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Conocimiento interno del Señor. Dibujo a carboncillo del rostro de Jesús coronado de espinasConocimiento interno del Señor, es el encuentro de nuestro ser más íntimo con la persona misma del Resucitado. Es intimidad y es búsqueda. Es personal e intransferible. Va mucho más allá de la doctrina o de las prácticas religiosas. No es consuelo, sino aguijón y, sin embargo, es lo único que puede llenar nuestro corazón inquieto.

La búsqueda de Dios puede tomar muchas formas, aunque siempre debe ir acompañada de la búsqueda de la verdad.

Para quien ya es cristiano, esa búsqueda de Dios no puede ser otra que la búsqueda de Cristo. Alguien podría pensar que, quien ya es cristiano, ya se encontró con Cristo y no precisa buscar más.

Nada más lejos de la verdad. En primer lugar porque, salvo una experiencia como la de san Pablo, el encuentro con Cristo es siempre mediado. Y, por tanto, a medias mientras no haya un encuentro personal más allá del testimonio de otros. En segundo lugar porque el encuentro con Cristo, como todo encuentro personal, es siempre algo en proceso. Por ello, cuanto mayor es nuestro conocimiento interno del Señor, mayor es nuestra percepción de lo lejos que estamos de conocerle y de amarle.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE S. IGNACIO [1]

 

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son una forma no infalible, ni tampoco imprescindible, pero sí muy eficaz de alcanzar este conocimiento interno. Estoy hablando del mes de ejercicios.

Lo que san Ignacio pretende es recrear en lo posible la experiencia que los discípulos tuvieron con Jesús. El fruto de los ejercicios es el encuentro con Jesús de Nazaret. Una experiencia espiritual que, cuando se alcanza, deja huella. Este es el auténtico fruto de los ejercicios.

Tres son los lugares en los que san Ignacio habla del conocimiento interno.

Conocimiento interno de mis pecados

En la primera semana de ejercicios, san Ignacio nos propone tres coloquios. El primer coloquio será con Nuestra Señora, el segundo con el Hijo. Finalmente nuestra petición se dirigirá al Padre. En los tres coloquios la petición es siempre la misma: «conocimiento interno de mis pecados y aborrecimiento de ellos» (EE [63]).

Estos coloquios incluyen otras peticiones relacionadas con la anterior, por ejemplo «conocimiento del mundo». Pero no se vuelve a hablar de conocimiento interno.

Mirando en mi interior

¿Qué significa aquí la expresión «conocimiento interno»? El ejercitante pide luz para descubrir sus pecados, para no engañarse a sí mismo, para ver en su interior. Pero está  pidiendo mucho más.

Conocerse uno a sí mismo no es nada fácil. Reconocer las propias faltas es un ejercicio muy duro, que requiere una notable madurez y equilibrio afectivo. Derribar los mecanismos de defensa para dejarse curar por Dios es una gracia.

Pero lo que el ejercitante está pidiendo aquí va mucho más allá de este ejercicio ascético.

Mirando hacia Dios

Conocimiento interno. Fotografía del mural que preside las escaleras del colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)
Mural en el colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)

Porque no se trata de una introspección para descubrir mis faltas, mis defectos o las cosas que hago mal. Estamos hablando de «mis pecados». Y los pecados hacen siempre referencia a Dios. De modo que no puede haber «conocimiento interno de mis pecados» que no nazca del conocimiento interno del amor que  Dios me tiene.

Quien reconoce sus faltas está mirando hacia sí mismo. En cambio, el conocimiento interno de mis pecados es un acto de adoración y de amor a Dios. Mirar hacia las propias faltas puede llevar al rechazo hacia nosotros mismos. Presentar nuestras miserias ante Dios lleva al conocimiento interno de su Amor.

De esta manera, ya desde la primera semana, se viene preparando lo que culminará, como veremos, en la cuarta semana.

Conocimiento interno del Señor

El conocimiento interno del Señor es el eje sobre el que pivota la segunda semana de ejercicios.

Conocimiento interno. Para que mas le ame y le siga. Fotografía de unas huellasEsta semana comienza, a modo de introducción, con la contemplación del Rey Eternal (EE [91-100]). Inmediatamente después, comienza propiamente la segunda semana con la contemplación de la Encarnación. Y es ahí donde san Ignacio propone al ejercitante que comience pidiendo: «demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga» (EE [104]).

