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En este artículo estudiamos lo que nos dicen los Padres de la Iglesia acerca de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Con ello continuamos la serie de artículos que habíamos comenzado a publicar sobre la eucaristía.

Se llama Padres de la Iglesia a un conjunto de Pastores –generalmente obispos- que destacaron por su santidad y cuyos escritos han llegado hasta nosotros. La Patrología distingue entre Padres latinos y Padres griegos, dependiendo de la lengua en la que escribieron (y del lugar en el que vivieron).

Mapa situación Padres de la Iglesia siglos II-VIII

Vivieron entre los siglos I y VIII y los encontramos en las principales ciudades del mundo cristiano de entonces. Su importancia para la teología católica es extraordinaria. Ellos son testigos privilegiados de los inicios de la Iglesia. Destacan, no sólo por su santidad, sino también por su sabiduría y por la profundidad de sus escritos.

En este artículo vamos a ver qué nos dicen algunos de estos autores acerca de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se trata de autores que vivieron en épocas, lugares y circunstancias muy diversas, por eso son también muy diferentes entre sí. Digo esto porque en este artículo estudiaré cada autor por separado. Un estudio que abordase los temas de forma transversal nos haría perder matices que no son en absoluto irrelevantes.

 

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo II

San Ignacio de Antioquía

Pertenece san Ignacio a los que hoy conocemos como Padres apostólicos. Se les llama así por su cercanía con los Apóstoles. Este nombre, desconocido en la antigüedad, comenzó a ser usado por los eruditos del siglo XVII. Son autores de los siglos I y II. Se trata de escritos pastorales y su contenido y estilo es muy cercano al Nuevo Testamento, concretamente a las Epístolas.

Es san Ignacio el segundo obispo de Antioquía. Esta ciudad, entonces siria, pertenece hoy a Turquía. Se encuentra al sur de este país actual, muy cerca por el oeste del mar Mediterráneo y por el sur de la frontera con la actual Siria (por carretera hay 110 kilómetros hasta la tristemente famosa ciudad siria de Alepo).

Se le ordenó trasladarse de Siria a Roma donde sufrió el martirio (echado a las fieras). De camino a Roma escribió siete epístolas, la más importante de las cuales es la Carta a los Romanos. Antes de llegar a Roma se entera de que cristianos de esta Iglesia están tratando de conseguir su indulto. San Ignacio les escribe para pedirles que no impidan su martirio.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Ignacio de Antioquía (PG 5,693 B)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Ignacio de Antioquía (PG 5,693 B)

Argumenta san Ignacio que morir por Cristo le convertirá en palabra de Dios, mientras que, si se lo impiden, su palabra volverá a ser mera palabra humana (II,1). Les dice que pidan a Dios fuerza para ser de verdad fiel a Cristo (III,2; VIII,3) y que no se lo impidan, ni siquiera si él se lo pidiera en el momento de la verdad (VII,2). Leyendo la carta completa –consta únicamente de diez capítulos muy breves- desaparece la sensación que da la lectura aislada de las frases más conocidas. Dice san Ignacio que, cuando el cristianismo es odiado, lo que toca es mostrar grandeza de alma, no bellas palabras (III,2). Está hablando a los pastores de la Iglesia de Roma y les dice que le apliquen a él, lo que ellos predican para otros (III,1).

De toda la carta se desprende que san Ignacio, como pastor de la Iglesia de Antioquía, se siente indigno ante la sola perspectiva de no ser coherente con lo que él mismo ha predicado. San Ignacio es apresado y obligado a viajar a Roma. No es un fanático que busque la muerte. Pero, llegado el momento, entiende que Dios le está mostrando el camino para seguir a Cristo, para ser otro Cristo. Entiende que es el momento de hacer realidad el seguimiento, de predicar con la verdad de su vida y no con meras palabras.

Es en este contexto en el que hay que interpretar el texto siguiente:

“No siento placer por la comida corruptible ni por los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, pan celeste, pan de vida, que es la carne de Jesucristo, Hijo de Dios, del linaje de David y de Abraham; y quiero la bebida de Dios, su sangre, que es caridad incorruptible y vida eterna” (Carta a los Romanos VII,3: PG 5,693B).

Aquí san Ignacio se está refiriendo simultáneamente a la Eucaristía y a la muerte. Entregar la vida es para él la forma suprema de comunión con Cristo. Desea morir por Cristo como forma suprema de hacerse una cosa con él. Y es precisamente por eso por lo que no desea el alimento para una vida corporal que él ya dada por amortizada, sino el alimento para la vida eterna, que es la Eucaristía.

De esta Eucaristía dice claramente que es la “carne” de Jesucristo. No ya su cuerpo, sino su carne. La carne de Jesucristo, Hijo de Dios y también hijo de David y de Abraham. De esta forma afirma, no sólo su fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sino también su fe en que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

De la misma forma que la carne de Cristo es el “pan de Dios”, así también su sangre es la “bebida de Dios”. Caridad incorruptible, es decir, amor que no termina con la muerte. Con esto expresa san Ignacio la radicalidad de su amor a la Eucaristía. Comulgar con Cristo no es meramente un acto piadoso, sino vivir su misma vida y morir su misma muerte. La Eucaristía no es para san Ignacio un rito o un momento en la vida del cristiano, sino el sentido mismo de su existencia, anticipación de la unión con Cristo que se dará en plenitud en la vida eterna.

San Justino

Pertenece san Justino a los autores que son conocidos como Padres apologetas griegos. Mientras los Padres apostólicos eran ante todo pastores que se dirigían a su rebaño para edificarlo, los Padres apologetas dirigen sus escritos a los no cristianos. Las clases altas de la sociedad de entonces consideraban al cristianismo como un peligro. El mundo de la ciencia y de la filosofía de entonces dirigieron sus dardos contra los cristianos. Por ello, para la evangelización ya no bastaba con la predicación. Era también necesario defenderse de las calumnias y, lo que es más importante, argumentar filosóficamente.

Y, como ya sabemos que no hay mejor defensa que un buen ataque, no se limitaron a refutar lo que desde fuera se decía del cristianismo, sino a demostrar que la filosofía pagana estaba llena de errores. Así pues, los Padres apologetas son filósofos y teólogos, verdaderos intelectuales. El más importante de los Padres apologetas griegos del siglo II es san Justino.

San Justino nació en Palestina, en la ciudad de Flavia Neápolis (la actual Nablus, al norte de Cisjordania). Sus padres eran paganos. En su búsqueda de la verdad se asomó a la filosofía estoica, a la peripatética, a la pitagórica y, finalmente, a la platónica que le convenció por un tiempo. Hasta que tomó contacto con los Profetas y descubrió el cristianismo.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Justino, Apología I (PG 6,428C-429A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Justino, Apología I (PG 6,428C-429A)

De sus numerosas obras, solamente tres han llegado hasta nosotros: sus dos Apologías contra los paganos y su Diálogo contra el judío Trifón.

Tenemos el relato de su muerte en el Martyrium S. Iustini et Sociorum, basado en las actas oficiales del tribunal que le juzgó. Según este documento, el martirio de san Justino tuvo lugar probablemente el año 165. Siendo prefecto Junio Rústico, fue decapitado junto a otros seis compañeros.

El texto que vamos a comentar aquí pertenece a la Apología I. San Justino comienza esta apología pidiendo al emperador que se forme su propio juicio acerca de los cristianos. A continuación denuncia la actitud oficial que consiste en condenar a los cristianos por el solo hecho de serlo, sin acusarles de nada concreto. A partir del capítulo13 hace una descripción de la doctrina cristiana y de las razones para abrazarla. Termina el escrito con un último capítulo en el que san Justino pide al emperador que, si tales doctrinas vienen de la razón, sean de este modo estimadas; si son pura palabrería, que como tales las desprecie. Pero que no sean juzgados como enemigos del imperio quienes no han cometido crimen alguno. La petición incluye una amenaza con el juicio de Dios si el emperador se obstina “en su iniquidad”.

Los tres capítulos dedicados a la Eucaristía y su celebración son el colofón del resumen doctrinal. Inmediatamente anteriores al capítulo final. Dado que san Justino es un autor muy poco sistemático, puede que este hecho no tenga un particular significado. Limitémonos, pues, a comentar el fragmento siguiente:

“Porque estas cosas no las tomamos como pan común ni bebida común, sino que, del mismo modo que Jesucristo nuestro Salvador fue hecho carne por el Verbo de Dios, tomando nuestra carne y nuestra sangre por nuestra salvación; así también se nos ha enseñado que por las preces al mismo Verbo, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias se transforma en la carne y sangre del mismo Jesús que se encarnó y de la que se alimentan nuestra carne y nuestra sangre” (Apología I, 66,2; PG 6,428C-429A).

Las largas frases de san Justino hacen muy difícil una buena traducción, a la vez respetuosa con el original y que se entienda en castellano. Nada que no se pueda resolver con una pequeña explicación.

Lo que san Justino dice es que la Eucaristía no es un alimento común. Jesucristo es el Verbo de Dios que tomó nuestra carne y nuestra sangre (Encarnación) para nuestra salvación. Sobre el alimento común se dicen unas preces. Estas preces consisten en la “acción de gracias” (eucharistezeisan). Por medio de esta acción de gracias, lo que antes era alimento común es transformado en la carne y sangre del mismo Jesús que se encarnó. Nuestra carne y nuestra sangre se alimentan de esta carne y esta sangre que han surgido por la transformación de lo que antes eran alimentos comunes.

Tenemos así, en estas frases algo enrevesadas, prácticamente el contenido de lo que es la fe de la Iglesia acerca de la Eucaristía. A saber: que la acción de gracias (eso significa Eucaristía) realiza una transformación en los dones de forma que ya no tenemos alimento ordinario, sino el cuerpo y la sangre del mismo Cristo. El texto continúa citando las palabras de la consagración que se encuentran en los evangelios.

En el capítulo siguiente explica cómo son las liturgias dominicales. Cómo todos se reúnen, cómo hacen unas lecturas que después son comentadas por quien preside la reunión (lo que hoy conocemos con el nombre de homilía). Relata también cómo después todos se levantan para orar en común (preces). Después son presentadas el pan y el vino (ofertorio). A continuación el presidente eleva sus preces (lo que hoy se conoce como Plegaria eucarística o Canon). Esto incluye la acción de gracias por medio de la cual se realiza la transformación (consagración). Al final, todos dicen “amén” (el “amén” que hoy se dice después del “Por Cristo, con él y en él…”). A continuación viene “la distribución y participación” (es decir, el rito de comunión). Los diáconos llevan la comunión a los ausentes. La limosna se entrega al final al presidente para que con ella socorra a los necesitados.

Tenemos pues, ya en la primera mitad del siglo II (recordemos que san Justino muere en el 165), un esquema perfectamente reconocible de lo que hoy son nuestras eucaristías dominicales. Y, lo que es más importante, una formulación que recoge lo fundamental de nuestra fe en la presencia real.

 

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo III

Orígenes

Pertenece Orígenes a la Escuela de Alejandría. Esta escuela de teólogos cristianos no debe ser confundida con la escuela de filósofos paganos que tuvo su sede en esta misma ciudad. No es de extrañar esta coincidencia, dado que Alejandría fue el principal centro cultural del mundo antiguo. Se encuentra Alejandría al norte de Egipto, en el delta del Nilo.

Los pensadores cristianos de Alejandría utilizaron el método alegórico, porque entendían que no se puede hablar de Dios de una forma literal. Consideran que el sentido literal del Antiguo Testamento es sólo una sombra. No fueron los primeros en utilizar el método alegórico. Ya el judío Aristóbulo –alejandrino y de cultura helenista- lo había utilizado a mediados del siglo II.

La formación en la filosofía griega, así como el estudio de la Sagrada Escritura hizo que los estudios teológicos de estos autores alcanzasen un nivel hasta entonces desconocido. No obstante, el método alegórico tuvo también sus peligros. Y, de hecho, es Orígenes uno de los pocos Padres de la Iglesia que no ha sido canonizado.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. Orígenes (PG 12,391 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
Orígenes (PG 12,391 A)

Según Quasten (vol. I, p. 351), fue Orígenes “doctor y sabio eminente de la Iglesia antigua, hombre de conducta intachable y de erudición enciclopédica”. Orígenes no era un converso del paganismo, sino que pertenecía a una familia cristiana. Nació en Alejandría hacia el año 185. El estado confiscó su patrimonio y él tuvo que dedicarse a la enseñanza para mantener a su familia (padres y hermanos). Con 18 años fue nombrado director de la escuela, al tiempo que daba clases de prácticamente todas las materias conocidas entonces. Siendo ya profesor asistió a las clases de Ammonio Saccas, celebre fundador del neoplatonismo.

Durante la persecución de Decio sufrió graves tormentos que no le causaron la muerte, pero que quebrantaron su salud. El año 253, Orígenes muerte en Tiro (en el actual Líbano) a la edad de sesenta y nueve años.

Orígenes es el primer exegeta científico de la Iglesia. Muchas de estas obras se han perdido y de otras conservamos únicamente su traducción al latín. Entre sus obras se encuentran algunas homilías sobre el libro del Éxodo. En una de estas homilías encontramos el texto eucarístico que he considerado relevante para el tema que nos ocupa.

“(…) cuando recibís el cuerpo del Señor, lo guardáis con toda cautela y veneración, para que no se caiga ni un poco de él, ni desaparezca algo del don consagrado” (Sobre el Éxodo, Homilía XIII: PG 12,391 A-B).

Después de la presentación anterior, cabría esperar un texto lleno de interpretaciones alegóricas de la Sagrada Escritura o, al menos, con una cierta fragancia neoplatónica. Nada de eso se encuentra aquí. No porque Orígenes haya hablado poco de la Eucaristía. Muy al contrario. Sucede que precisamente ese estilo alegórico al que nosotros no estamos acostumbrados puede resultarnos muy ambiguo. Encontramos, por ejemplo, algunos textos en los que utiliza la palabra “verbo” con distintas acepciones (palabras de la consagración, Cristo, Sagrada Escritura) en un juego de palabras que resulta extraordinariamente sugerente, pero también muy poco conveniente para el fin de este estudio.

La razón de haber elegido este texto ha sido precisamente su sencillez. Habla Orígenes de la comunión refiriéndose a ella con toda claridad como “cuerpo del Señor”. Eso ya nos bastaría. Pero añade algo que tiene más calado teológico de lo que puede parecer.  “Que no se caiga ni un poco de él”. En primer lugar viene a reforzar la afirmación primera: que ya no es pan, sino que es el cuerpo del Señor. En segundo lugar, que hasta el pedazo más insignificante continúa siendo el cuerpo del Señor. Finalmente, que esta presencia no se limita al tiempo que dura la celebración.

Esto, que a un creyente puede parecerle incluso obvio, cobra especial sentido frente al recuerdo de ciertas eucaristías realizadas en pequeñas comunidades. La forma en la que –no sólo interior, sino también exteriormente- recibimos la comunión dice mucho acerca de nuestra fe en ella.

San Cipriano

Los tres autores anteriores eran de lengua griega. San Cipriano es el primero de nuestra selección que escribió en latín. De hecho nació probablemente en Cartago –a orillas del Mediterráneo, en el actual Túnez- entre los años 200 y 210. Perteneció san Cipriano a una familia pagana, rica y muy culta. Antes de su conversión fue un prestigioso orador. Poco después de su conversión fue ordenado sacerdote y en el año 248 ó 249 elegido obispo por aclamación popular. Durante la persecución de Decio, en el año 250, se escondió en un lugar seguro desde el cual continuó en contacto con sus fieles. Esto no fue bien visto, lo que creó no pocos problemas en la Iglesia de Cartago. Finalmente, el 14 de septiembre del 258, san Cipriano murió mártir en una nueva persecución promulgada por el emperador Valeriano. Es el primer obispo africano mártir.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Cipriano (PL 4,384A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Cipriano (PL 4,384A)

San Cipriano es un hombre de acción, más interesado en la acción pastoral que en las especulaciones teológicas. Deudor de Tertuliano, a quien profesaba gran admiración, careció san Cipriano de la profundidad y el talento literario de su maestro. Sin embargo, su estilo es más claro, mejor trabajado y más cercano a la Sagrada Escritura. La sabiduría práctica de san Cipriano supo recoger lo mejor de Tertuliano y evitando sus nocivas exageraciones.

Todas las obras de san Cipriano responden a cuestiones prácticas que fueron surgiendo. Entre sus numerosas obras se encuentran multitud de cartas que constituyen un relato interesantísimo para la historia de la Iglesia. De entre esas cartas destaca la Carta 63 que, más que una carta, es una especie de tratado que ha sido titulada por algunos: De sacramento calicis Domini. En ella rechaza la costumbre que se había instaurado en algunas comunidades cristianas consistente en echar en el cáliz, no vino mezclado con agua, sino agua sola. Es de esta carta de la que hemos tomado el conocido texto que citamos a continuación:

“Así, pues, en la santificación del cáliz del Señor no puede ofrecerse sola agua, como tampoco solo vino. Porque si uno ofrece solamente vino, la sangre de Cristo empieza a estar sin nosotros; y si el agua está sola, el pueblo empieza a estar sin Cristo. Mas cuando uno y otro se mezclan y se unen entre sí con la unión que los fusiona, entonces se lleva a cabo el sacramento espiritual y celestial” (Carta 63. PL 4,384A).

Como he señalado antes, el origen de este texto está en una praxis concreta que san Cipriano quiere corregir. La respuesta, sin embargo, va mucho más allá de la ocasión que la motivó. Por primera vez alguien ha sido capaz de expresar la relación que existe entre la transformación de las ofrendas y la nuestra. Y lo ha hecho de forma magistral. En el vino estamos también nosotros representados en el agua que se echa en el cáliz. Así pues, cuando el celebrante consagra el pan y el vino, consagra también el agua que está mezclada con el vino. Y, de la misma forma que el agua es inseparable del vino que la contiene, también nosotros seamos transformados en Cristo por medio de la consagración. De forma que no esté Cristo sin nosotros, ni nosotros sin Cristo.

La finalidad de la Eucaristía no es una presencia de Cristo sin nosotros. Cristo no se hace presente para que nosotros le adoremos, sino para que nos hagamos una sola cosa con él. Y la Eucaristía tampoco tiene por finalidad una especie de confraternización entre nosotros. Es Cristo quien nos une y nos hace hijos del mismo Padre.

 

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo IV

San Efrén de Siria

Nace alrededor del año 306 en Nísibis, actual Nusaybin en el sudeste de Turquía, junto a la frontera siria. Sus padres fueron probablemente cristianos. Fue instruido por el obispo de su ciudad, que ejerció una gran influencia sobre él. Fue san Efrén diácono en Nísibis. Después de la conquista de Nísibis a manos de los persas, san Efrén, como muchos otros cristianos, abandona su patria. Se establece en Edesa, la actual Sanliurfa, no muy lejana de Nísibis, pero en ese momento perteneciente al Imperio Romano.

San Efrén es considerado como el escritor clásico de la Iglesia siria. Insigne exegeta, apologeta, predicador y poeta.

El texto que hemos elegido pertenece a uno de sus sermones.

“(…) Lo que ahora os he dado no lo juzguéis pan, tomadlo, comedlo, y no piséis sus migajas; lo que llamo cuerpo mío, lo es en verdad. Una mínima miga suya puede santificar millones y basta para dar vida a todos los que la comen. Tomad, comed con fe, sin dudar un punto de que esto es mi cuerpo, y el que lo come con fe, come en él fuego y Espíritu; pero si alguno lo come con dudas, para él se hace simple pan; pero quien con fe come el pan santificado en mi nombre, si es puro, puro se conserva; si pecador, es perdonado. Pero quien lo desprecia o desdeña o lo injuria, tenga por cierto que injuria al Hijo, el cual al pan llamó e hizo realmente su cuerpo” (Sermones en la semana santa, Sermón 4, n.4: LAMY 415-418).

