dirigentes del pueblo, sino que los ningunea. Su misión no consiste en convertir a los pastores, sino en socorrer a las ovejas. Desde la compasión y el encuentro personal. Nótese que no hay curaciones colectivas. A Jesús le sigue una muchedumbre, pero las personas son salvadas de una en una. Incluso cuando se produce una curación sin su intervención personal y directa, Jesús insiste en conocer a quien le ha tocado el manto (cf. Mc 5,25-34).

Jesús se compadece de la gente

Mateo nos muestra una vez más a Jesús compadeciéndose de la gente, especialmente de los enfermos: «Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos» (Mt 14,14).

Nuevamente el evangelista expresa la compasión de Jesús ante la gente: «Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino”» (Mt 15,32; cf. 15,33-39).

Multiplicación de los panes y los peces. Cuadro de Juan de FlandesEn una ocasión anterior fueron los discípulos los que avisaron a Jesús de que la muchedumbre no tenía qué comer. Pero, mientras los discípulos lo que quieren es que Jesús despida a la gente, es decir, quitarse el problema de encima, Jesús asume la necesidad y la soluciona: «Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”» (Mt 14,15-16; cf. 14,17-21).

Jesús de Nazaret ante la cruz. Hacer el bien en sábado

Esta compasión por el sufrimiento de sus semejantes está por encima no de la Ley, pero sí de una interpretación cicatera e hipócrita de la misma: «Entonces preguntaron a Jesús para poder acusarlo: “¿Está permitido curar en sábado?”. Él les respondió: “Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer bien en sábado”. Entonces le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió y quedó restablecida, sana como la otra» (Mt 12,10.12-13).

La misericordia por la que seremos juzgados

Portada del Juicio final en la catedral de León
Jesús de Nazaret ante la cruz. Portada del Juicio final en la catedral de León.

Por último, en el episodio del Juicio final, vemos que esta forma de actuar que tiene Jesús es precisamente aquélla por la que seremos juzgados: «Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”» (Mt 25,34-36). No se nos pedirán milagros, pero sí compasión activa que venga en auxilio del sufrimiento de los demás.

Postura de Jesús ante las prácticas ascéticas

Los discípulos de Jesús no ayunan

Que los discípulos de Jesús no ayunen escandaliza a los discípulos de Juan: «Los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto y deja un roto peor» (Mt 9,14-16).

La respuesta de Jesús puede entenderse en el sentido de que los discípulos no están preparados para ello. Parece, sin embargo, que la interpretación es más bien otra. Jesús ha venido a traer algo radicalmente nuevo que va mucho más allá de ciertas prácticas.

En otro lugar, sin embargo, Jesús habla sobre el ayuno de una forma mucho más clara: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver  a los demás que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,16-18).

Jesús no es un asceta

Los evangelios no nos dicen que Jesús ayunase, salvo durante los cuarenta días que pasó en el desierto. Por el contrario, nos lo presentan frecuentemente invitado a comer. Él mismo contrapone sus prácticas a las de Juan el Bautista (Mt 11,16-19). Pero los evangelistas sí que dan testimonio de cómo se olvida de comer cuando está llevando a cabo su misión. Esto, que está sugerido en varios lugares, aparece expresamente afirmado en el episodio de la mujer samaritana (cf. Jn 4,32).

La ascesis que Jesús invita a seguir no es aquella que uno se autoimpone a voluntad, sino la que viene del amor a los demás: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos, a quien te pide, dale y al que te pide prestado, no lo rehúyas». (Mt 5,38-42). Jesús no está en contra del ayuno, pero la ascesis que marca a sus seguidores es otra totalmente diferente. Es la ascesis del amor, que rige también para el ayuno.

El texto va mucho más allá: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,43-45).

La ascesis del corazón

Hacer las cosas por amor y no porque nos vean, ayudar a quien lo necesita, no guardar rencor… ésas son las líneas básicas de la ascesis que Jesús nos propone, ésas son las claves de la paz interior que Jesús nos ofrece: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

Jesús huye cuando es perseguido

Los tres Sinópticos recogen la visita de Jesús a Nazaret y cómo Jesús fue rechazado en su pueblo, pero es solamente Lucas quien nos dice que lo echaron fuera y quisieron despeñarlo. Jesús, sin embargo, logró escabullirse (cf. Lc 13,28-30). Una escena parecida, esta vez en Jerusalén, la encontramos en Jn 10,39.

Esto, que puede parecer anecdótico, tiene importancia. Jesús rehúye la muerte y solamente la acepta en el momento en el que sabe que es voluntad de Dios, en el momento que los evangelistas llaman la “hora” de Jesús (aunque quien más utiliza esta expresión es el cuarto evangelista, también la encontramos en Mateo -cf. Mt 26,18-).

La huida a Egipto. Cuadro de Bartolomé Murillo
Jesús de Nazaret ante la cruz. Huida a Egipto

Por lo que respecta a sus discípulos, no correrán distinta suerte que su Maestro. Son numerosos los pasajes evangélicos en los que Jesús va preparando a sus discípulos para lo que les espera. Pero Jesús no les invita a ser suicidas, lo que les dice es que seguirle tiene como consecuencia correr la misma suerte que él. Y también les dice que huyan: «Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (Mt 10,22-23).

De hecho Jesús huyó en más de una ocasión, no sólo a Egipto en su infancia, sino también a los pueblos de alrededor de Jerusalén, poco antes de su entrada final en esta ciudad (cf. Jn 11,53-54).

Jesús de Nazaret ante la cruz que es consecuencia del seguimiento

Jesús se compadece del sufrimiento ajeno, no busca ni exige a los suyos la mortificación y tampoco es un suicida. Huye cuando es perseguido y recomienda a los suyos que hagan lo mismo.

Jesús de Nazaret ante la cruz. Imagen del rostro de Jesús y la frase: "El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí"
Jesús de Nazaret ante la cruz

Sin embargo, Jesús se da de bruces con la cruz. Con una cruz no buscada, con aquella que es consecuencia directa de su misión. «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada (…) y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,34.38-39). El mensaje de Jesús –y las acciones que lo acompañan- levanta ampollas. Ante el signo de contradicción que Jesús representa, no es posible permanecer neutral. Ponerse del lado de Jesús tiene consecuencias.

Nuestra religión tiene por centro a alguien que ha muerto, no por defender coherentemente sus ideales, sino porque ésa fue la voluntad de Dios para él. Los evangelios no le quitan ni un ápice de dramatismo a la cruda realidad: «Entonces dijo a los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”» (Mt 16,24-25).

Perder la vida

Negarse uno a sí mismo, perder la vida, puede entenderse en sentido ascético. Los religiosos acostumbran a entender de esta forma su voto de obediencia. Pero en tiempos de Jesús, e incluso mucho después, este perder la vida se entendía de un modo mucho más literal. Hoy podríamos preguntar a los cristianos de Corea del Norte, India, Arabia Saudí, Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak, Irán, Eritrea, Yemen, Nigeria…

Unido a la persecución está el servicio: «(…) el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,26-28; cf. Mt 23,11). La muerte de Jesús no es sólo consecuencia de su misión, sino que forma parte de ella.

Jesús de Nazaret ante la cruz inminente

No vamos a reproducir los acontecimientos que ocurrieron en esas escasas veinticuatro horas, sino únicamente a escuchar a Jesús para dejarnos guiar por él para que no tenga que decirnos, como a Pedro: «tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23).

Jesús de Nazaret ante la cruz. Institución de la Eucaristía

La última cena. Cuadro de Jacobo Bassano
Jesús de Nazaret ante la cruz. Última cena: cuerpo entregado y sangre derramada.