Tres preámbulos

Encontramos esta petición en el tercer preámbulo. En los dos preámbulos anteriores, el ejercitante habrá preparado la contemplación. Primero trayendo el contenido de la contemplación y después colocándose en situación: «contemplación, viendo el lugar».

El proceso, por lo tanto, es el siguiente: Primero los datos conocidos por el testimonio de otros. Segundo e importantísimo, yo formando parte de la escena. Finalmente el conocimiento interno, que ya no depende de mí y, por eso, no puedo hacer sino pedirlo.

El conocimiento interno no es obra de la inteligencia (primer preámbulo) ni de la voluntad (segundo preámbulo), sino que es gracia.

Para que más le ame y le siga

La petición de conocimiento interno tiene además un por qué y un para qué. Pido conocimiento interno del Señor «que por mí se ha hecho hombre». No se trata de un dato añadido, sino de la razón por la cual yo deseo conocerle y amarle: porque él me amó primero. Y es por esto que yo deseo a mi vez amarle y seguirle. «Para que más le ame y le siga». El conocimiento interno tiene por finalidad el amor, y un seguimiento que no es externo ni funcional, sino interno y personal. Se trata de conocerle tan íntimamente que su persona sea reconocible en la nuestra.

Conocimiento interno de tanto bien recibido

En la cuarta semana de ejercicios, encontramos la tercera petición de conocimiento interno. Aquí, conocimiento interno de nuestra profunda deuda para con Dios. Este conocimiento nos llevará al reconocimiento amoroso hacia nuestro Creador.

El segundo preámbulo de la contemplación para alcanzar amor es: «pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad» EE [233].

La contemplación comienza con la composición de lugar, que consiste en hacerme consciente de que estoy en la presencia de Dios nuestro Señor. Este Señor es el Resucitado y aparece rodeado de los ángeles y de los santos, que interceden por mí. Estoy ante el Cristo total.

En este contexto, el ejercitante pedirá conocimiento interno de tanto bien recibido. En los cuatro puntos de los que consta la contemplación (EE [234-237]), san Ignacio se encarga de enumerar la multitud de dones recibidos.

El inmenso gozo de sabernos creaturas

La composición nos ayuda a entender el sentido que tiene el conocimiento interno en este contexto. El conocimiento interno es conocimiento ante la presencia de Dios. ¿Quién no se ha sentido muchas veces feliz ante cualquier hecho o circunstancia? Dar gracias a la vida es un ejercicio muy sano, que nos esponja el corazón. Pero el conocimiento interno va más allá.

El conocimiento interno es penetración de la realidad a la luz de la fe. El conocimiento interno de los bienes recibidos es experimentar en lo más profundo de nuestro ser que todo se lo debemos a Dios. Es el reconocimiento, no teórico sino actual, de nuestra condición de creaturas. Es sabernos totalmente dependientes de Dios, saber que somos suyos, de modo que deseemos con toda el alma «en todo amar y servir».

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO

 

Sentir y gustar de las cosas internamente

San Ignacio comienza el libro de los ejercicios espirituales con unas anotaciones. En ellas indica a quien da los ejercicios que no se extienda en la predicación. La razón que da para ello es que «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» EE [2].

Este sentir y gustar internamente equivale al conocimiento interno. Para san Ignacio, el conocimiento interno del Señor equivale a conocimiento personal. Es sentir y gustar de su presencia. El conocimiento interno es alimentado por el amor recíproco. Es el conocimiento que nace del trato, del encuentro y de la experiencia.

El conocimiento interno va tomando cuerpo por medio de la oración personal, a la luz de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios.

Por eso, es muy significativo que a quien da los ejercicios se le diga textualmente: «discurriendo solamente por los puntos con breve o sumaria declaración». Porque es de mucho más fruto espiritual que el ejercitante descubra por sí mismo (por su propio raciocinio o por virtud divina) el sentido de la historia.

Cuando el director de ejercicios se explaya en exceso, se está interponiendo entre el Señor y el ejercitante. Su labor es ir guiando, pero dejando que sea el ejercitante quien realice su propia oración. El conocimiento interno es el que nace de dentro. El predicador puede aumentar nuestro conocimiento intelectual. También puede encender el sentimiento religioso. Pero el único que puede alcanzarnos el conocimiento interno es el Señor mismo.

