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La eucaristía es celebración y vida. Foto de la portada del libro: La Eucaristía. Origen, doctrina, celebración y vida (portada del libro)
La Eucaristía. Origen, doctrina, celebración y vida. Descargar libro pdf (gratis)

Durante muchos años la eucaristía fue vista como santo y seña, lo que caracterizaba al católico como tal. Hoy, el péndulo ha oscilado al extremo opuesto, como si el ser cristiano no tuviera nada que ver con el ir o no ir a misa.

"Oír misa"

Más aún, la expresión oír misa cobró carta de ciudadanía. Este carácter meramente auditivo de la eucaristía perdura aún hoy entre muchos cristianos. Así pues, tanto los que asisten regularmente como los que dejaron de hacerlo suelen aludir casi exclusivamente a este aspecto. Los unos para afirmar el beneficio de escuchar las sabias palabras del presbítero. Los otros para negar que, del hecho de escuchar un sermón, puedan seguirse dichos beneficios espirituales o morales. Estos últimos no suelen entrar en valoraciones concretas. Esto confirma algo que ya cabía sospechar, a saber: que, si bien los contenidos y las formas verbales son importantes, lo fundamental de la crisis actual hay que buscado en otra parte.

Si lo importante de la eucaristía fuese la homilía, entonces podría sustituirse ventajosamente por un buen libro. Más aún, pretender que la persona puede cambiar con solo querer es sencillamente falso.

Conferencia. Dibujo en el que aparece un conferenciante ante su públicoDe nada sirve que nos digan lo que está bien y lo que está mal. Las costumbres se cambian por el contacto y el ejemplo, no por lo que a uno le digan. Pero los cristianos sabemos que hay algo más: cambiar a mejor siempre es posible bajo ciertas condiciones, pero ser cristianos es otra cosa. 

Ser cristianos es ser transformados en otros cristos y esto no puede ser sino un regalo del propio Cristo. Ser otros cristos no es cumplir con una serie de preceptos. Tampoco es alcanzar una perfección imposible al ser humano. Más bien tiene que ver con una forma de experimentar la vida, de percibirnos a nosotros mismos y a los otros. Es ese «nacer de nuevo» (cf. Jn 3) que te hace sentir las cosas de un modo radicalmente diferente.

La Eucaristía es celebración y vida

Es en este contexto en el que tiene sentido la eucaristía. Porque participar de una eucaristía no es asistir a un espectáculo, a una conferencia, a un concierto, ni tampoco a una charla espiritual.

Participar en la eucaristía es concelebrar. Se acostumbra a llamar concelebración cuando la eucaristía es presidida por varios presbíteros, pero en rigor -y puesto que la eucaristía es una celebración- todos concelebramos, porque no concelebrar sería no celebrar, no participar en la celebración. Y participar en la celebración es en primer lugar reunimos en nombre de Cristo. A lo largo de la celebración, la presencia de Cristo se expresará de diversas formas, cuyo objeto final es la unión de los cristianos con Cristo y entre sí.

Foto: niños en claseConfundir esto con la mera transmisión de una enseñanza moral es un empobrecimiento que han llevado consigo unas eucaristías en las que los presbíteros suprimen todo aquello que pueda parecer una complicación innecesaria -con un sentido pragmático y meramente jurídico que hace imposible imaginar siquiera que aquello pueda ser ni de lejos una celebración- y en las que los fieles no quitan ojo del reloj, dejando entender bien a las claras que, si se trata de cumplir con una obligación, cuanto antes se termine, mucho mejor.

Y aquí acabamos de damos de bruces con dos cuestiones de la mayor importancia: lo que unos y otros entendemos por Iglesia, y lo que puede ser una ceremonia donde el sentido de celebración está ausente.

 

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Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Silueta de persona oranteLos discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar (cf. Lc 11,1). No es de extrañar. No sólo porque Juan hubiera enseñado a sus discípulos, sino porque Jesús se retiraba con mucha frecuencia a orar y lo hacía durante horas. Esto tuvo que marcar profundamente a todos aquellos que tenían trato íntimo con él.

Lo que Jesús hizo

En un artículo anterior vimos a Jesús orando, casi siempre a solas. También pudimos escuchar las pocas veces que lo hizo en medio de la multitud. Nos quedamos con ganas de escucharle alguna de esas noches que él pasó al raso entregado a la oración. Pero nos ha quedado el testimonio de la última y más decisiva de todas ellas: la oración del huerto. Esta oración fue parcialmente escuchada por los suyos, se supone que antes de que el sueño les venciera.

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Jerusalén. Iglesia del padrenuestro. Azulejos representando el padrenuestro en españolLo que Jesús dijo

Jesús enseña a sus discípulos la oración del Padrenuestro (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4). También les hace numerosas indicaciones acerca de cómo debe ser su oración. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Están explicando estas indicaciones la forma en la que debe ser rezado el Padrenuestro o es el Padrenuestro el que sintetiza todo lo que puede decirse de la oración cristiana? ¿Se trata únicamente de una oración para que sus discípulos reciten en determinados momentos o se trata más bien de una forma de orar, algo así como el eje vertebrador de la oración cristiana? Esto último sería además coherente con el sentido que para los judíos tiene el Shemá Israel.

Antes de responder a estas preguntas vamos a escuchar qué es lo que nos dice Jesús acerca de la oración. Lo vamos a hacer encuadrando sus enseñanzas en el contexto del Padrenuestro.

Padre nuestro

Intimidad con Dios

La oración del cristiano es intimidad con el Padre: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6,6).

Dibujo que representa un hombre orante ante la cruzPor eso, lo importante no son las palabras, sino el estar, ponerse uno a tiro del Señor: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras (…) pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,7-8).

La oración del cristiano es relación personal y amorosa: «Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios» (Jn 16,26-27).

Perseverar en la oración

Por eso es necesario orar siempre: «Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Quien ora únicamente cuando se encuentra en una situación apurada, dejará de orar cuando las cosas le van bien… o cuando la persistencia de los problemas le hagan pensar que su oración no está siendo escuchada.

Configuración con Cristo

Cuadro que representa las manos de un sacerdote alzando la hostia después de la consagraciónEl fruto más importante de la oración es la transformación del orante. Más allá de lo que pidamos, la oración nos va configurando con Cristo: «Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20).

La mejor garantía de que nuestra oración ha sido escuchada es experimentar el gozo de la amistad con Cristo. Si, además, recibe lo que ha pedido, entonces la alegría es completa: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).

La oración lo puede todo

Cuadro de François Boucher. San Pedro intentando andar sobre las aguasLa fe lo puede todo: «Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”» (Mc 9,23).

La oración del cristiano se basa en la confianza absoluta en que el Padre nos ama: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (…) Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7,7-8.11; cf. Lc 11,5-13).

La oración del cristiano es confianza absoluta en que Dios lo puede todo: «Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis» (Mc 11, 24; cf. Mt 21,22).

Hay una cosa más. La oración no es un monólogo, sino que es sobre todo escucha. Esta escucha transforma nuestros deseos. Entonces no somos nosotros los que pedimos, sino que es Cristo quien pide en nosotros: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 14,7).

Santificado sea tu nombre

Foto de Siete picos tomada desde la Carretera de la República. Texto con la oración de san Ignacio de Loyola: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me disteis, A Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que con ésta me basta."Santificar el nombre del Padre es reconocerlo como Dios, no sólo ni principalmente con los labios, sino sobre todo con el corazón y con los hechos: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mc 7,6-7; cf. Is 29,13).

Por eso no hay verdadera oración cuando sale de nosotros, porque entonces son palabras humanas. La verdadera oración la hace el Espíritu en nosotros y es él quien santifica en nosotros el nombre del Padre: «El Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,17).

Gatito bebiendo leche de un biberónY ésta es la garantía de que seremos escuchados: «pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).

En realidad, lo único que tenemos que hacer es dejarnos, y ese dejarnos es también un don. El Espíritu pone en nuestro corazón las palabras y el Hijo glorifica al Padre escuchando nuestra oración. «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13-14). Es como estar en medio de ese abrazo trinitario, dejándonos querer. Santificar el nombre de Dios es entonces reconocer nuestra nada ante Dios, esperarlo todo de él y rebosar de gratitud por ello.

Venga tu reino

Veíamos hace un momento cómo Jesús promete a sus seguidores que su oración será escuchada. Lo promete en numerosas ocasiones y pone como única condición el pedirlo con fe.

El silencio de Dios

cruz de madera, sin imagen, en una zona de montañaA estas alturas algunos estarán seguramente echando de menos unas palabras acerca del silencio de Dios. Cuando pedimos –supuestamente con fe- y no obtenemos lo que pedimos. Ante esta cuestión, que no podemos eludir, lo primero que hay que responder es que los evangelios no se plantean siquiera esa posibilidad. Por mucho que rebusquemos en ellos no encontraremos un solo lugar en el que Jesús ni tan siquiera sugiera que Dios alguna vez pueda hacer oídos sordos a nuestras peticiones.

La respuesta más sencilla es en estos casos suponer que el orante no lo hizo con suficiente fe. Y ésta es, justamente, la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le preguntan: «Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?”. Les contestó: “por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: ʻTrasládate desde ahí hasta aquíʼ, y se trasladaría. Nada os sería imposible”» (Mt 17,19-20).

¿Qué es tener fe?

Dibujo representando la silueta de un hombre orandoAhora bien, ¿qué es tener fe? Porque, cuando hablamos de la fe referida a la oración, solemos pensar que rezar con fe es rezar con el convencimiento de que Dios nos va a escuchar. Pero nos olvidamos del contexto. No el contexto de la necesidad que motiva nuestra petición, sino el contexto de nuestra propia vida de fe.

Porque la fe no es algo puntual. Ayuda mucho a la oración que lo que pidamos sea vital para nosotros. Jesús fue salvando personas, no satisfaciendo caprichos. Pero la fe es algo que abarca a la persona entera y a cada instante de su vida. La fe no dura cinco minutos, ni media hora (el tiempo que dure la oración). Y, sobre todo, la fe no se refiere a mis necesidades –por muy acuciantes que sean y muy lícito que sea pedir por ellas- sino a Jesús y al reino de Dios.

Es muy importante tener además presente que la fe va mucho más allá de un mero asentimiento intelectual. Quien no está dispuesto a perder sus seguridades, es que no cree (no lo suficiente). Y ¿quién puede decir que cree de esta manera? Cuando Jesús afirma –y lo hace con contundencia- que todo cuanto pidamos nos será concedido, está hablando a sus discípulos. Jesús se dirige a aquéllos que lo han dejado todo para seguirle. Y aún a estos acabamos de ver cómo –en ese momento, es decir, antes de la resurrección de Jesús- no tenían fe suficiente (cf. Mt 17,16).

