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Conocimiento interno del Señor. Dibujo a carboncillo del rostro de Jesús coronado de espinasConocimiento interno del Señor, es el encuentro de nuestro ser más íntimo con la persona misma del Resucitado. Es intimidad y es búsqueda. Es personal e intransferible. Va mucho más allá de la doctrina o de las prácticas religiosas. No es consuelo, sino aguijón y, sin embargo, es lo único que puede llenar nuestro corazón inquieto.

La búsqueda de Dios puede tomar muchas formas, aunque siempre debe ir acompañada de la búsqueda de la verdad.

Para quien ya es cristiano, esa búsqueda de Dios no puede ser otra que la búsqueda de Cristo. Alguien podría pensar que, quien ya es cristiano, ya se encontró con Cristo y no precisa buscar más.

Nada más lejos de la verdad. En primer lugar porque, salvo una experiencia como la de san Pablo, el encuentro con Cristo es siempre mediado. Y, por tanto, a medias mientras no haya un encuentro personal más allá del testimonio de otros. En segundo lugar porque el encuentro con Cristo, como todo encuentro personal, es siempre algo en proceso. Por ello, cuanto mayor es nuestro conocimiento interno del Señor, mayor es nuestra percepción de lo lejos que estamos de conocerle y de amarle.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE S. IGNACIO [1]

 

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son una forma no infalible, ni tampoco imprescindible, pero sí muy eficaz de alcanzar este conocimiento interno. Estoy hablando del mes de ejercicios.

Lo que san Ignacio pretende es recrear en lo posible la experiencia que los discípulos tuvieron con Jesús. El fruto de los ejercicios es el encuentro con Jesús de Nazaret. Una experiencia espiritual que, cuando se alcanza, deja huella. Este es el auténtico fruto de los ejercicios.

Tres son los lugares en los que san Ignacio habla del conocimiento interno.

Conocimiento interno de mis pecados

En la primera semana de ejercicios, san Ignacio nos propone tres coloquios. El primer coloquio será con Nuestra Señora, el segundo con el Hijo. Finalmente nuestra petición se dirigirá al Padre. En los tres coloquios la petición es siempre la misma: «conocimiento interno de mis pecados y aborrecimiento de ellos» (EE [63]).

Estos coloquios incluyen otras peticiones relacionadas con la anterior, por ejemplo «conocimiento del mundo». Pero no se vuelve a hablar de conocimiento interno.

Mirando en mi interior

¿Qué significa aquí la expresión «conocimiento interno»? El ejercitante pide luz para descubrir sus pecados, para no engañarse a sí mismo, para ver en su interior. Pero está  pidiendo mucho más.

Conocerse uno a sí mismo no es nada fácil. Reconocer las propias faltas es un ejercicio muy duro, que requiere una notable madurez y equilibrio afectivo. Derribar los mecanismos de defensa para dejarse curar por Dios es una gracia.

Pero lo que el ejercitante está pidiendo aquí va mucho más allá de este ejercicio ascético.

Mirando hacia Dios

Conocimiento interno. Fotografía del mural que preside las escaleras del colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)
Mural en el colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)

Porque no se trata de una introspección para descubrir mis faltas, mis defectos o las cosas que hago mal. Estamos hablando de «mis pecados». Y los pecados hacen siempre referencia a Dios. De modo que no puede haber «conocimiento interno de mis pecados» que no nazca del conocimiento interno del amor que  Dios me tiene.

Quien reconoce sus faltas está mirando hacia sí mismo. En cambio, el conocimiento interno de mis pecados es un acto de adoración y de amor a Dios. Mirar hacia las propias faltas puede llevar al rechazo hacia nosotros mismos. Presentar nuestras miserias ante Dios lleva al conocimiento interno de su Amor.

De esta manera, ya desde la primera semana, se viene preparando lo que culminará, como veremos, en la cuarta semana.

Conocimiento interno del Señor

El conocimiento interno del Señor es el eje sobre el que pivota la segunda semana de ejercicios.

Conocimiento interno. Para que mas le ame y le siga. Fotografía de unas huellasEsta semana comienza, a modo de introducción, con la contemplación del Rey Eternal (EE [91-100]). Inmediatamente después, comienza propiamente la segunda semana con la contemplación de la Encarnación. Y es ahí donde san Ignacio propone al ejercitante que comience pidiendo: «demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga» (EE [104]).

Tres preámbulos

Encontramos esta petición en el tercer preámbulo. En los dos preámbulos anteriores, el ejercitante habrá preparado la contemplación. Primero trayendo el contenido de la contemplación y después colocándose en situación: «contemplación, viendo el lugar».

El proceso, por lo tanto, es el siguiente: Primero los datos conocidos por el testimonio de otros. Segundo e importantísimo, yo formando parte de la escena. Finalmente el conocimiento interno, que ya no depende de mí y, por eso, no puedo hacer sino pedirlo.

El conocimiento interno no es obra de la inteligencia (primer preámbulo) ni de la voluntad (segundo preámbulo), sino que es gracia.

Para que más le ame y le siga

La petición de conocimiento interno tiene además un por qué y un para qué. Pido conocimiento interno del Señor «que por mí se ha hecho hombre». No se trata de un dato añadido, sino de la razón por la cual yo deseo conocerle y amarle: porque él me amó primero. Y es por esto que yo deseo a mi vez amarle y seguirle. «Para que más le ame y le siga». El conocimiento interno tiene por finalidad el amor, y un seguimiento que no es externo ni funcional, sino interno y personal. Se trata de conocerle tan íntimamente que su persona sea reconocible en la nuestra.

Conocimiento interno de tanto bien recibido

En la cuarta semana de ejercicios, encontramos la tercera petición de conocimiento interno. Aquí, conocimiento interno de nuestra profunda deuda para con Dios. Este conocimiento nos llevará al reconocimiento amoroso hacia nuestro Creador.

El segundo preámbulo de la contemplación para alcanzar amor es: «pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad» EE [233].

La contemplación comienza con la composición de lugar, que consiste en hacerme consciente de que estoy en la presencia de Dios nuestro Señor. Este Señor es el Resucitado y aparece rodeado de los ángeles y de los santos, que interceden por mí. Estoy ante el Cristo total.

En este contexto, el ejercitante pedirá conocimiento interno de tanto bien recibido. En los cuatro puntos de los que consta la contemplación (EE [234-237]), san Ignacio se encarga de enumerar la multitud de dones recibidos.

El inmenso gozo de sabernos creaturas

La composición nos ayuda a entender el sentido que tiene el conocimiento interno en este contexto. El conocimiento interno es conocimiento ante la presencia de Dios. ¿Quién no se ha sentido muchas veces feliz ante cualquier hecho o circunstancia? Dar gracias a la vida es un ejercicio muy sano, que nos esponja el corazón. Pero el conocimiento interno va más allá.

El conocimiento interno es penetración de la realidad a la luz de la fe. El conocimiento interno de los bienes recibidos es experimentar en lo más profundo de nuestro ser que todo se lo debemos a Dios. Es el reconocimiento, no teórico sino actual, de nuestra condición de creaturas. Es sabernos totalmente dependientes de Dios, saber que somos suyos, de modo que deseemos con toda el alma «en todo amar y servir».