Conocer en nuestro interior

El conocimiento interno del Señor es en primer lugar conocimiento que se realiza desde la fe, desde lo más íntimo de nosotros mismos.

El conocimiento interno nace del amor

Conocimiento interno del Señor. Dibujo de un corazón grande que representa a Cristo y, dentro de él, un corazón enamorado que nos representa a nosotros.
Conocimiento interno del Señor

Para alcanzar el conocimiento interno del Señor son de mucha ayuda el estudio y la profundización teológica. Pero no son imprescindibles y, desde luego, no son suficientes. Podría decirse que el conocimiento interno nace del amor y poco amor demuestra quien no busca conocer de todas las formas posibles. Pero el conocimiento interno solamente se puede alcanzar mediante la oración, mediante el trato íntimo con el Señor.

El conocimiento interno es un don que hay que pedir y que se da únicamente en la entrega de la propia persona. Se percibe en el alma, pero nace del ver y el escuchar, oler, palpar. Sentir y gustar. El conocimiento interno no es aceptación de una doctrina, sino enamoramiento.

El conocimiento interno del Señor nos mueve a su búsqueda

Conocimiento interno es intuición. Es ese percibir que nace de la convivencia. Es esa sintonía que nace de la amistad, cuando las palabras sobran. De ahí viene el reconocimiento que nos capacita para distinguir dónde está Cristo y dónde no. En eso consiste el discernimiento, que va mucho más allá de la elección de estado. El discernimiento es un estado que para san Ignacio fue permanente. En todo amar y servir supone una actitud de perpetuo discernimiento.

El conocimiento interno es amar a Cristo con toda el alma, y supone una actitud de alerta continua. Porque el conocimiento interno es un don. Sabiendo, además, que con gran facilidad podemos ser engañados. Unas veces conformándonos con muy poco (tentaciones de primera semana). Otras veces proyectando nuestros deseos sobre la realidad (tentaciones de segunda semana).

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

El conocimiento interno es conocimiento desde nuestro interior, pero es también conocimiento del interior del propio Cristo.

Esto último parece extraordinaria osadía. Sin embargo, seguir a Cristo supone conocerle en la profundidad de su persona. No hay verdadero seguimiento si no hay conocimiento interno.

Conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle

Seguir a Cristo no es imitar exteriormente sus acciones. Tampoco es seguir su doctrina. Y, contra lo que algunas formas de espiritualidad practican, tampoco es obedecer a una persona. Ni que sea el director espiritual. Seguir a Cristo es identificarse con él, sentir como él, ser otro Cristo. Por ello, el conocimiento verdadero de Cristo ha de ser conocimiento interno. Conocimiento de su persona, de sus “por qués”, como observa Santiago Arzubialde [2]. No conocemos a alguien hasta que no somos capaces de intuir por qué actúa del modo en el que lo hace.

Imitar a Jesús puede ser muy meritorio, pero no dejaría de ser una caricatura. Jesús actuó del modo en que lo hizo, porque esa fue la voluntad del Padre en las circunstancias concretas que le tocó vivir. Seguir a Jesús es ser dóciles al Padre como él lo fue.

Seguir la doctrina de Jesús parece algo más realista. Lo parece. Porque la doctrina que nos muestran los Evangelios es de imposible cumplimiento con las solas fuerzas humanas. Así pues, sin el conocimiento interno de Cristo, tenemos de nuevo una caricatura. Porque el único mandamiento de Cristo es el mandato del amor. Y es el amor el único que puede guiar nuestros pasos.

De ahí la petición de «conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga». Un conocimiento interno que solo es posible a través de la oración. Amor y seguimiento que es amor al Padre y entrega de la vida en sus manos.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LA VIDA DEL CRISTIANO

 

Muchos cristianos salen de ejercicios identificando erróneamente el fruto de los ejercicios con los «propósitos» de ejercicios. Nunca están mal los buenos propósitos, pero son más propios de la Nochevieja que de la experiencia de ejercicios.

El fruto de los ejercicios es la experiencia en sí misma. El encuentro del Señor, cuando es genuino, deja huella. Si en ejercicios nuestra oración se ha quedado en la superficie, poco durará en nosotros la consolación que hayamos creído tener. Pero si hemos alcanzado algún conocimiento interno, este es perdurable.