Búsqueda del Reino de Dios

León tumbado y junto a él un cordero. Pacíficamente juntos representando el texto en el que Isaías profetiza cómo será el Reino de Dios: "El león pacerá con el cordero"Es en esa búsqueda del reino de Dios en la que se encuadran los milagros de Jesús. La primera petición es que venga a nosotros el reino de Dios. Pero el reino de Dios es algo que –aunque a nosotros nos parezca mentira- Dios no puede hacer sin nosotros. Por eso, pedir que venga a nosotros el reino de Dios no es pedir que el reino de Dios nos llueva del cielo, sino que es pedir a Dios que guíe nuestros pasos, que nos allane el camino, que lo haga posible. Y entonces empiezan a suceder cosas.

Dibujo que representa trabajadores del campoEl deseo por el reino es ponerse en marcha y pedir para que muchos otros lo hagan también: «Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,37-38; cf. Lc 10,2). Conviene aclarar que pedir que Dios mande trabajadores a su mies no es pedir por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Trabajar en la mies del Señor es tarea de todos los cristianos, cada cual como sepa y pueda y como el Señor le vaya guiando.

Por cierto, que eso no es nunca sin consecuencias. Por eso, a quienes son perseguidos por causa de la justicia (cf. Lc 6,22-23), Jesús les dice: «(…) pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar» (Lc 18,7-8).

Hágase tu voluntad

Llegamos aquí al test de calidad de nuestra oración. Nuestra oración, incluso fervorosa, se convierte en vana palabrería si no se concreta en la realidad de nuestra vida: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

Imagen de Jesús orando de rodillas con los brazos apoyados sobre una piedraY éste es el momento de volver de una forma especial nuestras miradas hacia Jesús. En la oración del huerto (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46) encontramos una súplica, pero sobre todo la entrega total de la voluntad en las manos del Padre. Un “hágase tu voluntad” que a Jesús le sale de las entrañas y le cuesta la vida. No es el “hágase” (“que se haga”, que “alguien” haga) que tantas veces pronunciamos distraídamente y que suena más bien a algo que esperamos que suceda sin que a nosotros nos afecte para nada.

Decíamos antes que el testimonio de los evangelistas es unánime e insistente en afirmar sin fisuras que la oración del que cree es siempre escuchada. Una fe que consiste justamente en ponerse totalmente en las manos de Dios para hacer su voluntad. Y es precisamente ese sometimiento a la voluntad de Dios el que hace que Jesús renuncie voluntariamente a salvarse El Cristo de san Juan de la Cruz. Cuadro de Dalía sí mismo: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,16).

Ésta es la única vez que –según nuestros criterios humanos- Jesús parece experimentar el silencio de Dios. La realidad es, sin embargo, que la respuesta del Padre se manifiesta justamente en la fidelidad de Jesús hasta el final. Aquí está el germen de la resurrección y éste es el sentido que tiene decir que, por el bautismo, hemos resucitado con Cristo (cuando estamos aún en esta tierra).

Danos hoy nuestro pan de cada día

Fotografía que representa un trozo de pan

Cuando alguien dice que Dios no escucha sus oraciones, suele referirse a necesidades materiales de un tipo u otro. Todavía no he oído a nadie quejarse porque, a pesar de sus oraciones, cada vez hay más guerras. Ni porque lleva años rezando para que los hombres encuentren a Cristo y cada vez andan más perdidos. Es “el pan de cada día” lo que centra las oraciones de nuestros cristianos. El pan en un sentido amplio… pero no mucho, porque no suele ir mucho más allá de la familia y, si acaso, algunos amigos. Incluso hay quien tiene una lista para no olvidarse de ninguno.

Aprender a orar

Fotografía que representa un gorrión macho en una rama

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, y Jesús les enseña a no agobiarse: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia» (Mt 6,31-34).

¿Qué significa rezar con fe?

Y aquí volvemos al tema de la fe. Rezar con fe no es estar seguro de que ese puesto de trabajo al que aspiras va a ser para ti. Esta seguridad es muy conveniente de cara a causar buena imagen en las entrevistas de trabajo. No es esta la seguridad a la que Jesús se refiere. Tener fe es centrar tu vida en la búsqueda del reino de Dios, de manera que todo lo demás pase a un segundo plano. A quien pone de este modo sus necesidades en las manos de Dios –no por holgazanería, sino por un interés superior- no ha de faltarle la ayuda necesaria. Bien entendido que no estamos diciendo que la búsqueda del reino de Dios nos exima de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente (cf. 2 Tes 3,10).

Y, en la pequeñísima medida en que actuamos así, comprobamos hasta qué punto es esto cierto y, quienes lo han vivido, rebosan de gozo al contarlo. «Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien anhela sobre todo a Cristo, eso es lo que pide de modo incesante. Y el Padre que nos entregó a su Hijo, «¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8,32).

Perdona nuestras ofensas

Fotografía de un confesionario en una iglesiaLa oración es relación con Dios. Los hombres suelen valorar más a aquél que se da importancia, pero esta estrategia está ante Dios condenada al fracaso. Porque él nos conoce por dentro. Por eso, pedir perdón no es un elemento ritual y tampoco nace de un sentimiento de culpabilidad. Se trata de reconocer nuestra realidad ante Dios, para que él penetre hasta el último rincón de nuestro ser.

Pedir perdón a Dios no es preparación, sino consecuencia de la oración

Es notable que la petición de perdón sea prácticamente el colofón del Padrenuestro. Si comenzásemos pidiendo perdón, se podría considerar un acto de purificación necesario para ponernos en la presencia de Dios. Situado al final, sin embargo, es conclusión agradecida. Empezamos, sin preámbulos, llamando Padre a Dios. Terminamos pidiendo perdón o, lo que viene a ser lo mismo, realizando un acto de profundo agradecimiento. Porque no pedimos perdón mirando hacia nosotros, sino mirando hacia Dios y todos los dones que de él hemos recibido.

El encuentro con Dios te pone en tu sitio, no al modo humano, sino con un gozo muy superior a cualquier otro:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,10-14).

El que se pone a sí mismo como ejemplo, está manteniendo un monólogo. No se ha encontrado con Dios.

Quien se sabe perdonado no puede guardar rencor

Dibujo en el que aparecen abrazados un palestino y un judío. Debajo de ellos una bandera formada por las dos banderas respectivasPero, claro está, sería una tremenda contradicción pedir perdón a Dios a quien debemos todo, mientras mantenemos nuestro corazón cerrado a la reconciliación con los demás (cf. Mt 18,21-35: parábola sobre el perdón y la misericordia). La contrición es un acto de amor agradecido, y de ese acto de amor no podemos excluir a nadie: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

En ese mismo sentido, pero en un contexto litúrgico: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24).

Pero Jesús nos pide más. No ya perdonar. Quien perdona, olvida. Y el olvido expulsa todo rencor del corazón, pero muchas veces también todo aprecio. El olvido se refiere al pasado. Quien te ha hecho daño en el pasado puede pasar a formar parte de un recuerdo borroso e indiferente, en un pasar página liberador. Pero Jesús va mucho más allá: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44). Nos está pidiendo que amemos a quienes, no ya en el pasado sino incluso ahora mismo, buscan nuestro mal. Y que recemos por ellos. Y no nos lo manda al modo que suelen hacerlo los hombres –que mandan una cosa y hacen otra-. Jesús nos manda hacer aquello mismo que él hizo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

A modo de conclusión

Comenzaba este artículo formulando las preguntas que yo me había planteado a mí misma antes de comenzar a escribir. Llegados a este punto, la respuesta parece evidente. En el Padrenuestro encontramos las líneas maestras de la oración cristiana, una especie de criba por la que pasar nuestra vida haciendo nuestras, no tanto las palabras cuando el espíritu que ellas contienen.

Dicho de otro modo, que cuando Jesús dice: «Vosotros orad así» (Mt 6,9) y, en otro lugar: «Es necesario orar siempre» (Lc 18,1), no está diciendo que nos pasemos todo el día rezando padrenuestros. Lo que Jesús quiere es que vivamos continuamente en el reconocimiento agradecido de que Dios es nuestro Padre. Santificar a Dios con nuestra vida. Pedir sin descanso que venga a nosotros el reino de Dios. Que reine en el mundo el temor de Dios. Conscientes de que somos pecadores, pedirle continuamente que ilumine nuestros ojos y ablande nuestro corazón para hacer siempre su voluntad. Que en nuestro corazón no habite nunca el rencor. Y que continúe cuidando de nosotros, no para beneficio nuestro, sino para poder servirle en todo mientras nos quede un hálito de vida.

Jesús de Nazaret ante la cruz. Cuadro de Velazquez que representa a Cristo crucificadoEn estos días de Semana Santa, lo menos que podemos hacer es acompañar a Jesús de Nazaret ante la cruz. Sin embargo, la imagen es de un dramatismo tal que corremos el peligro de quedar bloqueados por los acontecimientos, incapaces de dejarnos iluminar por el misterio de la salvación de Dios.

Por eso necesito en estos momentos tomar distancia de la cruz y, al mismo tiempo, acercarme a Jesús para observarle y escucharle. Tratar de conocerle un poco mejor. Ver de qué forma se comportó Jesús ante el sufrimiento, cuál fue su enseñanza o su ejemplo.

El Sermón del Monte. Cuadro de Carl Bloch (1890)

Irme poco a poco preparando para la pregunta definitiva: ¿qué sentido tiene la cruz de Cristo? No el sufrimiento en general, sino la muerte de Jesús. Y, cuando me pregunto aquí por el sentido, no quiero quedarme en la respuesta humana. No me basta con la coherencia de Jesús hasta la muerte, la fe me dice que hay mucho más. Sé que fue voluntad del Padre, pero quiero poder entenderlo (hasta donde sea posible). También sé que Jesús resucitó, pero la resurrección no es un pasar página después de la muerte. Por eso es tan importante ver la cruz con la mirada de Dios, porque sólo así es posible resucitar con Cristo.

El recorrido por la vida de Jesús lo haremos de la mano de S. Mateo. La razón de centrarnos en un Evangelio es para dejarnos llevar por él. Hemos elegido este evangelio por motivos litúrgicos (2017 corresponde al ciclo A: lectura continua de S. Mateo).

Jesús de Nazaret ante la cruz de sus hermanos

Los evangelios nos presentan a Jesús continuamente haciendo milagros. Pero no es el aspecto milagroso de los actos de Jesús lo que nos interesa en este momento. Más importante es profundizar en la actitud de Jesús. Conocerle, observarle, dejarnos mirar por él.

Cristo curando a un enfermo. Cuadro de RembrandtEn dos lugares distintos, Mateo repite la misma frase casi palabra por palabra: «Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23; cf. 4,24-25; 9,35). Jesús proclama la buena noticia –que eso significa evangelio- del Reino de Dios. No se limita a decirlo, sino que lo hace curando toda enfermedad y toda dolencia. La distinción entre enfermedad y dolencia deja entrever que, en el centro mismo de su misión, está el aliviar tanto el sufrimiento físico como el moral de las gentes.

En esa última línea va este otro texto: «Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13). Para los judíos de entonces no había una distinción como la que tenemos nosotros entre enfermedad y pecado.