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO

 

Sentir y gustar de las cosas internamente

San Ignacio comienza el libro de los ejercicios espirituales con unas anotaciones. En ellas indica a quien da los ejercicios que no se extienda en la predicación. La razón que da para ello es que «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» EE [2].

Este sentir y gustar internamente equivale al conocimiento interno. Para san Ignacio, el conocimiento interno del Señor equivale a conocimiento personal. Es sentir y gustar de su presencia. El conocimiento interno es alimentado por el amor recíproco. Es el conocimiento que nace del trato, del encuentro y de la experiencia.

El conocimiento interno va tomando cuerpo por medio de la oración personal, a la luz de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios.

Por eso, es muy significativo que a quien da los ejercicios se le diga textualmente: «discurriendo solamente por los puntos con breve o sumaria declaración». Porque es de mucho más fruto espiritual que el ejercitante descubra por sí mismo (por su propio raciocinio o por virtud divina) el sentido de la historia.

Cuando el director de ejercicios se explaya en exceso, se está interponiendo entre el Señor y el ejercitante. Su labor es ir guiando, pero dejando que sea el ejercitante quien realice su propia oración. El conocimiento interno es el que nace de dentro. El predicador puede aumentar nuestro conocimiento intelectual. También puede encender el sentimiento religioso. Pero el único que puede alcanzarnos el conocimiento interno es el Señor mismo.

Conocer en nuestro interior

El conocimiento interno del Señor es en primer lugar conocimiento que se realiza desde la fe, desde lo más íntimo de nosotros mismos.

El conocimiento interno nace del amor

Conocimiento interno del Señor. Dibujo de un corazón grande que representa a Cristo y, dentro de él, un corazón enamorado que nos representa a nosotros.
Conocimiento interno del Señor

Para alcanzar el conocimiento interno del Señor son de mucha ayuda el estudio y la profundización teológica. Pero no son imprescindibles y, desde luego, no son suficientes. Podría decirse que el conocimiento interno nace del amor y poco amor demuestra quien no busca conocer de todas las formas posibles. Pero el conocimiento interno solamente se puede alcanzar mediante la oración, mediante el trato íntimo con el Señor.

El conocimiento interno es un don que hay que pedir y que se da únicamente en la entrega de la propia persona. Se percibe en el alma, pero nace del ver y el escuchar, oler, palpar. Sentir y gustar. El conocimiento interno no es aceptación de una doctrina, sino enamoramiento.

El conocimiento interno del Señor nos mueve a su búsqueda

Conocimiento interno es intuición. Es ese percibir que nace de la convivencia. Es esa sintonía que nace de la amistad, cuando las palabras sobran. De ahí viene el reconocimiento que nos capacita para distinguir dónde está Cristo y dónde no. En eso consiste el discernimiento, que va mucho más allá de la elección de estado. El discernimiento es un estado que para san Ignacio fue permanente. En todo amar y servir supone una actitud de perpetuo discernimiento.

El conocimiento interno es amar a Cristo con toda el alma, y supone una actitud de alerta continua. Porque el conocimiento interno es un don. Sabiendo, además, que con gran facilidad podemos ser engañados. Unas veces conformándonos con muy poco (tentaciones de primera semana). Otras veces proyectando nuestros deseos sobre la realidad (tentaciones de segunda semana).

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

El conocimiento interno es conocimiento desde nuestro interior, pero es también conocimiento del interior del propio Cristo.

Esto último parece extraordinaria osadía. Sin embargo, seguir a Cristo supone conocerle en la profundidad de su persona. No hay verdadero seguimiento si no hay conocimiento interno.

Conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle

Seguir a Cristo no es imitar exteriormente sus acciones. Tampoco es seguir su doctrina. Y, contra lo que algunas formas de espiritualidad practican, tampoco es obedecer a una persona. Ni que sea el director espiritual. Seguir a Cristo es identificarse con él, sentir como él, ser otro Cristo. Por ello, el conocimiento verdadero de Cristo ha de ser conocimiento interno. Conocimiento de su persona, de sus “por qués”, como observa Santiago Arzubialde [2]. No conocemos a alguien hasta que no somos capaces de intuir por qué actúa del modo en el que lo hace.

Imitar a Jesús puede ser muy meritorio, pero no dejaría de ser una caricatura. Jesús actuó del modo en que lo hizo, porque esa fue la voluntad del Padre en las circunstancias concretas que le tocó vivir. Seguir a Jesús es ser dóciles al Padre como él lo fue.

Seguir la doctrina de Jesús parece algo más realista. Lo parece. Porque la doctrina que nos muestran los Evangelios es de imposible cumplimiento con las solas fuerzas humanas. Así pues, sin el conocimiento interno de Cristo, tenemos de nuevo una caricatura. Porque el único mandamiento de Cristo es el mandato del amor. Y es el amor el único que puede guiar nuestros pasos.

De ahí la petición de «conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga». Un conocimiento interno que solo es posible a través de la oración. Amor y seguimiento que es amor al Padre y entrega de la vida en sus manos.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LA VIDA DEL CRISTIANO

 

Muchos cristianos salen de ejercicios identificando erróneamente el fruto de los ejercicios con los «propósitos» de ejercicios. Nunca están mal los buenos propósitos, pero son más propios de la Nochevieja que de la experiencia de ejercicios.

El fruto de los ejercicios es la experiencia en sí misma. El encuentro del Señor, cuando es genuino, deja huella. Si en ejercicios nuestra oración se ha quedado en la superficie, poco durará en nosotros la consolación que hayamos creído tener. Pero si hemos alcanzado algún conocimiento interno, este es perdurable.

En cualquier caso, existe una diferencia cualitativa entre la vida de fe que nace del conocimiento interno y la vida de fe que se alimenta por medio de terceros. Esto no significa que unos y otros no puedan alcanzar el mismo grado de santidad. De hecho, la santidad se mide en términos de fidelidad. El conocimiento interno es un don, y «a quien mucho fue dado, mucho será demandado» (Lc 12,48). Pero sí da lugar a dos modos totalmente distintos de experimentar la pertenencia a la Iglesia. Y ello tiene importantes consecuencias, especialmente cuando se vive en una sociedad desacralizada como la nuestra.

El conocimiento interno requiere una vida de oración

El conocimiento interno del Señor, es conocimiento personal, relación personal con él. Y la oración es justamente esto.

¿Qué es oración?

Ahora bien, ¿qué es oración? Porque es un hecho que, muchas veces, la oración no nos lleva al conocimiento interno. Lo primero que nos viene a la mente es la parábola del fariseo y el publicano. El publicano volvió justificado, porque puso en las manos de Dios su realidad. Podríamos decir que tuvo conocimiento interno de sus pecados.

¿Qué hizo de malo el fariseo? Dio gracias a Dios y no mintió al enumerar todas las cosas buenas que había hecho. Pero juzgó a los demás y se tuvo por superior a ellos. De este modo se atribuyó a sí mismo el mérito de sus buenas obras y, por consiguiente, no fue del todo sincero al dar gracias a Dios. Aún peor, no se dejó interpelar por Dios. Habló y habló, pero no escuchó. Si hubiera tenido una actitud de escucha, su oración hubiera virado en algún momento y se hubiera convertido en acto de contrición.