En cualquier caso, existe una diferencia cualitativa entre la vida de fe que nace del conocimiento interno y la vida de fe que se alimenta por medio de terceros. Esto no significa que unos y otros no puedan alcanzar el mismo grado de santidad. De hecho, la santidad se mide en términos de fidelidad. El conocimiento interno es un don, y «a quien mucho fue dado, mucho será demandado» (Lc 12,48). Pero sí da lugar a dos modos totalmente distintos de experimentar la pertenencia a la Iglesia. Y ello tiene importantes consecuencias, especialmente cuando se vive en una sociedad desacralizada como la nuestra.

El conocimiento interno requiere una vida de oración

El conocimiento interno del Señor, es conocimiento personal, relación personal con él. Y la oración es justamente esto.

¿Qué es oración?

Ahora bien, ¿qué es oración? Porque es un hecho que, muchas veces, la oración no nos lleva al conocimiento interno. Lo primero que nos viene a la mente es la parábola del fariseo y el publicano. El publicano volvió justificado, porque puso en las manos de Dios su realidad. Podríamos decir que tuvo conocimiento interno de sus pecados.

¿Qué hizo de malo el fariseo? Dio gracias a Dios y no mintió al enumerar todas las cosas buenas que había hecho. Pero juzgó a los demás y se tuvo por superior a ellos. De este modo se atribuyó a sí mismo el mérito de sus buenas obras y, por consiguiente, no fue del todo sincero al dar gracias a Dios. Aún peor, no se dejó interpelar por Dios. Habló y habló, pero no escuchó. Si hubiera tenido una actitud de escucha, su oración hubiera virado en algún momento y se hubiera convertido en acto de contrición.

Esto no significa que toda oración sincera tenga que tener la forma de petición de perdón. Lo imprescindible de la oración es el reconocimiento de que todo se lo debemos a Dios. Y no menos importante es la actitud de escucha. Por eso Jesús dice a sus discípulos que no utilicen muchas palabras como hacen los paganos. Porque, cuando hablamos mucho, la oración se convierte en un monólogo.

El silencio de Dios

Y aquí nos encontramos con lo que muchos llaman el «silencio de Dios». Cuando pedimos a Dios y él parece no escuchar. Cuando tenemos que tomar una decisión y nos gustaría que nos dijese con claridad lo que espera de nosotros.

En los salmos vemos que lo que la oración transforma es ante todo al orante. Podemos observar cómo los salmos de petición comienzan con el salmista al borde del abismo y terminan dando gracias a Dios. Así nos sucede también a nosotros.

Dios se vale de nuestras necesidades para realizar su pedagogía. Lo que la oración realiza en nosotros es, ante todo, un cambio radical de perspectiva.

La oración nos hace ver la realidad con los ojos de Dios. No estoy hablando de resignación, sino de esperanza. En nuestra vida, sucede con frecuencia que los árboles no nos dejan ver el bosque. Carecemos de perspectiva y de paciencia. La oración contextualiza nuestra realidad, haciendo que experimentemos nuestra vida en las manos de Dios. Hablo de experiencia, no de doctrina. No se trata de decirnos a nosotros mismos que nuestra vida está en las manos de Dios. El sentir y gustar de las cosas internamente es experiencia y es gracia.

En el caso más extremo, encontramos la oración de Jesús en el Huerto: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Conocimiento interno del Señor y discernimiento

No hay conocimiento interno del Señor sin discernimiento. Porque el conocimiento interno del Señor no es algo que se consiga de una vez y para siempre. Por eso es necesario estar muy atentos para discernir dónde está el Señor y dónde no.

Conocimiento interno. Discernimiento. Foto de una lupa como símbolo de búsquedaAlgunas veces es relativamente sencillo descubrir dónde «no» está el Señor, pero con frecuencia podemos creer que seguimos al Señor cuando, en realidad, estamos siguiendo nuestras propias inclinaciones [3].

También puede suceder que, de forma autónoma o por indicación de otros, estemos viviendo una vida que no es la nuestra. Por eso, el discernimiento debe hacerlo cada uno personalmente ante Dios. Nadie puede suplirnos en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre nosotros.

Para el encuentro con Cristo no hay recetas. Existen unas normas morales que son para todos, pero seguir a Cristo es mucho más que una ética. El consejo de personas espirituales es siempre bienvenido e incluso necesario, pero el conocimiento interno es personal e intransferible. Cada cual debe encontrar la voluntad de Dios en cada instante de su vida. Esto exige un continuo abrir nuestro corazón a Cristo.