La pasión comienza con la institución de la Eucaristía. Jesús sabe que ha llegado su “hora” y, en un gesto que no tiene precedentes en la historia de las religiones, se da en alimento a los suyos. El gesto, aunque realizado de forma incruenta y en figura, está anticipando lo que sucederá más tarde. En primer lugar que la entrega de Jesús es voluntaria (cf. Jn 10,18). Jesús entrega su vida al Padre y la deposita en manos de sus discípulos. Llama la atención que el mandato de reiterar este signo no aparece en ninguno de los evangelios sinópticos. Es S. Pablo el único que lo testifica (cf. 1 Cor 11,25).

La cruz como sacrificio expiatorio

Las palabras con las que Jesús consagra el vino, junto con el contexto pascual en el que fueron pronunciadas, explicitan de modo muy significativo el sentido que Jesús da a su muerte: «Bebed todos porque ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,27). La expresión “sangre de la alianza” es cita literal de Ex 24,8. Con ello se nos da a entender que la sangre de Jesús establece una nueva alianza. Por otra parte, la sangre “derramada por muchos” nos está hablando de un sacrificio de expiación (cf. Lv 4) y el contexto pascual nos recuerda al cordero pascual que Jesús acababa de compartir con sus discípulos.

Cordero muerto. Cuadro de Francisco de Zurbarán
Jesús de Nazaret ante la cruz. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

No tenemos tiempo aquí de entrar en detalles eruditos que tampoco son necesarios para nuestro propósito. Jesús hace claras referencias a los sacrificios del Antiguo Testamento, pero lo hace aludiendo simultáneamente a dos formas de sacrificio distinto (sacrificio de expiación y sacrificio de comunión) y haciendo además algo que no se hacía en ningún tipo de sacrificio: «(…) no comeréis nada de grasa ni de sangre» (Mt 3,17). Por eso, aunque Jesús está diciendo claramente que su muerte es un sacrificio, conviene que entendamos este término desde la enseñanza de Jesús y no al revés.

En la Eucaristía se hace presente el (único) sacrificio de la cruz

Al contrario de lo que sucedía con los corderos, Jesús entrega la vida, nadie se la quita. La cruz, lo mismo que la Eucaristía, es ofrenda de la propia vida. El sacrificio de Jesús, sin embargo, es único. El sacrificio eucarístico no es reiteración, sino presencia real del mismo Cristo y del mismo y único sacrificio de la cruz. Cristo se ofrece de una vez para siempre.

Oración en el huerto. Cuadro de Correggio
Jesús de Nazaret ante la cruz. La oración del huerto

De la oración del huerto he hablado en otro lugar con más detalle, pero es imprescindible citar aquí las palabras con las que Jesús suplica al Padre que le libre de la muerte: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39; cf. 26,42). Jesús no quiere morir, pero «aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8).

Sabe que es voluntad del Padre que él muera, ha asumido su muerte como necesaria y ha entregado su vida anticipadamente. Por eso es lógico su silencio ante las preguntas del Sumo Sacerdote (cf. Mt 26,63) y ante las de Pilato (cf. Mt 27,14). Jesús no se defiende ante los tribunales humanos, porque sabe que su vida está en las manos de Dios. El evangelio según S. Juan añade una última respuesta de Jesús: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,11). Esta expresión, lejos de significar que la autoridad humana sea una delegación divina, lo que quiere decir es que la voluntad de Dios siempre prevalece. Dios se vale de la maldad de las autoridades judías y de la cobardía de Pilato para realizar su plan de salvación.

Lo que sucedió después

Las mujeres

El resucitado se aparece a María Magdalena. CuadroDespués de su resurrección, Jesús se aparece en primer lugar “a las mujeres” (Lucas), a María Magdalena (Juan), a María Magdalena y la otra María (Mateo), a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (Marcos). A las mujeres, a algunas mujeres cuyo nombre poco importa.

No por casualidad en la escena de la cruz también las encontramos presentes: «Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55-56).

El testimonio unánime de los evangelistas está indicando, no sólo que el hecho es verídico, sino también que la primitiva Iglesia lo consideró relevante. Tal vez tenga mucho que ver con esto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Probablemente ellas, en su insignificancia, entendieron mucho mejor lo que estaba sucediendo (cf. Mt 11,25).

El colegio apostólico

Catedral de Montevideo. Retablo en el que aparecen Jesús en la cruz y algunas mujeres
Jesús de Nazaret ante la cruz. Algunas mujeres le acompañan, también ellas serán los primeros testigos de su resurrección

Finalmente, Jesús se aparece a los once que habían quedado después de la traición de Judas. Es muy llamativo que Jesús se comunica con los discípulos por medio de las mujeres (cf. Mt 28,10.16). Las mujeres, no sólo dan testimonio de que Jesús está vivo, sino que también les dicen dónde pueden encontrarlo. Y ellos obedecen el mandato de Jesús transmitido por medio de ellas. Esto no puede ser casual y, además, resuena mucho a las enseñanzas de Jesús. Aquello de los primeros y los últimos, y el servicio, los pequeños, etc.

Jesús dice a los once: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28,18-20). Hasta el final de los tiempos, es decir, no sólo con aquellos discípulos que pasearon con él por Galilea, sino también con todos los que vendrán después. Antes de su muerte, Jesús dejaba a sus discípulos solos para irse a orar, o para despedir a la gente, o para hablar con la samaritana. Jesús se ha ido, pero para volver y quedarse para siempre junto a nosotros. Más cerca de cada uno de nosotros de lo que nosotros mismos podamos estarlo nunca.

La entrega de la vida

Vidriera en la que aparece Cristo como cordero
Jesús de Nazaret ante la cruz. Cordero de Dios

¿Cómo puede entenderse el hecho de que el Padre quiera la muerte de su Hijo? ¿Qué significa el hecho de que la redención deba pasar por la muerte de Jesús? ¿Qué nos ha ido diciendo Jesús a lo largo del recorrido que acabamos de hacer?

Humanamente se puede entender que Jesús tropieza con un muro. Las autoridades judías jamás hubieran aceptado la predicación de Jesús. Eso no le dejaba más que dos alternativas: abandonar su misión para salvar la vida o continuar con su misión. Jesús sabía que esta última opción le conducía directamente a la muerte.

En las enseñanzas de Jesús, no obstante, percibimos una carga en profundidad que va mucho más allá. Percibimos no ya aquello de que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”, sino que la muerte de Jesús es el culmen de lo que fue su vida. En su último día de vida, Jesús no da muestras de resignación como sería el caso de quien acepta un sufrimiento que le viene impuesto. Jesús hace suya la voluntad del Padre, que no es lo mismo.

La muerte de Jesús no es el final abrupto de una vida plena, sino la entrega plena de quien hizo de su vida una ofrenda.

La muerte de Jesús es su marchamo de garantía. Jesús no dice una cosa y hace otra. Él es la Verdad. Jesús no marca el camino con el dedo índice, sino con las plantas de sus pies. Por eso nosotros no somos de Pablo, ni somos de Apolo. Pues, como nos dice S. Pablo: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros?» (1 Cor 1,13).

Como vemos especialmente en las bienaventuranzas, ése es también el test de calidad para quienes nos decimos cristianos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26),

¿Qué podemos decir hoy a Jesús?

Hoy sobran las palabras, si no son para dar gracias y para pedir perdón. Gracias a Jesús por él mismo, por su amor y por su vida. Y gracias por todo lo que ha hecho por mí. No sólo por su muerte, sino porque vive en mí.

Y perdón. No porque Jesús esté en la cruz por mis pecados, Perdón porque, ante un amor tan grande, mi respuesta cicatera es un insulto.

Jesús de Nazaret ante la cruz

8

Importancia de la oración en la vida del cristiano

Sin oración, no es posible la fe. Pueden darse unas prácticas religiosas, puede incluso existir un fuerte sentimiento de pertenencia y hasta un compromiso efectivo. Pero no lo que realmente significa la fe. De ahí la importancia de la oración en la vida del cristiano.