Esto no significa que toda oración sincera tenga que tener la forma de petición de perdón. Lo imprescindible de la oración es el reconocimiento de que todo se lo debemos a Dios. Y no menos importante es la actitud de escucha. Por eso Jesús dice a sus discípulos que no utilicen muchas palabras como hacen los paganos. Porque, cuando hablamos mucho, la oración se convierte en un monólogo.

El silencio de Dios

Y aquí nos encontramos con lo que muchos llaman el «silencio de Dios». Cuando pedimos a Dios y él parece no escuchar. Cuando tenemos que tomar una decisión y nos gustaría que nos dijese con claridad lo que espera de nosotros.

En los salmos vemos que lo que la oración transforma es ante todo al orante. Podemos observar cómo los salmos de petición comienzan con el salmista al borde del abismo y terminan dando gracias a Dios. Así nos sucede también a nosotros.

Dios se vale de nuestras necesidades para realizar su pedagogía. Lo que la oración realiza en nosotros es, ante todo, un cambio radical de perspectiva.

La oración nos hace ver la realidad con los ojos de Dios. No estoy hablando de resignación, sino de esperanza. En nuestra vida, sucede con frecuencia que los árboles no nos dejan ver el bosque. Carecemos de perspectiva y de paciencia. La oración contextualiza nuestra realidad, haciendo que experimentemos nuestra vida en las manos de Dios. Hablo de experiencia, no de doctrina. No se trata de decirnos a nosotros mismos que nuestra vida está en las manos de Dios. El sentir y gustar de las cosas internamente es experiencia y es gracia.

En el caso más extremo, encontramos la oración de Jesús en el Huerto: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Conocimiento interno del Señor y discernimiento

No hay conocimiento interno del Señor sin discernimiento. Porque el conocimiento interno del Señor no es algo que se consiga de una vez y para siempre. Por eso es necesario estar muy atentos para discernir dónde está el Señor y dónde no.

Conocimiento interno. Discernimiento. Foto de una lupa como símbolo de búsquedaAlgunas veces es relativamente sencillo descubrir dónde «no» está el Señor, pero con frecuencia podemos creer que seguimos al Señor cuando, en realidad, estamos siguiendo nuestras propias inclinaciones [3].

También puede suceder que, de forma autónoma o por indicación de otros, estemos viviendo una vida que no es la nuestra. Por eso, el discernimiento debe hacerlo cada uno personalmente ante Dios. Nadie puede suplirnos en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre nosotros.

Para el encuentro con Cristo no hay recetas. Existen unas normas morales que son para todos, pero seguir a Cristo es mucho más que una ética. El consejo de personas espirituales es siempre bienvenido e incluso necesario, pero el conocimiento interno es personal e intransferible. Cada cual debe encontrar la voluntad de Dios en cada instante de su vida. Esto exige un continuo abrir nuestro corazón a Cristo.

No solo en las grandes decisiones. Las grandes decisiones están condicionadas por lo que somos. Y lo que somos viene dado por esas pequeñas decisiones que hemos ido tomando a lo largo de toda nuestra vida.

Pobreza con Cristo pobre

El conocimiento interno del Señor lleva al amor. El amor lleva al deseo de seguirle. Y el deseo de seguirle va indefectiblemente unido al deseo de parecernos más a él.

La pobreza no es un fin, pero ayuda

Esta pobreza no debe ser entendida como forma de imitación externa de una determinada situación socioeconómica.

La pobreza no es un fin, pero ayuda. Hoy en día, antes siquiera de comenzar a trabajar en cualquier cosa (también en lo pastoral), lo primero que se mira son los medios materiales. Esto, que parece razonable para un partido político, es letal para la Iglesia. Al corazón de las personas no se llega con grandes templos, ni con emisoras de televisión, sino con nuestra entrega, nuestra fe, nuestro amor y con el ejemplo de nuestra vida.

Seguir a Cristo hasta la cruz

San Ignacio no nos invita a abrazar la pobreza sin más, sino «pobreza con Cristo pobre», que no es lo mismo. Se trata de seguir a Cristo hasta la cruz. Por eso san Ignacio va más allá. El texto ignaciano dice así:

«… por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente de este mundo» (Tercera manera de humildad, EE [167]).

Esto subvierte los criterios mundanos que son una tentación constante para la Iglesia.

Conocimiento interno. Pobreza con Cristo pobre. Fotografía de la iglesia del Carmen en Cercedilla (Madrid)
Iglesia del Carmen - Cercedilla

¿Dónde está Cristo? ¿En la prudencia o en el amor? ¿Acaso en las comunidades pobres que no tienen ni templo o en las parroquias ricas que, cuando tienen goteras en alguno de sus edificios, echan el templo abajo y lo vuelven a construir? ¿En los excelentísimos y reverendísimos señores o en algunas de esas ancianas en quienes nadie repara?

Para concluir

El conocimiento interno del Señor es ese conocimiento del que el Señor dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeñitos» (Lc 10,21).

Los pequeñitos no son los niños. Tampoco son, sin más, la gente sencilla. Los pequeñitos son todos aquellos que tienen conocimiento interno de su realidad de creaturas. Que sienten y gustan interiormente que su vida dependa enteramente de Dios. Y esto, obviamente, es mucho más fácil para aquellos cuyo único valedor es Dios.

El conocimiento interno del Señor es el Señor mismo que se entrega a quienes se saben pequeños [4]. Que lo saben de verdad, no de boquilla;  y que lo viven con gozo, no deseando que sea de otra forma.

Conocimiento interno del Señor es ante todo experiencia del Señor. Y esta experiencia del Señor lleva consigo ver la realidad con los ojos de la fe. Es ver el mundo y a nosotros mismos con los ojos de Dios.

El conocimiento interno del Señor lleva a una continua acción de gracias. Por aquello que nos agrada, y también por lo que no nos agrada (cf. Rom 8,28)

NOTAS

[1] El texto de los ejercicios espirituales de san Ignacio pueden encontrarlo en la página de descarga gratis.

[2] ARZUBIALDE, Santiago, Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Historia y Análisis, Mensajero-Sal Terrae (Bilbao-Santander, 1991) pp. 284-285.

[3] San Ignacio pone un ejemplo muy inocente, pero muy gráfico de su propia vida. Cuando era estudiante, tenía dificultades con el latín. Durante un tiempo observó que le invadía un repentino fervor cada vez que se ponía a estudiar. Entonces llegó a la conclusión de que ese fervor no venía de Dios, sino que era tentación. El encuentro con Cristo se da en cumplir su voluntad, que en este caso era que estudiase.

[4] Es importante señalar que este ser y sabernos pequeños no tiene nada que ver con ciertas actitudes que algunas veces se ven -o se esperan- en la Iglesia. El conocimiento interno es todo lo contrario de la pusilanimidad. El conocimiento interno del Señor da una fuerza extraordinaria. Aquella misma fuerza que el Resucitado infundió en los Apóstoles. Al mismo tiempo, la entrega de la propia vida en las manos de Dios nos da la fuerza para no dejarnos llevar por modas ni conveniencias de hombre alguno.