Quienes disfrutaban de una posición ventajosa no eran simplemente afortunados, sino también merecedores ante Dios de dicha fortuna.

Por el contrario, la miseria en general y la enfermedad en particular eran también un estigma moral. Cuando Jesús dice que ha venido a llamar a los pecadores, va mucho más allá de la corrección de faltas morales. Está dando vida y esperanza a la muchedumbre que yacía en las cunetas de la sociedad. Ha venido a salvar a quienes no cuentan.

Como ovejas que no tienen pastor

Jesús no actúa como los profesionales –que necesitan tomar distancia para ser eficaces-. A él le afecta el sufrimiento de las gentes y se mueve a compasión: «Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”» (Mt 9,36).

El Buen Pastor. Cuadro de Cristobal García Salmerón

Abandonadas y sin pastor. Jesús no se comporta como otros profetas, No amenaza a los dirigentes del pueblo, sino que los ningunea. Su misión no consiste en convertir a los pastores, sino en socorrer a las ovejas. Desde la compasión y el encuentro personal. Nótese que no hay curaciones colectivas. A Jesús le sigue una muchedumbre, pero las personas son salvadas de una en una. Incluso cuando se produce una curación sin su intervención personal y directa, Jesús insiste en conocer a quien le ha tocado el manto (cf. Mc 5,25-34).

Jesús se compadece de la gente

Mateo nos muestra una vez más a Jesús compadeciéndose de la gente, especialmente de los enfermos: «Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos» (Mt 14,14).

Nuevamente el evangelista expresa la compasión de Jesús ante la gente: «Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino”» (Mt 15,32; cf. 15,33-39).

Multiplicación de los panes y los peces. Cuadro de Juan de FlandesEn una ocasión anterior fueron los discípulos los que avisaron a Jesús de que la muchedumbre no tenía qué comer. Pero, mientras los discípulos lo que quieren es que Jesús despida a la gente, es decir, quitarse el problema de encima, Jesús asume la necesidad y la soluciona: «Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”» (Mt 14,15-16; cf. 14,17-21).

Hacer el bien en sábado

Esta compasión por el sufrimiento de sus semejantes está por encima no de la Ley, pero sí de una interpretación cicatera e hipócrita de la misma: «Entonces preguntaron a Jesús para poder acusarlo: “¿Está permitido curar en sábado?”. Él les respondió: “Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer bien en sábado”. Entonces le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió y quedó restablecida, sana como la otra» (Mt 12,10.12-13).

La misericordia por la que seremos juzgados

Portada del Juicio final en la catedral de LeónPor último, en el episodio del Juicio final, vemos que esta forma de actuar que tiene Jesús es precisamente aquélla por la que seremos juzgados: «Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”» (Mt 25,34-36). No se nos pedirán milagros, pero sí compasión activa que venga en auxilio del sufrimiento de los demás.

Postura de Jesús ante las prácticas ascéticas

Los discípulos de Jesús no ayunan

Que los discípulos de Jesús no ayunen escandaliza a los discípulos de Juan: «Los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto y deja un roto peor» (Mt 9,14-16).

La respuesta de Jesús puede entenderse en el sentido de que los discípulos no están preparados para ello. Parece, sin embargo, que la interpretación es más bien otra. Jesús ha venido a traer algo radicalmente nuevo que va mucho más allá de ciertas prácticas.

En otro lugar, sin embargo, Jesús habla sobre el ayuno de una forma mucho más clara: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver  a los demás que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,16-18).

Jesús no es un asceta

Los evangelios no nos dicen que Jesús ayunase, salvo durante los cuarenta días que pasó en el desierto. Por el contrario, nos lo presentan frecuentemente invitado a comer. Él mismo contrapone sus prácticas a las de Juan el Bautista (Mt 11,16-19). Pero los evangelistas sí que dan testimonio de cómo se olvida de comer cuando está llevando a cabo su misión. Esto, que está sugerido en varios lugares, aparece expresamente afirmado en el episodio de la mujer samaritana (cf. Jn 4,32).

La ascesis que Jesús invita a seguir no es aquella que uno se autoimpone a voluntad, sino la que viene del amor a los demás: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos, a quien te pide, dale y al que te pide prestado, no lo rehúyas». (Mt 5,38-42). Jesús no está en contra del ayuno, pero la ascesis que marca a sus seguidores es otra totalmente diferente. Es la ascesis del amor, que rige también para el ayuno.

El texto va mucho más allá: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,43-45).

La ascesis del corazón

Hacer las cosas por amor y no porque nos vean, ayudar a quien lo necesita, no guardar rencor… ésas son las líneas básicas de la ascesis que Jesús nos propone, ésas son las claves de la paz interior que Jesús nos ofrece: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

Jesús huye cuando es perseguido

Los tres Sinópticos recogen la visita de Jesús a Nazaret y cómo Jesús fue rechazado en su pueblo, pero es solamente Lucas quien nos dice que lo echaron fuera y quisieron despeñarlo. Jesús, sin embargo, logró escabullirse (cf. Lc 13,28-30). Una escena parecida, esta vez en Jerusalén, la encontramos en Jn 10,39.

Esto, que puede parecer anecdótico, tiene importancia. Jesús rehúye la muerte y solamente la acepta en el momento en el que sabe que es voluntad de Dios, en el momento que los evangelistas llaman la “hora” de Jesús (aunque quien más utiliza esta expresión es el cuarto evangelista, también la encontramos en Mateo -cf. Mt 26,18-).

La huida a Egipto. Cuadro de Bartolomé MurilloPor lo que respecta a sus discípulos, no correrán distinta suerte que su Maestro. Son numerosos los pasajes evangélicos en los que Jesús va preparando a sus discípulos para lo que les espera. Pero Jesús no les invita a ser suicidas, lo que les dice es que seguirle tiene como consecuencia correr la misma suerte que él. Y también les dice que huyan: «Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (Mt 10,22-23).

De hecho Jesús huyó en más de una ocasión, no sólo a Egipto en su infancia, sino también a los pueblos de alrededor de Jerusalén, poco antes de su entrada final en esta ciudad (cf. Jn 11,53-54).

La cruz que es consecuencia del seguimiento

Jesús se compadece del sufrimiento ajeno, no busca ni exige a los suyos la mortificación y tampoco es un suicida. Huye cuando es perseguido y recomienda a los suyos que hagan lo mismo.

Jesús de Nazaret ante la cruz. Imagen del rostro de Jesús y la frase: "El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí"Sin embargo, Jesús se da de bruces con la cruz. Con una cruz no buscada, con aquella que es consecuencia directa de su misión. «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada (…) y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,34.38-39). El mensaje de Jesús –y las acciones que lo acompañan- levanta ampollas. Ante el signo de contradicción que Jesús representa, no es posible permanecer neutral. Ponerse del lado de Jesús tiene consecuencias.

Nuestra religión tiene por centro a alguien que ha muerto, no por defender coherentemente sus ideales, sino porque ésa fue la voluntad de Dios para él. Los evangelios no le quitan ni un ápice de dramatismo a la cruda realidad: «Entonces dijo a los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”» (Mt 16,24-25).

Perder la vida

Negarse uno a sí mismo, perder la vida, puede entenderse en sentido ascético. Los religiosos acostumbran a entender de esta forma su voto de obediencia. Pero en tiempos de Jesús, e incluso mucho después, este perder la vida se entendía de un modo mucho más literal. Hoy podríamos preguntar a los cristianos de Corea del Norte, India, Arabia Saudí, Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak, Irán, Eritrea, Yemen, Nigeria…

Unido a la persecución está el servicio: «(…) el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,26-28; cf. Mt 23,11). La muerte de Jesús no es sólo consecuencia de su misión, sino que forma parte de ella.

Jesús de Nazaret ante la cruz inminente

No vamos a reproducir los acontecimientos que ocurrieron en esas escasas veinticuatro horas, sino únicamente a escuchar a Jesús para dejarnos guiar por él para que no tenga que decirnos, como a Pedro: «tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23).

Institución de la Eucaristía

La última cena. Cuadro de Jacobo BassanoLa pasión comienza con la institución de la Eucaristía. Jesús sabe que ha llegado su “hora” y, en un gesto que no tiene precedentes en la historia de las religiones, se da en alimento a los suyos. El gesto, aunque realizado de forma incruenta y en figura, está anticipando lo que sucederá más tarde. En primer lugar que la entrega de Jesús es voluntaria (cf. Jn 10,18). Jesús entrega su vida al Padre y la deposita en manos de sus discípulos. Llama la atención que el mandato de reiterar este signo no aparece en ninguno de los evangelios sinópticos. Es S. Pablo el único que lo testifica (cf. 1 Cor 11,25).

La cruz como sacrificio expiatorio

Las palabras con las que Jesús consagra el vino, junto con el contexto pascual en el que fueron pronunciadas, explicitan de modo muy significativo el sentido que Jesús da a su muerte: «Bebed todos porque ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,27). La expresión “sangre de la alianza” es cita literal de Ex 24,8. Con ello se nos da a entender que la sangre de Jesús establece una nueva alianza. Por otra parte, la sangre “derramada por muchos” nos está hablando de un sacrificio de expiación (cf. Lv 4) y el contexto pascual nos recuerda al cordero pascual que Jesús acababa de compartir con sus discípulos.

Cordero muerto. Cuadro de Francisco de ZurbaránNo tenemos tiempo aquí de entrar en detalles eruditos que tampoco son necesarios para nuestro propósito. Jesús hace claras referencias a los sacrificios del Antiguo Testamento, pero lo hace aludiendo simultáneamente a dos formas de sacrificio distinto (sacrificio de expiación y sacrificio de comunión) y haciendo además algo que no se hacía en ningún tipo de sacrificio: «(…) no comeréis nada de grasa ni de sangre» (Mt 3,17). Por eso, aunque Jesús está diciendo claramente que su muerte es un sacrificio, conviene que entendamos este término desde la enseñanza de Jesús y no al revés.

En la Eucaristía se hace presente el (único) sacrificio de la cruz

Al contrario de lo que sucedía con los corderos, Jesús entrega la vida, nadie se la quita. La cruz, lo mismo que la Eucaristía, es ofrenda de la propia vida. El sacrificio de Jesús, sin embargo, es único. El sacrificio eucarístico no es reiteración, sino presencia real del mismo Cristo y del mismo y único sacrificio de la cruz. Cristo se ofrece de una vez para siempre.

Oración en el huerto. Cuadro de CorreggioDe la oración del huerto he hablado en otro lugar con más detalle, pero es imprescindible citar aquí las palabras con las que Jesús suplica al Padre que le libre de la muerte: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39; cf. 26,42). Jesús no quiere morir, pero «aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8).

Sabe que es voluntad del Padre que él muera, ha asumido su muerte como necesaria y ha entregado su vida anticipadamente. Por eso es lógico su silencio ante las preguntas del Sumo Sacerdote (cf. Mt 26,63) y ante las de Pilato (cf. Mt 27,14). Jesús no se defiende ante los tribunales humanos, porque sabe que su vida está en las manos de Dios. El evangelio según S. Juan añade una última respuesta de Jesús: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,11). Esta expresión, lejos de significar que la autoridad humana sea una delegación divina, lo que quiere decir es que la voluntad de Dios siempre prevalece. Dios se vale de la maldad de las autoridades judías y de la cobardía de Pilato para realizar su plan de salvación.