Sin oración, los contenidos y las prácticas cristianas permanecen fuera de la persona, no afectan a lo más íntimo de su ser y, de este modo, el individuo o el grupo no alcanzarán a ver en el cristianismo sino exigencia –normas morales- o ideología desde la que crear un confortable nido en el que buscar seguridad.

Hay que añadir, no obstante, que la oración también puede convertirse en mero cumplimiento, penosa obligación o agradable soliloquio. Pero no trataremos de ello en este artículo.

Tampoco hablaremos de lo que Jesús dijo sobre la oración. Nos limitaremos a observar lo que él hizo. Lo que aquí propongo es que nos adentremos en los evangelios para observar a Jesús y poner en valor las muchas veces que nos lo encontramos rezando.

1. Importancia de la oración en la vida del cristiano. La sabiduría y la fortaleza como frutos de la oración

Jesús de 12 años en el templo. Cuadro de Salvador García Bardón
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Jesús en el templo

Hay dos episodios que muestran la profunda vida de oración de Jesús. El primero de ellos es cuando, siendo aún un niño, se queda en el templo discutiendo con los maestros y la respuesta que le da a su madre cuando ésta le riñe (cf. Lc 2,41-50). No solamente por la respuesta de Jesús: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49), sino por la sabiduría con la que, con tan solo 12 años, tenía maravillados a los maestros de la Ley. Las cosas de Dios se pueden conocer de segunda mano –así ocurre con quien ha estudiado mucha teología- o de primera mano –como ocurre con las personas de oración-.

Tentaciones de Jesús. Cuadro de Carl Heinrich Bloch
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Tentaciones de Jesús.

El segundo episodio es el de las Tentaciones (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12s; Lc 4,1-13). Ahí tampoco vemos a Jesús orando, pero se nos dice que «fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lc 4,1). Ése dejarse llevar por el Espíritu es por sí sólo un testimonio de que Jesús pasó esos cuarenta días en oración y otra prueba de ello es que resistió a las tentaciones que, si las leemos detenidamente, son las tentaciones en las que la Iglesia cae muy a menudo: 1) utilizar la religión en beneficio propio; 2) buscar el poder traicionando a Dios; 3) buscar notoriedad con el pretexto de buscar la gloria de Dios. Si nosotros no vencemos a la tentación a lo mejor es porque no oramos o no lo hacemos de verdad, aunque pasemos horas creyendo hacerlo.

Como decíamos, estos dos textos no nos muestran –no explícitamente- a Jesús orando, pero no podíamos dejar de mencionarlos porque en ellos aparecen de forma muy clara los frutos por los que se puede reconocer a la persona de oración.

2. Importancia de la oración en la vida del cristiano. La oración frecuente de Jesús, especialmente en los momentos clave de su vida

a) La oración de Jesús en el momento que marca el comienzo de su vida pública

Bautismo de Jesús, Cuadro que se encuentra en la Cartuja de Granada
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Bautismo de Jesús

Del bautismo de Jesús por parte de Juan el Bautista tenemos la versión de los cuatro evangelistas, pero solamente S. Lucas se refiere a la oración de Jesús. Dice así: «Cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo (…)» (Lc 3,21). La revelación que tendrá lugar entonces se sitúa de este modo, no como un hecho sobrevenido, sino en el contexto de la oración.

b) La oración de Jesús en el momento de la elección de los Apóstoles

Importancia de la oración en la vida del cristiano

De la elección de los doce discípulos o apóstoles tenemos la versión más distendida del cuarto evangelista y las versiones más resumidas de los Sinópticos. Entre éstos, Mateo va directamente al grano sin darnos idea del contexto (Mt 10,1ss); Marcos comienza diciendo que Jesús «subió al monte» (Mc 3,13). Es importante señalar que, cuando los evangelistas nos dicen que Jesús subió al monte, están dando a entender que iba a orar. S. Lucas es mucho más explícito: «Por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles (…)» (Lc 6,12-13). Antes de tomar una decisión que sería sin duda decisiva, Jesús sube al monte y lo hace para pasar toda la noche orando.

c) La oración de Jesús en el momento en que prepara a sus más íntimos para lo que iba a venir

La transfiguración. Cuadro de Rafael Sanzio (1520).
Importancia de la oración en la vida del cristiano. La transfiguración

Del relato de la Transfiguración tenemos la versión de los tres Sinópticos, pero es nuevamente S. Lucas quien alude explícitamente a la oración diciendo: «(…) tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y mientras oraba (…)» (Lc 9,28-29). Mateo y Marcos no mencionan expresamente la finalidad de esta subida, ni la circunstancia de que Jesús estuviera orando en el momento de su transfiguración, pero hablan de la subida de Jesús a un monte alto con estos tres discípulos (Mt 17,1 ; Mc 9,2). Como hemos dicho hace un momento, la propia expresión «subir al monte» ya está situándonos en un contexto de oración. En este caso, además, tanto Mateo como Marcos dicen que se fueron «aparte» y Marcos incluso recalca «ellos solos». La subida al monte y la búsqueda de soledad están en los evangelios situando a Jesús en oración.

d) La oración de Jesús en la confesión de Pedro

Cristo le entrega las llaves a san Pedro. Cuadro de Pietro PeruginoLos tres Sinópticos dan testimonio unánime de cómo Jesús pregunta a sus discípulos por lo que la gente dice de él, para a continuación dar un paso más y arrancarles la confesión de fe que sale de la boca de Pedro (cf. Mt,16,13ss; Mc 8,27; Lc 9,18ss). Pero es nuevamente S. Lucas quien habla explícitamente de la oración de Jesús: «Mientras él [Jesús] estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos  y él les preguntó (…)» (Lc 9,18). Es muy curioso que nos diga que Jesús estaba orando solo, para decir a continuación que lo acompañaban sus discípulos.

No es la primera ni la última vez que vemos cómo Jesús se va a orar y sus discípulos le acompañan en el paseo, aunque no en la oración. Sin embargo, al menos de momento, Jesús guarda silencio. No manda ni recrimina. Pero tampoco se esconde. Calla y otorga. Semilla que tardará en fructificar, pero no quedará baldía.

e) La oración en muchas otras ocasiones

Estando en Cafarnaún, «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario, donde se puso a orar» (Mc 1,35). Estaba muy oscuro, es decir, era todavía de noche. Jesús sale y busca intimidad para orar.

Parque natural de la Sierra de Guadarrama
Importancia de la oración en la vida del cristiano. En la soledad del monte

En otra ocasión, Jesús manda a sus discípulos subir a la barca mientras él se queda en tierra para despedir a la gente. «Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar» (Mc 6,46). Mateo subraya el hecho de que Jesús estaba solo, habla no sólo del monte, sino también de la subida y añade que al anochecer él continuaba allí: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Al atardecer estaba solo allí» (Mt 14,23). Jesús busca la soledad, no por casualidad lo hace en el monte, y se pone una vez más en las manos de Dios.

Mucho más genérico es el texto de Lucas que dice así: «Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lc 5,16). Genérico en el sentido de que no nos indica lugar y genérico en el sentido de general. Jesús se retiraba, era su costumbre, lo hacía con frecuencia.

f) La oración de Jesús en el momento decisivo

La oración en el huerto de los olivos nos la narran los tres Sinópticos (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46), mientras que Juan se limita a hacer una breve alusión (cf. Jn 18,1-2).