Jesús de Nazaret ante la cruz

Cuadro de Velazquez que representa a Cristo crucificado
Jesús de Nazaret ante la cruz. Imagen de Cristo crucificado (Velazquez)

En estos días de Semana Santa, lo menos que podemos hacer es acompañar a Jesús de Nazaret ante la cruz. Sin embargo, la imagen es de un dramatismo tal que corremos el peligro de quedar bloqueados por los acontecimientos, incapaces de dejarnos iluminar por el misterio de la salvación de Dios.

Por eso necesito en estos momentos tomar distancia de la cruz y, al mismo tiempo, acercarme a Jesús para observarle y escucharle. Tratar de conocerle un poco mejor. Ver de qué forma se comportó Jesús ante el sufrimiento, cuál fue su enseñanza o su ejemplo.

El Sermón del Monte. Cuadro de Carl Bloch (1890)
Jesús de Nazaret ante la cruz. Sermón del monte

Irme poco a poco preparando para la pregunta definitiva: ¿qué sentido tiene la cruz de Cristo? No el sufrimiento en general, sino la muerte de Jesús. Y, cuando me pregunto aquí por el sentido, no quiero quedarme en la respuesta humana. No me basta con la coherencia de Jesús hasta la muerte, la fe me dice que hay mucho más. Sé que fue voluntad del Padre, pero quiero poder entenderlo (hasta donde sea posible). También sé que Jesús resucitó, pero la resurrección no es un pasar página después de la muerte. Por eso es tan importante ver la cruz con la mirada de Dios, porque sólo así es posible resucitar con Cristo.

El recorrido por la vida de Jesús lo haremos de la mano de S. Mateo. La razón de centrarnos en un Evangelio es para dejarnos llevar por él. Hemos elegido este evangelio por motivos litúrgicos (2017 corresponde al ciclo A: lectura continua de S. Mateo).

Jesús de Nazaret ante la cruz de sus hermanos

Los evangelios nos presentan a Jesús continuamente haciendo milagros. Pero no es el aspecto milagroso de los actos de Jesús lo que nos interesa en este momento. Más importante es profundizar en la actitud de Jesús. Conocerle, observarle, dejarnos mirar por él.

Cristo curando a un enfermo. Cuadro de Rembrandt
Jesús de Nazaret ante la cruz. Cristo curando a un enfermo

En dos lugares distintos, Mateo repite la misma frase casi palabra por palabra: «Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23; cf. 4,24-25; 9,35). Jesús proclama la buena noticia –que eso significa evangelio- del Reino de Dios. No se limita a decirlo, sino que lo hace curando toda enfermedad y toda dolencia. La distinción entre enfermedad y dolencia deja entrever que, en el centro mismo de su misión, está el aliviar tanto el sufrimiento físico como el moral de las gentes.

En esa última línea va este otro texto: «Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13). Para los judíos de entonces no había una distinción como la que tenemos nosotros entre enfermedad y pecado.

Quienes disfrutaban de una posición ventajosa no eran simplemente afortunados, sino también merecedores ante Dios de dicha fortuna.

Por el contrario, la miseria en general y la enfermedad en particular eran también un estigma moral. Cuando Jesús dice que ha venido a llamar a los pecadores, va mucho más allá de la corrección de faltas morales. Está dando vida y esperanza a la muchedumbre que yacía en las cunetas de la sociedad. Ha venido a salvar a quienes no cuentan.

Como ovejas que no tienen pastor

Jesús no actúa como los profesionales –que necesitan tomar distancia para ser eficaces-. A él le afecta el sufrimiento de las gentes y se mueve a compasión: «Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”» (Mt 9,36).

El Buen Pastor. Cuadro de Cristobal García Salmerón
Jesús de Nazaret ante la cruz. El Buen Pastor cargando con sus ovejas.

Abandonadas y sin pastor. Jesús no se comporta como otros profetas, No amenaza a los dirigentes del pueblo, sino que los ningunea. Su misión no consiste en convertir a los pastores, sino en socorrer a las ovejas. Desde la compasión y el encuentro personal. Nótese que no hay curaciones colectivas. A Jesús le sigue una muchedumbre, pero las personas son salvadas de una en una. Incluso cuando se produce una curación sin su intervención personal y directa, Jesús insiste en conocer a quien le ha tocado el manto (cf. Mc 5,25-34).

Jesús se compadece de la gente

Mateo nos muestra una vez más a Jesús compadeciéndose de la gente, especialmente de los enfermos: «Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos» (Mt 14,14).

Nuevamente el evangelista expresa la compasión de Jesús ante la gente: «Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino”» (Mt 15,32; cf. 15,33-39).

Multiplicación de los panes y los peces. Cuadro de Juan de FlandesEn una ocasión anterior fueron los discípulos los que avisaron a Jesús de que la muchedumbre no tenía qué comer. Pero, mientras los discípulos lo que quieren es que Jesús despida a la gente, es decir, quitarse el problema de encima, Jesús asume la necesidad y la soluciona: «Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”» (Mt 14,15-16; cf. 14,17-21).

Jesús de Nazaret ante la cruz. Hacer el bien en sábado

Esta compasión por el sufrimiento de sus semejantes está por encima no de la Ley, pero sí de una interpretación cicatera e hipócrita de la misma: «Entonces preguntaron a Jesús para poder acusarlo: “¿Está permitido curar en sábado?”. Él les respondió: “Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer bien en sábado”. Entonces le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió y quedó restablecida, sana como la otra» (Mt 12,10.12-13).

La misericordia por la que seremos juzgados

Portada del Juicio final en la catedral de León
Jesús de Nazaret ante la cruz. Portada del Juicio final en la catedral de León.

Por último, en el episodio del Juicio final, vemos que esta forma de actuar que tiene Jesús es precisamente aquélla por la que seremos juzgados: «Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”» (Mt 25,34-36). No se nos pedirán milagros, pero sí compasión activa que venga en auxilio del sufrimiento de los demás.

Postura de Jesús ante las prácticas ascéticas

Los discípulos de Jesús no ayunan

Que los discípulos de Jesús no ayunen escandaliza a los discípulos de Juan: «Los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto y deja un roto peor» (Mt 9,14-16).

La respuesta de Jesús puede entenderse en el sentido de que los discípulos no están preparados para ello. Parece, sin embargo, que la interpretación es más bien otra. Jesús ha venido a traer algo radicalmente nuevo que va mucho más allá de ciertas prácticas.

En otro lugar, sin embargo, Jesús habla sobre el ayuno de una forma mucho más clara: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver  a los demás que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,16-18).

Jesús no es un asceta

Los evangelios no nos dicen que Jesús ayunase, salvo durante los cuarenta días que pasó en el desierto. Por el contrario, nos lo presentan frecuentemente invitado a comer. Él mismo contrapone sus prácticas a las de Juan el Bautista (Mt 11,16-19). Pero los evangelistas sí que dan testimonio de cómo se olvida de comer cuando está llevando a cabo su misión. Esto, que está sugerido en varios lugares, aparece expresamente afirmado en el episodio de la mujer samaritana (cf. Jn 4,32).