No solo en las grandes decisiones. Las grandes decisiones están condicionadas por lo que somos. Y lo que somos viene dado por esas pequeñas decisiones que hemos ido tomando a lo largo de toda nuestra vida.

Pobreza con Cristo pobre

El conocimiento interno del Señor lleva al amor. El amor lleva al deseo de seguirle. Y el deseo de seguirle va indefectiblemente unido al deseo de parecernos más a él.

La pobreza no es un fin, pero ayuda

Esta pobreza no debe ser entendida como forma de imitación externa de una determinada situación socioeconómica.

La pobreza no es un fin, pero ayuda. Hoy en día, antes siquiera de comenzar a trabajar en cualquier cosa (también en lo pastoral), lo primero que se mira son los medios materiales. Esto, que parece razonable para un partido político, es letal para la Iglesia. Al corazón de las personas no se llega con grandes templos, ni con emisoras de televisión, sino con nuestra entrega, nuestra fe, nuestro amor y con el ejemplo de nuestra vida.

Seguir a Cristo hasta la cruz

San Ignacio no nos invita a abrazar la pobreza sin más, sino «pobreza con Cristo pobre», que no es lo mismo. Se trata de seguir a Cristo hasta la cruz. Por eso san Ignacio va más allá. El texto ignaciano dice así:

«… por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente de este mundo» (Tercera manera de humildad, EE [167]).

Esto subvierte los criterios mundanos que son una tentación constante para la Iglesia.

Conocimiento interno. Pobreza con Cristo pobre. Fotografía de la iglesia del Carmen en Cercedilla (Madrid)
Iglesia del Carmen - Cercedilla

¿Dónde está Cristo? ¿En la prudencia o en el amor? ¿Acaso en las comunidades pobres que no tienen ni templo o en las parroquias ricas que, cuando tienen goteras en alguno de sus edificios, echan el templo abajo y lo vuelven a construir? ¿En los excelentísimos y reverendísimos señores o en algunas de esas ancianas en quienes nadie repara?

Para concluir

El conocimiento interno del Señor es ese conocimiento del que el Señor dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeñitos» (Lc 10,21).

Los pequeñitos no son los niños. Tampoco son, sin más, la gente sencilla. Los pequeñitos son todos aquellos que tienen conocimiento interno de su realidad de creaturas. Que sienten y gustan interiormente que su vida dependa enteramente de Dios. Y esto, obviamente, es mucho más fácil para aquellos cuyo único valedor es Dios.

El conocimiento interno del Señor es el Señor mismo que se entrega a quienes se saben pequeños [4]. Que lo saben de verdad, no de boquilla;  y que lo viven con gozo, no deseando que sea de otra forma.

Conocimiento interno del Señor es ante todo experiencia del Señor. Y esta experiencia del Señor lleva consigo ver la realidad con los ojos de la fe. Es ver el mundo y a nosotros mismos con los ojos de Dios.

El conocimiento interno del Señor lleva a una continua acción de gracias. Por aquello que nos agrada, y también por lo que no nos agrada (cf. Rom 8,28)

NOTAS

[1] El texto de los ejercicios espirituales de san Ignacio pueden encontrarlo en la página de descarga gratis.

[2] ARZUBIALDE, Santiago, Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Historia y Análisis, Mensajero-Sal Terrae (Bilbao-Santander, 1991) pp. 284-285.

[3] San Ignacio pone un ejemplo muy inocente, pero muy gráfico de su propia vida. Cuando era estudiante, tenía dificultades con el latín. Durante un tiempo observó que le invadía un repentino fervor cada vez que se ponía a estudiar. Entonces llegó a la conclusión de que ese fervor no venía de Dios, sino que era tentación. El encuentro con Cristo se da en cumplir su voluntad, que en este caso era que estudiase.

[4] Es importante señalar que este ser y sabernos pequeños no tiene nada que ver con ciertas actitudes que algunas veces se ven -o se esperan- en la Iglesia. El conocimiento interno es todo lo contrario de la pusilanimidad. El conocimiento interno del Señor da una fuerza extraordinaria. Aquella misma fuerza que el Resucitado infundió en los Apóstoles. Al mismo tiempo, la entrega de la propia vida en las manos de Dios nos da la fuerza para no dejarnos llevar por modas ni conveniencias de hombre alguno.