San Efrén está narrando la institución de la Eucaristía. El texto habla en primera persona suponiendo lo que Jesús dijo –o podía haber dicho- a sus discípulos en aquella última cena. Poniendo sus palabras en boca de Jesús, hace san Efrén hincapié en la realidad de la presencia real. No lo juzguéis pan, no piséis sus migajas. Lo que Jesús llama su cuerpo, lo es en verdad. Este cuerpo da la vida a todos aquellos que lo comen. Y no es cuestión de cantidad, basta con el pedazo más insignificante para santificar y dar la vida a muchos. Esto equivale a decir que, al partirse el pan, Cristo se entrega entero en cada fragmento.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Efrén,Sermón 4, n. 4
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Efrén,Sermón 4, n. 4

Una pequeña miga basta para santificar millones, pero solo a quien comulga con fe. Los efectos de la comunión no son automáticos. San Efrén detalla las distintas posibilidades.

“Si quis autem dubitans manducat illud, merus panis fit ei”. A quien duda, no le sirve de nada. Parece que así debe ser entendido. Entenderlo de otra forma nos llevaría a concluir que el pan se hace cuerpo de Cristo únicamente para quien cree. Esto equivaldría, bien que la presencia no es real, sino puramente subjetiva; o bien que la consagración la realiza, no el celebrante por las palabras de la consagración, sino el comulgante por su fe. Ambas interpretaciones, en particular la primera, están en abierta contradicción con el contexto.

Quien desprecia la comunión, está despreciando al propio Cristo. Esto abunda en lo que acabamos de decir. La duda no es culpable. Nadie duda voluntariamente. A todos nos gusta estar seguros en un sentido o en otro. Pero despreciar la comunión sí es un acto voluntario. Quien desprecia la comunión, está despreciando al propio Cristo. Luego Cristo sí que está presente para quien voluntariamente se burla de la comunión.

En un tercer grupo están quienes comulgan con fe. En este grupo distingue san Efrén entre los pecadores y los puros. San Efrén afirma claramente que la comunión perdona los pecados. No hace distinción entre pecados leves y graves, solamente dice que el pecador es perdonado. El hecho de que contraponga a los pecadores con los “puros” da idea de que puede estar pensando en pecados graves, siempre que no afecten al acto de fe y de contrición necesarios. Por lo que respecta a lo que dice de los puros, podría interpretarse como si los puros no necesitasen comulgar. “Si es puro, puro se conserva” no significa que los puros se queden como están. Nadie es puro por sus propias fuerzas. El puro necesita participar del cuerpo de Cristo para conservarse puro.

San Hilario de Poitiers

Poco es lo que conocemos de la biografía de este autor. Nacido probablemente a comienzos del siglo IV, obispo de Poitiers se calcula que a partir del año 350 aproximadamente. Algunos otros detalles de su vida pueden deducirse de sus obras, pero no pasan de meras conjeturas.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Hilario (PL 9, 709A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Hilario (PL 9, 709A)

El primer dato cierto es su presencia en el concilio de Béziers en el año 356. En dicho concilio Hilario es depuesto y exiliado a Frigia (extensa región que ocupaba gran parte de la actual Turquía). Motivo: no querer sumarse al arrianismo dominante entre los obispos occidentales. Los años que pasó exiliado en Oriente fueron decisivos en su formación cultural y doctrinal. Así pudo entender el problema arriano en toda su complejidad. Comprendió que rechazar el arrianismo no era suficiente, si no se rechazaba igualmente el monarquianismo sabeliano.

Poco después de obtener permiso para volver a Galia –aunque sin recuperar su diócesis- le encontramos en un concilio celebrado en París en 361. Allí logró que se aceptase una síntesis dogmática acerca del homoousios. Logró también que prevaleciera una postura indulgente con la mayoría de obispos que habían sido arrastrados hacia la herejía arriana. De este modo fue barrido el arrianismo de la Galia.

Dos son los textos que hemos escogido de este autor.

“Pues se trata de la mesa del Señor, de la cual tomamos el alimento, del pan vivo; el cual tiene esta virtud, que como Él mismo vive, vivifique también a aquellos que lo reciben” (Tratado sobre el salmo 127).

La explicación hace referencia al Sal 127,3: “tus hijos, como renuevos de olivo, en torno a tu mesa”. Explica san Hilario que el salmo dice alrededor de tu mesa, no del convite. Y eso es para él importante porque, según dice, se trata de la “mesa del Señor”. Sin embargo san Hilario no hace referencia al sacrificio, en cuyo caso la mesa representaría el altar. De modo que la mesa del Señor sí que se refiere al convite, pero no a un convite cualquiera, sino al “pan vivo” que no es otro que el mismo Cristo. “Él vive”. Él es el pan y es Cristo, por eso puede dar la vida a quien lo recibe.

El otro texto lo encontramos en la obra cumbre de san Hilario, el De Trinitate.

“Hemos recordado todas estas cosas porque los herejes, mintiendo al decir que sólo hay unidad de voluntad entre el Padre y el Hijo, empleaban el ejemplo de nuestra unidad con Dios, como si estuviéramos unidos al Hijo, y por el Hijo al Padre, solamente por nuestra sumisión y voluntad religiosas, y así no se concediera ninguna propiedad de unión natural al sacramento de la carne y de la sangre; siendo así que el misterio de la unidad verdadera y natural ha de ser proclamado por el honor que supone para nosotros la donación del Hijo, y por la permanencia según la carne del Hijo en nosotros, ya que nosotros estamos corporal e inseparablemente unidos a Él” (Sobre la Trinidad L. 8, n. 17).

Presencia real de Cristo en la eucaristía San Hilario (PL 10,249 A-B
Presencia real de Cristo en la eucaristía
San Hilario (PL 10,249 A-B)

Los herejes a los que se refiere san Hilario son los arrianos, que negaban la divinidad de Cristo. Contrapone san Hilario la unidad de voluntad a la unidad natural. El Hijo es una sola cosa con el Padre, porque es consustancial con él. Participan de una única divinidad. Así, cuando nosotros recibimos el sacramento del cuerpo y de la sangre, participamos del misterio de esta “unidad verdadera y natural”. Los herejes afirmaban que la unidad de Cristo con el Padre era solamente “de voluntad”, es decir, una unión religiosa como sucede con cualquier hombre santo. Si Cristo fuera solamente un hombre santo, entonces nuestra unión con él por medio del sacramento del cuerpo y de la sangre no nos uniría a Dios más que cualquier otro tipo de acto religioso como pudiera ser la oración personal.

San Cirilo de Jerusalén

Nacido probablemente en Jerusalén alrededor del año 315, sabemos que fue nombrado obispo de esa misma ciudad el año 348. Los orígenes de su obispado están bajo sospecha de arrianismo. El hecho es que, poco después de su consagración, los arrianos le atacan por su defensa de la fe nicena. Tres veces fue depuesto y desterrado y otras tres devuelto a su sede. La última vez, el año 378. Como obispo de Jerusalén toma parte en el segundo concilio ecuménico de Constantinopla que tuvo lugar el año 381. Muere probablemente el 18 de marzo de 387.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Cirilo de Jerusalén (PG 33 1097 A - 1100 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Cirilo de Jerusalén (PG 33 1097 A - 1100 A)

Es famoso por sus veinticuatro conferencias catequéticas pronunciadas en la iglesia del Santo Sepulcro. Una nota que se halla en varios de los manuscritos que han llegado hasta nosotros hace constar que se trata de unas notas tomadas taquigráficamente. Esto indica que no se trata de una obra escrita por san Cirilo, sino de la transcripción realizada por alguno de los asistentes a las mismas. Estamos ante una de las obras más importantes de la antigüedad cristiana.

La primera es una especie de introducción llamada Procatechesis. A esta le siguen otras dieciocho catequesis pronunciadas durante la cuaresma. Iban destinadas a quienes en Pascua habrían de recibir el sacramento del bautismo. Las cinco restantes, llamadas Catequesis mistagógicas fueron pronunciadas en la semana de Pascua, para los neófitos. En las dos primeras explica el sentido de los ritos bautismales. La tercera está dedicada a la unción con el crisma. La cuarta sobre el cuerpo y la sangre de Cristo. Finalmente, la quinta está destinada a explicar la liturgia eucarística.

Es de la cuarta catequesis mistagógica de la que hemos tomado la cita siguiente:

“Habiendo, pues, pronunciado Él y dicho del pan: Éste es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y habiendo Él aseverado y dicho: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá dudar jamás y decir que no es la sangre de Él?”.

“En otra ocasión convirtió con una señal suya el agua en vino en Caná de Galilea, y ¿no hemos de creerle cuando convierte el vino en sangre? Invitado a unas bodas corporales hizo este milagro estupendo, y ¿no confesaremos con mayor razón que ha dado a los hijos del tálamo nupcial el gozo de su cuerpo y de su sangre?” (Catequesis mistagógica IV,I-II: PG 33,1097 A – 1100 A).

La afirmación de san Cirilo no puede ser más contundente. El pan sobre el que se han pronunciado las palabras de la consagración es el cuerpo de Cristo. Nadie puede dudarlo. Y lo mismo el vino. Nadie puede decir que no sea su sangre.

A continuación argumenta con el milagro de las bodas de Caná de Galilea. Si Jesús hizo este milagro para los asistentes a unas bodas, con mucha más razón dará a sus hijos el gozo de su cuerpo y de su sangre.

Es importante decir que, pese al paralelismo, san Cirilo no sugiere que la presencia eucarística sea un milagro. En el caso de las bodas habla de “bodas corporales” y las contrapone al “tálamo nupcial” de los hijos de Dios. Esto más bien sugiere que se trata de dos cosas tan distintas que no se pueden siquiera comparar. Jesús hace un milagro material (transformar el agua en vino) para una fiesta humana. Si Jesús puede hacer este milagro, entonces también puede hacerse presente a sus fieles. Esto no es un milagro, es mucho más. Un milagro es algo material y terreno. La presencia de Cristo en su Iglesia es algo del cielo.

San Ambrosio

No conocemos la fecha de su nacimiento, que pudo ser el año 337 ó el 339. Sí sabemos que nació en Tréveris, ciudad situada en la actual Alemania, casi en la frontera con Luxemburgo. Tras la muerte prematura de su padre, la familia se traslada a Roma. Sabemos que alrededor del año 370 fue nombrado cónsul de las regiones de Liguria y Emilia, con residencia en Milán. A la muerte del obispo de Milán –que era arriano-, católicos y arrianos se disputaban la elección de sucesor. San Ambrosio, en su calidad de cónsul, tuvo que mediar entre ambos bandos. Como resultado de dicha mediación, ambos bandos le aclamaron como obispo cuando aún no era sino catecúmeno. Fue entonces bautizado y, una semana después, consagrado obispo.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. S. Ambrosio (PL 15,1461 D - 1462 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía
S. Ambrosio (PL 15,1461 D - 1462 A)

A partir de ese momento, se dedica san Ambrosio al estudio de la Biblia, de los Padres griegos y de autores hebreos y paganos como Filón y Plotino. San Agustín fue testigo de ello (Confesiones VI 3,3).

Por lo que respecta a la disputa entre arrianos y católicos, san Ambrosio deja clara su postura católica, pero evita una purga entre los arrianos. El problema arriano ocupará gran parte de su tarea teológica, pastoral y también política dentro y fuera de Milán.

San Ambrosio fallece el 4 de diciembre del 397.

La intensidad de su vida no le impidió una gran fecundidad como escritor. Más aún, diríase que fue su motor. Por lo que respecta a nuestro tema, dos son las grandes obras que hablan profusamente de la Eucaristía: De mysteriis y De sacramentis. Aunque este tema está presente en muchas otras de sus obras.

He seleccionado unos cuantos textos que merecen ser comentados aunque sea brevemente.

El primero de ellos pertenece al comentario a los salmos, concretamente al salmo 118.

“(…) Cristo es para mí comida, Cristo para mí bebida: la carne de Dios es manjar para mí y la sangre de Dios es bebida para mí. Ya para mi saciedad no espero las cosechas anuales, Cristo se me sirve todos los días (…). Mi manjar es aquel que, el que lo comiere, no tendrá hambre (cf. Jn 6,35). Mi manjar es el que no aumenta el cuerpo, sino que conforta el corazón del hombre (cf. Sal 103,15)”. (Salmo 118: PL 15,1461 D – 1462 A).

Solamente voy a resaltar dos cuestiones. La primera es la expresión “carne de Dios” (“caro Dei cibus mihi”). Una expresión que puede parecer incluso imprecisa, pero que es sin duda intencionada. Dios es espíritu y los espíritus no tienen carne. Sin embargo, en Cristo hay dos naturalezas y una única persona. Así pues, cualquier cosa que se predique de Cristo habrá que predicarlo de su persona que es divina. Así pues, la carne de Cristo es carne de Dios. Vemos aquí que san Ambrosio aprovecha el tema eucarístico para hacer cristología antiarriana.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. S. Ambrosio (PL16,641 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
S. Ambrosio (PL16,641 A)

La segunda cuestión se refiere a la contraposición entre el alimento corporal y el alimento espiritual. El alimento corporal aumenta el cuerpo, pero este alimento es espiritual y sirve para alimentar el alma.

El siguiente texto pertenece al tratado dogmático De fide ad Gratianum. Graciano era el emperador y había solicitado ser instruido en la fe contra la herejía arriana. San Ambrosio responde con este tratado que consta de cinco libros. El libro IV, del que hemos tomado la cita, tiene un origen homilético.

“(…) Nosotros, pues, cuantas veces recibimos los sacramentos que por el misterio de la oración sagrada se transfiguran en carne y sangre, anunciamos la muerte del Señor (cf. 1 Cor 11,26)” (De fide, l. IV, c. 10, n. 124: PL 16,641 A).

Encontramos claramente afirmada, no ya la presencia real, sino también la transformación de los dones por medio de las palabras de la consagración. El término utilizado por san Ambrosio para referirse a esta transformación es “transfigurantur”. Todavía estamos lejos del término transubstanciación, pero ya supone un paso el hecho de que san Ambrosio ponga el centro en la transformación realizada por medio de la consagración.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Ambrosio (PL 16,405 B - C)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Ambrosio (PL 16,405 B - C)

Los tres textos siguientes han sido tomados del tratado De mysteriis. Esta obra es una recopilación de homilías en las que, utilizando la Escritura, san Ambrosio explica a los neófitos el simbolismo de los ritos del bautismo y de la eucaristía.

El primer texto aborda la dificultad que supone el hecho de que la fe contradiga la evidencia de los sentidos. La apariencia de pan y de vino –lo que después se llamará accidentes- no varía. La bendición está por encima de la naturaleza nos dice san Ambrosio:

“Tal vez digas: Otra cosa es la que veo, ¿cómo me aseguras que recibo el cuerpo de Cristo? Y esto es lo que nos falta aún por demostrar. ¡De qué ejemplos, pues, echamos mano! Demostremos que esto no es lo que tomó la naturaleza, sino lo que la bendición consagró, y que es mayor la fuerza de la bendición que la de la naturaleza, porque por la bendición incluso la naturaleza misma se cambia” (De mysteriis, c. 9, n. 50: PL 16,405 B - C).

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Ambrosio (PL 16,407 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Ambrosio (PL 16,407 A)

Un poco más adelante compara la consagración con la creación. Aquí encontramos nuevamente un texto en el que san Ambrosio afirma claramente la divinidad de Cristo. Más aún, afirma que la creación es obra de Cristo. Sin mencionar al Padre y utilizando lo que parece una redundancia. “Palabra de Cristo” no puede ser aquí interpretada como palabra humana, sino como “palabra del Verbo”, el Verbo mismo. Si Cristo pudo crear de la nada, mucho más podrá cambiar el ser de las cosas:

“(…) Pues la palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no era, ¿no puede cambiar las cosas que son en aquello que no eran?” (De mysteriis, c. 9, n. 52 : PL 16,407 A)

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Ambrosio (PL 16,408 C - 409 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Ambrosio (PL 16,408 C - 409 A)

Si en el De fide san Anselmo hablaba de la “carne de Dios”, al final del De mysteriis nos habla del “cuerpo de Dios” (“Dei corpus”) para decir que es espiritual. Esto es muy importante, porque está presuponiendo la resurrección de Jesús (cf. 1 Cor 15,44). Veamos lo que nos dice:

 

 

“En aquel sacramento está Cristo, porque es el cuerpo de Cristo. No es, pues, alimento corporal, sino espiritual (…) Porque el cuerpo de Dios es un cuerpo espiritual, el cuerpo de Cristo es cuerpo de divino Espíritu; puesto que Cristo, según leemos, es Espíritu” (De mysteriis,c. 9, n. 58: PL 16,408 C – 409 A).

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Ambrosio (PL 16,444 A-B)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Ambrosio (PL 16,444 A-B)

El cuerpo de Cristo es cuerpo de divino Espíritu. La carne de Cristo es espiritual. Por eso no se puede ver con los ojos de la carne. En la Eucaristía se hace presente el mismo Cristo. Y esta presencia es real, pero no carnal. Jesús, durante los años de su vida mortal, tenía carne igual que nosotros. Pero lo que da vida no es la carne, sino el Espíritu. Es el Resucitado quien se hace presente para vivificarnos.

Terminaremos con un texto del De sacramentis. Esta obra es una colección de seis homilías en las que trata de los sacramentos de iniciación: bautismo, confirmación y eucaristía. Sin la profundidad de los textos anteriores, es éste un resumen de la fe en la presencia real.

“(…) Antes de la consagración es pan; mas apenas se añaden las palabras de Cristo es el cuerpo de Cristo (…) Y antes de las palabras de Cristo el cáliz está lleno de vino y agua; mas en cuanto las palabras de Cristo han obrado, se hace allí la sangre de Cristo, que redimió al pueblo. Ved, pues, de cuántas maneras la palabra de Cristo es capaz de convertirlo todo. El mismo Señor Jesús, finalmente, nos da testimonio de que recibimos su cuerpo y su sangre. ¿Es que acaso debemos dudar de su fidelidad y de su testimonio?” (De sacramentis, l. IV, c. 5, n. 23: PL 16,444 A-B)

La transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo se realiza por medio de las palabras de la consagración. Estas palabras son las mismas que pronunció el mismo Cristo y la palabra de Cristo tiene poder para transformarlo todo. Pero la palabra de Cristo no sólo es eficaz, sino que también es veraz. Esa confianza es la base de nuestra fe.

San Gregorio de Nisa

Pertenece, junto con san Basilio y san Gregorio de Nacianzo, a los llamados Padres Capadocios. Es considerado el mejor teólogo de los tres. Nació en Cesarea de Capadocia hacia el año 335 y debe su educación a san Basilio de quien era hermano. Dejó los estudios teológicos, contrajo matrimonio y se dedicó a dar clases de retórica. Más tarde, influido por san Gregorio Nacianceno, se retira al monasterio fundado por su hermano en el Ponto.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Gregorio de Nisa (PG 45,93 B-C)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Gregorio de Nisa (PG 45,93 B-C)

El año 371, muy a su pesar, es consagrado obispo de Nisa (Capadocia). Falto del don de gentes, de la capacidad para la administración y de la firmeza de su hermano, a la sazón obispo metropolitano. El año 376 y aprovechando su ausencia, san Gregorio es depuesto de su cargo por los obispos arrianos y los prelados de la corte reunidos para tal fin. El año 380, y nuevamente contra su voluntad, es elegido arzobispo de Sebaste. Allí permaneció unos meses. Poco después, en el 381, encontramos a san Gregorio brillando con luz propia en el segundo concilio de Constantinopla. Su muerte tuvo lugar probablemente hacia el año 385.

El primer texto pertenece a la obra dogmática más importante de san Gregorio, la Oratio catechetica magna, compuesta poco antes de su muerte. Se trata de un resumen de teología dogmática para uso de catequistas. En él, san Gregorio explica los principales dogmas y los defiende frente a paganos, judíos y herejes. Cabe señalar que la fundamentación de los dogmas se realiza sobre bases metafísicas y no únicamente sobre la Sagrada Escritura.  En los capítulos 33 a 40, se estudia el tema de la gracia en relación con los sacramentos del bautismo y de la eucaristía, así como la fe en la Trinidad como condición esencial para ello. Veamos un fragmento del capítulo 37:

“(...) Pues como una pequeña cantidad de levadura, como dice el Apóstol, hace semejante a sí a toda la masa (cf. 1 Cor 5,6), del mismo modo el cuerpo dotado por Dios de inmortalidad, metido en el nuestro, lo cambia y transforma en sí totalmente. Pues como lo perjudicial a la salud mezclado con lo que está sano, echa a perder todo lo que ha sufrido la mezcla, así también el cuerpo inmortal, presente en el que lo ha recibido, transforma en su propia naturaleza todo el organismo” (Oratio catechetica magna, c. 37: PG 45,93 B-C).