La ascesis que Jesús invita a seguir no es aquella que uno se autoimpone a voluntad, sino la que viene del amor a los demás: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos, a quien te pide, dale y al que te pide prestado, no lo rehúyas». (Mt 5,38-42). Jesús no está en contra del ayuno, pero la ascesis que marca a sus seguidores es otra totalmente diferente. Es la ascesis del amor, que rige también para el ayuno.

El texto va mucho más allá: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,43-45).

La ascesis del corazón

Hacer las cosas por amor y no porque nos vean, ayudar a quien lo necesita, no guardar rencor… ésas son las líneas básicas de la ascesis que Jesús nos propone, ésas son las claves de la paz interior que Jesús nos ofrece: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

Jesús huye cuando es perseguido

Los tres Sinópticos recogen la visita de Jesús a Nazaret y cómo Jesús fue rechazado en su pueblo, pero es solamente Lucas quien nos dice que lo echaron fuera y quisieron despeñarlo. Jesús, sin embargo, logró escabullirse (cf. Lc 13,28-30). Una escena parecida, esta vez en Jerusalén, la encontramos en Jn 10,39.

Esto, que puede parecer anecdótico, tiene importancia. Jesús rehúye la muerte y solamente la acepta en el momento en el que sabe que es voluntad de Dios, en el momento que los evangelistas llaman la “hora” de Jesús (aunque quien más utiliza esta expresión es el cuarto evangelista, también la encontramos en Mateo -cf. Mt 26,18-).

La huida a Egipto. Cuadro de Bartolomé Murillo
Jesús de Nazaret ante la cruz. Huida a Egipto

Por lo que respecta a sus discípulos, no correrán distinta suerte que su Maestro. Son numerosos los pasajes evangélicos en los que Jesús va preparando a sus discípulos para lo que les espera. Pero Jesús no les invita a ser suicidas, lo que les dice es que seguirle tiene como consecuencia correr la misma suerte que él. Y también les dice que huyan: «Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (Mt 10,22-23).

De hecho Jesús huyó en más de una ocasión, no sólo a Egipto en su infancia, sino también a los pueblos de alrededor de Jerusalén, poco antes de su entrada final en esta ciudad (cf. Jn 11,53-54).

Jesús de Nazaret ante la cruz que es consecuencia del seguimiento

Jesús se compadece del sufrimiento ajeno, no busca ni exige a los suyos la mortificación y tampoco es un suicida. Huye cuando es perseguido y recomienda a los suyos que hagan lo mismo.

Jesús de Nazaret ante la cruz. Imagen del rostro de Jesús y la frase: "El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí"
Jesús de Nazaret ante la cruz

Sin embargo, Jesús se da de bruces con la cruz. Con una cruz no buscada, con aquella que es consecuencia directa de su misión. «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada (…) y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,34.38-39). El mensaje de Jesús –y las acciones que lo acompañan- levanta ampollas. Ante el signo de contradicción que Jesús representa, no es posible permanecer neutral. Ponerse del lado de Jesús tiene consecuencias.

Nuestra religión tiene por centro a alguien que ha muerto, no por defender coherentemente sus ideales, sino porque ésa fue la voluntad de Dios para él. Los evangelios no le quitan ni un ápice de dramatismo a la cruda realidad: «Entonces dijo a los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”» (Mt 16,24-25).

Perder la vida

Negarse uno a sí mismo, perder la vida, puede entenderse en sentido ascético. Los religiosos acostumbran a entender de esta forma su voto de obediencia. Pero en tiempos de Jesús, e incluso mucho después, este perder la vida se entendía de un modo mucho más literal. Hoy podríamos preguntar a los cristianos de Corea del Norte, India, Arabia Saudí, Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak, Irán, Eritrea, Yemen, Nigeria…

Unido a la persecución está el servicio: «(…) el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,26-28; cf. Mt 23,11). La muerte de Jesús no es sólo consecuencia de su misión, sino que forma parte de ella.

Jesús de Nazaret ante la cruz inminente

No vamos a reproducir los acontecimientos que ocurrieron en esas escasas veinticuatro horas, sino únicamente a escuchar a Jesús para dejarnos guiar por él para que no tenga que decirnos, como a Pedro: «tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23).

Jesús de Nazaret ante la cruz. Institución de la Eucaristía

La última cena. Cuadro de Jacobo Bassano
Jesús de Nazaret ante la cruz. Última cena: cuerpo entregado y sangre derramada.

La pasión comienza con la institución de la Eucaristía. Jesús sabe que ha llegado su “hora” y, en un gesto que no tiene precedentes en la historia de las religiones, se da en alimento a los suyos. El gesto, aunque realizado de forma incruenta y en figura, está anticipando lo que sucederá más tarde. En primer lugar que la entrega de Jesús es voluntaria (cf. Jn 10,18). Jesús entrega su vida al Padre y la deposita en manos de sus discípulos. Llama la atención que el mandato de reiterar este signo no aparece en ninguno de los evangelios sinópticos. Es S. Pablo el único que lo testifica (cf. 1 Cor 11,25).

La cruz como sacrificio expiatorio

Las palabras con las que Jesús consagra el vino, junto con el contexto pascual en el que fueron pronunciadas, explicitan de modo muy significativo el sentido que Jesús da a su muerte: «Bebed todos porque ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,27). La expresión “sangre de la alianza” es cita literal de Ex 24,8. Con ello se nos da a entender que la sangre de Jesús establece una nueva alianza. Por otra parte, la sangre “derramada por muchos” nos está hablando de un sacrificio de expiación (cf. Lv 4) y el contexto pascual nos recuerda al cordero pascual que Jesús acababa de compartir con sus discípulos.

Cordero muerto. Cuadro de Francisco de Zurbarán
Jesús de Nazaret ante la cruz. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

No tenemos tiempo aquí de entrar en detalles eruditos que tampoco son necesarios para nuestro propósito. Jesús hace claras referencias a los sacrificios del Antiguo Testamento, pero lo hace aludiendo simultáneamente a dos formas de sacrificio distinto (sacrificio de expiación y sacrificio de comunión) y haciendo además algo que no se hacía en ningún tipo de sacrificio: «(…) no comeréis nada de grasa ni de sangre» (Mt 3,17). Por eso, aunque Jesús está diciendo claramente que su muerte es un sacrificio, conviene que entendamos este término desde la enseñanza de Jesús y no al revés.

En la Eucaristía se hace presente el (único) sacrificio de la cruz

Al contrario de lo que sucedía con los corderos, Jesús entrega la vida, nadie se la quita. La cruz, lo mismo que la Eucaristía, es ofrenda de la propia vida. El sacrificio de Jesús, sin embargo, es único. El sacrificio eucarístico no es reiteración, sino presencia real del mismo Cristo y del mismo y único sacrificio de la cruz. Cristo se ofrece de una vez para siempre.

Oración en el huerto. Cuadro de Correggio
Jesús de Nazaret ante la cruz. La oración del huerto

De la oración del huerto he hablado en otro lugar con más detalle, pero es imprescindible citar aquí las palabras con las que Jesús suplica al Padre que le libre de la muerte: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39; cf. 26,42). Jesús no quiere morir, pero «aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8).