Lo que sucedió después

Las mujeres

El resucitado se aparece a María Magdalena. CuadroDespués de su resurrección, Jesús se aparece en primer lugar “a las mujeres” (Lucas), a María Magdalena (Juan), a María Magdalena y la otra María (Mateo), a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (Marcos). A las mujeres, a algunas mujeres cuyo nombre poco importa.

No por casualidad en la escena de la cruz también las encontramos presentes: «Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55-56).

El testimonio unánime de los evangelistas está indicando, no sólo que el hecho es verídico, sino también que la primitiva Iglesia lo consideró relevante. Tal vez tenga mucho que ver con esto: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Probablemente ellas, en su insignificancia, entendieron mucho mejor lo que estaba sucediendo (cf. Mt 11,25).

El colegio apostólico

Catedral de Montevideo. Retablo en el que aparecen Jesús en la cruz y algunas mujeresFinalmente, Jesús se aparece a los once que habían quedado después de la traición de Judas. Es muy llamativo que Jesús se comunica con los discípulos por medio de las mujeres (cf. Mt 28,10.16). Las mujeres, no sólo dan testimonio de que Jesús está vivo, sino que también les dicen dónde pueden encontrarlo. Y ellos obedecen el mandato de Jesús transmitido por medio de ellas. Esto no puede ser casual y, además, resuena mucho a las enseñanzas de Jesús. Aquello de los primeros y los últimos, y el servicio, los pequeños, etc.

Jesús dice a los once: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28,18-20). Hasta el final de los tiempos, es decir, no sólo con aquellos discípulos que pasearon con él por Galilea, sino también con todos los que vendrán después. Antes de su muerte, Jesús dejaba a sus discípulos solos para irse a orar, o para despedir a la gente, o para hablar con la samaritana. Jesús se ha ido, pero para volver y quedarse para siempre junto a nosotros. Más cerca de cada uno de nosotros de lo que nosotros mismos podamos estarlo nunca.

La entrega de la vida

Vidriera en la que aparece Cristo como cordero¿Cómo puede entenderse el hecho de que el Padre quiera la muerte de su Hijo? ¿Qué significa el hecho de que la redención deba pasar por la muerte de Jesús? ¿Qué nos ha ido diciendo Jesús a lo largo del recorrido que acabamos de hacer?

Humanamente se puede entender que Jesús tropieza con un muro. Las autoridades judías jamás hubieran aceptado la predicación de Jesús. Eso no le dejaba más que dos alternativas: abandonar su misión para salvar la vida o continuar con su misión. Jesús sabía que esta última opción le conducía directamente a la muerte.

En las enseñanzas de Jesús, no obstante, percibimos una carga en profundidad que va mucho más allá. Percibimos no ya aquello de que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”, sino que la muerte de Jesús es el culmen de lo que fue su vida. En su último día de vida, Jesús no da muestras de resignación como sería el caso de quien acepta un sufrimiento que le viene impuesto. Jesús hace suya la voluntad del Padre, que no es lo mismo.

La muerte de Jesús no es el final abrupto de una vida plena, sino la entrega plena de quien hizo de su vida una ofrenda.

La muerte de Jesús es su marchamo de garantía. Jesús no dice una cosa y hace otra. Él es la Verdad. Jesús no marca el camino con el dedo índice, sino con las plantas de sus pies. Por eso nosotros no somos de Pablo, ni somos de Apolo. Pues, como nos dice S. Pablo: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros?» (1 Cor 1,13).

Como vemos especialmente en las bienaventuranzas, ése es también el test de calidad para quienes nos decimos cristianos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26),

¿Qué podemos decir hoy a Jesús?

Hoy sobran las palabras, si no son para dar gracias y para pedir perdón. Gracias a Jesús por él mismo, por su amor y por su vida. Y gracias por todo lo que ha hecho por mí. No sólo por su muerte, sino porque vive en mí.

Y perdón. No porque Jesús esté en la cruz por mis pecados, Perdón porque, ante un amor tan grande, mi respuesta cicatera es un insulto.

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Importancia de la oración en la vida del cristiano

Sin oración, no es posible la fe. Pueden darse unas prácticas religiosas, puede incluso existir un fuerte sentimiento de pertenencia y hasta un compromiso efectivo. Pero no lo que realmente significa la fe. De ahí la importancia de la oración en la vida del cristiano.

Sin oración, los contenidos y las prácticas cristianas permanecen fuera de la persona, no afectan a lo más íntimo de su ser y, de este modo, el individuo o el grupo no alcanzarán a ver en el cristianismo sino exigencia –normas morales- o ideología desde la que crear un confortable nido en el que buscar seguridad.

Hay que añadir, no obstante, que la oración también puede convertirse en mero cumplimiento, penosa obligación o agradable soliloquio. Pero no trataremos de ello en este artículo.

Tampoco hablaremos de lo que Jesús dijo sobre la oración. Nos limitaremos a observar lo que él hizo. Lo que aquí propongo es que nos adentremos en los evangelios para observar a Jesús y poner en valor las muchas veces que nos lo encontramos rezando.

1. La sabiduría y la fortaleza como frutos de la oración

Jesús de 12 años en el templo. Cuadro de Salvador García BardónHay dos episodios que muestran la profunda vida de oración de Jesús. El primero de ellos es cuando, siendo aún un niño, se queda en el templo discutiendo con los maestros y la respuesta que le da a su madre cuando ésta le riñe (cf. Lc 2,41-50). No solamente por la respuesta de Jesús: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49), sino por la sabiduría con la que, con tan solo 12 años, tenía maravillados a los maestros de la Ley. Las cosas de Dios se pueden conocer de segunda mano –así ocurre con quien ha estudiado mucha teología- o de primera mano –como ocurre con las personas de oración-.

Tentaciones de Jesús. Cuadro de Carl Heinrich BlochEl segundo episodio es el de las Tentaciones (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12s; Lc 4,1-13). Ahí tampoco vemos a Jesús orando, pero se nos dice que “el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto” (Lc 4,1-2). Ése dejarse llevar por el Espíritu es por sí sólo un testimonio de que Jesús pasó esos cuarenta días en oración y otra prueba de ello es que resistió a las tentaciones que, si las leemos detenidamente, son las tentaciones en las que la Iglesia cae muy a menudo: 1) utilizar la religión en beneficio propio; 2) buscar el poder traicionando a Dios; 3) buscar notoriedad con el pretexto de buscar la gloria de Dios. Si nosotros no vencemos a la tentación a lo mejor es porque no oramos o no lo hacemos de verdad, aunque pasemos horas creyendo hacerlo.

Como decíamos, estos dos textos no nos muestran –no explícitamente- a Jesús orando, pero no podíamos dejar de mencionarlos porque en ellos aparecen de forma muy clara los frutos por los que se puede reconocer a la persona de oración.

2. La oración frecuente de Jesús, especialmente en los momentos clave de su vida

a) La oración de Jesús en el momento que marca el comienzo de su vida pública

Bautismo de Jesús, Cuadro que se encuentra en la Cartuja de GranadaDel bautismo de Jesús por parte de Juan el Bautista tenemos la versión de los cuatro evangelistas, pero solamente S. Lucas se refiere a la oración de Jesús. Dice así: «Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos (…)» (Lc 3,21). La revelación que tendrá lugar entonces se sitúa de este modo, no como un hecho sobrevenido, sino en el contexto de la oración.

b) La oración de Jesús en el momento de la elección de los Apóstoles

De la elección de los doce discípulos o apóstoles tenemos la versión más distendida del cuarto evangelista y las versiones más resumidas de los Sinópticos. Entre éstos, Mateo va directamente al grano sin darnos idea del contexto (Mt 10,1ss); Marcos comienza diciendo que Jesús “subió al monte” (Mc 3,13). Es importante señalar que, cuando los evangelistas nos dicen que Jesús subió al monte, están dando a entender que iba a orar. S. Lucas es mucho más explícito: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que nombró apóstoles (…)» (Lc 6,12-13). Antes de tomar una decisión que sería sin duda decisiva, Jesús sube al monte y lo hace para pasar toda la noche orando.

c) La oración de Jesús en el momento en que prepara a sus más íntimos para lo que iba a venir

La transfiguración. Cuadro de Rafael Sanzio (1520).Del relato de la Transfiguración tenemos la versión de los tres Sinópticos, pero es nuevamente S. Lucas quien alude explícitamente a la oración diciendo: «(…) tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba (…)» (Lc 9,28-29). Mateo y Marcos no mencionan expresamente la finalidad de esta subida, ni la circunstancia de que Jesús estuviera orando en el momento de su transfiguración, pero hablan de la subida de Jesús a un monte alto con estos tres discípulos (Mt 17,1 ; Mc 9,2). Como hemos dicho hace un momento, la propia expresión “subir al monte” ya está situándonos en un contexto de oración. En este caso, además, tanto Mateo como Marcos dicen que se fueron “aparte” y Marcos incluso recalca “ellos solos”. La subida al monte y la búsqueda de soledad están en los evangelios situando a Jesús en oración.

d) La oración de Jesús en la confesión de Pedro

Cristo le entrega las llaves a san Pedro. Cuadro de Pietro PeruginoLos tres Sinópticos dan testimonio unánime de cómo Jesús pregunta a sus discípulos por lo que la gente dice de él, para a continuación dar un paso más y arrancarles la confesión de fe que sale de la boca de Pedro (cf. Mt,16,13ss; Mc 8,27; Lc 9,18ss). Pero es nuevamente S. Lucas quien habla explícitamente de la oración de Jesús: «Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó (…)» (Lc 9,18). Es muy curioso que nos diga que Jesús estaba orando solo, para decir a continuación que lo acompañaban sus discípulos.

No es la primera ni la última vez que vemos cómo Jesús se va a orar y sus discípulos le acompañan en el paseo, aunque no en la oración. Sin embargo, al menos de momento, Jesús guarda silencio. No manda ni recrimina. Pero tampoco se esconde. Calla y otorga. Semilla que tardará en fructificar, pero no quedará baldía.

e) La oración en muchas otras ocasiones

Estando en Cafarnaún, «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35). Estaba muy oscuro, es decir, era todavía de noche. Jesús sale y busca intimidad para orar.

Parque natural de la Sierra de GuadarramaEn otra ocasión, Jesús manda a sus discípulos subir a la barca mientras él se queda en tierra para despedir a la gente. «Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar» (Mc 6,45). Mateo subraya el hecho de que Jesús estaba solo, habla no sólo del monte, sino también de la subida y menciona una vez más la noche: «Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo» (Mt 14,23). Jesús busca la soledad, no por casualidad lo hace en el monte, y se pone una vez más en las manos de Dios.