Con este alimento espiritual sucede lo contrario de lo que pasa con el alimento material. El alimento material se transforma en cuerpo nuestro por medio de la digestión. Por este alimento espiritual, en cambio, somos nosotros asimilados a Cristo.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Gregorio de Nisa (PG 46,581 B-D)
Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Gregorio de Nisa (PG 46,581 B-D)

El texto siguiente pertenece a uno de sus sermones litúrgicos, la mayoría de los cuales están dedicados a las festividades del año litúrgico. Este, que lleva por título “en el día de las luces o en el bautismo de Cristo”, fue seguramente pronunciado el día de Epifanía del 383. Recordemos que las fiestas de Navidad y Epifanía son la cristianización respectiva de las fiestas del Sol (en Occidente) y de la Luz (en Oriente).

“(…) Igualmente, el pan al principio es ordinario, pero una vez que el misterio lo consagra, se dice y se hace cuerpo de Cristo. Así también el místico óleo, así el vino, siendo cosas de poco valor antes de la bendición, después de la santificación realizada por el Espíritu Santo, cada una de ellas obra maravillosamente” (In diem luminum sive in baptismum Christi: PG 46,581 B-D).

Este texto, que carece de la brillantez del anterior, tiene su valor no obstante, en la claridad con la que san Gregorio afirma su fe en que, tras la consagración, el pan ordinario “se dice y se hace cuerpo de Cristo”. El óleo parece referirse al que se utiliza para el sacramento de la confirmación.

San Juan Crisóstomo

Pertenece a la escuela de Antioquía. No conocemos la fecha de su nacimiento, que tuvo lugar entre los años 344 y 354. Nació en Antioquía de familia cristiana noble y acomodada. Antusa, que así se llamaba su madre, queda viuda a los 20 años y se encarga de la primera educación del pequeño. De ella aprendió la piedad. Posteriormente estudiará filosofía, retórica y teología. En casa llevaba una vida de profundamente ascética y, si en un principio no se retiró del mundo, fue para no dejar sola a su madre. Finalmente, sin embargo, se fue a una cueva solo y allí pasó dos años. Si abandonó su retiro fue porque su salud se resintió hasta el punto de no poder valerse por si mismo.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Juan Crisóstomo (PG 48,753)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Juan Crisóstomo (PG 48,753)

Vuelto a Antioquía, es ordenado diácono el año 381 y sacerdote el 386. A partir de ese momento y durante los doce años siguientes, san Juan es encargado de la predicación en la iglesia principal de Antioquía. Orador brillante y entregado, a ello debe el sobrenombre con el que se le conoce a partir del siglo VI. “Crisóstomo” significa “boca de oro”.

El 27 de septiembre de 397 muere el patriarca de Constantinopla y –contra su voluntad- eligen a san Juan para sucederle. Es consagrado patriarca de Constantinopla el 26 de febrero de 398 y comienza su lucha para reformar la ciudad y el clero. Era san Juan apasionado, carente de diplomacia y del todo desconocedor de las intrigas palaciegas que se llevaban en el entorno de los emperadores. De modo que, con su celo apostólico, lo único que consiguió fue unir a todos en su contra. Después de diversos episodios, el último de los cuales incluso sangriento, san Juan es depuesto y, el año 404, desterrado a Cúcuso, actual Göksun (Turquía). Allí pasó 3 años.

Enterados, sus antiguos feligreses de Antioquía, comenzaron a visitarle en su nuevo destino. Sus enemigos vieron esto como un peligro. Su vida corría peligro. San Juan pide entonces ser desterrado a Pitio, en el extremo oriental del mar Negro. Las penalidades del camino, que tuvo que hacer a pie, hicieron que su ya frágil salud no lo resistiera. Antes de llegar a su destino, muere el 14 de septiembre del 407 en Comana, la actual ciudad turca de Tokat.

De todos los Padres griegos, él es el autor más prolífico. Es además el único autor antioqueno del que conservamos todos sus escritos. La mayor parte de sus obras tiene forma de sermón. Su gran fama hizo que haya que ser muy cuidadosos a la hora de discernir las obras auténticas de las espurias. No obstante, este trabajo es facilitado por el hecho de que se conservan gran cantidad de manuscritos griegos y de traducciones a otras lenguas.

El texto que citamos a continuación pertenece a la serie de doce homilías que llevan por título Sobre la naturaleza incomprensible de Dios. La sexta de estas homilías está dedicada a honrar la memoria de san Filogonio, obispo de Antioquía, fallecido el día 20 de diciembre del 322. La homilía fue pronunciada el 20 de diciembre del 386, con motivo del aniversario de la muerte de san Filogonio.

“Porque también aquí estará el cuerpo del Señor, no ciertamente envuelto en pañales como entonces, sino revestido totalmente por el Espíritu Santo (…) Y a la verdad, los magos no hicieron otra cosa que adorarle, pero a ti, sin embargo, te permitimos, si es que te acercas con conciencia limpia, que lo recibas, y una vez recibido marches a casa. Acércate, pues, tú también ofreciéndole tus dones, no los que le ofrecieron aquéllos, sino otros mucho más venerandos. Aquéllos, le ofrecieron oro, tú ofrécele templanza y virtud; ellos le ofrecieron incienso, tú ofrécele oraciones puras, que son aromas espirituales; ellos le ofrecieron mirra, tú ofrécele humildad, un corazón contrito,  limosna. Porque si te acercas con estos dones, con mucha más confianza gozarás de esta sagrada mesa” (Eiusdem de Incomprehensibili, Homilia VI: PG 48,753).

Después de afirmar con toda claridad que en la Eucaristía está el cuerpo del Señor, establece san Juan la diferencia que existe entre el cuerpo de Jesús de Nazaret y este cuerpo que hoy comemos. El primero era un cuerpo mortal, el segundo es el cuerpo espiritual del Resucitado. Esto es lo que significa que está totalmente revestido por el Espíritu Santo.

Después de esta primera comparación, establece otra comparación entre los reyes Magos y nosotros que nos acercamos a comulgar. Los Magos ofrecieron dones materiales, nosotros debemos ofrecer dones espirituales. Si este cuerpo es mucho mejor que aquél, también nuestros dones deben ser mucho mejores que aquellos. Si el oro es un tesoro, nosotros habremos de ofrecer el tesoro de nuestra virtud. Si el incienso es una forma de adoración, nosotros habremos de ofrecer nuestro corazón en la oración. Si la mirra es un perfume, nosotros habremos de derramar sobre él nuestras lágrimas de contrición.

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo V

Teodoro de Mopsuestia

Teodoro de Mopsuestia nace en Antioquía alrededor del año 352. Paisano, compañero de estudios y amigo de san Juan Crisóstomo, lo incluimos sin embargo entre los autores del siglo V. Ello se debe a su mayor longevidad y a otras circunstancias que hicieron que la mayor parte de su obra fuera escrita en dicho siglo.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. Teodoro de Mopsuestia (PG 66,713 B)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
Teodoro de Mopsuestia (PG 66,713 B)

Inducido por san Juan Crisóstomo, Teodoro de Mopsuestia ingresa muy joven en un monasterio cerca de Antioquía. Muy pronto, sin embargo, abandona la vida monástica para hacerse abogado y contraer matrimonio. No obstante, su amigo no se da por vencido y hacia el año 383 Teodoro es ordenado sacerdote. El año 392 fue consagrado obispo de Mopsuestia, la actual ciudad turca de Yakapinar. Fallece el año 428.

Tuvo Teodoro en su tiempo gran prestigio debido a sus conocimientos y a su ortodoxia. Posteriormente, sin embargo, fue acusado de precursor del nestorianismo y condenado por ello. La acusación se basó en sus obras De incarnatione y Contra Apollinarem, obras de las cuales se conservan pequeños fragmentos que continúan ofreciendo dudas a los especialistas. Esta condena impidió que Teodoro de Mopsuestia fueran canonizado como lo fueron la mayoría de los Padres de la Iglesia.

Teodoro de Mopsuestia es el representante más típico de la escuela exegética de Antioquía y su autor más famoso. Debido a su condena, gran parte de su obra se ha perdido. No obstante, aún nos queda lo suficiente como para que podamos disfrutar de la profundidad su teología y, al menos en lo que respecta a la eucaristía, también de su ortodoxia. Igual que pasaba con san Juan Crisóstomo, también son numerosas las obras que le fueron falsamente atribuidas.

Dos son los textos que vamos a comentar de él. El primero pertenece al Comentario al Evangelio de san Mateo:

“No dijo: Esto es el símbolo de mi cuerpo, esto el símbolo de mi sangre, sino: Esto es mi cuerpo y mi sangre. Nos enseña a no mirar la naturaleza de lo que tienes delante y ante tus sentidos, pues estas cosas han sido transformadas en el cuerpo y la sangre por la acción de gracias [Eucharistías] y pronunciada sobre ellas” (Comentario al Evangelio de San Mateo, c. 26, v. 26: PG 66,713 B).

Es muy importante encontrar, ya en fechas tan tempranas, lo que parece un retazo de debate teológico en torno a la presencia real. Teodoro defiende la fe católica frente a una supuesta interpretación simbolista. Cuando instituyó la Eucaristía, Jesús dijo: “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre”. No dijo que se tratase de un símbolo. Por eso, afirma nuestro autor, no debes quedarte en lo que te dicen tus sentidos, pues estas cosas han sido transformadas por medio de las palabras de la consagración.

El otro texto, que no se encuentra en la edición de Migne y no se puede consultar por internet, insiste en que no nos quedemos en lo que nos dicen los sentidos:

“El pontífice, pues, al dar [la oblación], dice: El cuerpo de Cristo, y enseña con esta palabra a que no mires lo que aparece, sino que te representes en tu corazón aquello que ha llegado a ser lo que ha sido presentado, y que por la venida del Espíritu Santo es el cuerpo de Cristo” (Homilía Catequística 16, n.28).

Cuando recibimos la comunión y el celebrante nos dice: “el cuerpo de Cristo”, nos está enseñando que no te fijes en la apariencia, sino que creas en lo que ha llegado a ser. El pan que ha sido presentado es ahora el cuerpo de Cristo, “por la venida del Espíritu Santo”, es decir, por la epíclesis. Esto tiene extraordinario interés, porque está diciendo que es la epíclesis lo que realiza la transformación de los dones. Y no menciona las palabras de la consagración. Encontramos aquí otra cuestión que será objeto de debate muchos siglos después.

San Agustín

Nace san Agustín el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, la actual ciudad argelina de Souk Ahras, cerca de la frontera con Túnez. Por lo que sabemos, el más grande de los Padres latinos es africano de nacimiento y de raza, al tiempo que romano por lengua y cultura. Su padre era funcionario y pequeño propietario. Estudió en Tagaste y en Cartago. Educado por su madre en la fe cristiana, abandonó la fe a los diecinueve años.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Agustín (PL 38,1099)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Agustín (PL 38,1099)

Nunca se casó, pero convivió con una mujer que le dio un hijo. Su conversión tiene lugar en agosto del 386. Renunció entonces a la docencia y al matrimonio. Fue a Milán donde se inscribió como catecúmeno. Asistió a las catequesis de san Ambrosio y recibió de sus manos el bautismo. Poco después de su bautismo muere santa Mónica, su madre. San Agustín, que tenía pensado regresar a África, cambia de planes y marcha a Roma. Allí permanece hasta el verano del 388, momento en el que regresa a Tagaste. En esta ciudad se retira junto con algunos amigos para llevar a cabo su programa de vida ascética.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Agustín (PL 38,1116)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Agustín (PL 38,1116)

El año 391 viaja a Hipona para buscar un lugar donde abrir un monasterio. Allí le ordenan sacerdote, cosa que él no deseaba, pero que acepta no sin reticencias. El obispo de la ciudad le permite fundar allí un monasterio. Es consagrado obispo de esa misma ciudad el año 395 ó 396 (no hay acuerdo entre los autores). Primero como obispo auxiliar y después como titular.

Al ser nombrado obispo, deja el monasterio de laicos del que era el superior y se instala en la casa del obispo, que transforma en monasterio de clérigos. Muere el 28 de agosto del 430, durante el tercer mes de asedio de Hipona por los vándalos. Su última obra es una carta sobre los deberes de los sacerdotes durante la invasión de los bárbaros.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Agustín (PL 38,1246-1247)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Agustín (PL 38,1246-1247)

Imposible hacer aquí un resumen de su extensísima obra y mucho menos esbozar siquiera su pensamiento. Sí hay que decir que el uso que hace san Agustín del término sacramento para referirse a la eucaristía fue con posterioridad erróneamente interpretado. Desde la formación platónica del obispo de Hipona, la verdadera realidad es la espiritual que se oculta tras los dones. En los siglos posteriores, sin embargo, alejados de la filosofía griega y de la espiritualidad patrística, se hará cada vez más difícil distinguir entre el sacramento que a la vez vela y muestra la realidad y el mero símbolo que únicamente nos la recuerda.

La mayor parte de los textos que hemos escogido pertenecen a alguno de los muchos sermones que conservamos de san Agustín. De forma general observamos la importancia dada a la palabra y a la Iglesia. La palabra, en referencia a las palabras de la consagración. Y la Iglesia, porque en realidad resulta indistinguible la eucaristía de la comunidad. Veamos el primer texto:

“Ese pan que veis en el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo; ese cáliz, o más bien, lo que contiene ese cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo. En esta forma quiso nuestro Señor Jesucristo dejarnos su cuerpo y dejarnos su sangre, que derramó por nosotros en remisión de nuestros pecados. Si lo recibís bien, seréis vosotros lo mismo que recibís” (Sermón 227: PL 38,1099).

Encontramos aquí las dos afirmaciones que acabamos de mencionar. El pan santificado por la palabra de Dios es el cuerpo de Cristo. El vino santificado por la palabra de Dios es la sangre de Cristo. Recibirlo bien nos transforma en cuerpo de Cristo, es decir, nos hace una cosa con Cristo.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Agustín (PL 42,974)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Agustín (PL 42,974)

En este texto aparece también algo sumamente importante, y que aquí no hemos mencionado, porque será objeto de otro artículo: la eucaristía como sacrificio. La presencia de Cristo en la eucaristía es presencia del sacrificio, es decir, cuerpo entregado y sangre derramada.

El texto siguiente tiene por contexto el episodio de los discípulos de Emaús, concretamente cuando san Lucas nos dice que “le reconocieron al partir el pan”. Explica san Agustín que no le reconocen porque Jesús tuviera alguna forma especial de partir el pan cuando comían juntos, sino que le reconocen porque el pan que Jesús parte para ellos no es cualquier pan, sino que es el pan bendecido por Cristo. Le reconocen, porque consagra el pan, lo transforma en su cuerpo y les reparte la comunión.

“Los fieles ya comprenden mis palabras; ellos también reconocen a Cristo en la fracción del pan, no de cualquier pan, sino del pan que recibe la bendición de Cristo, único que se transforma en cuerpo suyo. Entonces fue cuando estos discípulos le reconocieron, corriendo enseguida a buscar a los apóstoles” (Sermón 234: PL 38,1116).

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Agustín (PL 46,827)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Agustín (PL 46,827)

El fragmento siguiente es continuación de otro extremadamente interesante, pues aparecen dos cuestiones que serán objeto de polémica mucho después. San Agustín se plantea que alguno pensará que, si Jesús tomó su carne de la Virgen y, una vez resucitado, subió a los cielos, ¿cómo puede entonces ser éste su cuerpo? La primera cuestión se refiere a la carne de Jesús nacida de María. Se menciona la resurrección, pero no parece distinguir –como sí hizo san Pablo- entre cuerpo mortal y cuerpo resucitado (cf. 1 Cor 15). Esto creó no pocos problemas ya en el siglo IX. La segunda cuestión, consecuencia de la anterior, es la dificultad aquí mencionada acerca de la presencia corporal de Cristo en los cielos. Como si esta presencia dificultase su presencia en la eucaristía. Esta cuestión será retomada en el siglo XVI, lo que tuvo importantes consecuencias. Veamos la respuesta del obispo de Hipona.

“¿Cómo, pues, este pan es su cuerpo? Y este cáliz –o más bien, lo que en él se contiene-, ¿cómo es su sangre? Estas cosas, hermanos míos, llámanse sacramentos precisamente porque una cosa dicen a los ojos y otra a la inteligencia. Lo que ven los ojos tiene apariencias corporales, pero encierra una gracia espiritual.

Si queréis entender lo que es el cuerpo de Cristo, escuchad al Apóstol; ved lo que les dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si, pues, vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos, y lo que recibís es vuestro mismo emblema. Vosotros mismos lo refrendáis así al responder: Amén. Se os dice: He aquí el cuerpo de Cristo, y vosotros contestáis: Amén; así es. Sed, pues, miembros de Cristo para responder con verdad: Amén” (Sermón 272: PL 38,1246-1247).

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Agustín (PL 46,836)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Agustín (PL 46,836)

La respuesta de san Agustín es muy clara desde el punto de vista de la fe, pero muy insuficiente desde un punto de vista teológico. Encontramos aquí la palabra sacramento, que bien entendida es correcta, pero que es lo bastante ambigua como para que pueda ser interpretada en un sentido puramente simbolista.

Se llaman sacramentos, porque una cosa dicen a los ojos y otra a la inteligencia. Los ojos corporales se quedan en las apariencias. Más allá de las apariencias está la realidad que solo puede ser vista con los ojos de la fe. La respuesta de san Agustín es la respuesta de la fe. La respuesta no se sitúa en el mismo plano racional que las dificultades que acaba de plantear. No olvidemos que se trata de un sermón. San Agustín plantea estas cuestiones de un modo más bien retórico a juzgar por la respuesta. ¡Qué lejos estaba de imaginar, no ya la virulencia que estas dificultades tomarían muchos siglos después, sino que serían planteadas justamente en los mismos términos que él los planteó!

El texto continúa con una exhortación espiritual –no olvidemos que se trata de un sermón- en el que afirma que nosotros somos el cuerpo de Cristo y que, por lo tanto, recibimos aquello mismo que somos. El cuerpo de Cristo, después de la resurrección, ya no es un cuerpo individual. El cuerpo de Cristo es ya para siempre Cristo y su Iglesia.

Más convencional y mucho más claro es el texto siguiente en el que encontramos nuevamente, aunque sea de forma implícita, el tema del sacrificio.

“Reconoced en el pan al que estuvo pendiente de la cruz, reconoced en el cáliz lo que manó de su costado” (Sermón de los sacramentos en Pascua, n. 2: PL 46,827).

En otro lugar volvemos a encontrar la importancia de la palabra, de las palabras de la consagración. Sin la consagración no hay otra cosa que pan y vino ordinarios. Lo que convierte estos alimentos en el cuerpo y la sangre de Cristo son las palabras de la consagración.

“Si prescindes de la palabra, el pan es pan, y el vino, vino. Añade la palabra, y es otra cosa. ¿Qué otra cosa? El cuerpo de Cristo y la sangre de Cristo” (Sermón acerca de los sacramentos de los fieles en el domingo de la santa Pascua: PL 46,836).

En la obra cumbre de san Agustín encontramos una formulación muy completa de lo que es la eucaristía.

“Llamo cuerpo y sangre de Cristo al fruto formado de la semilla terrena consagrado por la oración mística, siendo para el que le recibe salud del alma y memorial de la pasión del Señor. Sacramento hecho visible por la intervención de los hombres, pero santificado por la acción invisible del Espíritu Santo” (Sobre la Trinidad, l. 3, c. 4, n. 10: PL 42,974).