Sabe que es voluntad del Padre que él muera, ha asumido su muerte como necesaria y ha entregado su vida anticipadamente. Por eso es lógico su silencio ante las preguntas del Sumo Sacerdote (cf. Mt 26,63) y ante las de Pilato (cf. Mt 27,14). Jesús no se defiende ante los tribunales humanos, porque sabe que su vida está en las manos de Dios. El evangelio según S. Juan añade una última respuesta de Jesús: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,11). Esta expresión, lejos de significar que la autoridad humana sea una delegación divina, lo que quiere decir es que la voluntad de Dios siempre prevalece. Dios se vale de la maldad de las autoridades judías y de la cobardía de Pilato para realizar su plan de salvación.

Lo que sucedió después

Las mujeres

El resucitado se aparece a María Magdalena. CuadroDespués de su resurrección, Jesús se aparece en primer lugar “a las mujeres” (Lucas), a María Magdalena (Juan), a María Magdalena y la otra María (Mateo), a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (Marcos). A las mujeres, a algunas mujeres cuyo nombre poco importa.

No por casualidad en la escena de la cruz también las encontramos presentes: «Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55-56).

El testimonio unánime de los evangelistas está indicando, no sólo que el hecho es verídico, sino también que la primitiva Iglesia lo consideró relevante. Tal vez tenga mucho que ver con esto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Probablemente ellas, en su insignificancia, entendieron mucho mejor lo que estaba sucediendo (cf. Mt 11,25).

El colegio apostólico

Catedral de Montevideo. Retablo en el que aparecen Jesús en la cruz y algunas mujeres
Jesús de Nazaret ante la cruz. Algunas mujeres le acompañan, también ellas serán los primeros testigos de su resurrección

Finalmente, Jesús se aparece a los once que habían quedado después de la traición de Judas. Es muy llamativo que Jesús se comunica con los discípulos por medio de las mujeres (cf. Mt 28,10.16). Las mujeres, no sólo dan testimonio de que Jesús está vivo, sino que también les dicen dónde pueden encontrarlo. Y ellos obedecen el mandato de Jesús transmitido por medio de ellas. Esto no puede ser casual y, además, resuena mucho a las enseñanzas de Jesús. Aquello de los primeros y los últimos, y el servicio, los pequeños, etc.

Jesús dice a los once: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28,18-20). Hasta el final de los tiempos, es decir, no sólo con aquellos discípulos que pasearon con él por Galilea, sino también con todos los que vendrán después. Antes de su muerte, Jesús dejaba a sus discípulos solos para irse a orar, o para despedir a la gente, o para hablar con la samaritana. Jesús se ha ido, pero para volver y quedarse para siempre junto a nosotros. Más cerca de cada uno de nosotros de lo que nosotros mismos podamos estarlo nunca.

La entrega de la vida

Vidriera en la que aparece Cristo como cordero
Jesús de Nazaret ante la cruz. Cordero de Dios

¿Cómo puede entenderse el hecho de que el Padre quiera la muerte de su Hijo? ¿Qué significa el hecho de que la redención deba pasar por la muerte de Jesús? ¿Qué nos ha ido diciendo Jesús a lo largo del recorrido que acabamos de hacer?

Humanamente se puede entender que Jesús tropieza con un muro. Las autoridades judías jamás hubieran aceptado la predicación de Jesús. Eso no le dejaba más que dos alternativas: abandonar su misión para salvar la vida o continuar con su misión. Jesús sabía que esta última opción le conducía directamente a la muerte.

En las enseñanzas de Jesús, no obstante, percibimos una carga en profundidad que va mucho más allá. Percibimos no ya aquello de que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”, sino que la muerte de Jesús es el culmen de lo que fue su vida. En su último día de vida, Jesús no da muestras de resignación como sería el caso de quien acepta un sufrimiento que le viene impuesto. Jesús hace suya la voluntad del Padre, que no es lo mismo.

La muerte de Jesús no es el final abrupto de una vida plena, sino la entrega plena de quien hizo de su vida una ofrenda.

La muerte de Jesús es su marchamo de garantía. Jesús no dice una cosa y hace otra. Él es la Verdad. Jesús no marca el camino con el dedo índice, sino con las plantas de sus pies. Por eso nosotros no somos de Pablo, ni somos de Apolo. Pues, como nos dice S. Pablo: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros?» (1 Cor 1,13).

Como vemos especialmente en las bienaventuranzas, ése es también el test de calidad para quienes nos decimos cristianos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26),

¿Qué podemos decir hoy a Jesús?

Hoy sobran las palabras, si no son para dar gracias y para pedir perdón. Gracias a Jesús por él mismo, por su amor y por su vida. Y gracias por todo lo que ha hecho por mí. No sólo por su muerte, sino porque vive en mí.

Y perdón. No porque Jesús esté en la cruz por mis pecados, Perdón porque, ante un amor tan grande, mi respuesta cicatera es un insulto.

Jesús de Nazaret ante la cruz

8

Importancia de la oración en la vida del cristiano

Sin oración, no es posible la fe. Pueden darse unas prácticas religiosas, puede incluso existir un fuerte sentimiento de pertenencia y hasta un compromiso efectivo. Pero no lo que realmente significa la fe. De ahí la importancia de la oración en la vida del cristiano.

Sin oración, los contenidos y las prácticas cristianas permanecen fuera de la persona, no afectan a lo más íntimo de su ser y, de este modo, el individuo o el grupo no alcanzarán a ver en el cristianismo sino exigencia –normas morales- o ideología desde la que crear un confortable nido en el que buscar seguridad.

Hay que añadir, no obstante, que la oración también puede convertirse en mero cumplimiento, penosa obligación o agradable soliloquio. Pero no trataremos de ello en este artículo.

Tampoco hablaremos de lo que Jesús dijo sobre la oración. Nos limitaremos a observar lo que él hizo. Lo que aquí propongo es que nos adentremos en los evangelios para observar a Jesús y poner en valor las muchas veces que nos lo encontramos rezando.

1. Importancia de la oración en la vida del cristiano. La sabiduría y la fortaleza como frutos de la oración

Jesús de 12 años en el templo. Cuadro de Salvador García Bardón
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Jesús en el templo

Hay dos episodios que muestran la profunda vida de oración de Jesús. El primero de ellos es cuando, siendo aún un niño, se queda en el templo discutiendo con los maestros y la respuesta que le da a su madre cuando ésta le riñe (cf. Lc 2,41-50). No solamente por la respuesta de Jesús: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49), sino por la sabiduría con la que, con tan solo 12 años, tenía maravillados a los maestros de la Ley. Las cosas de Dios se pueden conocer de segunda mano –así ocurre con quien ha estudiado mucha teología- o de primera mano –como ocurre con las personas de oración-.

Tentaciones de Jesús. Cuadro de Carl Heinrich Bloch
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Tentaciones de Jesús.

El segundo episodio es el de las Tentaciones (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12s; Lc 4,1-13). Ahí tampoco vemos a Jesús orando, pero se nos dice que «fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lc 4,1). Ése dejarse llevar por el Espíritu es por sí sólo un testimonio de que Jesús pasó esos cuarenta días en oración y otra prueba de ello es que resistió a las tentaciones que, si las leemos detenidamente, son las tentaciones en las que la Iglesia cae muy a menudo: 1) utilizar la religión en beneficio propio; 2) buscar el poder traicionando a Dios; 3) buscar notoriedad con el pretexto de buscar la gloria de Dios. Si nosotros no vencemos a la tentación a lo mejor es porque no oramos o no lo hacemos de verdad, aunque pasemos horas creyendo hacerlo.