Mucho más genérico es el texto de Lucas que dice así: «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración» (Lc 5,16). Genérico en el sentido de que no nos indica lugar y genérico en el sentido de general. Jesús solía, era su costumbre, lo hacía con frecuencia. Se retiraba y se entregaba a la oración. Se entregaba. No se limitaba a pasar un tiempo, sino que se entregaba. Con toda su alma, con todo su ser.

f) La oración de Jesús en el momento decisivo

La oración en el huerto de los olivos nos la narran los tres Sinópticos (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46), mientras que Juan se limita a hacer una breve alusión (cf. Jn 18,1-2).

La oración del huerto. Cuadro de Luis de MoralesLo primero que hay que señalar es que tanto Lucas como Juan nos dicen que aquél era un lugar al que Jesús solía ir con sus discípulos. Juan dice que «Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos» (Jn 18,2). No nos indica en qué consistían dichas reuniones. Lucas, en cambio, dice que: «Salió y se encaminó, como de costumbre» (Lc 22,39). Ahí ya nos da pie para pensar que esa costumbre no se limitaba al lugar, sino también a la actividad. Mateo -en otro contexto- nos sitúa allí a Jesús sentado, cuando se le acercan los discípulos «en privado» a preguntarle por el fin de los tiempos (cf. Mt 24,3ss). Que los discípulos se acerquen a Jesús en privado, indica que Jesús estaba sólo. Seguramente orando, aunque no se dice. La pregunta de los discípulos da lugar a un momento de intensa enseñanza.

En lo que viene a continuación, tenemos dos versiones algo diferentes.

Versión de Mateo y Marcos

Según Mateo y Marcos, Jesús hace tres paradas. En la primera deja a la mayoría de los discípulos y se limita a decir que le esperen mientras él ora. A partir de ahí le acompañan únicamente Pedro, Santiago y Juan a los que dejará en la segunda parada, no sin antes decirles: «quedaos aquí y velad [conmigo]». Jesús se aleja aún un poco. A los primeros les pide únicamente que le esperen, es solamente a sus íntimos a quienes pide que velen, es decir, que oren también mientras le esperan.

Versión de Lucas

Según S. Lucas, Jesús hace únicamente dos paradas. En la primera deja a todos los discípulos al tiempo que les manda: «orad, para no caer en tentación» (Lc 22,40).

Notemos que Pedro, Santiago y Juan son los mismos que le acompañaron en la Transfiguración. En todo caso, Jesús les manda orar (Lucas) o velar (Mateo y Marcos), que viene a ser lo mismo.

Jesús pasa un rato en oración y los tres evangelistas nos dicen que, al volver, Jesús encuentra a sus discípulos dormidos. En el caso de Mateo y Marcos la escena se repite tres veces y en todos los casos la reacción de Jesús es de un cierto reproche y, sobre todo, insistir en la necesidad de orar –o velar- para no caer en tentación (cf. Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,40).

Importante señalar la relación causa-efecto que Jesús establece entre la oración y el no caer en tentación. La oración es el antídoto –el único- contra la tentación, porque la oración –la verdadera oración- es la que permite que Dios actúe por medio nuestro. Sin oración quedamos abandonados a nuestras propias fuerzas.

3. El contenido de la oración de Jesús

Hasta aquí nos hemos limitado a observar a Jesús en la distancia y le hemos visto rezando. No sólo en momentos puntuales, sino como tónica de su vida. Hasta ahora le hemos visto, apliquemos ahora el oído.

a) Una oración en medio de la gente

Jesús comienza dirigiéndose al Padre, para añadir sin solución de continuidad unas palabras de consuelo a la gente que le escucha. La oración dice así: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26; cf. Lc 10,21).

Comienza dando gracias a Dios. Eso lo primero. Después reconoce el poder de Dios, es decir, le reconoce como Dios. Después viene el contenido del agradecimiento que, en este caso, es el hecho cierto de que al conocimiento de Dios nadie accede por méritos propios, sino que es gracia que Dios da a quien quiere, que suele ser a quien se deja (y esto también es gracia). Finalmente viene una frase que recuerda al texto de la Creación: «así te ha parecido bien». Todo está en las manos de Dios, todo es creación de Dios y Dios todo lo hace bien.

b) Otra oración en público

La resurrección de Lázaro. Cuadro de José Casado del AlisalAntes de resucitar a Lázaro, Jesús dirige al Padre la oración siguiente: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11,41-42).

Jesús comienza de nuevo dando gracias a Dios. Ya van dos veces que Jesús comienza su oración dando gracias y el testimonio viene de dos evangelistas distintos. En la situación anterior, Jesús daba gracias por un hecho constatado. Ahora da las gracias por haber sido escuchado y da las gracias antes de que los presentes tengan constancia de tal circunstancia. Una muestra de absoluta confianza en que Dios no le iba a dejar mal.

c) La oración en el huerto

Ya hemos visto que la escena varía un poco entre los tres Sinópticos, sin embargo coinciden casi literalmente en el contenido de las palabras de Jesús: «¡Abba! Padre: tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,36; cf. Mt 26,39.42; Lc 22,42). Abba, expresión de confianza y familiaridad. Jesús sabe que Dios lo puede todo y pide que le libre del sufrimiento que le espera. Sabe que Dios no va a hacer lo que Jesús quiere y aún así lo pide. La obediencia de Jesús pasa por la súplica no para pedir fuerza para acatar, sino pidiendo una solución que no pase por la cruz. Y la oración termina con Jesús rendido a la voluntad de Dios: que sea «como tú quieres».

Como vemos en los salmos de petición, la oración no siempre transforma la realidad, pero sí que transforma al orante.

d) Jesús ora en la cruz

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Cristo crucificado. Cuadro de VelázquezDe las palabras que Jesús pronuncia en la cruz, tres van dirigidas a Dios. Los dos primeros evangelistas nos presentan la primera de ellas: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (Mc 15,34; Mt 27,46). Se trata de una cita literal de Sal 22,2 que sin duda alguna Jesús –como otros muchos judíos- habría rezado en numerosas ocasiones y se sabría de memoria. El salmo termina con un canto de esperanza con alusiones inconfundibles al futuro Reino de Dios. Que esto resonaría en el corazón de Jesús, no hay como negarlo. Pero eso no quita para que el grito de Jesús saliera del fondo de su ser como un clamor. Es posible que Jesús, llegado al límite de su humanidad, se sintiera abandonado por Dios. Digo que es posible, no que sucediera de ese modo.

Breve reflexión a propósito de estas palabras de Jesús

Dar por hecho que Jesús se sintió abandonado por Dios es sin duda una insolencia escandalosa. No así el considerarlo como posibilidad, siquiera remota. Hay que decir que un sentimiento de abandono es perfectamente compatible con el convencimiento de que Dios tiene siempre la última palabra.

Por otra parte, negar que fuera así, puede que provenga de un prejuicio docetista. Si Jesús tenía en la mente el salmo entero -y de eso no cabe la menor duda- entonces no hay razón para pensar que hizo suyos los últimos versículos, pero no los primeros.

Que Jesús pudiera sentirse -que no pensarse- abandonado por Dios no quita nada a la divinidad de Jesús y puede que dé cabal muestra de hasta qué punto Jesús se hizo en todo semejante a sus hermanos. Dios no pugna con la creación, sino que la interpenetra haciéndola más vigorosa. En Jesús, la divinidad no eclipsa a la humanidad, sino que la lleva a plenitud. Y sabido es que las personas, cuanto más espirituales, más conscientes y más sensibles son ante el sufrimiento moral. En todo caso, lo único seguro es que no estamos a la altura de imaginar siquiera cuál fue la experiencia espiritual de Jesús en ese momento.

En S. Lucas encontramos las otras dos oraciones:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús va más allá del perdón o incluso del olvido. Quien olvida, pasa página. Jesús no olvida, sino que intercede ante Dios en favor de sus asesinos.

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). La oración es entrega de la vida y del espíritu. Eso era lo que Jesús llevaba haciendo toda su vida. Esta vez lo hace de manera final y definitiva.

d) La conocida como oración sacerdotal

Cristo resucitado. Cuadro de NovelliEn ella (cf. Jn 17), Jesús pide insistentemente ser glorificado lo que, en vísperas de su Pasión, no puede significar sino una cosa: Jesús pide al Padre que le resucite para que él, a su vez, pueda glorificar al Padre dando la vida eterna a los suyos. Pide la resurrección para resucitar a los suyos, pide la vida para volver a darla. Y continúa pidiendo por los suyos, por aquéllos que el Padre le ha dado y que son suyos (del Padre).

Jesús es responsable de aquéllos que el Padre le entregó y, al dejar este mundo, los pone nuevamente en las manos del Padre para que el Padre cuide de ellos. No sólo de los seguidores de Jesús en ese momento, sino de los que vendrán después. Y ese cuidado se limita a una sola cosa: incorporarlos a la unidad que existe entre Jesús y el Padre. Esa es la vida eterna (cf. Jn 17,3) que se recibe aún en vida (cf. Jn 17,15).

Y esto es lo mismo que la oración. Se trata de esa unión continua que necesita alimentarse de momentos especiales de intimidad. Si Jesús necesitaba pasar noches enteras en oración, ¿qué no necesitaremos nosotros?

Importancia de la oración en la vida del cristiano. Dibujo de niño rezando de rodillas en su cama

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Charla pronunciada el día 16 de julio de 2016 en el Monasterio de la Sagrada Familia. Carmelitas descalzas de La Granja de san Ildefonso (Segovia)

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Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso pdf

A modo de introducción diré que me resulta muy difícil hablar de la misericordia y ello es por dos motivos.

El primero, porque la misericordia forma parte de la experiencia profunda del cristiano y de las experiencias espirituales no es fácil hablar cuando son verdaderas.

El segundo motivo por el que no me ha resultado nada fácil preparar esta charla es precisamente porque estamos en el Jubileo de la misericordia. ¡Como si ahora tocase celebrar la misericordia de Dios y en otra oportunidad tocase otra cosa! ¡Como si la misericordia de Dios no fuera el centro de la vida del cristiano todos los días de todos los años!

Al hablar de la misericordia corremos el riesgo de quedarnos superficialmente en dos aspectos. De una parte el perdón de los pecados y, por consiguiente, en el Sacramento de la Reconciliación y, de otra parte, las obras de misericordia.

Pero esto no expresa suficientemente lo que realmente significa la misericordia de Dios. Por eso me voy a limitar casi exclusivamente a dejar hablar a los textos bíblicos. Dejar que Dios nos diga quién es y qué quiere de nosotros.

Comenzaré por el Antiguo Testamento porque, contra lo que algunos piensan, Dios se muestra ya en él como padre lleno de ternura.

I. LA MISERICORDIA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

 Para describir la misericordia de Dios, el Antiguo Testamento utiliza sobre todo dos términos.

1. Las entrañas de Dios

El primero de dichos términos es “rohamim” (רחמים), hace referencia a las entrañas y expresa el apego instintivo de un ser a otro.