No se puede decir más con menos palabras. San Agustín no se olvida de nada: los dones, la consagración, la comunión, el sacrificio, el rito y la acción del Espíritu Santo. Resulta llamativo que el obispo de Hipona lo presente en forma de definición: “corpus Christi et sanguinem dicimus”. Que nosotros lo digamos no parece suficiente. Más consistencia ofrece que sea memorial de la pasión y que, santificado por la acción invisible del Espíritu Santo, lo recibamos para salud de nuestra alma. Pero tampoco es de extrañar que, quienes han puesto en cuestión la presencia real hayan utilizado a san Agustín para su propósito.

San Cirilo de Alejandría

Desconocemos la fecha de su nacimiento. Sí sabemos que nace en Alejandría, que era sobrino del patriarca de Alejandría y que le sucedió a su muerte acaecida el 15 de octubre del año 412.

El año 403 acompaña a su tío a Constantinopla y toma parte del sínodo de la Encina en el que fue depuesto san Juan Crisóstomo. Su lucha contra el paganismo hizo que le acusaran, parece que sin fundamento, en haber tomado parte en la cruel muerte de la filósofa Hypatia.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Cirilo de Alejandría (PG 72,452 C)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Cirilo de Alejandría (PG 72,452 C)

El periodo más conocido de su vida es el posterior al 428, fecha en la que Nestorio fue nombrado obispo de Constantinopla. Tuvo san Cirilo un papel destacado en el concilio de Éfeso que tuvo lugar el año 431. En este concilio se dirimió la segunda gran controversia cristológica y fue condenado Nestorio. Afirmaba Nestorio que en Cristo había dos personas, una divina y otra humana y que, por consiguiente, no podía decirse que María fuera madre de Dios.

La disputa cristológica que tuvo lugar entre las escuelas de Antioquía y de Alejandría se polarizó entre Nestorio y san Cirilo respectivamente y alcanzó a las ciudades de Constantinopla y de Alejandría. Entonces Cirilo y Nestorio apelaron al papa Celestino. Un sínodo celebrado en Roma el año 430 dio la razón a Cirilo y condenó a Nestorio. Sin embargo, hubo de celebrarse un concilio ecuménico para evitar una ruptura en la iglesia de oriente. Por ello el emperador Teodosio convocó en Éfeso a todos los obispos metropolitanos. Tuvo así su origen el tercer concilio ecuménico, presidido por Cirilo como delegado papal y donde Nestorio fue depuesto y excomulgado. Se declaró que en Cristo hay una única persona divina y que, por consiguiente, María es Madre de Dios, Theotokos.

Es san Cirilo uno de los padres de la Iglesia más eminentes y también de los más prolíficos. Su estilo literario no es particularmente atrayente, pero su profundidad al tiempo que su claridad de ideas son dignas de señalar. De entre su obra, los escritos exegéticos ocupan la mayor parte. De entre estos, tenemos el comentario a los evangelios de Mateo, Lucas y Juan.

El primer texto que vamos a citar pertenece al comentario al evangelio según san Mateo:

“Y dijo en modo demostrativo: Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre, para que no pienses que las cosas que aparecen son una figura, sino que por algo inefable del Dios omnipotente las oblaciones son realmente transformadas en el cuerpo y en la sangre de Cristo; y nosotros, al participar de ellos, recibimos la fuerza vivificadora santificadora de Cristo” (Comentario al evangelio de san Mateo 26,27: PG 72, 452 C).

En modo demostrativo, es decir, indicando algo concreto que puede ser señalado con el dedo: “esto”. Esto es mi cuerpo. San Cirilo está contraponiendo aquí la presencia real a algo meramente simbólico. Pero, ¿de qué otra forma podría haberse expresado Jesús para prometer algún otro tipo de presencia figurada? Para que la conjetura tenga algún fundamento, recordemos que Jesús prometió estar en medio de quienes se reúnen en su nombre. Podría entonces haber dicho algo así: “cada vez que os reunáis para celebrar la Cena del Señor, allí estaré yo en medio vuestro”. Y entonces no habría diferencia entre la eucaristía y cualquier otra forma de oración comunitaria. El demostrativo, sin embargo, expresa la realidad concreta de su presencia. Por el poder de Dios los dones son realmente transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y nosotros somos, de este modo, vivificados en Cristo.

El siguiente texto es del comentario al evangelio de san Juan:

“Porque así como si uno funde un pedazo de cera con otro, ve que el uno está totalmente en el otro, de la misma manera, creo yo, el que recibe la carne de Cristo, nuestro Salvador, y bebe su preciosa sangre, como él mismo dice, forma como una misma cosa con él, mezclado y en cierta manera confundido con él por esa participación, de tal manera que él está en Cristo y Cristo en él” (Comentario al evangelio de San Juan l. 4, c. 2: PG 73,584 B).

El primer texto deducía de la expresión gramatical la fuerza dogmática de las palabras de Jesús. Este segundo texto explica de forma alegórica la unión con Cristo que se realiza por medio de la comunión. El ejemplo es clarísimo, aunque plantea algunas dudas acerca de su alcance. Dos trozos de cera están constituidos por el mismo material. Son la misma cosa. Así, una vez fundidos, se forma un único pedazo de cera idéntica a la primitiva.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Cirilo de Alejandría (PG 73,584 B)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Cirilo de Alejandría (PG 73,584 B)

Esto no sucede entre Cristo y el cristiano. Para que el cristiano sea hecho una sola cosa con Cristo, debe ser transformado en Cristo. O, mejor dicho, cuando el cristiano se une a Cristo, se cristifica. No se da una unión entre iguales, ni siquiera una absorción de lo menos en lo más. Hacerse una cosa con Cristo supone un salto cualitativo. El ejemplo, sin embargo, cobra todo su sentido si se entiende como una unión en el amor. Y este sentido se refuerza si se piensa que, para unir un pedazo de cera con otro, ambos deben someterse a la acción del fuego.

 

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo VI

San Fulgencio de Ruspe

Nace en alrededor del año 467 en Telepte, ciudad perteneciente a la actual Túnez, muy cerca de la frontera con Argelia. Perteneció a una familia distinguida y recibió una sólida formación cultural, incluidos buenos conocimientos de la lengua y cultura griegas.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Fulgencio de Ruspe (PL 65,190 B)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Fulgencio de Ruspe (PL 65,190 B)

Ejerció como cobrador de impuestos en su ciudad natal. Con posterioridad abrazó la vida monástica y, alrededor del año 507 fue elegido obispo de Ruspe. Apenas un año después y junto a otros muchos católicos, fue deportado a Cerdeña. La orden vino del rey Trasimundo, arriano y rey de los vándalos. Permaneció en Cerdeña hasta la muerte de Trasimundo en el 523. Muere san Fulgencio el 1 de enero del 533. Algunas fuentes adelantan cinco años tanto la fecha de su nacimiento como la de su muerte.

Defensor de la doctrina agustiniana sobre la gracia contra el semipelagianismo y adversario del arrianismo, San Fulgencio es considerado por muchos el teólogo más eminente de su época.

El primer texto pertenece a su obra In tres libros ad Monimum. En esta obra habla de la predestinación y del sacrificio eucarístico, al tiempo que refuta algunas objeciones de los arrianos.

“(…) esta edificación espiritual nunca se pide más oportunamente que cuando el mismo cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ofrece en el sacramento del pan y del cáliz el mismo cuerpo de Cristo y su sangre (…)” (Ad Monimum l. 2, c. 11: PL 65,190 B).

Vemos aquí la misma identificación agustiniana entre el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial. El cuerpo de Cristo (Iglesia) ofrece el cuerpo de Cristo (eucaristía).

El segundo texto pertenece a una de sus cartas. En ella san Fulgencio insiste en esta identificación que acabamos de ver y que es sello característico de san Agustín. Recibir la comunión es recibir al Cristo total, del cual Cristo es la cabeza y nosotros los miembros.

“Quien, pues, se hace miembro del cuerpo de Cristo, ¿cómo no recibe lo que él mismo se hace?, puesto que ciertamente se hace verdadero miembro de aquel cuerpo, del cual cuerpo está el sacramento en el sacrificio. Por consiguiente, se hace por la regeneración del santo bautismo aquello mismo que va a recibir del sacrificio del altar. Lo cual sabemos que lo enseñaron y creyeron sin género de duda también los Santos Padres” (Carta 12: PL 65,391 B-C).

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Fulgencio de Ruspe (PL 65,190 B)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Fulgencio de Ruspe (PL 65,190 B)

Por el bautismo somos hechos miembros del cuerpo de Cristo y es este mismo cuerpo el que se hace presente en el sacrificio eucarístico. Añade san Fulgencio que esto es lo que siempre se creyó y enseñó en la Iglesia. Esto es cierto, aunque en ningún Padre está expresado de forma tan explícita como en san Agustín. El cuerpo presente en la eucaristía es el cuerpo de Cristo, pero no la carne mortal, sino el cuerpo del Resucitado. Y, a partir de su resurrección, Cristo es la cabeza de su cuerpo que es la Iglesia. Así pues, puede decirse con verdad que el cristiano se hace por el bautismo aquello mismo que va a recibir en el sacrificio eucarístico.

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo VII

San Isidoro de Sevilla

La patrística ibérica se prolonga algún tiempo más que en otras regiones del Imperio romano de Occidente. La actividad literaria de los Padres españoles y portugueses se prolonga incluso durante todo el siglo VII. Su labor, no obstante, es más bien de compilación del legado patrístico recibido. El más importante de estos autores es san Isidoro de Sevilla, habitualmente considerado el último Padre de la Iglesia occidental.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Isidoro de Sevilla (PL 83,755 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Isidoro de Sevilla (PL 83,755 A)

En ninguna parte se habla del lugar de su nacimiento. Algunos autores interpretan este silencio como una prueba de que nació en Sevilla. Otros, sin embargo, suponen que nació en Cartagena. La razón para ello es que Cartagena fue durante un tiempo residencia de su familia. En Cartagena nació su hermano san Leandro, obispo de Sevilla entre los años 584 y 600 ó 601. Tampoco sabemos la fecha de su nacimiento que habría que situar entre los años 550 y 570. Seguramente por eso los estudiosos suponen que nació alrededor del 560. Fue consagrado obispo de Sevilla a la muerte de su hermano, hacia el año 600 ó 601. En el año 633 presidió el IV sínodo nacional de Toledo. Falleció en Sevilla el 4 de abril de 636.

San Isidoro es un autor muy fecundo, con un saber enciclopédico, poco original, pero con un estilo muy sencillo. Todo esto hace de él un extraordinario divulgador de los conocimientos de la época. Por eso, más allá de la influencia ejercida en su tiempo, los siglos postreros le son deudores. Especial difusión tuvieron sus Etimologías. En esta obra, que consta de 20 libros, se encuentra sintetizado prácticamente todo el saber de la época. No es por ello de extrañar su difusión y que aún se conserven unos 900 manuscritos. En esta obra encontramos recogida y muy mejorada la definición que san Agustín daba de la eucaristía. Este texto, sin embargo, lo comentaremos en otro momento.

Aquí comentaré dos textos de otra obra titulada De ecclesiasticis oficiis. En esta obra, san Isidoro habla de la liturgia de la eucaristía, de las fiestas en España, de los cargos eclesiásticos y de las órdenes.

En el primer texto, nuestro autor afirma sin ninguna ambigüedad, pero también sin mayores explicaciones, su fe en que el pan es el cuerpo de Cristo y el vino es la sangre de Cristo.

“Porque el pan que partimos es el cuerpo de Cristo (1 Cor 10,16), el cual dijo: Yo soy el pan vivo, que he bajado del cielo (Jn 6,51). Y el vino es su sangre, y esto es lo que está escrito: Yo soy la verdadera vid (Jn 15,1)” (De ecclesiasticis oficiis, l. 1, c. 18, n. 3: PL 83,755 A).

El segundo texto muestra una preocupación pastoral que parece dar a entender cierta disquisición ética. Ante la disyuntiva de negar la comunión o no negarla, san Isidoro lo tiene claro. Negar la comunión solamente en casos extremos. Pues, quien es privado de la comunión, corre el riesgo de apartarse del cuerpo de Cristo.

“Por lo demás, si no hay tan grandes pecados que uno sea juzgado merecedor de ser apartado de la comunión, no se debe alejar de la medicina del cuerpo del Señor, no sea que, si se le prohíbe y ha de abstenerse largo tiempo, se separe del cuerpo de Cristo. Pues es cosa manifiesta que aquellos viven que se llegan a su cuerpo. De ahí que también se ha de temer no sea que, mientras uno es separado por largo tiempo del cuerpo de Cristo, permanezca ajeno a la salvación, pues dice Él mismo: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,54). Pues quien cesó ya de pecar, no deje de comulgar” (De ecclesiasticis oficiis l. 1, c. 18, n. 8: PL 83,756 B).

Quien permanece por largo tiempo sin comulgar, puede que termine por ser ajeno a la salvación. La reflexión no parece ir dirigida a la voluntad de los fieles, sino a la prudencia de los pastores.

 

Presencia real de Cristo en la Eucaristía. Testimonios del siglo VIII

San Juan Damasceno

Las informaciones sobre la vida de san Juan Damasceno son escasas e inciertas. Nace alrededor del año 650 en la ciudad de Damasco, hoy capital de Siria. Poco antes Damasco había caído bajo dominio musulmán. Su padre fue ministro de finanzas del califa. Comenzó san Juan su vida adulta siguiendo los pasos de su padre al servicio de los Omeya. Años después, sin embargo, la hostilidad del gobierno hacia el cristianismo indujo a san Juan a renunciar a su cargo. Antes del año 700, ingresa como monje en el monasterio de san Sabba cerca de Jerusalén. El obispo de Jerusalén le ordenó sacerdote. Falleció antes del año 754.

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Juan Damasceno (PG 94,1139 C-D - 1142 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Juan Damasceno (PG 94,1139 C-D - 1142 A)

Es san Juan Damasceno el último Padre griego de renombre universal. Sus escritos destacan por su depurado estilo literario, por la amplitud de sus conocimientos y por su capacidad para sistematizar en un sistema unitario materiales muy diversos. Esto hace de él un erudito, aunque no abrió caminos nuevos. El campo de sus intereses es muy extenso. Teología dogmática, moral y ascética, exégesis e historia. Dejó también excelentes homilías y cantos litúrgicos. San Juan tuvo mucha influencia sobre insignes teólogos occidentales de la Edad Media.

Una de sus obras más importante es su De fide orthodoxa en la que presenta en 100 capítulos una síntesis personal de las enseñanzas de los Padres griegos sobre los principales dogmas cristianos. Pertenecen al libro IV de esta obra las dos citas que ofrezco a continuación.

En el primer texto destacan dos cuestiones. La primera es que san Juan atribuye a Dios mismo las palabras de Jesús. Esto resulta totalmente inusual. Máxime cuando el contexto parece ajeno a toda polémica cristológica. San Juan no explica que, si en Cristo hay una única persona divina, toda acción de Cristo es acción divina. El contexto es otro muy diferente, pues acaba de hablar de la Creación. El mismo que dijo: “produzca la tierra hierba verde” es el que ahora dice: “éste es mi cuerpo”. La segunda a destacar es la mención explícita a la epíclesis

“Dijo Dios: Este es mi cuerpo; y; Esta es mi sangre; y: Haced esto en memoria mía; y en virtud de este mandato suyo omnipotente se realiza esto hasta que él venga; pues así lo dijo (san Pablo): Hasta que venga; y sobreviene la lluvia para esta nueva cosecha mediante la epíclesis, [lluvia que es] la fuerza fecundadora del Espíritu Santo. Pues así como todo cuanto hizo Dios lo hizo por la operación del Espíritu Santo, así también ahora la operación del Espíritu Santo obra cosas que sobrepasan la naturaleza y que no puede comprenderlas sino únicamente la fe” (De fide orthodoxa, l. 4, c. 13: PG 94,1139 C-D- 1142 A).

Presencia real de Cristo en la eucaristía. San Juan Damasceno (PG 94,1143 A - 1146 A)
Presencia real de Cristo en la eucaristía.
San Juan Damasceno (PG 94,1143 A - 1146 A)

Cristo está realmente presente en la eucaristía por la omnipotencia de Dios y la fuerza fecundadora del Espíritu Santo. Esto está sobre toda palabra y sobre todo pensamiento. Es decir, no pretendas entenderlo, pues el poder de Dios sobrepasa todo pensamiento.

El último texto incide en esto mismo añadiendo un paralelismo con la Encarnación y entrando en una cuestión que será objeto de debate en la Reforma:

“El cuerpo está verdaderamente unido a la Divinidad, y el cuerpo aquel que nació de la Virgen santa, no porque el cuerpo que ascendió [a los cielos] baje del cielo, sino porque el mismo pan y vino se cambian en el cuerpo y sangre de Dios. Si preguntas la manera como se realiza esto, conténtate con oír que [se realiza] por medio del Espíritu Santo; del mismo modo que el Señor, por medio del Espíritu Santo, tomó carne para sí y en sí de la santa Madre de Dios; y no podemos saber nada más, sino que la palabra de Dios es verdadera y eficaz (Hebr 4,12) y omnipotente, pero la manera de realizarse no es posible conocerla” (De fide orthodoxa, l. 4, c. 13: PG 94,1143 A – 1146 A).

No es que el cuerpo de Cristo que ascendió a los cielos baje del cielo, sino que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Dios. Acerca del modo como se realiza esto, “conténtate con oír que se realiza por medio del Espíritu Santo”. Es decir, no podemos entenderlo y no nos queda otro remedio que fiarnos de la palabra de Dios, que “es verdadera y eficaz”.

 

PARA CONCLUIR

Aunque lo más importante de este recorrido que acabamos de realizar es el recorrido mismo, sí parece que podemos concluir que todos los Padres de la Iglesia afirman sin lugar a dudas su fe en la presencia real de Cristo en la eucaristía. Más adelante tengo intención de hacer un estudio semejante, aunque más breve, para ver cómo esta presencia no es una presencia sin más, sino que es presencia del sacrificio de la cruz. Esto, que en los primeros padres no es tan explícito, va apareciendo cada vez con más fuerza hasta llegar un momento en el que es difícil encontrar textos en los que no se hable del sacrificio.

Otra conclusión que podemos sacar de este estudio, particularmente del mapa, es que la mayor parte de los Padres de la Iglesia vivieron en Asia Menor y el norte de África. En esa zona tuvo su epicentro la vida de la Iglesia. No sólo vida pastoral y espiritual. También el trabajo intelectual de los teólogos más brillantes durante nada menos que ocho siglos. La “Europa cristiana” era tierra de misión aún en pleno siglo IX, mientras en aquellas tierras hoy se practica de forma mayoritaria el Islam.

 

BIBLIOGRAFIA BÁSICA

  • ALTANER, Berthold & STUIBER, Alfred, Patrología. Vida, Obras e Doutrina dos Padres da Igreja, Ed. Paulinas (São Paulo, 2ª Ed. 1972).
  • QUASTEN, Johannes, Patrología, vol I, Hasta el concilio de Nicea, B.A.C. (Madrid 3ª ed. 1984).
  • QUASTEN, Johannes, Patrología, vol. II, La edad de oro de la literatura patrística griega, B.A.C. (Madrid 3ª ed. 1977).
  • QUASTEN, Johannes, Patrología, vol. III, La edad de oro de la literatura patrística latina, B.A.C. (Madrid 1981).
  • SOLANO, Jesús, Textos eucarísticos primitivos, 2 volúmenes, B.A.C. (Madrid, 2ª Ed. 1978-79).

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Celebración dominical en las cárceles españolas. Foto de Francisco Granados
Francisco Granados

El pasado día 14 salía de la cárcel Francisco Granados, político del Partido Popular. Había ingresado como preso preventivo el 27 de octubre de 2014 acusado de corrupción. Todavía está pendiente de juicio. Para aquellos que no hayan oído hablar de él, tampoco entraremos en detalles. Se trata de un imputado más del partido de derechas que gobierna actualmente en España. Ya es bastante significativo que todos estos señores sean tan católicos, pero no es de eso de lo que quiero hablar ahora. La cuestión es la celebración dominical en las cárceles españolas

Celebración dominical en las cárceles españolas

La cuestión a comentar es lo que este señor dijo en la primera entrevista concedida a un medio de comunicación. En dicha entrevista, el señor Granados se quejaba de no haber podido oír misa los domingos. Pese a haber capellanes subvencionados por el Estado, no hay celebración dominical en las cárceles españolas.