Como decíamos, estos dos textos no nos muestran –no explícitamente- a Jesús orando, pero no podíamos dejar de mencionarlos porque en ellos aparecen de forma muy clara los frutos por los que se puede reconocer a la persona de oración.

2. Importancia de la oración en la vida del cristiano. La oración frecuente de Jesús, especialmente en los momentos clave de su vida

a) La oración de Jesús en el momento que marca el comienzo de su vida pública

Bautismo de Jesús, Cuadro que se encuentra en la Cartuja de Granada
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Bautismo de Jesús

Del bautismo de Jesús por parte de Juan el Bautista tenemos la versión de los cuatro evangelistas, pero solamente S. Lucas se refiere a la oración de Jesús. Dice así: «Cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo (…)» (Lc 3,21). La revelación que tendrá lugar entonces se sitúa de este modo, no como un hecho sobrevenido, sino en el contexto de la oración.

b) La oración de Jesús en el momento de la elección de los Apóstoles

Importancia de la oración en la vida del cristiano

De la elección de los doce discípulos o apóstoles tenemos la versión más distendida del cuarto evangelista y las versiones más resumidas de los Sinópticos. Entre éstos, Mateo va directamente al grano sin darnos idea del contexto (Mt 10,1ss); Marcos comienza diciendo que Jesús «subió al monte» (Mc 3,13). Es importante señalar que, cuando los evangelistas nos dicen que Jesús subió al monte, están dando a entender que iba a orar. S. Lucas es mucho más explícito: «Por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles (…)» (Lc 6,12-13). Antes de tomar una decisión que sería sin duda decisiva, Jesús sube al monte y lo hace para pasar toda la noche orando.

c) La oración de Jesús en el momento en que prepara a sus más íntimos para lo que iba a venir

La transfiguración. Cuadro de Rafael Sanzio (1520).
Importancia de la oración en la vida del cristiano. La transfiguración

Del relato de la Transfiguración tenemos la versión de los tres Sinópticos, pero es nuevamente S. Lucas quien alude explícitamente a la oración diciendo: «(…) tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y mientras oraba (…)» (Lc 9,28-29). Mateo y Marcos no mencionan expresamente la finalidad de esta subida, ni la circunstancia de que Jesús estuviera orando en el momento de su transfiguración, pero hablan de la subida de Jesús a un monte alto con estos tres discípulos (Mt 17,1 ; Mc 9,2). Como hemos dicho hace un momento, la propia expresión «subir al monte» ya está situándonos en un contexto de oración. En este caso, además, tanto Mateo como Marcos dicen que se fueron «aparte» y Marcos incluso recalca «ellos solos». La subida al monte y la búsqueda de soledad están en los evangelios situando a Jesús en oración.

d) La oración de Jesús en la confesión de Pedro

Cristo le entrega las llaves a san Pedro. Cuadro de Pietro PeruginoLos tres Sinópticos dan testimonio unánime de cómo Jesús pregunta a sus discípulos por lo que la gente dice de él, para a continuación dar un paso más y arrancarles la confesión de fe que sale de la boca de Pedro (cf. Mt,16,13ss; Mc 8,27; Lc 9,18ss). Pero es nuevamente S. Lucas quien habla explícitamente de la oración de Jesús: «Mientras él [Jesús] estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos  y él les preguntó (…)» (Lc 9,18). Es muy curioso que nos diga que Jesús estaba orando solo, para decir a continuación que lo acompañaban sus discípulos.

No es la primera ni la última vez que vemos cómo Jesús se va a orar y sus discípulos le acompañan en el paseo, aunque no en la oración. Sin embargo, al menos de momento, Jesús guarda silencio. No manda ni recrimina. Pero tampoco se esconde. Calla y otorga. Semilla que tardará en fructificar, pero no quedará baldía.

e) La oración en muchas otras ocasiones

Estando en Cafarnaún, «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario, donde se puso a orar» (Mc 1,35). Estaba muy oscuro, es decir, era todavía de noche. Jesús sale y busca intimidad para orar.

Parque natural de la Sierra de Guadarrama
Importancia de la oración en la vida del cristiano. En la soledad del monte

En otra ocasión, Jesús manda a sus discípulos subir a la barca mientras él se queda en tierra para despedir a la gente. «Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar» (Mc 6,46). Mateo subraya el hecho de que Jesús estaba solo, habla no sólo del monte, sino también de la subida y añade que al anochecer él continuaba allí: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Al atardecer estaba solo allí» (Mt 14,23). Jesús busca la soledad, no por casualidad lo hace en el monte, y se pone una vez más en las manos de Dios.

Mucho más genérico es el texto de Lucas que dice así: «Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lc 5,16). Genérico en el sentido de que no nos indica lugar y genérico en el sentido de general. Jesús se retiraba, era su costumbre, lo hacía con frecuencia.

f) La oración de Jesús en el momento decisivo

La oración en el huerto de los olivos nos la narran los tres Sinópticos (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46), mientras que Juan se limita a hacer una breve alusión (cf. Jn 18,1-2).

La oración del huerto. Cuadro de Luis de Morales
Importancia de la oración en la vida del cristiano. La oración del huerto

Lo primero que hay que señalar es que tanto Lucas como Juan nos dicen que aquél era un lugar al que Jesús solía ir con sus discípulos. Juan dice que «Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos» (Jn 18,2). No nos indica en qué consistían dichas reuniones. Lucas, en cambio, dice que: «Salió y, como de costumbre (...)» (Lc 22,39). Ahí ya nos da pie para pensar que esa costumbre no se limitaba al lugar, sino también a la actividad. Mateo -en otro contexto- nos sitúa allí a Jesús sentado, cuando se le acercan los discípulos «en privado» a preguntarle por el fin de los tiempos (cf. Mt 24,3ss). Que los discípulos se acerquen a Jesús en privado, indica que Jesús estaba sólo. Seguramente orando, aunque no se dice. La pregunta de los discípulos da lugar a un momento de intensa enseñanza.

En lo que viene a continuación, tenemos dos versiones algo diferentes.

Versión de Mateo y Marcos

Según Mateo y Marcos, Jesús hace tres paradas. En la primera deja a la mayoría de los discípulos y se limita a decir que le esperen mientras él ora. A partir de ahí le acompañan únicamente Pedro, Santiago y Juan a los que dejará en la segunda parada, no sin antes decirles: «quedaos aquí y velad conmigo» (versión de Mateo), «quedaos aquí y velad» (versión de Marcos) . Jesús se aleja aún un poco. A los primeros les pide únicamente que le esperen, es solamente a sus íntimos a quienes pide que velen, es decir, que oren también mientras le esperan.

Versión de Lucas

Según S. Lucas, Jesús hace únicamente dos paradas. En la primera deja a todos los discípulos al tiempo que les manda: «pedid que no caigáis en tentación» (Lc 22,40).