La oración del huerto. Cuadro de Luis de Morales
Importancia de la oración en la vida del cristiano. La oración del huerto

Lo primero que hay que señalar es que tanto Lucas como Juan nos dicen que aquél era un lugar al que Jesús solía ir con sus discípulos. Juan dice que «Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos» (Jn 18,2). No nos indica en qué consistían dichas reuniones. Lucas, en cambio, dice que: «Salió y, como de costumbre (...)» (Lc 22,39). Ahí ya nos da pie para pensar que esa costumbre no se limitaba al lugar, sino también a la actividad. Mateo -en otro contexto- nos sitúa allí a Jesús sentado, cuando se le acercan los discípulos «en privado» a preguntarle por el fin de los tiempos (cf. Mt 24,3ss). Que los discípulos se acerquen a Jesús en privado, indica que Jesús estaba sólo. Seguramente orando, aunque no se dice. La pregunta de los discípulos da lugar a un momento de intensa enseñanza.

En lo que viene a continuación, tenemos dos versiones algo diferentes.

Versión de Mateo y Marcos

Según Mateo y Marcos, Jesús hace tres paradas. En la primera deja a la mayoría de los discípulos y se limita a decir que le esperen mientras él ora. A partir de ahí le acompañan únicamente Pedro, Santiago y Juan a los que dejará en la segunda parada, no sin antes decirles: «quedaos aquí y velad conmigo» (versión de Mateo), «quedaos aquí y velad» (versión de Marcos) . Jesús se aleja aún un poco. A los primeros les pide únicamente que le esperen, es solamente a sus íntimos a quienes pide que velen, es decir, que oren también mientras le esperan.

Versión de Lucas

Según S. Lucas, Jesús hace únicamente dos paradas. En la primera deja a todos los discípulos al tiempo que les manda: «pedid que no caigáis en tentación» (Lc 22,40).

Notemos que Pedro, Santiago y Juan son los mismos que le acompañaron en la Transfiguración. En todo caso, Jesús les manda pedir (orar) (Lucas) o velar (Mateo y Marcos), que viene a ser lo mismo.

Jesús pasa un rato en oración y los tres evangelistas nos dicen que, al volver, Jesús encuentra a sus discípulos dormidos. En el caso de Mateo y Marcos la escena se repite tres veces y en todos los casos la reacción de Jesús es de un cierto reproche y, sobre todo, insistir en la necesidad de orar –o velar- para no caer en tentación (cf. Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,40).

Importante señalar la relación causa-efecto que Jesús establece entre la oración y el no caer en tentación. La oración es el antídoto –el único- contra la tentación, porque la oración –la verdadera oración- es la que permite que Dios actúe por medio nuestro. Sin oración quedamos abandonados a nuestras propias fuerzas.

3. El contenido de la oración de Jesús

Hasta aquí nos hemos limitado a observar a Jesús en la distancia y le hemos visto rezando. No sólo en momentos puntuales, sino como tónica de su vida. Hasta ahora le hemos visto, apliquemos ahora el oído.

a) Una oración en medio de la gente

Jesús comienza dirigiéndose al Padre, para añadir sin solución de continuidad unas palabras de consuelo a la gente que le escucha. La oración dice así: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,25-26; cf. Lc 10,21).

Comienza bendiciendo a Dios. Eso lo primero. Después reconoce el poder de Dios, es decir, le reconoce como Dios. Después viene el contenido del agradecimiento que, en este caso, es el hecho cierto de que al conocimiento de Dios nadie accede por méritos propios, sino que es gracia que Dios da a quien quiere, que suele ser a quien se deja, y esto también es gracia.

b) Otra oración en público

La resurrección de Lázaro. Cuadro de José Casado del Alisal
Importancia de la oración en la vida del cristiano. La resurrección de Lázaro

Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dirige al Padre la oración siguiente: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas, pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11,41-42).

Jesús comienza de nuevo dando gracias a Dios. Ya van dos veces que Jesús comienza su oración dando gracias y el testimonio viene de dos evangelistas distintos. En la situación anterior, Jesús bendecía al Padre por un hecho constatado. Ahora da las gracias por haber sido escuchado y da las gracias antes de que los presentes tengan constancia de tal circunstancia. Una muestra de absoluta confianza en que Dios no le iba a dejar mal.

c) La oración en el huerto

Ya hemos visto que la escena varía un poco entre los tres Sinópticos, sin embargo coinciden casi literalmente en el contenido de las palabras de Jesús: «¡Abba Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36; cf. Mt 26,39.42; Lc 22,42). Abba, expresión de confianza y familiaridad. Jesús sabe que Dios lo puede todo y pide que le libre del sufrimiento que le espera. Sabe que Dios no va a hacer lo que Jesús quiere y aún así lo pide. La obediencia de Jesús pasa por la súplica no para pedir fuerza para acatar, sino pidiendo una solución que no pase por la cruz. Y la oración termina con Jesús rendido a la voluntad de Dios: que sea «lo que quieras tú».

Como vemos en los salmos de petición, la oración no siempre transforma la realidad, pero sí que transforma al orante.

d) Jesús ora en la cruz

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Cristo crucificado. Cuadro de Velázquez
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Cristo crucificado

De las palabras que Jesús pronuncia en la cruz, tres van dirigidas a Dios. Los dos primeros evangelistas nos presentan la primera de ellas: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Se trata de una cita literal de Sal 22,2 que sin duda alguna Jesús –como otros muchos judíos- habría rezado en numerosas ocasiones y se sabría de memoria. El salmo termina con un canto de esperanza con alusiones inconfundibles al futuro Reino de Dios. Que esto resonaría en el corazón de Jesús, no hay como negarlo. Pero eso no quita para que el grito de Jesús saliera del fondo de su ser como un clamor. Es posible que Jesús, llegado al límite de su humanidad, se sintiera abandonado por Dios. Digo que es posible, no que sucediera de ese modo.

Breve reflexión a propósito de estas palabras de Jesús

Dar por hecho que Jesús se sintió abandonado por Dios es sin duda una insolencia escandalosa. No así el considerarlo como posibilidad, siquiera remota. Hay que decir que un sentimiento de abandono es perfectamente compatible con el convencimiento de que Dios tiene siempre la última palabra.

Por otra parte, negar que fuera así, puede que provenga de un prejuicio docetista. Si Jesús tenía en la mente el salmo entero -y de eso no cabe la menor duda- entonces no hay razón para pensar que hizo suyos los últimos versículos, pero no los primeros.

Que Jesús pudiera sentirse -que no pensarse- abandonado por Dios no quita nada a la divinidad de Jesús y puede que dé cabal muestra de hasta qué punto Jesús se hizo en todo semejante a sus hermanos. Dios no pugna con la creación, sino que la interpenetra haciéndola más vigorosa. En Jesús, la divinidad no eclipsa a la humanidad, sino que la lleva a plenitud. Y sabido es que las personas, cuanto más espirituales, más conscientes y más sensibles son ante el sufrimiento moral. En todo caso, lo único seguro es que no estamos a la altura de imaginar siquiera cuál fue la experiencia espiritual de Jesús en ese momento.

En S. Lucas encontramos las otras dos oraciones:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús va más allá del perdón o incluso del olvido. Quien olvida, pasa página. Jesús no olvida, sino que intercede ante Dios en favor de sus asesinos.

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

«Padre, a tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46). La oración es entrega de la vida y del espíritu. Eso era lo que Jesús llevaba haciendo toda su vida. Esta vez lo hace de manera final y definitiva.

e) La conocida como oración sacerdotal

Cristo resucitado. Cuadro de Novelli
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Cristo resucitado

En ella (cf. Jn 17), Jesús pide insistentemente ser glorificado lo que, en vísperas de su Pasión, no puede significar sino una cosa: Jesús pide al Padre que le resucite para que él, a su vez, pueda glorificar al Padre dando la vida eterna a los suyos. Pide la resurrección para resucitar a los suyos, pide la vida para volver a darla. Y continúa pidiendo por los suyos, por aquéllos que el Padre le ha dado y que son suyos (del Padre).