En el vídeo se aclara que podía ir a misa entre semana, concretamente los miércoles, aunque no todos. Parece ser que iban por turnos, dependiendo del módulo. Y era además potestativo de los funcionarios el permitir que un preso pudiera asistir a estas celebraciones.

Francisco Granados añade que es muy fácil practicar otras religiones y que, por ejemplo, los musulmanes no tienen ningún problema. A los musulmanes -insiste- se les dan todas las facilidades para que cumplan con el Ramadán. El señor Granados menciona también la facilidad para asistir al "culto" de otras religiones (sin especificar). El término "culto" parece referirse a las celebraciones litúrgicas de las Iglesias de la Reforma, aunque no lo dice. Sobre el Islam, el periodista hace una pregunta muy oportuna acerca de si los imanes visitaban la cárcel. A esta pregunta el Señor Granados responde que no, que él sepa.

Hasta qué punto es importante para la Iglesia la celebración dominical

No es posible valorar el comportamiento de los funcionarios de prisiones. Es de suponer que existan unos protocolos de seguridad, probablemente muy estrictos. No es tampoco descartable que algunos funcionarios no sientan ninguna simpatía por la Iglesia católica. Es incluso comprensible que más de uno no haya creído en la sinceridad del preso al pedir su asistencia a la Eucaristía. Lo único que parece cierto es que brilla por su ausencia la celebración dominical en las cárceles españolas.

Esto es además coherente con lo que sucede en otro ámbito aparentemente muy diverso: las residencias de ancianos. En estas instituciones, se celebra la misa “del" domingo, pero no "en" domingo, sino el día que al presbítero encargado le viene bien. Así pues, en estas instituciones, el precepto dominical se cumple cualquier día menos el domingo. Los que trabajan en parroquias, porque el domingo es el día de mayor trabajo. Los que trabajan en la docencia... porque los domingos son sagrados...

Esto, que tiene todo su sentido desde un punto de vista "laboral", se compadece muy mal con la doctrina eclesial. La Iglesia ha insistido siempre en la importancia de ir a misa precisamente el domingo (CIC 2177). Un fiel no puede elegir el día de la semana que le viene mejor ir a misa. El capellán sí puede elegir el día de la semana que celebrará la eucaristía para un colectivo desfavorecido (presos, ancianos...).

foto en la que aparece la palabra Ramadán escrita en arabeGranados insistía en que a los musulmanes les facilitaban el cumplimiento del Ramadán en las fechas del Ramadán. Para el Ramadán no se establecen turnos. Yo me atrevería a aventurar que el Ramadán parece alterar más la rutina diaria que una misa semanal.

Aportación económica del Estado Español para la atención religiosa católica en las cárceles

La queja de Francisco Granados no me hubiera resultado tan llamativa de no ser porque hacía muy poco –concretamente el 27 de mayo pasado- había leído una noticia según la cual, el gobierno ha duplicado la asignación para la atención religiosa católica en las cárceles. Se hablaba de una cantidad de 600.000 euros, que contrastaba notablemente con la de 9.000 que reciben los musulmanes. Aún así, la Conferencia Episcopal afirma –seguramente con razón- que dicha cantidad es insuficiente.

El diario.es –abiertamente laico, pero muy fiable a la hora de contrastar sus noticias- no hace ningún comentario a estos hechos, limitándose a dar cifras y fechas.

La Conferencia Episcopal Española, por su parte, acaba de publicar los datos del año 2015 en los que –sin mencionar la partida presupuestaria correspondiente- se dan las cifras siguientes: 64.319 reclusos, 170 capellanes y 2.526 voluntarios. El número de reclusos y de voluntarios está en consonancia con los datos recogidos en otras fuentes. No así el de capellanes (el diario.es y otros medios de comunicación hablan de 137).

La cifra total de presos no es significativa, porque no se nos facilita ni siquiera un porcentaje aproximado de católicos. Sí sabemos que la comunidad musulmana practicante es lo bastante numerosa como para que un preso católico se haya sentido en inferioridad de condiciones (viendo que en la cárcel no tienen dificultades para practicar su religión).

Dando por bueno el resto de las cifras: 600.000 € para 170 capellanes. Esto da un total de 3.529,41 €/capellán año. Si dividimos esta cantidad entre 52 semanas que tiene el año da un total de 67,87 €/misa. No es gran cosa, pero más de lo que gana la mayoría de nosotros por una hora escasa de trabajo.

¿Es el sacerdocio una profesión o una vocación?

Dibujo de un cura. ¿Es el sacerdocio una profesión o una vocación?Ahora en serio. ¿Es el sacerdocio una profesión o una vocación? Porque, si es una profesión, entonces se puede entender que a alguien no le merezca la pena moverse de su casa por 68 € (especialmente si disfruta de una posición económica desahogada). Pero, si es una vocación… entonces, aunque sea gratis. ¿O no?

Y no me digan que nadie trabaja gratis, porque es precisamente en la Iglesia católica donde los trabajos más duros los realizan los laicos –casi siempre laicas- y lo hacen gratis (no sólo las catequesis de niños y diversos voluntariados, sino incluso, en muchos lugares, la limpieza de los templos), mientras que en la Iglesia te cobran por casi todo (casi lo único que sale gratis es confesarse).

En España, un presbítero gana entre 700 y 900 euros mensuales dependiendo de las diócesis (datos del 2014). No parece mucho, pero está por encima del salario mínimo interprofesional (en 2014 era de 654,30 €, después de la última subida, en 2017 se sitúa en 707,60 €). Eso sin contar con la seguridad en el empleo (cosa impagable hoy en día), vivienda gratis, luz, agua, gas, teléfono, ADSL… y, como te descuides, hasta les tienes que hacer la comida y llevársela a su casa -gratis por supuesto-. No es broma, a mí me lo han llegado a pedir.

Por tantos

Aportación económica del Estado Español para la atención religiosa católica en las cárceles. Dibujo que representa una persona en la cárcelEso sí, como estamos en plena campaña de la Declaración de la Renta –En España, de forma voluntaria puedes asignar un 0,7 de dicho impuesto a la Iglesia católica-, están publicitando todo lo bueno que la Iglesia hace por la gente. Para ello han abierto una web en la que –entre otras cosas- se nos dice lo importante que es la asistencia religiosa en las cárceles. Que pongamos la “x” para que la Iglesia atienda espiritualmente a los presos…  ¿Se referirán a la celebración dominical en las cárceles españolas?

La labor de los voluntarios (laicos)

En el artículo al que hacía antes referencia no aparece ningún dato concreto, ni siquiera se mencionan situaciones genéricas que tengan que ver con la vida de las personas. Se trata de un escrito estrictamente teológico.

Justo es reconocer que he encontrado otro artículo que sirve de contrapeso al anterior donde sí se habla de lo mucho que la Iglesia católica está haciendo en las cárceles. Eso sí, el artículo se centra exclusivamente en la labor social realizada por la Iglesia. Nada se dice de la celebración dominical en las cárceles españolas.

En este último artículo encontramos nuevamente la cifra de 137 capellanes (que contradice los datos de la CEE) y se añade la enorme cifra de 3000 voluntarios, que confirma lo que decíamos antes. Muchos laicos trabajan en las cárceles –por supuesto gratis- en un apoyo económico, psicológico, de prevención, etc. De la atención religiosa, el único testimonio concreto que tengo es el del señor Granados. A partir de ahora estaré atenta a lo que digan otros miembros del PP acerca de la celebración dominical en las cárceles españolas. Los datos que vayan aportando a medida que vayan saliendo de la cárcel.

Termino con una noticia en la que se afirma que, en una cárcel de Panamá, el 95% de los reclusos son ahora evangélicos, porque “la presencia de pastores en el penal es constante y la de los sacerdotes, esporádica o simplemente no existe”.

La eucaristía es celebración y vida. Foto de la portada del libro: La Eucaristía. Origen, doctrina, celebración y vida (portada del libro)
La Eucaristía. Origen, doctrina, celebración y vida. Descargar libro pdf (gratis)

Durante muchos años la eucaristía fue vista como santo y seña, lo que caracterizaba al católico como tal. Hoy, el péndulo ha oscilado al extremo opuesto, como si el ser cristiano no tuviera nada que ver con el ir o no ir a misa.

"Oír misa"

Más aún, la expresión oír misa cobró carta de ciudadanía. Este carácter meramente auditivo de la eucaristía perdura aún hoy entre muchos cristianos. Así pues, tanto los que asisten regularmente como los que dejaron de hacerlo suelen aludir casi exclusivamente a este aspecto. Los unos para afirmar el beneficio de escuchar las sabias palabras del presbítero. Los otros para negar que, del hecho de escuchar un sermón, puedan seguirse dichos beneficios espirituales o morales. Estos últimos no suelen entrar en valoraciones concretas. Esto confirma algo que ya cabía sospechar, a saber: que, si bien los contenidos y las formas verbales son importantes, lo fundamental de la crisis actual hay que buscado en otra parte.

Si lo importante de la eucaristía fuese la homilía, entonces podría sustituirse ventajosamente por un buen libro. Más aún, pretender que la persona puede cambiar con solo querer es sencillamente falso.

Conferencia. Dibujo en el que aparece un conferenciante ante su públicoDe nada sirve que nos digan lo que está bien y lo que está mal. Las costumbres se cambian por el contacto y el ejemplo, no por lo que a uno le digan. Pero los cristianos sabemos que hay algo más: cambiar a mejor siempre es posible bajo ciertas condiciones, pero ser cristianos es otra cosa. 

Ser cristianos es ser transformados en otros cristos y esto no puede ser sino un regalo del propio Cristo. Ser otros cristos no es cumplir con una serie de preceptos. Tampoco es alcanzar una perfección imposible al ser humano. Más bien tiene que ver con una forma de experimentar la vida, de percibirnos a nosotros mismos y a los otros. Es ese «nacer de nuevo» (cf. Jn 3) que te hace sentir las cosas de un modo radicalmente diferente.

La Eucaristía es celebración y vida

Es en este contexto en el que tiene sentido la eucaristía. Porque participar de una eucaristía no es asistir a un espectáculo, a una conferencia, a un concierto, ni tampoco a una charla espiritual.

Participar en la eucaristía es concelebrar. Se acostumbra a llamar concelebración cuando la eucaristía es presidida por varios presbíteros, pero en rigor -y puesto que la eucaristía es una celebración- todos concelebramos, porque no concelebrar sería no celebrar, no participar en la celebración. Y participar en la celebración es en primer lugar reunimos en nombre de Cristo. A lo largo de la celebración, la presencia de Cristo se expresará de diversas formas, cuyo objeto final es la unión de los cristianos con Cristo y entre sí.

Foto: niños en claseConfundir esto con la mera transmisión de una enseñanza moral es un empobrecimiento que han llevado consigo unas eucaristías en las que los presbíteros suprimen todo aquello que pueda parecer una complicación innecesaria -con un sentido pragmático y meramente jurídico que hace imposible imaginar siquiera que aquello pueda ser ni de lejos una celebración- y en las que los fieles no quitan ojo del reloj, dejando entender bien a las claras que, si se trata de cumplir con una obligación, cuanto antes se termine, mucho mejor.

Y aquí acabamos de damos de bruces con dos cuestiones de la mayor importancia: lo que unos y otros entendemos por Iglesia, y lo que puede ser una ceremonia donde el sentido de celebración está ausente.

 

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El tema que vamos a abordar en este artículo es el de la práctica religiosa y lo haremos desde diversas vertientes. Soy consciente de que, dado que me encuentro en España, mi visión no puede ser sino parcial. Por eso, y porque sé que recibo muchas visitas del mundo entero, especialmente de América latina, agradezco anticipadamente cualquier aportación que puedan hacer.

1. El abandono de la Iglesia y sus diversas formas

El sacrificio eucarístico. La práctica religiosa. Foto: Fieles en misaAl tratar del tema de la práctica religiosa, lo primero que nos encontramos son las estadísticas de un hecho incontrovertible: en muchos países tradicionalmente católicos, especialmente europeos, pero también latinoamericanos, la práctica religiosa está descendiendo. Y esto es especialmente preocupante porque este fenómeno se observa de manera especial entre los jóvenes. Preocupante sobre todo porque, a la vuelta de unos pocos años, habremos fallecido la mayoría de quienes todavía nos dejamos ver por las iglesias.

Los que han perdido la fe

Entre estos que han abandonado las prácticas religiosas, muchos directamente han perdido la fe o han abrazado otra. En estos casos no tiene sentido hablar de prácticas religiosas… aunque haya algunos que todavía –por las razones que sean- buscan determinados sacramentos para sí mismos o para sus hijos.

Por otra parte, en España, está aumentando el número de quienes apostatan oficialmente, la mayoría para no ser contabilizados como católicos, aunque puede haber otras razones. Sin embargo, a la mayoría no le merece la pena tomarse unas molestias de las que no van a obtener ningún beneficio.

Los "católicos no-practicantes"

Después están aquellos que se suelen llamar “católicos no-practicantes”. Hay que subrayar que son los propios sujetos quienes se autodenominan católicos y quienes afirman no practicar. No se trata de un término técnico, sino que viene de los propios interesados. Así pues, son ellos quienes tienen que llenar de contenido la expresión.

Por lo que respecta a la ausencia de práctica religiosa, podemos observar unos rasgos más o menos característicos. Cuando alguien dice ser no-practicante, normalmente quiere decir que hace mucho tiempo que no va a misa.

Por otra parte, esta incomparecencia en las misas dominicales suele ir acompañada por otras prácticas. Normalmente piden para sus hijos taEl sacrificio eucarístico. La práctica religiosa. Foto de iglesia abandonadanto el bautismo como la primera comunión. Pero también, actualmente, muchos jóvenes incluso se confirman, algo así como para despedirse de la Iglesia por la puerta grande. Por otra parte está la asistencia a aquellas celebraciones que constituyen un acto social ineludible: bautizos, primeras comuniones, bodas, funerales… Finalmente hay que mencionar las fiestas patronales que muchas veces son el delgado hilo del que la Iglesia puede tirar -al menos una vez al año- para no perder el contacto con estos católicos.

Por lo que respecta a qué entienden por ser católicos, en primer lugar –aunque no suelen explicitarlo y menos aún de esta forma- consideran católico a todo aquel que está bautizado en la Iglesia católica. Por lo demás, muchos te dicen abiertamente que por tradición familiar. Otros manifiestan una fe más o menos difusa: creen en “algo”, creen “por si acaso”. Finalmente, otros –sobre todo entre gente de una cierta edad- tienen una fe con mayor fundamento, pero no quieren saber absolutamente nada de la institución eclesial.

2. Una nueva forma de entender la práctica religiosa

Hablamos de personas que se consideran a sí mismas, no ya practicantes, sino incluso comprometidas. Se trata de personas que efectivamente tienen un compromiso eclesial visible y que, sin embargo, no valoran la Eucaristía. Más aún, ejercen una presión no pequeña contra aquellos católicos para quienes es importante.

Compromiso institucional

Existe entre los católicos actuales –y no se piense sólo ni principalmente en los más jóvenes- una corriente de opinión según la cual ser católico es estar "comprometidos". La celebración eucarística pasa a un segundo plano o incluso es prescindible. Por otra parte, ese compromiso está claramente definido como compromiso con una comunidad concreta (del tamaño o tipo que sea). De una manera muy similar a como sucede con el compromiso político. El compromiso sería entonces compromiso con un grupo concreto de personas, con la asistencia a unas reuniones, con el seguimiento de unas directrices y, en su caso, con unos trabajos realizados institucionalmente.

Comunidades cristianas

El compromiso es considerado de este modo como algo sobre todo visible y, por tanto, medible y cuantificable. Esto, sin embargo, hace que el compromiso con Cristo -que es el que de verdad importa- quede eclipsado porque lo que hay dentro de cada corazón no es medible ni cuantificable y porque el compromiso cristiano no puede limitarse a la acción realizada bajo los auspicios de la institución eclesial. La mayor parte de las obras realizadas por amor son invisibles más allá de los beneficiarios directos.

La eucaristía vista como algo secundario y prescindible

Por otra parte, es muy llamativo que personas con un compromiso incluso sacramental (léase presbíteros) se resistan en ocasiones a celebrar la eucaristía cuando están, por ejemplo, de vacaciones. Una excursión puede ser más importante (incluso en el caso de que ambas actividades no sean incompatibles).

En el tiempo que estuve en Brasil, tuve también ocasión de comprobar que muchos seminaristas –pudiendo elegir- preferían una celebración de la palabra antes que una Eucaristía. Más aún, no entendían la diferencia entre ambas, dado que en dichas celebraciones se repartía igualmente la comunión. La preferencia era justificada por la mayor libertad en el rito… y porque a ellas no asistían los formadores.

Causas del abandono de la práctica religiosa

A mi modo de ver, aquí está la clave para entender una parte muy fundamental de la actual desbandada general que se está dando en la Iglesia. Ciertamente hay factores ajenos a la Iglesia y sobre los cuales no parece posible influir. Pero la Iglesia está cometiendo la enorme torpeza de no darle la debida importancia a la liturgia, que es cumbre y fuente de la vida eclesial, al tiempo que tratan de atraerse a los jóvenes a base de entretenimientos que los jóvenes inteligentes saben buscarse por sí mismos.

Hay muchos estudios estadísticos que nos informan sobre los porcentajes de descenso en la práctica religiosa, muy pocos que vayan a las causas. Entre estos, podemos encontrar algún estudio sociológico o histórico. No he encontrado ninguno teológico.

¿Por qué no se valora hoy la eucaristía?

¿Por qué no se valora hoy la eucaristía? No hablo de aquellos que han perdido la fe –aunque nos podríamos preguntar qué fue antes, si el huevo o la gallina- sino de los muchos que aún rezan –aunque sea poco- y de los que todavía creen en Cristo –aunque lo manifiesten de forma puntual e incluso supersticiosa-. ¿Por qué? ¿Porque “las misas son un rollo”? No lo creo. Más rollo es la televisión y tiene un número creciente de “fieles”. Y, además, si las misas son "un rollo", ¿cómo es que todavía hay gente que se casa por la Iglesia... porque "es más bonito"? ¿En qué quedamos?

Sacerdote tocando la guitarraOtra cosa es que, si los que participamos en el sacrificio eucarístico resulta que estamos “de cuerpo presente”, pero no nos ofrecemos a nosotros mismos –y eso se nota más de lo que pensamos-. Si resulta que además vamos por obligación (obligación dominical u obligación “profesional”). No te digo nada si resulta que en realidad no nos creemos que Cristo esté ahí realmente presente. ¿Qué otra cosa podemos esperar, sino que a la gente –especialmente joven- aquello le parezca un bodrio? Si, además, la falta de fe tiene como consecuencia que la presencia del sacrificio de Cristo venga eclipsada por un protagonismo creciente del celebrante –en el mejor de los casos con una homilía de media hora- entonces ya el acabose.

La eucaristía. Dibujo de sacerdote preparándose para repartir la comuniónLa Eucaristía

Iniciamos hoy una serie de artículos sobre el Sacrificio eucarístico, que algunos prefieren llamar Eucaristía y otros Santa Misa. La elección del nombre suele ir acompañada de una determinada forma de concebir la celebración. Esto -que es legítimo- en ningún caso debería condicionar lo que es la fe de la Iglesia.

Los artículos irán numerados en el orden en que sean publicados. No irán numerados de forma sistemática como si se tratase de los capítulos de un tratado. Más bien irán respondiendo a cuestiones que hoy en día se plantean. Intentaremos ir de menos a más, comenzando por los aspectos más visibles y siguiendo por aquellos más dogmáticos. Sin que ello sea obstáculo para volver sobre otras cuestiones prácticas en cualquier momento.