El juicio de Salomón. Cuadro de Raffaello SanzioTodos ustedes recordarán la astucia del rey Salomón al dirimir la cuestión entre dos mujeres que acababan de dar a luz y ambas afirmaban ser la madre del niño vivo. El rey dijo: «Partid en dos al niño vivo y dad una mitad a una y otra a la otra». Salomón descubrió a la auténtica madre en la mujer que, para salvar a su hijo, prefirió que fuera entregado a la otra mujer y el texto dice expresamente: “porque sus entrañas se conmovieron por su hijo” (1 Re 3,26).

Éste término que se utiliza para referirse a las entrañas de una madre es el mismo que encontramos referido a Dios, por ejemplo en Jer 31,20 cuando dice:

“¿Es un hijo tan caro para mí Efraím, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme - oráculo de Yahveh -.”

En el Antiguo Testamento es frecuente que se atribuyan “sentimientos” a Dios. Dios se conmueve, siente ternura, siente también ira y tiene “entrañas de misericordia”. Dios ama a su pueblo de una forma apasionada. Dios vive con intensidad su relación con el pueblo de Israel.

2. La fidelidad de Dios

El segundo término para expresar la misericordia de Dios es el término hebreo “hesed” (חסד) que las versiones castellanas traducen indistintamente por misericordia o por amor. Así, por ejemplo, el primer versículo del salmo 107 unas versiones de la Biblia lo traducen así:

“Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor”.

Y otras de esta otra forma:

“Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Y es que, aunque los términos amor y misericordia no son sinónimos, lo cierto es que no hay amor sin misericordia, ni misericordia sin amor. Salvo en el caso de nuestro amor a Dios, porque Dios no carece de nada. No así el amor de Dios hacia nosotros.

El término hesed lleva consigo la idea de fidelidad. No se trata ya de un afecto instintivo, sino que tiene unas connotaciones de voluntariedad moral. La misericordia de Dios hacia su pueblo no es un sentimiento momentáneo, sino un compromiso en fidelidad.

En el A.T., la misericordia de Dios es la respuesta del Amor de Dios ante las miserias de su pueblo. Así, por ejemplo, en el libro de los Jueces leemos:

“(…) porque Yahweh era movido a misericordia por sus gemidos [los gemidos de su pueblo] a causa de los que los oprimían y afligían” (Jue 2,18)

Ésta es la razón por la cual los hombres piadosos tienen la convicción inquebrantable de que no serán abandonados por Dios en sus desgracias. De este modo la misericordia y la fe en la providencia divina no son sino las dos caras de una misma moneda.

No es de extrañar la importancia que en la memoria colectiva de Israel tiene el Éxodo. El pueblo de Israel experimenta la misericordia de Dios en su historia y por eso puede estar seguro de que su vida está en las manos de Dios. Recíprocamente, es solamente desde la fe desde donde el pueblo de Israel puede leer adecuadamente los acontecimientos de la historia para descubrir en ellos la misericordia de Dios.

Moisés con las tablas de la ley. Cuadro de RembrandtMás adelante esta misericordia vendrá explicada por la fidelidad de Dios a la Alianza con “su” pueblo. Se establece de esta manera una relación de sangre. Israel pasa así a ser “linaje” de Dios.

Esta ternura de Dios se manifestará de forma especial cuando Israel peque contra Dios rompiendo de este modo unilateralmente la Alianza.

Y es importante señalar que en el mismo texto en el que se habla de la misericordia de Dios se habla también de castigo.

Después del relato en el que el pueblo de Israel traiciona a Yahweh y su Alianza (tablas de la Ley) construyéndose un becerro de oro, Moisés vuelve al Sinaí con unas nuevas tablas y dirigiéndose a Dios con estas palabras:

 «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.» (Exodo 34,6-7)

Es importante subrayar que en el mismo texto se habla de misericordia, de amor y de perdón, pero no de impunidad: “perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes”. El texto no menciona la justicia. No se trata de una contraposición entre justicia y misericordia. En el A.T. el castigo al pecado es visto como la pedagogía de Dios con su pueblo. Y la pedagogía es fruto del amor.

Ver el castigo divino como una especie de venganza sería tener una imagen muy pobre de Dios. Éste no es, desde luego, el espíritu de la Biblia. A Dios le duele el pecado de su pueblo y le duele también el castigo. El castigo no está ni mucho menos reñido con el amor. Frecuentemente sucede lo contrario. Quienes tenéis hijos sabéis que educar no es decir a todo que sí y que lo fácil es hacer la vista gorda.

Vemos así que, al menos en el Antiguo Testamento, la misericordia nada tiene que ver con la manga ancha o la indiferencia.

Por otro lado, vemos que a Dios le duele castigar a su pueblo y que se llena de conmiseración en cuanto el pueblo clama a Él desde el fondo de su miseria.

Así, por ejemplo, el libro de Oseas nos muestra a Dios estremecido por el castigo que no le queda otro remedio que infligir a su pueblo:

«¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel? ¿Voy a dejarte como a Admá, y hacerte semejante a Seboyim? Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira.» (Oseas 11,8-9)

Contra lo que algunos piensan, el A.T. no nos muestra –ni mucho menos- un Dios lejano. Todo lo contrario. En el A.T. se nos presenta a Dios con características radicalmente humanas. “Mi corazón está en mí trastornado”. Dios sufre con el sufrimiento de su pueblo, diríase que el castigo le duele a Dios más que al pueblo.

Dios «no guarda rencor eterno» (Jer 3,12s.), pero quiere que el pecador reconozca su malicia; lo que Dios quiere es la conversión del pecador:

«Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahveh, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar. » (Isaías 55,7)

Todos sabemos lo difícil que es reconocer que estamos obrando mal cuando las cosas nos van bien. Todos sabemos que son generalmente los fracasos los que nos hacen madurar. Por eso sería necedad pensar que la misericordia de Dios nos exime de asumir las consecuencias de nuestros actos.

La misericordia de Dios no conoce más límite que el endurecimiento del pecador:

«No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Massá en el desierto, donde me pusieron a prueba vuestros padres, me tentaron aunque habían visto mis obras.

«Cuarenta años me asqueó aquella generación, y dije: Pueblo son de corazón torcido, que mis caminos no conocen. Y por eso en mi cólera juré: ¡No han de entrar en mi reposo!» (Sal 95,8-11)

En todo caso, la misericordia de Dios está siempre abierta al pecador:

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. Porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro.» (Sal 103,8-9.13-14).

Todo el Antiguo Testamento y, de forma especial, los salmos y los escritos proféticos nos muestran a Dios como padre entrañable y misericordioso. Aunque en ocasiones pueda parecernos severo, no olvidemos que una cosa es “amar” y otra muy diferente “consentir”.

II. LA MISERICORDIA DE DIOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Después de ver cómo el Antiguo Testamento nos muestra un Dios amoroso y paternal, debemos preguntarnos en qué consiste la novedad radical del Nuevo Testamento.

Antes de nada hay que decir que la Revelación es progresiva y que no es posible una recta interpretación del Nuevo Testamento haciendo tabla rasa del Antiguo Testamento[1]. Cristo no ha venido para abolir la Ley y los Profetas, sino a dar cumplimiento (cf. Mateo 5,17). Cristo es culmen y plenitud de la Revelación, novedad radical, pero no a nuestro modo, sino al modo de Dios. Dios no necesita destruir para hacer nuevas todas las cosas.

1. La novedad del Nuevo Testamento

a) La misericordia alcanza a todos los hombres

Un mundo pequeñito en las manos de una personaLo primero que hay que decir es que lo nuevo no es la misericordia, sino el ofrecimiento de esta misericordia a todos los hombres. El pueblo de Israel tuvo el privilegio de descubrir a Dios como padre amoroso cuyas entrañas se conmueven ante el sufrimiento de su pueblo. Pero tendría que llegar el Nuevo Testamento para revelar que Dios no es propiedad de un pueblo, que el linaje de Dios no viene por el nacimiento o la herencia, sino por la Gracia de Dios y es invitación universal.

Es san Pablo quien expresa con mayor claridad de qué forma se muestra en Cristo la plenitud de la misericordia divina.

Porque los judíos creían que podían alcanzar la justicia por medio de la Ley, es decir, por medio del cumplimiento de la Ley. Ocurre, sin embargo, que la Ley había llegado a ser tan compleja que era prácticamente imposible no ya practicarla, sino incluso conocerla en todos sus detalles.

Dice así san Pablo:

«En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.» (Rom 11,30-32).

Es decir que, habiendo el pueblo judío rechazado a Jesús, el Evangelio es predicado a los gentiles –es decir, nosotros- y así recibieron la salvación aquellos que no tenían mérito alguno y, al revelarse los judíos contra la misericordia de Dios, del mismo modo que hizo el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, han dejado de ser justos y, por consiguiente, ahora todos necesitan de la misericordia.

Para quien piense que este texto es un tanto difícil de entender, digamos que san Pablo era consciente de ello y por eso el texto continúa así:

«¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa? (Rom 11,33-34)

b) Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

Crucifijo en el que vemos al Padre crucificado con el Hijo y el Espíritu Santo en forma de paloma posado sobre la cabeza del PadreEsta invitación universal nos ha sido ganada por el mismo Dios hecho hombre en Jesucristo. En orden al tema que nos ocupa, que no es otro que descubrir el designio amoroso de Dios para con nosotros, eso significa que Dios ya no se vale de intermediarios para comunicarse con los hombres. Jesús no es un profeta, Jesús es el mismo Dios y, por consiguiente, es en las palabras y en las obras de Jesús donde nosotros podemos conocer cómo es Dios.

Como leemos en la carta a los Hebreos:

«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos» (Heb 1,1-2)

O, como leemos en el Evangelio según san Juan:

“quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).

Veamos, pues, cuál es la imagen de Jesús que nos muestra el Nuevo Testamento.

2. La obra de la Redención

A alguno le parecerá quizás extraño que empecemos por lo que podría parecer el final. Sucede, sin embargo que, al hablar de Jesús, el final no es el punto donde todo termina, sino a donde todo se dirige. Y esta finalidad no es otra que la obra de la Redención. Ése es el contexto de todo lo que digamos a continuación.

Veamos, entonces, lo que nos dice la carta a los Hebreos:

«Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. » (Hebreos 2,10)Cuadro de Velazquez que representa a Cristo crucificado

A la hora de hablar de la misericordia de Dios no podemos perder de vista la cruz. Cuando se olvida lo caros que le costaron a Jesús nuestros pecados, corremos el riesgo de no tomarnos en serio nuestra fe cristiana.

Lo hemos proclamado tantas veces que corremos el peligro de que nuestras palabras sean vacías cuando decimos que Cristo murió por nuestros pecados. Si nos tomásemos en serio la Redención, lloraríamos por nuestros pecados igual que la pecadora de la que habla san Lucas (Lc 7,36-50).

Jesús quiso «hacerse en todo semejante a sus hermanos», a fin de experimentar la miseria misma de los que venía a salvar.

Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.» (Hebreos 2,17-18)

No hay mayor prueba de la misericordia divina que el hecho de la Encarnación. Hacerse uno de nosotros es el acto supremo de la misericordia que ilumina todo el hacer de Jesús durante su vida mortal.

3. El comienzo de la predicación: el anuncio de la Buena Nueva

En el Evangelio según san Marcos, la predicación de Jesús comienza con las palabras siguientes:

«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.»

En el Nuevo Testamento no se dice qué es el Reino de Dios y, debido a que los evangelios utilizan indistintamente los términos Reino de Dios y Reino de los cielos, muchos cristianos lo identifican sin más con el cielo. Sin embargo, identificar el Reino de Dios con el cielo equivale a “puentear” ilegítimamente el sufrimiento de tantos semejantes nuestros a los que nosotros estamos llamados a ayudar.

Por otra parte, hay que decir que, para los oyentes de Jesús, el término no era desconocido. Decirles a los judíos “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” era lo mismo que decirles: “yo soy el Mesías, convertíos y creed en mí”.

Este Reino de Dios ya estaba anunciado en el Antiguo Testamento, hacía referencia al Mesías y consistía en un reino de paz:

«Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos.

León reposando junto a un cordero en una pradera. Representa la paz que traerá consigo la venida del Reino de Dios, según anuncia el profeta Isaías: "El león pacerá con el cordero"Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar.» (Isaías 11,1-9)

Jesé era el padre de David, por eso decir: “saldrá un vástago del tronco de Jesé” es lo mismo que decir que surgirá “un nuevo David”. La alusión a la justicia para los débiles y para los pobres no es casual. El Reino de Dios prometido al pueblo judío es un Reino en el que los poderosos no abusarán de los débiles. Nadie temerá, porque todos se respetarán. Tiene un fuerte simbolismo que se diga que tanto el león como los bueyes comerán paja. Es decir, no se comerán unos a otros. Y eso sucederá porque “la tierra estará llena de conocimiento de Yahweh.

Podemos ver cómo los evangelistas san Mateo y san Lucas, que son mucho más explícitos que san Marcos, van en esta línea cuando examinan el significado de la Buena Nueva.

Así, en el evangelio según san Lucas, la predicación de Jesús comienza en la Sinagoga cuando Jesús es invitado a leer y comentar un texto del profeta Isaías:

Torah. Fotografía con los rollos de la Ley (tal como en los antiguos judíos leían el Antiguo Testamento)Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él.

Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy(Lucas 4,17-21).

Jakarta. Vida en los suburbios. Fotografía de niños en una chabola. Jesús es el cumplimiento de las promesas. Y esas promesas son una buena noticia para todos aquellos que se encuentran en una situación de marginación o de opresión: los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. Hoy en día podríamos traducirlo así: “yo he venido a dar trabajo a los parados, a dar casa a los desahuciados, a acoger a los refugiados…”.

Una descripción semejante volvemos a encontrarla poco después. Cuando Juan (el Bautista) manda a sus discípulos para que le pregunten a Jesús si es el Mesías, Jesús les responde:

Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lucas 7,22-23).

Las palabras de Jesús tuvieron que caer como una losa sobre sus oyentes. Dichoso aquél que no halle escándalo en mí. Jesús no se dirige a la gente respetada de Israel, sino a aquéllos que buscan misericordia. Y la respuesta de Jesús es, en primer lugar, aliviar su sufrimiento aquí en la tierra.

4. La compasión de Jesús

Los evangelios sinópticos (especialmente Mateo y Lucas) están llenos de textos en los que Jesús va compadeciéndose de las situaciones dramáticas de las gentes con las que se iba encontrando.

Jesús siente compasión de la gente:

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. (Mateo 9,35-36)

Y, en particular, por cada una de las situaciones que se encuentra a su paso. En especial por aquellas en las que alguien se encuentra en una situación de mayor precariedad, como podía ser en Israel la de una viuda sin hijos:

Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad.

Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores.»

Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate.» (Lucas 7,11-14)

Cuadro que representa una curaciónPara el tema que nos ocupa, no interesa el aspecto milagroso de los actos de Jesús, sino ese tener compasión del sufrimiento ajeno. Jesús ejemplariza el comportamiento del buen samaritano y eso tiene una gran importancia desde el punto de vista del seguimiento. Milagro no es la ruptura de las leyes de la naturaleza, mucho más milagroso es con frecuencia que las personas se apiaden unas de otras.

Jesús muestra su piedad para con todos y, por eso, no es de extrañar que muchos se dirijan a él clamando: ¡Señor, ten piedad!

  • Una mujer cananea:

En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» (Mt 15,22)

  • El padre de un epiléptico:

Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.» (Mateo 17,14-16)

  • Dos ciegos:

En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al enterarse que Jesús pasaba, se pusieron a gritar: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!» La gente les increpó para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David(Mateo 20,30-31)

5. No he venido a llamar a justos sino a pecadores

Pero Jesús no muestra su cercanía únicamente hacia el sufrimiento físico. Jesús tiende su mano también a los pecadores.

Cuando a Jesús le recriminan los fariseos por ser amigo de publicanos y pecadores, Jesús responde: “no he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores”.

Jesús con la samaritanaLos fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores(Lucas 5,30-32)

Dios Padre ha enviado a su Hijo para salvar a los seres humanos de su miseria y no hay mayor miseria que el pecado y la muerte. Las parábolas de la oveja perdida (Lc 15,4-7) de la dracma perdida (Lc 15,8-10) o del hijo pródigo (Lc 15,11-31) muestran la alegría de Dios por la conversión de un pecador:

Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. (Lc 15,7)

Esto nos puede dejar a nosotros tan perplejos, o incluso tan molestos, como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. ¿Qué pasa entonces con aquellas personas que llevan muchos años intentando ser fieles a Dios? La respuesta nos la da la misma parábola:

«Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; (Lc 15,31).

En este punto conviene advertir que no es que Dios no haya venido a buscar a los justos, sino que no ha venido a salvar a aquellos que se consideran a sí mismos justos. Que no es lo mismo. Porque el reconocimiento de la propia miseria es condición imprescindible para obtener misericordia.

Como leemos en la primera carta de san Juan:

Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros. (1 Jn 1,8-10)

Todos somos pecadores y quien se considere justo se está mintiendo a sí mismo. Basta con echar una mirada en rededor. Si vemos con tanta facilidad las faltas de los demás, cabe suponer que los demás se ven continuamente obligados a sufrir las nuestras, incluso aquellas de las que no nos damos cuenta.

Dibujo de una mano apuntando. Al dibujo acompañan las palabras siguientes: "¡¡Cuando apuntas con el dedo, recuerda que tres dedos te señalan a ti!!"«¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.» (Lucas 6,41-42)

Es bastante frecuente en personas piadosas que andan preocupadas con minucias propias y ajenas, al tiempo que pueden estar pasando por alto cosas mucho peores. Eso sucede porque las personas solemos marcarnos unos ideales, de tal manera que cualquier desajuste en esas metas que nos hemos marcado hace que nos sintamos mal. Y esto es perfectamente compatible con una tremenda falta de empatía para con los demás. Podemos estar pendientes de “nuestras faltas” al tiempo que estamos siendo un auténtico “purgatorio” para aquellos que conviven con nosotros. Por eso es importante pedir perdón, no ya por aquellas faltas que nos mortifican, sino también por todo aquello que hacemos sin darnos cuenta, pidiendo a Dios que cure nuestra ceguera.

Más aún, aun suponiendo que alguien cumpla siempre escrupulosamente con todas sus obligaciones y sea extremadamente cuidadoso en el respeto a los demás, está el pecado de omisión, donde no existe límite en el bien obrar. Siempre está el egoísmo, siempre está la falta de compromiso, el hacernos los distraídos para no pringar o para ser políticamente correctos, para que no nos miren mal…

¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas. (Lucas 6,26).

Todos, pues, debemos reconocernos pecadores a fin de participar todos en la misericordia (Rom 11,32).

6. El seguimiento de Cristo

Esta misericordia que Dios ha usado con nosotros y esta misericordia que Jesús usó en los días de su vida mortal para con todos aquellos que le necesitaban, nos está mostrando el camino de la salvación.

La perfección que Jesús (Mateo 5,48) exige a sus discípulos consiste en el deber de ser misericordiosos “como vuestro Padre es misericordioso”.

«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá (Lucas 6,36-38)

Con la medida que midamos se nos medirá o, como leemos en las Bienaventuranzas según san Mateo:

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»  (Mateo 5,7)

Ésta es condición esencial para entrar en el Reino de los cielos. En ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos otra condición de ser salvados, sino creer en Cristo y tener como Él entrañas de misericordia.

Patera llena de inmigrantesY quiero subrayar que no estoy hablando de cumplir con las “obras de misericordia”. Éstas, de suyo, no son garantía de ser verdaderamente misericordiosos. Porque la verdadera misericordia no nace de la obligación, sino del amor. Quien realiza actos de caridad tratando de contabilizarlos, seguramente será una persona muy religiosa, pero en realidad no ha entendido la novedad del Evangelio.

La misericordia es hacerme –a semejanza del buen Samaritano (Lc 10,30-37)-, prójimo de aquél a quien encuentro en apuros. Hacerse prójimo no es dar una limosna, sino hacerse próximo. No tener miedo de los pobres, ni de los inmigrantes, ni de los refugiados. Acercarnos a quienes seguramente son nuestros vecinos con naturalidad. No ir por la vida con anteojeras, nos permitirá ver lo que sucede en las cunetas de nuestra vida.

Ser misericordiosos es hacer esto con el convencimiento de que no estamos haciendo nada de extraordinario, sino que estamos únicamente haciendo una mínima parte de lo que Dios ha hecho por nosotros. Y lo mismo cabe decir del perdón de las ofensas:

«Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: "Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré."

Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: "Paga lo que debes." Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: "Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré." Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?"Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano (Mateo 18,23-35)

Por extraño que pueda parecernos, en el Juicio final sólo nos examinarán acerca de nuestra misericordia: “porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber…” (Mateo 25,31-46).

En definitiva, que, al final de lo único que nos examinarán será del amor:

«Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?»

Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» (Mateo 22,34-40)

O, en palabras del cuarto evangelista:

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. (Jn 13,34)

En qué consiste este amor nos lo dice el mismo Juan en su primera carta:

Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3,17)

El amor a Dios se prueba en el amor al necesitado. Por sus obras los conoceréis. Por la actitud de nuestro corazón, por nuestra forma de actuar ante las personas que nos rodean, por nuestra forma de reaccionar ante el sufrimiento ajeno. Personal y comunitariamente.

III. PARA CONCLUIR

1. La misericordia de Dios para con nosotros

La misericordia de Dios para con nosotros tiene dos aspectos.

El primero se refiere a nuestras necesidades de todo tipo y ésta forma de misericordia de Dios para con nosotros es lo que solemos llamar la Providencia divina. Dios está continuamente sosteniendo la Creación con su providencia amorosa. De una forma especial, Dios escucha la oración de sus fieles y los socorre.