Jesús es responsable de aquéllos que el Padre le entregó y, al dejar este mundo, los pone nuevamente en las manos del Padre para que el Padre cuide de ellos. No sólo de los seguidores de Jesús en ese momento, sino de los que vendrán después. Y ese cuidado se limita a una sola cosa: incorporarlos a la unidad que existe entre Jesús y el Padre. Esa es la vida eterna (cf. Jn 17,3) que se recibe aún en vida (cf. Jn 17,15).

Y esto es lo mismo que la oración. Se trata de esa unión continua que necesita alimentarse de momentos especiales de intimidad. Si Jesús necesitaba pasar noches enteras en oración, ¿qué no necesitaremos nosotros?

Importancia de la oración en la vida del cristiano. Dibujo de niño rezando de rodillas en su cama
Importancia de la oración en la vida del cristiano

Importancia de la oración en la vida del cristiano

El clero católico actual acepta –o dice aceptar- el Depósito de la fe como un todo indiscutido. Sin embargo, la mayoría de las veces se guarda ante los dogmas un silencio que no ayuda en nada a la vida de la fe. Algunos dogmas, como el del pecado original, prácticamente ni se menciona.

La fe enriquece la espiritualidad en la medida en que es asimilada. Por el contrario, los contenidos de la fe suelen atragantarse cuando son simplemente engullidos.

El silencio de los pastores

Dibujo que representa un emoticón silbandoPor otra parte, este silencio no siempre supone una aceptación implícita –lo que se ha llamado “la fe del carbonero”. Todo lo contrario. Pocos se atreven a negar abierta y públicamente un dogma, pero el clero ha dejado de hablar de los dogmas. Se lanza de este modo un mensaje subliminal cuanto menos de intrascendencia.

Cuadro anónimo del siglo XVI, que representa un aula de la Universidad de SalamancaNo ha sido así siempre. Hubo un tiempo en el que a nadie se le hubiera podido pasar por la cabeza que algún día la jerarquía eclesial estaría más pendiente de nadar y guardar la ropa que de transmitir la fe. Hubo un tiempo en el que los teólogos debatían acaloradamente sobre diversas cuestiones, por espinosas que fueran. Dichas cuestiones eran zanjadas finalmente por el Papa generalmente en un concilio. No inmediatamente, sino mucho tiempo después. Siglos incluso.

Hoy en día no existe debate alguno en materia de Teología dogmática. Si acaso –y con muchísimo tiento- se dejan caer comentarios diversos sobre algunas cuestiones morales. Recordemos el “¿quién soy yo para juzgar?” En boca del máximo representante de la Iglesia, esto suena más a escaqueo que a benevolencia. Es cierto que Cristo no vino a juzgar, pero una cosa es no juzgar y otra no dar respuestas.

Dibujo de un hombre mirando un poste con flechas en todas direcciones. El hombre se está rascando la cabeza sobre la que tiene un signo de interrogación. El dibujo representa de forma simbólica la desorientación de quien no sabe por dónde tirarCuando los pastores guardan silencio ante determinadas cuestiones, los fieles quedan huérfanos de cualquier explicación que resuelva sus dudas. Cada cual queda así abandonado a su suerte. El resultado es que a muchos laicos piadosos les aterroriza reflexionar sobre su fe. Otros buscan por su cuenta alguna justificación con la cual tranquilizar su espíritu. Finalmente los más, sencillamente dejan de creer en según qué cosas.

No hace falta añadir que, cuando uno deja de creer en algunas verdades de su fe, corre el riesgo de terminar relativizándolas todas.

EL PECADO ORIGINAL

Especial dificultad ofrece actualmente el dogma del pecado original. No hay más que ver que –excepción hecha de una breve alocución de Benedicto XVI- no se habla de él prácticamente para nada.

La dificultad no viene únicamente de la teoría de la evolución como teoría científica, sino también y no en menor medida, de la corriente de pensamiento asociada, según la cual el mal no sería sino la consecuencia lógica de una naturaleza inacabada.

1. El dogma del pecado original en la historia de los documentos oficiales

En el Denzinger

Pecado original. Cuadro de TizianoEl dogma del pecado original se centra en explicar:

  1. Que el sufrimiento y la muerte son consecuencia directa del pecado de Adán y Eva (D 101-102)
  2. Que dicho pecado se transmite a todos los descendientes de esta primera pareja. “(…) por propagación, no por imitación” (D 790). El pecado es, por así decir, heredado genéticamente (D 109a; D 175) de la misma forma que genéticamente heredamos nuestra condición de seres mortales. Ambas cosas están directamente relacionadas.
  3. Que el pecado original no puede ser borrado sino gracias a Jesucristo y por medio del Bautismo (D 791-792). Si por el pecado vino la muerte, por el Bautismo –es decir, por la incorporación al Cuerpo de Cristo- viene la promesa de la Vida Eterna (cf. Rom 5,12-21; 6,4; Rom 8,17; Gal 3,27; Ef 4,22ss; Jn 1,29; 3,5; etc).

Expulsión de Adán y Eva del paraíso. Cuadro de Aureliano MilaniEn ninguno de los textos que figuran en el Denzinger (en la primera versión, que es la que citamos aquí, que llega únicamente hasta Pío XII) se explica en qué consiste el pecado original más allá de reproducir el texto del Génesis. Lo importante para la fe de la Iglesia no es saber en qué consistió el pecado, sino saber que los hombres estaban destinados a una vida dichosa y ellos –inducidos por Lucifer- se labraron para sí mismos y para sus descendientes el sufrimiento y la muerte.

En el Catecismo de la Iglesia católica

Hay que decir, no obstante, que el Catecismo de la Iglesia Católica, sí dice en qué consiste dicho pecado:

«El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (Cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (Cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad».(n. 397).

El pecado comienza allí donde la creatura deja de confiar en su creador. La desobediencia es consecuencia lógica de la desconfianza.

«Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.» (Gn 3,4).

La serpiente siembra la duda en la mujer, sugiriendo mala intención en el mandato divino. Éste es el pecado original. El que está en el origen de todo pecado, también de nuestros pecados personales. Allí donde la creatura toma distancia frente a Dios, desconfía de él procurando una falsa autonomía, ahí está negando su propio ser, lo que viene a resultar en su autodestrucción.

2. El pecado original. Dificultades de los textos

Los textos que sustentan el dogma del pecado original [PECADO ORIGINAL (textos Denzinger)] ofrecen dificultades que, aunque hoy por hoy no hayan sido resueltas, haríamos mal en fingir que no existen. Veamos algunas de las más importantes:

a) El pecado original. Dificultades antiguas

El hombre fue creado inmortal no sólo en el alma, sino también en el cuerpo

La muerte es consecuencia del pecado: “Quienquiera que dijere que el primer hombre, Adán, fue creado mortal, de suerte que tanto si pecaba como si no pecaba tenía que morir en el cuerpo, es decir, que saldría del cuerpo no por castigo del pecado, sino por necesidad de la naturaleza, sea anatema” (XVI Concilio de Cartago, año 418. D 101).

El pecado original es “transmitido a toda alma (…) por descendencia” (D 109a)

Forma parte de la fe de la Iglesia que el alma de cada uno de nosotros es creada por Dios de la nada (D 348) en el momento de la generación. Así pues el pecado, que es algo propio del alma, viene transmitido por la generaDibujo que representa un gen modificado por el pecado original. Es un ejemplo para que se vea gráficamente cómo el pecado original modifica la naturaleza de todo hombre. Esto no tiene nada que ver con la culpa.ción del cuerpo.

Esta cuestión es abordada por Santo Tomás de Aquino, dando una respuesta muy sugestiva en la buena dirección. Comienza introduciendo una pregunta que en un primer momento parece totalmente innecesaria: ¿qué pasaría si un hombre naciera de otro, pero no del modo habitual, sino a partir de alguno de sus miembros (una especie de clonación milagrosa)?