Digamos también que, si alguien desea que se trate alguna cuestión específica, puede solicitarlo de forma pública en los comentarios o, también, privadamente a través del contacto.

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Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Silueta de persona oranteLos discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar (cf. Lc 11,1). No es de extrañar. No sólo porque Juan hubiera enseñado a sus discípulos, sino porque Jesús se retiraba con mucha frecuencia a orar y lo hacía durante horas. Esto tuvo que marcar profundamente a todos aquellos que tenían trato íntimo con él.

Lo que Jesús hizo

En un artículo anterior vimos a Jesús orando, casi siempre a solas. También pudimos escuchar las pocas veces que lo hizo en medio de la multitud. Nos quedamos con ganas de escucharle alguna de esas noches que él pasó al raso entregado a la oración. Pero nos ha quedado el testimonio de la última y más decisiva de todas ellas: la oración del huerto. Esta oración fue parcialmente escuchada por los suyos, se supone que antes de que el sueño les venciera.

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Jerusalén. Iglesia del padrenuestro. Azulejos representando el padrenuestro en españolLo que Jesús dijo

Jesús enseña a sus discípulos la oración del Padrenuestro (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4). También les hace numerosas indicaciones acerca de cómo debe ser su oración. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Están explicando estas indicaciones la forma en la que debe ser rezado el Padrenuestro o es el Padrenuestro el que sintetiza todo lo que puede decirse de la oración cristiana? ¿Se trata únicamente de una oración para que sus discípulos reciten en determinados momentos o se trata más bien de una forma de orar, algo así como el eje vertebrador de la oración cristiana? Esto último sería además coherente con el sentido que para los judíos tiene el Shemá Israel.

Antes de responder a estas preguntas vamos a escuchar qué es lo que nos dice Jesús acerca de la oración. Lo vamos a hacer encuadrando sus enseñanzas en el contexto del Padrenuestro.

Padre nuestro

Intimidad con Dios

La oración del cristiano es intimidad con el Padre: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6,6).

Dibujo que representa un hombre orante ante la cruzPor eso, lo importante no son las palabras, sino el estar, ponerse uno a tiro del Señor: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras (…) pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,7-8).

La oración del cristiano es relación personal y amorosa: «Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios» (Jn 16,26-27).

Perseverar en la oración

Por eso es necesario orar siempre: «Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Quien ora únicamente cuando se encuentra en una situación apurada, dejará de orar cuando las cosas le van bien… o cuando la persistencia de los problemas le hagan pensar que su oración no está siendo escuchada.

Configuración con Cristo

Cuadro que representa las manos de un sacerdote alzando la hostia después de la consagraciónEl fruto más importante de la oración es la transformación del orante. Más allá de lo que pidamos, la oración nos va configurando con Cristo: «Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20).

La mejor garantía de que nuestra oración ha sido escuchada es experimentar el gozo de la amistad con Cristo. Si, además, recibe lo que ha pedido, entonces la alegría es completa: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).

La oración lo puede todo

Cuadro de François Boucher. San Pedro intentando andar sobre las aguasLa fe lo puede todo: «Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”» (Mc 9,23).

La oración del cristiano se basa en la confianza absoluta en que el Padre nos ama: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (…) Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7,7-8.11; cf. Lc 11,5-13).

La oración del cristiano es confianza absoluta en que Dios lo puede todo: «Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis» (Mc 11, 24; cf. Mt 21,22).

Hay una cosa más. La oración no es un monólogo, sino que es sobre todo escucha. Esta escucha transforma nuestros deseos. Entonces no somos nosotros los que pedimos, sino que es Cristo quien pide en nosotros: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 14,7).

Santificado sea tu nombre

Foto de Siete picos tomada desde la Carretera de la República. Texto con la oración de san Ignacio de Loyola: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me disteis, A Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que con ésta me basta."Santificar el nombre del Padre es reconocerlo como Dios, no sólo ni principalmente con los labios, sino sobre todo con el corazón y con los hechos: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mc 7,6-7; cf. Is 29,13).

Por eso no hay verdadera oración cuando sale de nosotros, porque entonces son palabras humanas. La verdadera oración la hace el Espíritu en nosotros y es él quien santifica en nosotros el nombre del Padre: «El Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,17).

Gatito bebiendo leche de un biberónY ésta es la garantía de que seremos escuchados: «pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).

En realidad, lo único que tenemos que hacer es dejarnos, y ese dejarnos es también un don. El Espíritu pone en nuestro corazón las palabras y el Hijo glorifica al Padre escuchando nuestra oración. «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13-14). Es como estar en medio de ese abrazo trinitario, dejándonos querer. Santificar el nombre de Dios es entonces reconocer nuestra nada ante Dios, esperarlo todo de él y rebosar de gratitud por ello.

Venga tu reino

Veíamos hace un momento cómo Jesús promete a sus seguidores que su oración será escuchada. Lo promete en numerosas ocasiones y pone como única condición el pedirlo con fe.

El silencio de Dios

cruz de madera, sin imagen, en una zona de montañaA estas alturas algunos estarán seguramente echando de menos unas palabras acerca del silencio de Dios. Cuando pedimos –supuestamente con fe- y no obtenemos lo que pedimos. Ante esta cuestión, que no podemos eludir, lo primero que hay que responder es que los evangelios no se plantean siquiera esa posibilidad. Por mucho que rebusquemos en ellos no encontraremos un solo lugar en el que Jesús ni tan siquiera sugiera que Dios alguna vez pueda hacer oídos sordos a nuestras peticiones.

La respuesta más sencilla es en estos casos suponer que el orante no lo hizo con suficiente fe. Y ésta es, justamente, la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le preguntan: «Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?”. Les contestó: “por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: ʻTrasládate desde ahí hasta aquíʼ, y se trasladaría. Nada os sería imposible”» (Mt 17,19-20).

¿Qué es tener fe?

Dibujo representando la silueta de un hombre orandoAhora bien, ¿qué es tener fe? Porque, cuando hablamos de la fe referida a la oración, solemos pensar que rezar con fe es rezar con el convencimiento de que Dios nos va a escuchar. Pero nos olvidamos del contexto. No el contexto de la necesidad que motiva nuestra petición, sino el contexto de nuestra propia vida de fe.

Porque la fe no es algo puntual. Ayuda mucho a la oración que lo que pidamos sea vital para nosotros. Jesús fue salvando personas, no satisfaciendo caprichos. Pero la fe es algo que abarca a la persona entera y a cada instante de su vida. La fe no dura cinco minutos, ni media hora (el tiempo que dure la oración). Y, sobre todo, la fe no se refiere a mis necesidades –por muy acuciantes que sean y muy lícito que sea pedir por ellas- sino a Jesús y al reino de Dios.

Es muy importante tener además presente que la fe va mucho más allá de un mero asentimiento intelectual. Quien no está dispuesto a perder sus seguridades, es que no cree (no lo suficiente). Y ¿quién puede decir que cree de esta manera? Cuando Jesús afirma –y lo hace con contundencia- que todo cuanto pidamos nos será concedido, está hablando a sus discípulos. Jesús se dirige a aquéllos que lo han dejado todo para seguirle. Y aún a estos acabamos de ver cómo –en ese momento, es decir, antes de la resurrección de Jesús- no tenían fe suficiente (cf. Mt 17,16).

Búsqueda del Reino de Dios

León tumbado y junto a él un cordero. Pacíficamente juntos representando el texto en el que Isaías profetiza cómo será el Reino de Dios: "El león pacerá con el cordero"Es en esa búsqueda del reino de Dios en la que se encuadran los milagros de Jesús. La primera petición es que venga a nosotros el reino de Dios. Pero el reino de Dios es algo que –aunque a nosotros nos parezca mentira- Dios no puede hacer sin nosotros. Por eso, pedir que venga a nosotros el reino de Dios no es pedir que el reino de Dios nos llueva del cielo, sino que es pedir a Dios que guíe nuestros pasos, que nos allane el camino, que lo haga posible. Y entonces empiezan a suceder cosas.

Dibujo que representa trabajadores del campoEl deseo por el reino es ponerse en marcha y pedir para que muchos otros lo hagan también: «Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,37-38; cf. Lc 10,2). Conviene aclarar que pedir que Dios mande trabajadores a su mies no es pedir por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Trabajar en la mies del Señor es tarea de todos los cristianos, cada cual como sepa y pueda y como el Señor le vaya guiando.

Por cierto, que eso no es nunca sin consecuencias. Por eso, a quienes son perseguidos por causa de la justicia (cf. Lc 6,22-23), Jesús les dice: «(…) pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar» (Lc 18,7-8).

Hágase tu voluntad

Llegamos aquí al test de calidad de nuestra oración. Nuestra oración, incluso fervorosa, se convierte en vana palabrería si no se concreta en la realidad de nuestra vida: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

Imagen de Jesús orando de rodillas con los brazos apoyados sobre una piedraY éste es el momento de volver de una forma especial nuestras miradas hacia Jesús. En la oración del huerto (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46) encontramos una súplica, pero sobre todo la entrega total de la voluntad en las manos del Padre. Un “hágase tu voluntad” que a Jesús le sale de las entrañas y le cuesta la vida. No es el “hágase” (“que se haga”, que “alguien” haga) que tantas veces pronunciamos distraídamente y que suena más bien a algo que esperamos que suceda sin que a nosotros nos afecte para nada.

Decíamos antes que el testimonio de los evangelistas es unánime e insistente en afirmar sin fisuras que la oración del que cree es siempre escuchada. Una fe que consiste justamente en ponerse totalmente en las manos de Dios para hacer su voluntad. Y es precisamente ese sometimiento a la voluntad de Dios el que hace que Jesús renuncie voluntariamente a salvarse El Cristo de san Juan de la Cruz. Cuadro de Dalía sí mismo: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,16).

Ésta es la única vez que –según nuestros criterios humanos- Jesús parece experimentar el silencio de Dios. La realidad es, sin embargo, que la respuesta del Padre se manifiesta justamente en la fidelidad de Jesús hasta el final. Aquí está el germen de la resurrección y éste es el sentido que tiene decir que, por el bautismo, hemos resucitado con Cristo (cuando estamos aún en esta tierra).

Danos hoy nuestro pan de cada día

Fotografía que representa un trozo de pan

Cuando alguien dice que Dios no escucha sus oraciones, suele referirse a necesidades materiales de un tipo u otro. Todavía no he oído a nadie quejarse porque, a pesar de sus oraciones, cada vez hay más guerras. Ni porque lleva años rezando para que los hombres encuentren a Cristo y cada vez andan más perdidos. Es “el pan de cada día” lo que centra las oraciones de nuestros cristianos. El pan en un sentido amplio… pero no mucho, porque no suele ir mucho más allá de la familia y, si acaso, algunos amigos. Incluso hay quien tiene una lista para no olvidarse de ninguno.

Aprender a orar

Fotografía que representa un gorrión macho en una rama

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, y Jesús les enseña a no agobiarse: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia» (Mt 6,31-34).

¿Qué significa rezar con fe?

Y aquí volvemos al tema de la fe. Rezar con fe no es estar seguro de que ese puesto de trabajo al que aspiras va a ser para ti. Esta seguridad es muy conveniente de cara a causar buena imagen en las entrevistas de trabajo. No es esta la seguridad a la que Jesús se refiere. Tener fe es centrar tu vida en la búsqueda del reino de Dios, de manera que todo lo demás pase a un segundo plano. A quien pone de este modo sus necesidades en las manos de Dios –no por holgazanería, sino por un interés superior- no ha de faltarle la ayuda necesaria. Bien entendido que no estamos diciendo que la búsqueda del reino de Dios nos exima de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente (cf. 2 Tes 3,10).

Y, en la pequeñísima medida en que actuamos así, comprobamos hasta qué punto es esto cierto y, quienes lo han vivido, rebosan de gozo al contarlo. «Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien anhela sobre todo a Cristo, eso es lo que pide de modo incesante. Y el Padre que nos entregó a su Hijo, «¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8,32).

Perdona nuestras ofensas

Fotografía de un confesionario en una iglesiaLa oración es relación con Dios. Los hombres suelen valorar más a aquél que se da importancia, pero esta estrategia está ante Dios condenada al fracaso. Porque él nos conoce por dentro. Por eso, pedir perdón no es un elemento ritual y tampoco nace de un sentimiento de culpabilidad. Se trata de reconocer nuestra realidad ante Dios, para que él penetre hasta el último rincón de nuestro ser.

Pedir perdón a Dios no es preparación, sino consecuencia de la oración

Es notable que la petición de perdón sea prácticamente el colofón del Padrenuestro. Si comenzásemos pidiendo perdón, se podría considerar un acto de purificación necesario para ponernos en la presencia de Dios. Situado al final, sin embargo, es conclusión agradecida. Empezamos, sin preámbulos, llamando Padre a Dios. Terminamos pidiendo perdón o, lo que viene a ser lo mismo, realizando un acto de profundo agradecimiento. Porque no pedimos perdón mirando hacia nosotros, sino mirando hacia Dios y todos los dones que de él hemos recibido.

El encuentro con Dios te pone en tu sitio, no al modo humano, sino con un gozo muy superior a cualquier otro:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,10-14).

El que se pone a sí mismo como ejemplo, está manteniendo un monólogo. No se ha encontrado con Dios.

Quien se sabe perdonado no puede guardar rencor

Dibujo en el que aparecen abrazados un palestino y un judío. Debajo de ellos una bandera formada por las dos banderas respectivasPero, claro está, sería una tremenda contradicción pedir perdón a Dios a quien debemos todo, mientras mantenemos nuestro corazón cerrado a la reconciliación con los demás (cf. Mt 18,21-35: parábola sobre el perdón y la misericordia). La contrición es un acto de amor agradecido, y de ese acto de amor no podemos excluir a nadie: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

En ese mismo sentido, pero en un contexto litúrgico: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24).

Pero Jesús nos pide más. No ya perdonar. Quien perdona, olvida. Y el olvido expulsa todo rencor del corazón, pero muchas veces también todo aprecio. El olvido se refiere al pasado. Quien te ha hecho daño en el pasado puede pasar a formar parte de un recuerdo borroso e indiferente, en un pasar página liberador. Pero Jesús va mucho más allá: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44). Nos está pidiendo que amemos a quienes, no ya en el pasado sino incluso ahora mismo, buscan nuestro mal. Y que recemos por ellos. Y no nos lo manda al modo que suelen hacerlo los hombres –que mandan una cosa y hacen otra-. Jesús nos manda hacer aquello mismo que él hizo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

A modo de conclusión

Comenzaba este artículo formulando las preguntas que yo me había planteado a mí misma antes de comenzar a escribir. Llegados a este punto, la respuesta parece evidente. En el Padrenuestro encontramos las líneas maestras de la oración cristiana, una especie de criba por la que pasar nuestra vida haciendo nuestras, no tanto las palabras cuando el espíritu que ellas contienen.

Dicho de otro modo, que cuando Jesús dice: «Vosotros orad así» (Mt 6,9) y, en otro lugar: «Es necesario orar siempre» (Lc 18,1), no está diciendo que nos pasemos todo el día rezando padrenuestros. Lo que Jesús quiere es que vivamos continuamente en el reconocimiento agradecido de que Dios es nuestro Padre. Santificar a Dios con nuestra vida. Pedir sin descanso que venga a nosotros el reino de Dios. Que reine en el mundo el temor de Dios. Conscientes de que somos pecadores, pedirle continuamente que ilumine nuestros ojos y ablande nuestro corazón para hacer siempre su voluntad. Que en nuestro corazón no habite nunca el rencor. Y que continúe cuidando de nosotros, no para beneficio nuestro, sino para poder servirle en todo mientras nos quede un hálito de vida.

Jesús de Nazaret ante la cruz. Cuadro de Velazquez que representa a Cristo crucificadoEn estos días de Semana Santa, lo menos que podemos hacer es acompañar a Jesús de Nazaret ante la cruz. Sin embargo, la imagen es de un dramatismo tal que corremos el peligro de quedar bloqueados por los acontecimientos, incapaces de dejarnos iluminar por el misterio de la salvación de Dios.

Por eso necesito en estos momentos tomar distancia de la cruz y, al mismo tiempo, acercarme a Jesús para observarle y escucharle. Tratar de conocerle un poco mejor. Ver de qué forma se comportó Jesús ante el sufrimiento, cuál fue su enseñanza o su ejemplo.

El Sermón del Monte. Cuadro de Carl Bloch (1890)

Irme poco a poco preparando para la pregunta definitiva: ¿qué sentido tiene la cruz de Cristo? No el sufrimiento en general, sino la muerte de Jesús. Y, cuando me pregunto aquí por el sentido, no quiero quedarme en la respuesta humana. No me basta con la coherencia de Jesús hasta la muerte, la fe me dice que hay mucho más. Sé que fue voluntad del Padre, pero quiero poder entenderlo (hasta donde sea posible). También sé que Jesús resucitó, pero la resurrección no es un pasar página después de la muerte. Por eso es tan importante ver la cruz con la mirada de Dios, porque sólo así es posible resucitar con Cristo.

El recorrido por la vida de Jesús lo haremos de la mano de S. Mateo. La razón de centrarnos en un Evangelio es para dejarnos llevar por él. Hemos elegido este evangelio por motivos litúrgicos (2017 corresponde al ciclo A: lectura continua de S. Mateo).

Jesús de Nazaret ante la cruz de sus hermanos

Los evangelios nos presentan a Jesús continuamente haciendo milagros. Pero no es el aspecto milagroso de los actos de Jesús lo que nos interesa en este momento. Más importante es profundizar en la actitud de Jesús. Conocerle, observarle, dejarnos mirar por él.

Cristo curando a un enfermo. Cuadro de RembrandtEn dos lugares distintos, Mateo repite la misma frase casi palabra por palabra: «Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23; cf. 4,24-25; 9,35). Jesús proclama la buena noticia –que eso significa evangelio- del Reino de Dios. No se limita a decirlo, sino que lo hace curando toda enfermedad y toda dolencia. La distinción entre enfermedad y dolencia deja entrever que, en el centro mismo de su misión, está el aliviar tanto el sufrimiento físico como el moral de las gentes.

En esa última línea va este otro texto: «Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13). Para los judíos de entonces no había una distinción como la que tenemos nosotros entre enfermedad y pecado.

Quienes disfrutaban de una posición ventajosa no eran simplemente afortunados, sino también merecedores ante Dios de dicha fortuna.

Por el contrario, la miseria en general y la enfermedad en particular eran también un estigma moral. Cuando Jesús dice que ha venido a llamar a los pecadores, va mucho más allá de la corrección de faltas morales. Está dando vida y esperanza a la muchedumbre que yacía en las cunetas de la sociedad. Ha venido a salvar a quienes no cuentan.

Como ovejas que no tienen pastor

Jesús no actúa como los profesionales –que necesitan tomar distancia para ser eficaces-. A él le afecta el sufrimiento de las gentes y se mueve a compasión: «Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”» (Mt 9,36).

El Buen Pastor. Cuadro de Cristobal García Salmerón

Abandonadas y sin pastor. Jesús no se comporta como otros profetas, No amenaza a los dirigentes del pueblo, sino que los ningunea. Su misión no consiste en convertir a los pastores, sino en socorrer a las ovejas. Desde la compasión y el encuentro personal. Nótese que no hay curaciones colectivas. A Jesús le sigue una muchedumbre, pero las personas son salvadas de una en una. Incluso cuando se produce una curación sin su intervención personal y directa, Jesús insiste en conocer a quien le ha tocado el manto (cf. Mc 5,25-34).

Jesús se compadece de la gente

Mateo nos muestra una vez más a Jesús compadeciéndose de la gente, especialmente de los enfermos: «Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos» (Mt 14,14).

Nuevamente el evangelista expresa la compasión de Jesús ante la gente: «Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino”» (Mt 15,32; cf. 15,33-39).

Multiplicación de los panes y los peces. Cuadro de Juan de FlandesEn una ocasión anterior fueron los discípulos los que avisaron a Jesús de que la muchedumbre no tenía qué comer. Pero, mientras los discípulos lo que quieren es que Jesús despida a la gente, es decir, quitarse el problema de encima, Jesús asume la necesidad y la soluciona: «Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”» (Mt 14,15-16; cf. 14,17-21).