El segundo aspecto se refiere, como no podía ser de otra forma, al perdón de los pecados y a la promesa de la Vida Eterna.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura;
(Sal 103,3-4)

Ahora bien, hoy en día está bastante extendida la opinión de que esta misericordia de Dios viene a ser algo así como la garantía de aprobado general para toda la humanidad. Ante esto se me ocurren, entre otras, las siguientes preguntas:

  • El perdón de Dios es gratuito, pero ¿cómo puede Dios perdonar a quien no pide perdón?
  • Si Cristo ganó en la Pascua la salvación para todos los hombres sin excepción (crean o no crean, hagan lo que hagan, pidan perdón o no lo pidan), ¿qué necesidad hay entonces de la Iglesia? Más aún, ¿en qué consiste entonces esa salvación? ¿no estaríamos entonces cayendo en una especie de nuevo docetismo como si los años que pasó Jesús entre nosotros fueran del todo irrelevantes?
  • ¿Cómo habría que entender entonces las palabras de Jesús: «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran. (Mt 7,13-14)
  • Finalmente, si los Evangelios son tan claros al decir que la condición de la misericordia es el ser misericordiosos con nuestros hermanos, ¿acaso estamos rechazando la Palabra de Dios para hacernos un Evangelio a la medida, pues según parece Dios es tan misericordioso que en realidad da lo mismo lo que hagamos nos vamos a salvar igual?

2. Nuestra misericordia para con los demás

Como nos dice san Agustín, “en la Iglesia hay dos clases de misericordia[2], y una de esas formas es gratis “y consiste en perdonar a quien te ofendió. Para dar esta limosna tienes el tesoro en tu corazón: en él resuelves el asunto en presencia de Dios”[3]

Respecto a la otra clase de misericordia, es nuevamente S. Agustín quien nos dice:

«La misericordia trae su nombre del dolor por un miserable: la palabra incluye otras dos: (…) miseria y corazón. Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude tu corazón. (…) Por ejemplo: das pan a un hambriento: ofrécele tu misericordia de corazón, no con desprecio; (…) Si amamos a Dios y al prójimo, no hacemos nada de esto sin dolor del corazón(Sermón 358 A, 1).

Dicho de otra forma, la misericordia es expresión del amor. Algunas veces se nos ha dicho que el amor no es un sentimiento, pero esto no es del todo cierto. Es verdad que, como nos dice san Ignacio en sus ejercicios espirituales, el amor hay que ponerlo más en los hechos que en las palabras, pero si el sufrimiento ajeno no nos conmueve, entonces no hemos conocido la misericordia, por muchas limosnas que demos o muchos voluntariados en los que estemos.

Digamos finalmente que no hay nada que una más que la misericordia compartida comunitariamente.

Y aquí no puedo por menos que mencionar siquiera a los refugiados sirios a los que este invierno hemos visto atravesar a pie media Europa y de los que todo el mundo parece haberse olvidado ya a pesar de que el Papa ha estado pidiendo que fueran acogidos por comunidadesed-misericordiosos-como-vuestro-padre-es-misericordioso. Cientos de refugiados caminando por la orilla de una carreteras cristianas.

Ahora bien, acoger comunitariamente no significa buscar –y en su caso presionar- a personas o familias cristianas para que los acojan en sus casas sin darles otra cosa que un poco de adulación. Eso no es acoger comunitariamente, eso es lavarse la mala conciencia con el sacrificio de los demás.

Acoger de forma comunitaria sería pagar a escote el alquiler de una vivienda y ofrecer a esas personas –de forma comunitaria- un apoyo en forma no sólo de comida, sino también de relación personal: no sólo visitarles, sino también invitarles a comer por las casas. Esto no sólo sería fácil para cualquier parroquia, sino que sería una forma magnífica de decir nuevamente a los hombres: “convertíos y creed en la Buena Nueva”.

[1] Algunos cristianos piensan que el Antiguo Testamento muestra un Dios lejano y vengativo, mientras que en el Nuevo Testamento se nos presentaría un Dios cercano y benevolente. Se trata de una herejía antigua.

[2] Sermón 259,4

[3] Ibidem

Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. Noli me tangere. Cuadro de Jerónimo Cósida
Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano!

Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo.

Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe». (1 Corintios 15, 1-14)

Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe

Cristo resucitado, fundamento de nuestra fe. Discípulos de Emaús. Cuadro de Jan Wildens

Ante la cruz todo parece venirse abajo. La muerte es el final del suplicio, pero también de toda esperanza. Es el “nosotros esperábamos” de los discípulos de Emaús.

Si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría ningún sentido. Podría acaso salvarse una forma heroica de ver la vida, una nueva moral muy generosa, pero está claro que no tendría ningún sentido una oración dirigida a Jesús y, por consiguiente, tampoco a María ni a ningún santo.

La dificultad no se salva argumentando que, como Cristo era Dios, continúa vivo. Porque, si bien es cierto que Dios no puede morir, eso haría de la Encarnación una especie de fingimiento no muy distinto del que predicaba el docetismo.

Cristo continúa presente en medio nuestro

El núcleo del cristianismo no es una moral, por muy sublime que ésta sea. Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. El núcleo del cristianismo es que Cristo continúa presente en medio de nosotros. Con una presencia real en la Eucaristía, pero también de manera espiritual pero no menos verdadera en nuestro interior. Cuando el cristiano ora, no mira hacia fuera, sino que entra en su interior y es allí donde se encuentra con el mismo Cristo. Los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte para que vivamos una Vida Nueva (Rom 6,3-4).

Jesús con María Magdalena. Cuadro de El Marco

Esa Vida Nueva consiste en encontrarse con Jesucristo y dejarle entrar en nuestra vida de modo que forme parte de ella y se convierta en presencia continua. Esto no significa necesariamente pasar el día rezando. Se trata más bien de una compañía constante, algo así como un continuo saber que Cristo está contigo. Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. El "hallar a Dios en todas las cosas" del que nos habla san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. 

Es evidente que vivir de este modo supone una determinada moral, pero poner la obligación moral por encima de la fe no puede ser sino motivo de amargura y no raras veces de soberbia. Por el contrario, la fe lleva a la alegría y a la humildad. A la alegría que nace de la confianza, porque el Amor de Dios no depende de mis méritos. A la humildad, porque uno se va haciendo cada vez más consciente de que con sus propias fuerzas no puede dar ni un solo paso, que cada vez que intentas hacer algo por tu cuenta, no haces sino meter la pata y que todo lo que eres o consigues hacer es un regalo de Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo.

Imagen animada de un árbol de navidad con sus luces parpadeando
¿Qué tiene que ver el misterio de la Encarnación con los abetos? Eso es otro misterio, ciertamente.

No voy a entrar en la cuestión de cómo se celebra hoy la Navidad. Eso es algo que todos sabemos. Hace muchos siglos, ante el dilema de suprimir o dar el cambiazo, la Iglesia decidió cristianizar unas fiestas paganas y hoy el paganismo ha recuperado lo que era suyo. Se trata únicamente de la fuerza de la gravedad: cuando las fuerzas que elevan el espíritu decaen, las cosas caen por la fuerza de su propio peso.

Y tampoco voy a entrar en el espíritu navideño que a algunos católicos les embargaba por estas fechas en forma de solidaridad transitoria, como de forma cruelmente sarcástica caricaturizó Berlanga en su película Plácido.

El misterio de la Encarnación

El misterio de la Encarnación. imagen animada en la que aparecen la Virgen y san José con el niño Jesús de quien salen unos rayos de luz parpadeantes. En contra de lo que pudiera parecer, al hablar de la Navidad lo fácil es explicar el contenido dogmático que encierra la fe en el misterio de la Encarnación. Decir que el Verbo de Dios se hizo carne, que la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre, ése es el gran dogma de nuestra fe, la seña de identidad del cristiano.

Decirlo es fácil. Creerlo no es fácil ni difícil: se cree o no se cree. Pero vivirlo... ¡ah! vivirlo. Eso es otro asunto.

Pero, ¿qué significa el Misterio de la Encarnación? Dicho de otro modo, ¿qué significa para nosotros este misterio de nuestra fe? ¿Qué diferencia hay entre creer únicamente que existe Dios y creer que Jesús de Nazaret es Dios?

Creer en Dios y no creer en la divinidad de Jesucristo es perfectamente compatible con tener una imagen de Dios cercano y preocupado por los hombres. Aunque sería un error olvidar la imagen concreta que de Dios nos transmiten los Evangelios. No ya como Padre, sino como "abba" (papá).

Hijos en el Hijo

Fragmento de la Creación del Mundo. Fresco de Miguel Ángel que se encuentra en la Capilla Sixtina. En el fragmento aparece únicamente Dios creador. Pero hay más. Con la Encarnación, la humanidad queda de algún modo santificada. Y digo "de algún modo" porque hoy en día circula de forma implícita una creencia ciertamente herética como si el hombre pudiera llegar a ser Dios. Hoy en día no existe debate teológico de ningún tipo. Las ideas no se afirman, solamente se sugieren y así uno queda indefenso ante ciertas corrientes.

Somos "hijos en el Hijo", lo que quiere decir que nadie es hijo fuera de Cristo. Y lo de ser "otros Cristos" tampoco significa la divinización del hombre, de ningún hombre y tampoco de la humanidad como tal. No es la divinización lo que nos enseña en Nuevo Testamento, sino la kénosis:

6Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
7al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
8se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

9Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
10de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
11y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.(Filp 2,6-11)

El seguimiento de Cristo

Cristo en el huerto de Getsemaní. Cuadro de Heinrich Hofmann. 1890.
Christ in the Garden of Gethsemane
Heinrich Hofmann, 1890

Éste es el Dios en el que creemos y, para ser "otro Cristo", no hay otro camino que la cruz: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24). Es el "aprendió sufriendo a obedecer" de Heb. 5,8. Así es Dios y no como nosotros nos lo imaginamos:

Es que Dios sabe muy bien que el día en que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal (Gn 3,5)

 

Perseus. Escultura de Antonio CanovaDe modo que la el Misterio de la Encarnación no es sólo ni fundamentalmente una lección acerca de la cercanía de Dios, sino más bien una lección acerca de quién es realmente Dios, de cómo es Dios. Justo lo contrario de cómo nos lo imaginamos nosotros.

«Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» (Mc 9,35)

 

Brotes. FotografíaCreer en Cristo es creer que solamente por Cristo, con Él y en Él podemos llegar a Dios. Y eso significa creer también que el Reino de Dios crece por la fuerza de Dios a partir de una semilla muchas veces invisible. La Evangelización es obra de Dios, no nuestra. Las técnicas de marketing están de más en la Iglesia. Y también están de más los métodos antiguos, tales como centrarse en la educación de las élites. Dios se manifiesta dónde y cómo quiere, generalmente donde menos pensamos.

Dios ha escogido más bien a los que el mundo tiene por necios para confundir a los sabios; y ha elegido a los débiles del mundo para confundir a los fuertes (1 Cor 1,27)