La respuesta del Aquinate es que este hombre no nacería con el pecado original, porque –y aquí está lo importante- lo que genera el pecado no es la carne pecadora, sino la intervención humana. Cuando el hombre interviene en la generación, transmite el pecado original. Esto no sucedería si un hombre naciese de otro hombre de una forma milagrosa, porque entonces el hombre no sería causa de dicha generación (cf. Suma Teológica I-II, q. 81 a. 4). Obsérvese que, según este razonamiento, el argumento se basa en que la generación es un acto humano y no, como alguna vez se ha interpretado, en una supuesta “suciedad” asociada al sexo.

b) El pecado original. Una dificultad nueva

Dibujo que representa la teoría de la evoluciónLa fe en el dogma del pecado original se encuentra fundamentada en una narración según la cual todos descendemos de una única pareja humana. Suponer la existencia de diversas familias humanas de orígenes distintos pondría en entredicho bien el hecho mismo del pecado original, bien el libre albedrío del hombre. No se puede sostener simultáneamente que hubo muchas parejas incomunicadas y que todas pecaron “necesariamente”. Como mucho se podría suponer la existencia de una familia, tribu o pueblo que pecaran de manera solidaria, pero esta suposición, además de ser totalmente gratuita, nos dejaría exactamente en el mismo punto que una aceptación literal del texto del Génesis.

3. El ser humano tal y como lo conocemos

El Génesis es un libro de teología y el relato del Pecado original explica por qué el hombre, a pesar de ser creatura de Dios, lleva en sus genes la maldad.

Cuadro moderno en el que se ve sobre todo un incendio, pero también un combatiente, un tanque y una calavera. Representa la guerra.Porque la existencia del pecado es un hecho. No tenemos más que echar una ojeada en derredor. Es un hecho que el mal moral existe. No es necesario recordar todas las atrocidades que vemos cada día en las noticias.

El ser humano tiene una tendencia innata al mal. Esto es algo que queda patente observando el comportamiento de los niños. No sólo nacemos egoístas (“yo, yo, mío, mío”), sino también presas de la soberbia y de la ira (rabietas y agresividad desde bien pequeños). Crueles incluso. Lo bien que se lo pasan algunos angelitos torturando insectos y, pocos años después, matando pájaros o, directamente, haciendo la vida imposible a algún compañero de clase.

Dibujo de un niño detrás de una alambrada. El niño dice: "No sé si tengo poco sentido del humor o ellos poca vergüenza, pero llamar a esto campo de refugiados es una cruel ironía"Es importante subrayar que hay en esto algo profundamente escandaloso. ¿Cómo es posible que Dios, que fue creando todo y fue viendo que todo “estaba bien”, se estrellase justamente al llegar a lo que se supone que era la cumbre de su obra? Somos creaturas de Dios y atribuir a Dios nuestra maldad sería la peor de las blasfemias.

Así pues, el pecado original es –antes que nada- una explicación teológica de esa maldad que habita en nosotros. No el mal que cometemos consciente y deliberadamente como fruto de nuestro libre albedrío, sino aquélla maldad que está alojada en el fondo de nuestro corazón y nos arrastra hacia el mal incluso cuando no queremos (cf. Rom 7,19). Esa maldad nos viene de nacimiento, pero no puede ser obra de Dios, sino de alguien que desfiguró lo que Dios tenía planeado que fuera.

LA SALVACIÓN EN CRISTO

Leyendo los textos de referencia acerca del dogma del pecado original comprobamos que la mayoría se centran, no en el pecado, sino en la gracia que nos viene por Cristo.

1. La Providencia divina tiene siempre la última palabra

Que el mal es una realidad, no hay como negarlo. Ahora bien, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento encontramos sombra alguna de dualismo. El bien y el mal no son dos principios equiparables.

La Iglesia tampoco acepta el monismo moderno que sostiene algo así como un principio a la vez bueno y malo en todas las cosas. Solamente hay un principio, Dios y de él procede todo bien en un doble sentido: todo lo que Dios ha hecho está bien y todo lo que está bien procede de Dios.

El mal no es un principio creador. El mal tiene su origen en la libre decisión de aquellas creaturas que, pudiendo elegir entre el bien y el mal, decidieron rebelarse contra Dios.

En cualquier caso, el mal no tiene nunca la última palabra. Los malos hacen muchas cosas contra la voluntad de Dios, pero Dios utiliza ese mal para sus fines buenos (San Agustín, La Ciudad de Dios, XXII,1-2).

2. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia

Fotografía de la Piedad. Escultura de Miguel Ángel

Nos limitaremos aquí a hacer una breve síntesis de aquellos textos del Denzinger en los que se habla de la gracia en relación con el pecado original.

Nadie se salva si no es por medio de Nuestro Señor Jesucristo

  • El deseo del bautismo no es fruto del libre albedrío, sino de la generosidad de Cristo (D 199).
  • El pecado original se quita por los méritos del sólo mediador Nuestro Señor Jesucristo (D 790).

El pecado original se perdona por medio del sacramento del bautismo

  • Por la muerte de Cristo se rompe esa cédula de muerte y por el bautismo somos liberados (D 109 a).
  • «(…) por el sacramento del bautismo, rubricado por la sangre de Cristo, se perdona la culpa y se llega también al reino de los cielos, cuya puerta abrió misericordiosamente a todos los fieles la sangre de Cristo» (D 410).
  • A propósito del bautismo de los niños, leemos: «El [pecado] original, pues, que se contrae sin consentimiento, sin consentimiento se perdona en virtud del sacramento» (D 410).

En la vida del cristiano todo es don de Dios, regalo inmerecido, gracia

  • El Espíritu Santo es el artífice, no sólo de que sean perdonados nuestros pecados, sino que también obra en nuestra voluntad el deseo de que esto suceda (D 177).
  • Ni llegar a la fe, ni nuestro aumento de fe, si siquiera desear la fe es obra nuestra (D 178).
  • Todo bien que hay en los hombres viene de Dios (D 195)
  • Amar a Dios es un don de Dios (D 198; D 199).
  • Nadie se salva, sino por la misericordia de Dios y esto hubiera sido así incluso aunque no hubiera habido pecado original (D 192). Esto es importante. La gracia de Dios hubiera sido en cualquier caso necesaria, más aún después de la caída.

Terminamos con un texto del II Concilio de Orange que resume de modo admirable lo que supone la gracia de Dios en la vida del creyente:

«También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero —sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte— la fe y el amor a Él, para que busquemos fielmente el sacramento del bautismo, y para que después del bautismo, con ayuda suya, podamos cumplir lo que a Él agrada» (D 200).

Fotografía de un gato adulto tumbado sobre los brazos de una persona. El gato está en posición supina, cosa que en un gato significa confianza total y, además, está con las patas delanteras dobladas en una postura que refuerza el lenguaje corporal de confianza. Todo lo bueno que hacemos es, de principio a fin, obra de Dios. Él es quien inspira y es él quien sustenta. Esto debería ser para nosotros motivo de enorme alegría y paz. No hay lugar para ciertas actitudes de agobio que se observan en algunas personas piadosas. Lo único que podemos hacer nosotros es reconocer, agradecer, pedir para que nos dejemos hacer… a sabiendas de que todo está en las manos de Dios.

Cristo Resucitado fundamento de nuestra fe
"<yoastmark

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano!

Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo.

Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe». (1 Corintios 15, 1-14)

Cristo resucitado fundamento de nuestra fe

Cristo resucitado, fundamento de nuestra fe. Discípulos de Emaús. Cuadro de Jan Wildens

Ante la cruz todo parece venirse abajo. La muerte es el final del suplicio, pero también de toda esperanza. Es el “nosotros esperábamos” de los discípulos de Emaús.

Si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría ningún sentido. Podría acaso salvarse una forma heroica de ver la vida, una nueva moral muy generosa, pero está claro que no tendría ningún sentido una oración dirigida a Jesús y, por consiguiente, tampoco a María ni a ningún santo.