Hacer el bien en sábado

Esta compasión por el sufrimiento de sus semejantes está por encima no de la Ley, pero sí de una interpretación cicatera e hipócrita de la misma: «Entonces preguntaron a Jesús para poder acusarlo: “¿Está permitido curar en sábado?”. Él les respondió: “Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer bien en sábado”. Entonces le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió y quedó restablecida, sana como la otra» (Mt 12,10.12-13).

La misericordia por la que seremos juzgados

Portada del Juicio final en la catedral de LeónPor último, en el episodio del Juicio final, vemos que esta forma de actuar que tiene Jesús es precisamente aquélla por la que seremos juzgados: «Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”» (Mt 25,34-36). No se nos pedirán milagros, pero sí compasión activa que venga en auxilio del sufrimiento de los demás.

Postura de Jesús ante las prácticas ascéticas

Los discípulos de Jesús no ayunan

Que los discípulos de Jesús no ayunen escandaliza a los discípulos de Juan: «Los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto y deja un roto peor» (Mt 9,14-16).

La respuesta de Jesús puede entenderse en el sentido de que los discípulos no están preparados para ello. Parece, sin embargo, que la interpretación es más bien otra. Jesús ha venido a traer algo radicalmente nuevo que va mucho más allá de ciertas prácticas.

En otro lugar, sin embargo, Jesús habla sobre el ayuno de una forma mucho más clara: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver  a los demás que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,16-18).

Jesús no es un asceta

Los evangelios no nos dicen que Jesús ayunase, salvo durante los cuarenta días que pasó en el desierto. Por el contrario, nos lo presentan frecuentemente invitado a comer. Él mismo contrapone sus prácticas a las de Juan el Bautista (Mt 11,16-19). Pero los evangelistas sí que dan testimonio de cómo se olvida de comer cuando está llevando a cabo su misión. Esto, que está sugerido en varios lugares, aparece expresamente afirmado en el episodio de la mujer samaritana (cf. Jn 4,32).

La ascesis que Jesús invita a seguir no es aquella que uno se autoimpone a voluntad, sino la que viene del amor a los demás: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos, a quien te pide, dale y al que te pide prestado, no lo rehúyas». (Mt 5,38-42). Jesús no está en contra del ayuno, pero la ascesis que marca a sus seguidores es otra totalmente diferente. Es la ascesis del amor, que rige también para el ayuno.

El texto va mucho más allá: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,43-45).

La ascesis del corazón

Hacer las cosas por amor y no porque nos vean, ayudar a quien lo necesita, no guardar rencor… ésas son las líneas básicas de la ascesis que Jesús nos propone, ésas son las claves de la paz interior que Jesús nos ofrece: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

Jesús huye cuando es perseguido

Los tres Sinópticos recogen la visita de Jesús a Nazaret y cómo Jesús fue rechazado en su pueblo, pero es solamente Lucas quien nos dice que lo echaron fuera y quisieron despeñarlo. Jesús, sin embargo, logró escabullirse (cf. Lc 13,28-30). Una escena parecida, esta vez en Jerusalén, la encontramos en Jn 10,39.

Esto, que puede parecer anecdótico, tiene importancia. Jesús rehúye la muerte y solamente la acepta en el momento en el que sabe que es voluntad de Dios, en el momento que los evangelistas llaman la “hora” de Jesús (aunque quien más utiliza esta expresión es el cuarto evangelista, también la encontramos en Mateo -cf. Mt 26,18-).

La huida a Egipto. Cuadro de Bartolomé MurilloPor lo que respecta a sus discípulos, no correrán distinta suerte que su Maestro. Son numerosos los pasajes evangélicos en los que Jesús va preparando a sus discípulos para lo que les espera. Pero Jesús no les invita a ser suicidas, lo que les dice es que seguirle tiene como consecuencia correr la misma suerte que él. Y también les dice que huyan: «Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (Mt 10,22-23).

De hecho Jesús huyó en más de una ocasión, no sólo a Egipto en su infancia, sino también a los pueblos de alrededor de Jerusalén, poco antes de su entrada final en esta ciudad (cf. Jn 11,53-54).

La cruz que es consecuencia del seguimiento

Jesús se compadece del sufrimiento ajeno, no busca ni exige a los suyos la mortificación y tampoco es un suicida. Huye cuando es perseguido y recomienda a los suyos que hagan lo mismo.

Jesús de Nazaret ante la cruz. Imagen del rostro de Jesús y la frase: "El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí"Sin embargo, Jesús se da de bruces con la cruz. Con una cruz no buscada, con aquella que es consecuencia directa de su misión. «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada (…) y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,34.38-39). El mensaje de Jesús –y las acciones que lo acompañan- levanta ampollas. Ante el signo de contradicción que Jesús representa, no es posible permanecer neutral. Ponerse del lado de Jesús tiene consecuencias.

Nuestra religión tiene por centro a alguien que ha muerto, no por defender coherentemente sus ideales, sino porque ésa fue la voluntad de Dios para él. Los evangelios no le quitan ni un ápice de dramatismo a la cruda realidad: «Entonces dijo a los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”» (Mt 16,24-25).

Perder la vida

Negarse uno a sí mismo, perder la vida, puede entenderse en sentido ascético. Los religiosos acostumbran a entender de esta forma su voto de obediencia. Pero en tiempos de Jesús, e incluso mucho después, este perder la vida se entendía de un modo mucho más literal. Hoy podríamos preguntar a los cristianos de Corea del Norte, India, Arabia Saudí, Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak, Irán, Eritrea, Yemen, Nigeria…

Unido a la persecución está el servicio: «(…) el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,26-28; cf. Mt 23,11). La muerte de Jesús no es sólo consecuencia de su misión, sino que forma parte de ella.

Jesús de Nazaret ante la cruz inminente

No vamos a reproducir los acontecimientos que ocurrieron en esas escasas veinticuatro horas, sino únicamente a escuchar a Jesús para dejarnos guiar por él para que no tenga que decirnos, como a Pedro: «tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23).

Institución de la Eucaristía

La última cena. Cuadro de Jacobo BassanoLa pasión comienza con la institución de la Eucaristía. Jesús sabe que ha llegado su “hora” y, en un gesto que no tiene precedentes en la historia de las religiones, se da en alimento a los suyos. El gesto, aunque realizado de forma incruenta y en figura, está anticipando lo que sucederá más tarde. En primer lugar que la entrega de Jesús es voluntaria (cf. Jn 10,18). Jesús entrega su vida al Padre y la deposita en manos de sus discípulos. Llama la atención que el mandato de reiterar este signo no aparece en ninguno de los evangelios sinópticos. Es S. Pablo el único que lo testifica (cf. 1 Cor 11,25).

La cruz como sacrificio expiatorio

Las palabras con las que Jesús consagra el vino, junto con el contexto pascual en el que fueron pronunciadas, explicitan de modo muy significativo el sentido que Jesús da a su muerte: «Bebed todos porque ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,27). La expresión “sangre de la alianza” es cita literal de Ex 24,8. Con ello se nos da a entender que la sangre de Jesús establece una nueva alianza. Por otra parte, la sangre “derramada por muchos” nos está hablando de un sacrificio de expiación (cf. Lv 4) y el contexto pascual nos recuerda al cordero pascual que Jesús acababa de compartir con sus discípulos.

Cordero muerto. Cuadro de Francisco de ZurbaránNo tenemos tiempo aquí de entrar en detalles eruditos que tampoco son necesarios para nuestro propósito. Jesús hace claras referencias a los sacrificios del Antiguo Testamento, pero lo hace aludiendo simultáneamente a dos formas de sacrificio distinto (sacrificio de expiación y sacrificio de comunión) y haciendo además algo que no se hacía en ningún tipo de sacrificio: «(…) no comeréis nada de grasa ni de sangre» (Mt 3,17). Por eso, aunque Jesús está diciendo claramente que su muerte es un sacrificio, conviene que entendamos este término desde la enseñanza de Jesús y no al revés.

En la Eucaristía se hace presente el (único) sacrificio de la cruz

Al contrario de lo que sucedía con los corderos, Jesús entrega la vida, nadie se la quita. La cruz, lo mismo que la Eucaristía, es ofrenda de la propia vida. El sacrificio de Jesús, sin embargo, es único. El sacrificio eucarístico no es reiteración, sino presencia real del mismo Cristo y del mismo y único sacrificio de la cruz. Cristo se ofrece de una vez para siempre.

Oración en el huerto. Cuadro de CorreggioDe la oración del huerto he hablado en otro lugar con más detalle, pero es imprescindible citar aquí las palabras con las que Jesús suplica al Padre que le libre de la muerte: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39; cf. 26,42). Jesús no quiere morir, pero «aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8).

Sabe que es voluntad del Padre que él muera, ha asumido su muerte como necesaria y ha entregado su vida anticipadamente. Por eso es lógico su silencio ante las preguntas del Sumo Sacerdote (cf. Mt 26,63) y ante las de Pilato (cf. Mt 27,14). Jesús no se defiende ante los tribunales humanos, porque sabe que su vida está en las manos de Dios. El evangelio según S. Juan añade una última respuesta de Jesús: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,11). Esta expresión, lejos de significar que la autoridad humana sea una delegación divina, lo que quiere decir es que la voluntad de Dios siempre prevalece. Dios se vale de la maldad de las autoridades judías y de la cobardía de Pilato para realizar su plan de salvación.

Lo que sucedió después

Las mujeres

El resucitado se aparece a María Magdalena. CuadroDespués de su resurrección, Jesús se aparece en primer lugar “a las mujeres” (Lucas), a María Magdalena (Juan), a María Magdalena y la otra María (Mateo), a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (Marcos). A las mujeres, a algunas mujeres cuyo nombre poco importa.

No por casualidad en la escena de la cruz también las encontramos presentes: «Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55-56).

El testimonio unánime de los evangelistas está indicando, no sólo que el hecho es verídico, sino también que la primitiva Iglesia lo consideró relevante. Tal vez tenga mucho que ver con esto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Probablemente ellas, en su insignificancia, entendieron mucho mejor lo que estaba sucediendo (cf. Mt 11,25).

El colegio apostólico

Catedral de Montevideo. Retablo en el que aparecen Jesús en la cruz y algunas mujeresFinalmente, Jesús se aparece a los once que habían quedado después de la traición de Judas. Es muy llamativo que Jesús se comunica con los discípulos por medio de las mujeres (cf. Mt 28,10.16). Las mujeres, no sólo dan testimonio de que Jesús está vivo, sino que también les dicen dónde pueden encontrarlo. Y ellos obedecen el mandato de Jesús transmitido por medio de ellas. Esto no puede ser casual y, además, resuena mucho a las enseñanzas de Jesús. Aquello de los primeros y los últimos, y el servicio, los pequeños, etc.

Jesús dice a los once: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28,18-20). Hasta el final de los tiempos, es decir, no sólo con aquellos discípulos que pasearon con él por Galilea, sino también con todos los que vendrán después. Antes de su muerte, Jesús dejaba a sus discípulos solos para irse a orar, o para despedir a la gente, o para hablar con la samaritana. Jesús se ha ido, pero para volver y quedarse para siempre junto a nosotros. Más cerca de cada uno de nosotros de lo que nosotros mismos podamos estarlo nunca.

La entrega de la vida

Vidriera en la que aparece Cristo como cordero¿Cómo puede entenderse el hecho de que el Padre quiera la muerte de su Hijo? ¿Qué significa el hecho de que la redención deba pasar por la muerte de Jesús? ¿Qué nos ha ido diciendo Jesús a lo largo del recorrido que acabamos de hacer?

Humanamente se puede entender que Jesús tropieza con un muro. Las autoridades judías jamás hubieran aceptado la predicación de Jesús. Eso no le dejaba más que dos alternativas: abandonar su misión para salvar la vida o continuar con su misión. Jesús sabía que esta última opción le conducía directamente a la muerte.

En las enseñanzas de Jesús, no obstante, percibimos una carga en profundidad que va mucho más allá. Percibimos no ya aquello de que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”, sino que la muerte de Jesús es el culmen de lo que fue su vida. En su último día de vida, Jesús no da muestras de resignación como sería el caso de quien acepta un sufrimiento que le viene impuesto. Jesús hace suya la voluntad del Padre, que no es lo mismo.

La muerte de Jesús no es el final abrupto de una vida plena, sino la entrega plena de quien hizo de su vida una ofrenda.

La muerte de Jesús es su marchamo de garantía. Jesús no dice una cosa y hace otra. Él es la Verdad. Jesús no marca el camino con el dedo índice, sino con las plantas de sus pies. Por eso nosotros no somos de Pablo, ni somos de Apolo. Pues, como nos dice S. Pablo: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros?» (1 Cor 1,13).

Como vemos especialmente en las bienaventuranzas, ése es también el test de calidad para quienes nos decimos cristianos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26),

¿Qué podemos decir hoy a Jesús?

Hoy sobran las palabras, si no son para dar gracias y para pedir perdón. Gracias a Jesús por él mismo, por su amor y por su vida. Y gracias por todo lo que ha hecho por mí. No sólo por su muerte, sino porque vive en mí.

Y perdón. No porque Jesús esté en la cruz por mis pecados, Perdón porque, ante un amor tan grande, mi respuesta cicatera es un insulto.

El clero católico actual acepta –o dice aceptar- el Depósito de la fe como un todo indiscutido. Sin embargo, la mayoría de las veces se guarda ante los dogmas un silencio que no ayuda en nada a la vida de la fe. Algunos dogmas, como el del pecado original, prácticamente ni se menciona.

La fe enriquece la espiritualidad en la medida en que es asimilada. Por el contrario, los contenidos de la fe suelen atragantarse cuando son simplemente engullidos.

El silencio de los pastores

Dibujo que representa un emoticón silbandoPor otra parte, este silencio no siempre supone una aceptación implícita –lo que se ha llamado “la fe del carbonero”. Todo lo contrario. Pocos se atreven a negar abierta y públicamente un dogma, pero el clero ha dejado de hablar de los dogmas. Se lanza de este modo un mensaje subliminal cuanto menos de intrascendencia.

Cuadro anónimo del siglo XVI, que representa un aula de la Universidad de SalamancaNo ha sido así siempre. Hubo un tiempo en el que a nadie se le hubiera podido pasar por la cabeza que algún día la jerarquía eclesial estaría más pendiente de nadar y guardar la ropa que de transmitir la fe. Hubo un tiempo en el que los teólogos debatían acaloradamente sobre diversas cuestiones, por espinosas que fueran. Dichas cuestiones eran zanjadas finalmente por el Papa generalmente en un concilio. No inmediatamente, sino mucho tiempo después. Siglos incluso.

Hoy en día no existe debate alguno en materia de Teología dogmática. Si acaso –y con muchísimo tiento- se dejan caer comentarios diversos sobre algunas cuestiones morales. Recordemos el “¿quién soy yo para juzgar?” En boca del máximo representante de la Iglesia, esto suena más a escaqueo que a benevolencia. Es cierto que Cristo no vino a juzgar, pero una cosa es no juzgar y otra no dar respuestas.

Dibujo de un hombre mirando un poste con flechas en todas direcciones. El hombre se está rascando la cabeza sobre la que tiene un signo de interrogación. El dibujo representa de forma simbólica la desorientación de quien no sabe por dónde tirarCuando los pastores guardan silencio ante determinadas cuestiones, los fieles quedan huérfanos de cualquier explicación que resuelva sus dudas. Cada cual queda así abandonado a su suerte. El resultado es que a muchos laicos piadosos les aterroriza reflexionar sobre su fe. Otros buscan por su cuenta alguna justificación con la cual tranquilizar su espíritu. Finalmente los más, sencillamente dejan de creer en según qué cosas.

No hace falta añadir que, cuando uno deja de creer en algunas verdades de su fe, corre el riesgo de terminar relativizándolas todas.

EL PECADO ORIGINAL

Especial dificultad ofrece actualmente el dogma del pecado original. No hay más que ver que –excepción hecha de una breve alocución de Benedicto XVI- no se habla de él prácticamente para nada.

La dificultad no viene únicamente de la teoría de la evolución como teoría científica, sino también y no en menor medida, de la corriente de pensamiento asociada, según la cual el mal no sería sino la consecuencia lógica de una naturaleza inacabada.

1. El dogma del pecado original en la historia de los documentos oficiales

En el Denzinger

Pecado original. Cuadro de TizianoEl dogma del pecado original se centra en explicar:

  1. Que el sufrimiento y la muerte son consecuencia directa del pecado de Adán y Eva (D 101-102)
  2. Que dicho pecado se transmite a todos los descendientes de esta primera pareja. “(…) por propagación, no por imitación” (D 790). El pecado es, por así decir, heredado genéticamente (D 109a; D 175) de la misma forma que genéticamente heredamos nuestra condición de seres mortales. Ambas cosas están directamente relacionadas.
  3. Que el pecado original no puede ser borrado sino gracias a Jesucristo y por medio del Bautismo (D 791-792). Si por el pecado vino la muerte, por el Bautismo –es decir, por la incorporación al Cuerpo de Cristo- viene la promesa de la Vida Eterna (cf. Rom 5,12-21; 6,4; Rom 8,17; Gal 3,27; Ef 4,22ss; Jn 1,29; 3,5; etc).

Expulsión de Adán y Eva del paraíso. Cuadro de Aureliano MilaniEn ninguno de los textos que figuran en el Denzinger (en la primera versión, que es la que citamos aquí, que llega únicamente hasta Pío XII) se explica en qué consiste el pecado original más allá de reproducir el texto del Génesis. Lo importante para la fe de la Iglesia no es saber en qué consistió el pecado, sino saber que los hombres estaban destinados a una vida dichosa y ellos –inducidos por Lucifer- se labraron para sí mismos y para sus descendientes el sufrimiento y la muerte.

En el Catecismo de la Iglesia católica

Hay que decir, no obstante, que el Catecismo de la Iglesia Católica, sí dice en qué consiste dicho pecado:

«El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (Cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (Cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad».(n. 397).

El pecado comienza allí donde la creatura deja de confiar en su creador. La desobediencia es consecuencia lógica de la desconfianza.

«Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.» (Gn 3,4).

La serpiente siembra la duda en la mujer, sugiriendo mala intención en el mandato divino. Éste es el pecado original. El que está en el origen de todo pecado, también de nuestros pecados personales. Allí donde la creatura toma distancia frente a Dios, desconfía de él procurando una falsa autonomía, ahí está negando su propio ser, lo que viene a resultar en su autodestrucción.

2. El pecado original. Dificultades de los textos

Los textos que sustentan el dogma del pecado original [PECADO ORIGINAL (textos Denzinger)] ofrecen dificultades que, aunque hoy por hoy no hayan sido resueltas, haríamos mal en fingir que no existen. Veamos algunas de las más importantes:

a) El pecado original. Dificultades antiguas

El hombre fue creado inmortal no sólo en el alma, sino también en el cuerpo

La muerte es consecuencia del pecado: “Quienquiera que dijere que el primer hombre, Adán, fue creado mortal, de suerte que tanto si pecaba como si no pecaba tenía que morir en el cuerpo, es decir, que saldría del cuerpo no por castigo del pecado, sino por necesidad de la naturaleza, sea anatema” (XVI Concilio de Cartago, año 418. D 101).

El pecado original es “transmitido a toda alma (…) por descendencia” (D 109a)

Forma parte de la fe de la Iglesia que el alma de cada uno de nosotros es creada por Dios de la nada (D 348) en el momento de la generación. Así pues el pecado, que es algo propio del alma, viene transmitido por la generaDibujo que representa un gen modificado por el pecado original. Es un ejemplo para que se vea gráficamente cómo el pecado original modifica la naturaleza de todo hombre. Esto no tiene nada que ver con la culpa.ción del cuerpo.

Esta cuestión es abordada por Santo Tomás de Aquino, dando una respuesta muy sugestiva en la buena dirección. Comienza introduciendo una pregunta que en un primer momento parece totalmente innecesaria: ¿qué pasaría si un hombre naciera de otro, pero no del modo habitual, sino a partir de alguno de sus miembros (una especie de clonación milagrosa)?