Notemos que Pedro, Santiago y Juan son los mismos que le acompañaron en la Transfiguración. En todo caso, Jesús les manda pedir (orar) (Lucas) o velar (Mateo y Marcos), que viene a ser lo mismo.

Jesús pasa un rato en oración y los tres evangelistas nos dicen que, al volver, Jesús encuentra a sus discípulos dormidos. En el caso de Mateo y Marcos la escena se repite tres veces y en todos los casos la reacción de Jesús es de un cierto reproche y, sobre todo, insistir en la necesidad de orar –o velar- para no caer en tentación (cf. Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,40).

Importante señalar la relación causa-efecto que Jesús establece entre la oración y el no caer en tentación. La oración es el antídoto –el único- contra la tentación, porque la oración –la verdadera oración- es la que permite que Dios actúe por medio nuestro. Sin oración quedamos abandonados a nuestras propias fuerzas.

3. El contenido de la oración de Jesús

Hasta aquí nos hemos limitado a observar a Jesús en la distancia y le hemos visto rezando. No sólo en momentos puntuales, sino como tónica de su vida. Hasta ahora le hemos visto, apliquemos ahora el oído.

a) Una oración en medio de la gente

Jesús comienza dirigiéndose al Padre, para añadir sin solución de continuidad unas palabras de consuelo a la gente que le escucha. La oración dice así: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,25-26; cf. Lc 10,21).

Comienza bendiciendo a Dios. Eso lo primero. Después reconoce el poder de Dios, es decir, le reconoce como Dios. Después viene el contenido del agradecimiento que, en este caso, es el hecho cierto de que al conocimiento de Dios nadie accede por méritos propios, sino que es gracia que Dios da a quien quiere, que suele ser a quien se deja, y esto también es gracia.

b) Otra oración en público

La resurrección de Lázaro. Cuadro de José Casado del Alisal
Importancia de la oración en la vida del cristiano. La resurrección de Lázaro

Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dirige al Padre la oración siguiente: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas, pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11,41-42).

Jesús comienza de nuevo dando gracias a Dios. Ya van dos veces que Jesús comienza su oración dando gracias y el testimonio viene de dos evangelistas distintos. En la situación anterior, Jesús bendecía al Padre por un hecho constatado. Ahora da las gracias por haber sido escuchado y da las gracias antes de que los presentes tengan constancia de tal circunstancia. Una muestra de absoluta confianza en que Dios no le iba a dejar mal.

c) La oración en el huerto

Ya hemos visto que la escena varía un poco entre los tres Sinópticos, sin embargo coinciden casi literalmente en el contenido de las palabras de Jesús: «¡Abba Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36; cf. Mt 26,39.42; Lc 22,42). Abba, expresión de confianza y familiaridad. Jesús sabe que Dios lo puede todo y pide que le libre del sufrimiento que le espera. Sabe que Dios no va a hacer lo que Jesús quiere y aún así lo pide. La obediencia de Jesús pasa por la súplica no para pedir fuerza para acatar, sino pidiendo una solución que no pase por la cruz. Y la oración termina con Jesús rendido a la voluntad de Dios: que sea «lo que quieras tú».

Como vemos en los salmos de petición, la oración no siempre transforma la realidad, pero sí que transforma al orante.

d) Jesús ora en la cruz

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Cristo crucificado. Cuadro de Velázquez
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Cristo crucificado

De las palabras que Jesús pronuncia en la cruz, tres van dirigidas a Dios. Los dos primeros evangelistas nos presentan la primera de ellas: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Se trata de una cita literal de Sal 22,2 que sin duda alguna Jesús –como otros muchos judíos- habría rezado en numerosas ocasiones y se sabría de memoria. El salmo termina con un canto de esperanza con alusiones inconfundibles al futuro Reino de Dios. Que esto resonaría en el corazón de Jesús, no hay como negarlo. Pero eso no quita para que el grito de Jesús saliera del fondo de su ser como un clamor. Es posible que Jesús, llegado al límite de su humanidad, se sintiera abandonado por Dios. Digo que es posible, no que sucediera de ese modo.

Breve reflexión a propósito de estas palabras de Jesús

Dar por hecho que Jesús se sintió abandonado por Dios es sin duda una insolencia escandalosa. No así el considerarlo como posibilidad, siquiera remota. Hay que decir que un sentimiento de abandono es perfectamente compatible con el convencimiento de que Dios tiene siempre la última palabra.

Por otra parte, negar que fuera así, puede que provenga de un prejuicio docetista. Si Jesús tenía en la mente el salmo entero -y de eso no cabe la menor duda- entonces no hay razón para pensar que hizo suyos los últimos versículos, pero no los primeros.

Que Jesús pudiera sentirse -que no pensarse- abandonado por Dios no quita nada a la divinidad de Jesús y puede que dé cabal muestra de hasta qué punto Jesús se hizo en todo semejante a sus hermanos. Dios no pugna con la creación, sino que la interpenetra haciéndola más vigorosa. En Jesús, la divinidad no eclipsa a la humanidad, sino que la lleva a plenitud. Y sabido es que las personas, cuanto más espirituales, más conscientes y más sensibles son ante el sufrimiento moral. En todo caso, lo único seguro es que no estamos a la altura de imaginar siquiera cuál fue la experiencia espiritual de Jesús en ese momento.

En S. Lucas encontramos las otras dos oraciones:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús va más allá del perdón o incluso del olvido. Quien olvida, pasa página. Jesús no olvida, sino que intercede ante Dios en favor de sus asesinos.

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

«Padre, a tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46). La oración es entrega de la vida y del espíritu. Eso era lo que Jesús llevaba haciendo toda su vida. Esta vez lo hace de manera final y definitiva.

e) La conocida como oración sacerdotal

Cristo resucitado. Cuadro de Novelli
Importancia de la oración en la vida del cristiano. Cristo resucitado

En ella (cf. Jn 17), Jesús pide insistentemente ser glorificado lo que, en vísperas de su Pasión, no puede significar sino una cosa: Jesús pide al Padre que le resucite para que él, a su vez, pueda glorificar al Padre dando la vida eterna a los suyos. Pide la resurrección para resucitar a los suyos, pide la vida para volver a darla. Y continúa pidiendo por los suyos, por aquéllos que el Padre le ha dado y que son suyos (del Padre).

Jesús es responsable de aquéllos que el Padre le entregó y, al dejar este mundo, los pone nuevamente en las manos del Padre para que el Padre cuide de ellos. No sólo de los seguidores de Jesús en ese momento, sino de los que vendrán después. Y ese cuidado se limita a una sola cosa: incorporarlos a la unidad que existe entre Jesús y el Padre. Esa es la vida eterna (cf. Jn 17,3) que se recibe aún en vida (cf. Jn 17,15).

Y esto es lo mismo que la oración. Se trata de esa unión continua que necesita alimentarse de momentos especiales de intimidad. Si Jesús necesitaba pasar noches enteras en oración, ¿qué no necesitaremos nosotros?

Importancia de la oración en la vida del cristiano. Dibujo de niño rezando de rodillas en su cama
Importancia de la oración en la vida del cristiano

Importancia de la oración en la vida del cristiano