La dificultad no se salva argumentando que, como Cristo era Dios, continúa vivo. Porque, si bien es cierto que Dios no puede morir, eso haría de la Encarnación una especie de fingimiento no muy distinto del que predicaba el docetismo.

Cristo continúa presente en medio nuestro

El núcleo del cristianismo no es una moral, por muy sublime que ésta sea. Cristo resucitado fundamento de nuestra fe. El núcleo del cristianismo es que Cristo continúa presente en medio de nosotros. Con una presencia real en la Eucaristía, pero también de manera espiritual pero no menos verdadera en nuestro interior. Cuando el cristiano ora, no mira hacia fuera, sino que entra en su interior y es allí donde se encuentra con el mismo Cristo. Los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte para que vivamos una Vida Nueva (Rom 6,3-4).

Cristo resucitado fundamento de nuestra fe
Jesús con María Magdalena - El Marco

Esta Vida Nueva consiste en encontrarse con Jesucristo y dejarle entrar en nuestra vida de modo que forme parte de ella y se convierta en presencia continua. Esto no significa necesariamente pasar el día rezando. Se trata más bien de una compañía constante, algo así como un continuo saber que Cristo está contigo. Cristo resucitado fundamento de nuestra fe. El "hallar a Dios en todas las cosas" del que nos habla san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. 

Es evidente que vivir de este modo supone una determinada moral, pero poner la obligación moral por encima de la fe no puede ser sino motivo de amargura y no raras veces de soberbia. Por el contrario, la fe lleva a la alegría y a la humildad. A la alegría que nace de la confianza, porque el Amor de Dios no depende de mis méritos. A la humildad, porque uno se va haciendo cada vez más consciente de que con sus propias fuerzas no puede dar ni un solo paso, que cada vez que intentas hacer algo por tu cuenta, no haces sino meter la pata y que todo lo que eres o consigues hacer es un regalo de Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo.

La pasión de Cristo. Cristo en la cruz. Cuadro de Barocci
La pasión de Cristo en el centro de la vida del cristiano

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Anónimo español publicado por primera vez en 1628)

LA PASIÓN DE CRISTO EN EL CENTRO DE LA VIDA DEL CRISTIANO

Sentimientos encontrados

La pasión de Cristo nos engancha por la fuerza del Amor hasta el extremo. Al mismo tiempo, las escenas tan duras se nos hacen insoportables hasta el punto de provocar en nosotros un terrible rechazo.

Cristo nos atrae, su amor nos enamora. Pero el sufrimiento nos echa para atrás. Esto sucede especialmente a medida que la experiencia de vida nos va haciendo cada vez más conscientes de que, efectivamente, esto es un “valle de lágrimas”. Por cierto que la cultura actual trata por todos los medios de olvidar el sufrimiento. Mientras tanto, los telediarios se encargan machaconamente de amargarnos la sobremesa.

 

La oración en estos días

Pero entonces, ¿cuál es la oración adecuada en estos días?

Imagen tridimensional de Cristo coronado de espinas. En la foto de la imagen solamente se ve el rostro a modo de busto.
La pasión de Cristo

El domingo pasado (de Ramos), me estremecí al escuchar la canción que tuvieron la ocurrencia de cantar en misa. “Oh Dios por qué nos has abandonado”.

El canto debió parecerles muy adecuado. La letra es aparentemente muy respetuosa con el salmo 21 (salmo responsorial de la misa). El plural, sin embargo, cambia por completo el sentido que dicho salmo tiene en el contexto del Domingo de Ramos.

En el contexto de la Semana Santa, cantar o rezar el salmo 21 en plural raya en lo blasfemo. Porque la identificación con Jesucristo no pasa por fingir que sus vivencias son nuestras vivencias. Pero, sobre todo, porque la Cruz de Cristo es precisamente el sello de la Alianza de Dios con nosotros. Es justamente la prueba de que ni nos ha abandonado, ni nos abandonará jamás.

Y, por si eso fuera poco, el canto resultó obsceno en el contexto en el que se estaba cantando. Por el lugar y por el momento histórico ¿Acaso tenemos nosotros motivos para sentirnos nada menos que abandonados por Dios cuando no nos falta de nada, al tiempo que nuestro silencio cómplice está impidiendo que otros muchos experimenten por nuestro medio que Dios les ama?

Sentido de la pasión de Cristo

Muchas veces se ha dicho que no debemos quedarnos en los sentimientos. Sin embargo, ante una situación tan dramática, es difícil no quedarse en lo evidente. El terrible sufrimiento físico y espiritual de Jesús. No sólo la muerte en cruz, sino también el abandono de los suyos y, lo que es mucho peor, el aparente fracaso de su misión hasta el extremo de rezar: “Oh, Dios, ¿por qué me has abandonado?”.

El hecho de que sea un salmo no le quita fuerza, sino todo lo contrario. Jesús eligió ese salmo y no otro. Puestos a interpretar, Jesús podía haber rezado así: “aunque pase por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”.

Imagen de una chica joven sentada en el suelo y hecha un ovillo sobre sus piernas dobladasEl cristiano que reza ante la cruz de Cristo se encuentra con esa situación, que es la misma que puede imaginar cualquier persona -creyente o no- con un mínimo de empatía.

Pero entonces, ¿qué encuentra el cristiano cuando medita sobre la pasión de Cristo? La empatía desencarnada puede ser incluso gratificante. No es difícil sentir devoción ante la contemplación de la Pasión de Cristo. Por el contrario, la empatía encarnada produce un intenso malestar –no exento de miedo- que nos lleva a huir e incluso negar a Cristo, no ya ante otros, sino incluso en nuestro interior.

Fotografía de un chico que se tapa la cara con las manos y al que solamente se le ve el pelo y un ojo que aparece muy abierto entre dos de sus dedos. La huida puede tomar la forma de rechazo, pero también existe una forma de huida hacia adelante que es dar la pasión de Cristo por amortizada y pasar directamente a la Resurrección. Esto último es en realidad un paso en falso, porque la Resurrección es algo totalmente Nuevo y no simplemente el final del sufrimiento (especialmente cuando dicho sufrimiento nos lo podemos dosificar nosotros a voluntad).

La cruz como acto redentor

obstáculoEn la espiritualidad cristiana la cruz es al mismo tiempo iluminación y oscuridad. A través de la cruz se nos muestra el rostro de Dios. Pero la cruz es al mismo tiempo un objeto cuyo significado se nos oculta a causa de nuestros prejuicios. Y no es para menos.

luz de CristoLa cruz no puede ser tomada a la ligera, pero lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el mismo Dios actuando –de forma misteriosa- a través del sufrimiento de Jesucristo.

El núcleo central de la fe cristiana no está en una genérica fe en un Dios amoroso que nos dice que tenemos que ser buenos. Esto es tan impreciso que prácticamente equivale a no decir nada.

El centro de la vida cristiana es mucho más concreto y consiste en creer que Jesucristo es Dios de una forma misteriosa (Santísima Trinidad) y que se ofreció voluntariamente al Padre para nuestra Redención.

cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros. Palabras que aparecen sobre un dibujo de un cordero desangrándoseLa teología católica ha explicado este ofrecimiento con las categorías de sacrificio que encontramos en el Antiguo Testamento. Estas categorías son muy difíciles de asimilar para la mentalidad de hoy. Pero, categorías aparte, lo irrenunciable de nuestra fe es que Cristo murió por nuestros pecados. No solo a causa de nuestros pecados (lo cual es obvio), sino también para liberarnos de nuestros pecados.

Como si presente me hallase

Eso significa ir más allá de lo sentimental a la hora de contemplar a Cristo en la cruz. Ante el sufrimiento injusto y cruel de Jesús uno puede sentir compasión o espanto, pero ninguna de las dos cosas tiene nada que ver con la fe. Son reacciones espontáneas que se pueden fomentar o eludir, pero que no afectan al núcleo más profundo de la persona.