La respuesta del Aquinate es que este hombre no nacería con el pecado original, porque –y aquí está lo importante- lo que genera el pecado no es la carne pecadora, sino la intervención humana. Cuando el hombre interviene en la generación, transmite el pecado original. Esto no sucedería si un hombre naciese de otro hombre de una forma milagrosa, porque entonces el hombre no sería causa de dicha generación (cf. Suma Teológica I-II, q. 81 a. 4). Obsérvese que, según este razonamiento, el argumento se basa en que la generación es un acto humano y no, como alguna vez se ha interpretado, en una supuesta “suciedad” asociada al sexo.

b) El pecado original. Una dificultad nueva

Dibujo que representa la teoría de la evoluciónLa fe en el dogma del pecado original se encuentra fundamentada en una narración según la cual todos descendemos de una única pareja humana. Suponer la existencia de diversas familias humanas de orígenes distintos pondría en entredicho bien el hecho mismo del pecado original, bien el libre albedrío del hombre. No se puede sostener simultáneamente que hubo muchas parejas incomunicadas y que todas pecaron “necesariamente”. Como mucho se podría suponer la existencia de una familia, tribu o pueblo que pecaran de manera solidaria, pero esta suposición, además de ser totalmente gratuita, nos dejaría exactamente en el mismo punto que una aceptación literal del texto del Génesis.

3. El ser humano tal y como lo conocemos

El Génesis es un libro de teología y el relato del Pecado original explica por qué el hombre, a pesar de ser creatura de Dios, lleva en sus genes la maldad.

Cuadro moderno en el que se ve sobre todo un incendio, pero también un combatiente, un tanque y una calavera. Representa la guerra.Porque la existencia del pecado es un hecho. No tenemos más que echar una ojeada en derredor. Es un hecho que el mal moral existe. No es necesario recordar todas las atrocidades que vemos cada día en las noticias.

El ser humano tiene una tendencia innata al mal. Esto es algo que queda patente observando el comportamiento de los niños. No sólo nacemos egoístas (“yo, yo, mío, mío”), sino también presas de la soberbia y de la ira (rabietas y agresividad desde bien pequeños). Crueles incluso. Lo bien que se lo pasan algunos angelitos torturando insectos y, pocos años después, matando pájaros o, directamente, haciendo la vida imposible a algún compañero de clase.

Dibujo de un niño detrás de una alambrada. El niño dice: "No sé si tengo poco sentido del humor o ellos poca vergüenza, pero llamar a esto campo de refugiados es una cruel ironía"Es importante subrayar que hay en esto algo profundamente escandaloso. ¿Cómo es posible que Dios, que fue creando todo y fue viendo que todo “estaba bien”, se estrellase justamente al llegar a lo que se supone que era la cumbre de su obra? Somos creaturas de Dios y atribuir a Dios nuestra maldad sería la peor de las blasfemias.

Así pues, el pecado original es –antes que nada- una explicación teológica de esa maldad que habita en nosotros. No el mal que cometemos consciente y deliberadamente como fruto de nuestro libre albedrío, sino aquélla maldad que está alojada en el fondo de nuestro corazón y nos arrastra hacia el mal incluso cuando no queremos (cf. Rom 7,19). Esa maldad nos viene de nacimiento, pero no puede ser obra de Dios, sino de alguien que desfiguró lo que Dios tenía planeado que fuera.

LA SALVACIÓN EN CRISTO

Leyendo los textos de referencia acerca del dogma del pecado original comprobamos que la mayoría se centran, no en el pecado, sino en la gracia que nos viene por Cristo.

1. La Providencia divina tiene siempre la última palabra

Que el mal es una realidad, no hay como negarlo. Ahora bien, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento encontramos sombra alguna de dualismo. El bien y el mal no son dos principios equiparables.

La Iglesia tampoco acepta el monismo moderno que sostiene algo así como un principio a la vez bueno y malo en todas las cosas. Solamente hay un principio, Dios y de él procede todo bien en un doble sentido: todo lo que Dios ha hecho está bien y todo lo que está bien procede de Dios.

El mal no es un principio creador. El mal tiene su origen en la libre decisión de aquellas creaturas que, pudiendo elegir entre el bien y el mal, decidieron rebelarse contra Dios.

En cualquier caso, el mal no tiene nunca la última palabra. Los malos hacen muchas cosas contra la voluntad de Dios, pero Dios utiliza ese mal para sus fines buenos (San Agustín, La Ciudad de Dios, XXII,1-2).

2. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia

Fotografía de la Piedad. Escultura de Miguel Ángel

Nos limitaremos aquí a hacer una breve síntesis de aquellos textos del Denzinger en los que se habla de la gracia en relación con el pecado original.

Nadie se salva si no es por medio de Nuestro Señor Jesucristo

  • El deseo del bautismo no es fruto del libre albedrío, sino de la generosidad de Cristo (D 199).
  • El pecado original se quita por los méritos del sólo mediador Nuestro Señor Jesucristo (D 790).

El pecado original se perdona por medio del sacramento del bautismo

  • Por la muerte de Cristo se rompe esa cédula de muerte y por el bautismo somos liberados (D 109 a).
  • «(…) por el sacramento del bautismo, rubricado por la sangre de Cristo, se perdona la culpa y se llega también al reino de los cielos, cuya puerta abrió misericordiosamente a todos los fieles la sangre de Cristo» (D 410).
  • A propósito del bautismo de los niños, leemos: «El [pecado] original, pues, que se contrae sin consentimiento, sin consentimiento se perdona en virtud del sacramento» (D 410).

En la vida del cristiano todo es don de Dios, regalo inmerecido, gracia

  • El Espíritu Santo es el artífice, no sólo de que sean perdonados nuestros pecados, sino que también obra en nuestra voluntad el deseo de que esto suceda (D 177).
  • Ni llegar a la fe, ni nuestro aumento de fe, si siquiera desear la fe es obra nuestra (D 178).
  • Todo bien que hay en los hombres viene de Dios (D 195)
  • Amar a Dios es un don de Dios (D 198; D 199).
  • Nadie se salva, sino por la misericordia de Dios y esto hubiera sido así incluso aunque no hubiera habido pecado original (D 192). Esto es importante. La gracia de Dios hubiera sido en cualquier caso necesaria, más aún después de la caída.

Terminamos con un texto del II Concilio de Orange que resume de modo admirable lo que supone la gracia de Dios en la vida del creyente:

«También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero —sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte— la fe y el amor a Él, para que busquemos fielmente el sacramento del bautismo, y para que después del bautismo, con ayuda suya, podamos cumplir lo que a Él agrada» (D 200).

Fotografía de un gato adulto tumbado sobre los brazos de una persona. El gato está en posición supina, cosa que en un gato significa confianza total y, además, está con las patas delanteras dobladas en una postura que refuerza el lenguaje corporal de confianza. Todo lo bueno que hacemos es, de principio a fin, obra de Dios. Él es quien inspira y es él quien sustenta. Esto debería ser para nosotros motivo de enorme alegría y paz. No hay lugar para ciertas actitudes de agobio que se observan en algunas personas piadosas. Lo único que podemos hacer nosotros es reconocer, agradecer, pedir para que nos dejemos hacer… a sabiendas de que todo está en las manos de Dios.

¿Cómo ser cristiano en la época de la posverdad? Ante el reinado del Dinero y de la Mentira, al cristiano se le debería poder distinguir por su honestidad.

  • La sociedad occidental es mucho menos plural y libre de lo que nos quieren hacer creer.
  • Características fundamentales de dicha sociedad son la importancia dada a lo económico y la tolerancia hacia la mentira. Ambas cosas están en la fuente misma del Mal tal y como lo describen los Evangelios.
  • Sin embargo, los cristianos de los países del llamado Primer Mundo hemos hecho nuestra esta cultura y compartimos su escala de valores.
  • Por ello, para ser cristiano hoy, se requieren unas condiciones previas que antes seguramente no eran tan necesarias.

La falsa libertad de nuestras sociedades occidentales

Dibujo de un hombre con terno y corbata (parece que también con un pequeño bigote). Le escucha una masa de gente. El hombre dice: "¡Os ofrezco soluciones para mis problemas!"Existe hoy en día un consenso generalizado que caracteriza a nuestras sociedades occidentales como dotadas de un gran pluralismo. Este supuesto pluralismo sustenta a su vez el dogma de una tolerancia mucho más teórica que real. Nos imponen una lista de cuestiones ante las cuales hay que ser tolerante. Mientras tanto se reprime cualquier convicción que pretenda tener consecuencias más allá de lo estrictamente privado.

Lo primero que habría que preguntarse es de dónde nace esta autopercepción de pluralismo. Por ejemplo, el hecho de que hoy las personas no acepten los argumentos de autoridad no es una prueba de pluralismo. Esto es más bien algo que compartimos y que, por consiguiente, nos hace semejantes. A su vez, la intolerancia a los principios de autoridad no significa que no exista autoridad. Sucede que la autoridad no es claramente identificable. La comunicación no se realiza por medio de mandatos o argumentos, sino mediante la creación de estados de opinión. En realidad tampoco conocemos el sujeto que se comunica. Generalmente se desconoce de dónde surgen estas opiniones que nos son impuestas. A veces encontramos una vaga referencia a supuestas "investigaciones científicas" de las que no conocemos detalles ni autoría.

Signos de identidad de la sociedad actual

En esta sociedad que se considera a sí misma plural, pero que en realidad está totalmente teledirigida, podríamos describir numerosos signos de identidad. No obstante, con ello estaríamos describiendo rasgos superficiales, más o menos significativos o anecdóticos, poco más que meros síntomas. La intención de este artículo, sin embargo, es ir a las causas. Encontrar los verdaderos signos de identidad de la sociedad posmoderna.

Una sociedad donde priman los criterios económicos

Dibujo de un hombre cuyo cuerpo está rodeado por una esfera cuya superficie está cubierta de monedas de euro. La cabeza es una esfera igual, pero más pequeña. A su alrededor vuelan billetes de 100, 200 y 500 euros, que también alfombran el sueloPrimer signo de identidad es la exclusividad y generalización de los criterios económicos a todos los ámbitos de la realidad. Para que se entienda lo que quiero decir pondré un par de ejemplos.

  1. En el ámbito de lo laboral, antes primaba la estabilidad por encima de lo puramente económico. Esto tanto por parte de los empresarios como por parte de los trabajadores. Es lógico que el empresario busque obtener las mayores ganancias. Sin embargo, tener trabajadores con experiencia y comprometidos con la empresa puede ser una inteligente estrategia empresarial. Ahora, en cambio, parece que de forma generalizada han cambiado las políticas empresariales. La competencia feroz entre las empresas no se libra en el campo de la calidad. Son los bajos precios los que marcan la diferencia. De este modo, no interesa la profesionalidad, sino los bajos salarios y la flexibilidad en la contratación.
  2. Chiste de Forges alusivo al trabajo precarioEso, a su vez, hace que los jóvenes sientan que no vale la pena invertir tiempo ni esfuerzo en formación. Olvidan así que la finalidad de la formación no es exclusiva ni fundamentalmente económica. Por otra parte, ese economicismo hace que, en ocasiones, actuar con criterios éticos resulte poco menos que un excentricismo.

Acomodación a la mentira

El segundo signo de identidad de nuestra sociedad actual es la acomodación a la mentira. No estoy sugiriendo que mentir sea una novedad de nuestros tiempos. La mentira es de algún modo connatural al ser humano. Lo novedoso es la naturalidad con la que hoy aceptamos que insulten nuestra inteligencia mintiéndonos en la cara. Placa que representa tachada la palabra Truth (verdad en inglés)Y esto en todos los ámbitos en la vida.

Por ejemplo, es normal que un alumno que no ha hecho los deberes invente alguna excusa inverosímil para justificarse. Lo nuevo es que te nieguen en la cara lo que acabas de ver con tus propios ojos. Visto desde otra perspectiva, es por ejemplo normal que los adolescentes no crean en las advertencias de los adultos. Los jóvenes siempre han juzgado como exageración o pusilanimidad las advertencias de sus mayores. Lo nuevo es encontrar tantos niños resabiados. Piensan, además, que les mientes de forma interesada. Parece evidente que es a esto a lo que están acostumbrados.

Y algo todavía más sorprendente: hoy en día se acepta con mayor facilidad la mentira que la verdad. Esto, que no es totalmente nuevo, puede tener una explicación psicológica sencilla. Quien te miente, normalmente te dice lo que sabe que tú quieres oír. La verdad, en cambio, resulta en ocasiones muy molesta. ¿Cuál es entonces la novedad? La clave está en el discernimiento, fruto de la razón, que ayuda a distinguir entre deseo y realidad. Hoy en día, fruto de determinadas corrientes filosóficas que vienen desde Kant y que culminan en el llamado “pensamiento débil”, se ha esfumado la realidad, dejando a las personas inermes frente a la manipulación.

La posverdad en la política

Chiste. Aparece un pollo asándose en un horno. Enfrente se ve a media docena de pollos vivos que dicen: "y... ¿tú votaste esto?... ¿estás seguro que es por nuestro bien?"Y esto, que lleva tiempo siendo un hecho en las relaciones tanto personales como empresariales, ya está teniendo sus consecuencias políticas. Nuevamente digamos que el hecho de que los políticos mientan no es ninguna novedad. Lo novedoso es que ya no necesiten dar a sus mentiras una cierta verosimilitud. Parece que, cuanto peor mienten, más apoyos concitan. La palabra acuñada para expresar esta nueva situación es post-truth, traducida al español por posverdad, y declarada palabra del año  por el diccionario Oxford que la define como lo «relativo a las circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal».

Ser cristiano en la época de la posverdad

Frente a esta situación, ¿qué tendríamos que hacer los cristianos? Porque la impresión es que ni están ni se les espera. No porque seamos minoría, ni porque seamos menos influyentes que otros grupos. En cierto sentido es más bien al contrario. Lo que nos hace invisibles es nuestro mimetismo. Hay destacados y muy conocidos miembros de la sociedad española que se dicen, y así pueden ser considerados, católicos practicantes. Y son precisamente estos dirigentes españoles quienes practican fervorosamente el más abierto neoliberalismo, al tiempo que llevan décadas lucrándose de la posverdad.

Fotografía en la que aparece un rebaño de ovejas caminando por el campoPero, ¿qué pasa con los cristianos desconocidos, con la gente en general que puebla nuestras parroquias? Pues, evidentemente, hay de todo como en botica. Pero, en general, llama la atención la falta de formación religiosa en todas las generaciones. Y no será por falta de clases de religión –eso sí, de todas las religiones en general en un totum revolutum-. Falta de formación, de la cual no es lo peor la falta de conocimientos, sino sobre todo la falta de vivencias, la ausencia de contexto. Religión que se nutre de un vago sentimiento de pertenencia carente de contenidos y de práctica verdaderamente religiosa. Reuniones que sirven para poco más que para conocer gente. Esto genera un cierto perfil que tiene unas características más políticas que propiamente religiosas. Podría decirse que se trata de un perfil de votante.

Dinero y mentira. Signos de identidad del Maligno

Tentaciones de Jesús. Cuadro de Carl Heinrich Bloch.

¿Cómo debería ser entonces un cristiano en la época de la posverdad? Decíamos que las dos características principales de nuestra época son el valorar todo en función del dinero y la tolerancia con la mentira. Pues bien, esto que resulta tan actual viene ya reflejado con claridad meridiana en un par de textos evangélicos. El primero dice así: “no podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13; cf. Mt 6,24). Servir al dinero es hacer del Dinero el eje de la vida, de manera que ocupe el lugar reservado a Dios.

El segundo es aquél en el que se llama al diablo “padre de la mentira”, aquél que miente porque le sale de dentro, porque todo en él es mentira (Jn 8,44). Podríamos decir que, para los Evangelios, la Mentira y el Dinero son dos formas de representar el fundamento de todo mal.

Las catequesis

Esto significa que hablar de Cristo dejando las cosas como están o hacer críticas a determinados aspectos de la sociedad o de los hombres y mujeres de hoy sin ir al fondo de la cuestión es traicionar a Cristo y a su Evangelio.

Así sucede, por ejemplo, cuando se reúne a los fieles para una supuesta formación que no pasa de ser, como mucho, terapia de grupo o, directamente, mero proselitismo carente de contenidos. Y así sucede también cuando la moral cristiana viene reducida a todo lo que tiene relación con la sexualidad, mientras otras conductas escandalosamente inmorales cuentan con todas las bendiciones o, al menos, con un silencio más que cómplice.

La honestidad como signo de identidad

Frente a esto y de modo semejante a cómo los paganos distinguían a los primeros cristianos por el amor que se profesaban entre ellos (cf. Hech 4,32-35), los hombres de hoy deberían distinguir a los cristianos básicamente por su honestidad en todos los ámbitos de la vida.

Alguien podrá argumentar que la honestidad no es una virtud teologal y, por consiguiente, no tendría por qué ser una virtud característica del cristiano. Cierto. Más aún, una fe no bien asimilada hace realmente difícil la honestidad, porque la honestidad lleva consigo la fidelidad a los propios principios y difícilmente puede ser fiel a sus principios quien los desconoce.

Insisto, no obstante o precisamente por ello, en que es la honestidad la virtud que debería caracterizar a los cristianos y, de hecho, aquello en lo que hoy en día se reconoce al verdadero cristiano.

Lo que hace de la honestidad una virtud especialmente valiosa en estos momentos es fundamentalmente su ausencia, de ahí que sea tan llamativa. El ser, además, una virtud que no requiere el don de la fe, hace que cualquier hombre pueda reconocerla. Y, sobre todo, es la honestidad la virtud más claramente opuesta a la avaricia y a la mentira. A ambas de manera conjunta. Es lo opuesto al todo vale que impera en nuestra sociedad occidental.

Honestidad como sencillez y transparencia

Al buscar un paradigma de hombre honesto podría pensarse en el verdadero filósofo. Curiosamente y dicho sea de paso, para la mujer, tradicionalmente la honestidad se ha usado como sinónimo de castidad (cf. 1 Tim 3,11). Pero, si tratamos de pensar en una sociedad donde la honestidad sea algo frecuente, entonces podemos imaginar una sociedad tradicional donde todo el mundo sabe quién es quién y donde traicionar la palabra dada sería la peor de las insensateces.

Ser cristiano en la época de la posverdad. Fotografía de una mujer joven que se quita la máscara¿Cuál es el perfil de ese cristiano del que estamos hablando? Los filósofos no abundan y los supervivientes de esa sociedad tradicional que acabamos de mencionar carecen de futuro. Esas personas honestas a las que yo me refiero son gente sencilla, que no se las dan de lo que no son, personas serviciales y agradecidas. Cercanas y sinceras. No son gente importante, con frecuencia no son tampoco gente ilustrada, sin embargo brillan con luz propia y se les reconoce enseguida. Hay muy pocos, cada vez menos, pero no me cabe la menor duda de que en sus manos está el futuro de la Iglesia.

P Juan Manuel García-Lomas SJ

El miércoles pasado, día 9 de noviembre de 2016, fallecía en Madrid el P Juan Manuel García-Lomas SJ

P Juan Manuel García-Lomas SJ. Foto reciente

Un adiós emocionado

Quien desee una pequeña biografía del P. García-Lomas, puede encontrarla aquí. Tampoco voy a hablar de la presencia de Juan Manuel en mi vida. Solamente diré que acabo de quedarme sin un amigo muy querido. El último profesor-compañero con el que conservé una relación después de dejar la universidad.

Siempre quedará en mi corazón y en mi vida el recuerdo de aquél remanso de paz encontrado después de un periodo de agitación, hace casi treinta años. Y nunca olvidaré lo bien que lo pasamos en la organización del Congreso internacional de Ejercicios Espirituales (Loyola 1991). Cómo me acompañó a Barajas cuando me fui a Brasil. Cómo, durante una breve pero azarosa temporada, estuvimos compartiendo despacho en la UPCO, y cómo fue en los últimos años prácticamente el único sacerdote que, justamente porque no pretendía ocupar el lugar de Cristo, pudo ser para mí vehículo eficaz de su Gracia.