En lo nuclear de la fe está el hacerse presente a ese sufrimiento. Presente de una forma espiritual pero mucho más real que la representación imaginativa de la escena. Es ser parte de la acción, no para tomar el lugar de alguno de los personajes que estuvieron presentes en Jerusalén, sino haciéndome presente en el corazón del propio Cristo que ha muerto “por mi”, en su doble acepción: “por mi causa” y “a favor mío”.

Ése es el centro de nuestra fe, una fe que no consiste en mero asentimiento intelectual sino que, para ser verdad, tiene que hacerse convencimiento profundo y motivador de un cambio real de vida. Bien entendido que dicho cambio de vida rara vez será espectacular: la calidad espiritual suele estar más bien en los detalles.

El amor con el que Dios nos ama

La meditación ante Cristo crucificado es así meditación más bien sobre el amor que Dios nos tiene. “Por mí”. Dios ha hecho esto “por mí”.

¿Lleva esto a pensar que el sufrimiento tiene en la vida cristiana un lugar preponderante? Pienso que no, no al menos como nos lo han podido transmitir algunas veces.

San Pedro. Cuadro de Francisco de Goya
San Pedro (Francisco de Goya)

Ante Cristo crucificado, la conclusión no puede ser otra que un profundo acto de contrición. Si mis pecados -nuestros pecados- tienen tales consecuencias, yo no tengo ningún derecho a tomármelos a la ligera y lo menos que puedo hacer es pedir perdón con toda mi alma. Es precisamente esta contrición la que me libera de mis pecados. No hablo de los pecados pasados, sino de los presentes y de los futuros. Hablo en suma de esa gratitud que nos cambia por dentro: “yo tampoco te condeno, vete y, en adelante, no peques más”.

Esto lleva a un conocimiento interior que no es fruto de la introspección, sino del reconocimiento del amor que Dios me tiene. Esa confianza nos da fuerza para encontrarnos en nuestro interior, no con nuestras miserias (lo cual es insoportable) sino con Él.

Otra imagen de Dios

Ante el escándalo que provoca que Dios haya cuanto menos permitido que su Hijo muriera de forma tan ignominiosa, quiero terminar haciendo una breve reflexión.

No sabemos por qué Dios permite ciertas cosas. En La Ciudad de Dios, San Agustín justifica de forma muy ingeniosa que lo que es malo para unos es bueno para otros. El mal no sería nunca algo absoluto. En este caso, lo malo para Jesús sería bueno para nosotros.

El lavatorio. Cuadro de Tintoreto
El lavatorio (Tintoretto)

Más allá de cualquier modo que tengamos de justificar –o no- la existencia del mal en el mundo, lo que la cruz nos muestra es una forma muy distinta de ser Dios (“el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor”). Ésta es la forma que Dios tiene de responder al eterno deseo humano de “ser como Dios”. Éste -y no otro- es el pecado original. En la Biblia no se habla de manzana, sino de “fruto”.

La cruz debería ser de este modo vacuna antes que escalera, guía que apunta al cielo por el camino de la entrega y el sacrificio, huyendo de todo lo que sea apariencia o autobombo.

Navidad

Imagen animada de un árbol de navidad con sus luces parpadeando
Navidad. ¿Qué tiene que ver el misterio de la Encarnación con los abetos? Eso es otro misterio, ciertamente.

No voy a entrar en la cuestión de cómo se celebra  hoy la Navidad. Eso es algo que todos sabemos. Hace muchos siglos, ante el dilema de suprimir o dar el cambiazo, la Iglesia decidió cristianizar unas fiestas paganas y hoy el paganismo ha recuperado lo que era suyo. Se trata únicamente de la fuerza de la gravedad: cuando las fuerzas que elevan el espíritu decaen, las cosas caen por la fuerza de su propio peso.

Y tampoco voy a entrar en el espíritu navideño que a algunos católicos les embargaba por estas fechas en forma de solidaridad transitoria, como de forma cruelmente sarcástica caricaturizó Berlanga en su película Plácido.

El misterio de la Encarnación

El misterio de la Encarnación. imagen animada en la que aparecen la Virgen y san José con el niño Jesús de quien salen unos rayos de luz parpadeantes. En contra de lo que pudiera parecer, al hablar de la Navidad lo fácil es explicar el contenido dogmático que encierra la fe en el misterio de la Encarnación. Decir que el Verbo de Dios se hizo carne, que la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre, ése es el gran dogma de nuestra fe, la seña de identidad del cristiano.

Decirlo es fácil. Creerlo no es fácil ni difícil: se cree o no se cree. Pero vivirlo... ¡ah! vivirlo. Eso es otro asunto.

Pero, ¿qué significa el Misterio de la Encarnación? Dicho de otro modo, ¿qué significa para nosotros este misterio de nuestra fe? ¿Qué diferencia hay entre creer únicamente que existe Dios y creer que Jesús de Nazaret es Dios?

Creer en Dios y no creer en la divinidad de Jesucristo es perfectamente compatible con tener una imagen de Dios cercano y preocupado por los hombres. Aunque sería un error olvidar la imagen concreta que de Dios nos transmiten los Evangelios. No ya como Padre, sino como "abba" (papá).

Hijos en el Hijo

Fragmento de la Creación del Mundo. Fresco de Miguel Ángel que se encuentra en la Capilla Sixtina. En el fragmento aparece únicamente Dios creador. Pero hay más. Con la Encarnación, la humanidad queda de algún modo santificada. Y digo "de algún modo" porque hoy en día circula de forma implícita una creencia ciertamente herética como si el hombre pudiera llegar a ser Dios. Hoy en día no existe debate teológico de ningún tipo. Las ideas no se afirman, solamente se sugieren y así uno queda indefenso ante ciertas corrientes.

Somos "hijos en el Hijo", lo que quiere decir que nadie es hijo fuera de Cristo. Y lo de ser "otros Cristos" tampoco significa la divinización del hombre, de ningún hombre y tampoco de la humanidad como tal. No es la divinización lo que nos enseña en Nuevo Testamento, sino la kénosis:

6Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
7al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
8se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

9Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
10de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
11y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.(Filp 2,6-11)

El seguimiento de Cristo

Cristo en el huerto de Getsemaní. Cuadro de Heinrich Hofmann. 1890.
Christ in the Garden of Gethsemane
Heinrich Hofmann, 1890

Éste es el Dios en el que creemos y, para ser "otro Cristo", no hay otro camino que la cruz: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24). Es el "aprendió sufriendo a obedecer" de Heb. 5,8. Así es Dios y no como nosotros nos lo imaginamos:

Es que Dios sabe muy bien que el día en que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal (Gn 3,5)

 

Perseus. Escultura de Antonio CanovaDe modo que la el Misterio de la Encarnación no es sólo ni fundamentalmente una lección acerca de la cercanía de Dios, sino más bien una lección acerca de quién es realmente Dios, de cómo es Dios. Justo lo contrario de cómo nos lo imaginamos nosotros.

«Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» (Mc 9,35)

 

Brotes. FotografíaCreer en Cristo es creer que solamente por Cristo, con Él y en Él podemos llegar a Dios. Y eso significa creer también que el Reino de Dios crece por la fuerza de Dios a partir de una semilla muchas veces invisible. La Evangelización es obra de Dios, no nuestra. Las técnicas de marketing están de más en la Iglesia. Y también están de más los métodos antiguos, tales como centrarse en la educación de las élites. Dios se manifiesta dónde y cómo quiere, generalmente donde menos pensamos.

Dios ha escogido más bien a los que el mundo tiene por necios para confundir a los sabios; y ha elegido a los débiles del mundo para confundir a los fuertes (1 Cor 1,27)

Navidad