El clero católico actual acepta –o dice aceptar- el Depósito de la fe como un todo indiscutido. Sin embargo, la mayoría de las veces se guarda ante los dogmas un silencio que no ayuda en nada a la vida de la fe. Algunos dogmas, como el del pecado original, prácticamente ni se menciona.

La fe enriquece la espiritualidad en la medida en que es asimilada. Por el contrario, los contenidos de la fe suelen atragantarse cuando son simplemente engullidos.

El silencio de los pastores

Dibujo que representa un emoticón silbandoPor otra parte, este silencio no siempre supone una aceptación implícita –lo que se ha llamado “la fe del carbonero”. Todo lo contrario. Pocos se atreven a negar abierta y públicamente un dogma, pero el clero ha dejado de hablar de los dogmas. Se lanza de este modo un mensaje subliminal cuanto menos de intrascendencia.

Cuadro anónimo del siglo XVI, que representa un aula de la Universidad de SalamancaNo ha sido así siempre. Hubo un tiempo en el que a nadie se le hubiera podido pasar por la cabeza que algún día la jerarquía eclesial estaría más pendiente de nadar y guardar la ropa que de transmitir la fe. Hubo un tiempo en el que los teólogos debatían acaloradamente sobre diversas cuestiones, por espinosas que fueran. Dichas cuestiones eran zanjadas finalmente por el Papa generalmente en un concilio. No inmediatamente, sino mucho tiempo después. Siglos incluso.

Hoy en día no existe debate alguno en materia de Teología dogmática. Si acaso –y con muchísimo tiento- se dejan caer comentarios diversos sobre algunas cuestiones morales. Recordemos el “¿quién soy yo para juzgar?” En boca del máximo representante de la Iglesia, esto suena más a escaqueo que a benevolencia. Es cierto que Cristo no vino a juzgar, pero una cosa es no juzgar y otra no dar respuestas.

Dibujo de un hombre mirando un poste con flechas en todas direcciones. El hombre se está rascando la cabeza sobre la que tiene un signo de interrogación. El dibujo representa de forma simbólica la desorientación de quien no sabe por dónde tirarCuando los pastores guardan silencio ante determinadas cuestiones, los fieles quedan huérfanos de cualquier explicación que resuelva sus dudas. Cada cual queda así abandonado a su suerte. El resultado es que a muchos laicos piadosos les aterroriza reflexionar sobre su fe. Otros buscan por su cuenta alguna justificación con la cual tranquilizar su espíritu. Finalmente los más, sencillamente dejan de creer en según qué cosas.

No hace falta añadir que, cuando uno deja de creer en algunas verdades de su fe, corre el riesgo de terminar relativizándolas todas.

EL PECADO ORIGINAL

Especial dificultad ofrece actualmente el dogma del pecado original. No hay más que ver que –excepción hecha de una breve alocución de Benedicto XVI- no se habla de él prácticamente para nada.

La dificultad no viene únicamente de la teoría de la evolución como teoría científica, sino también y no en menor medida, de la corriente de pensamiento asociada, según la cual el mal no sería sino la consecuencia lógica de una naturaleza inacabada.

1. El dogma del pecado original en la historia de los documentos oficiales

En el Denzinger

Pecado original. Cuadro de TizianoEl dogma del pecado original se centra en explicar:

  1. Que el sufrimiento y la muerte son consecuencia directa del pecado de Adán y Eva (D 101-102)
  2. Que dicho pecado se transmite a todos los descendientes de esta primera pareja. “(…) por propagación, no por imitación” (D 790). El pecado es, por así decir, heredado genéticamente (D 109a; D 175) de la misma forma que genéticamente heredamos nuestra condición de seres mortales. Ambas cosas están directamente relacionadas.
  3. Que el pecado original no puede ser borrado sino gracias a Jesucristo y por medio del Bautismo (D 791-792). Si por el pecado vino la muerte, por el Bautismo –es decir, por la incorporación al Cuerpo de Cristo- viene la promesa de la Vida Eterna (cf. Rom 5,12-21; 6,4; Rom 8,17; Gal 3,27; Ef 4,22ss; Jn 1,29; 3,5; etc).

Expulsión de Adán y Eva del paraíso. Cuadro de Aureliano MilaniEn ninguno de los textos que figuran en el Denzinger (en la primera versión, que es la que citamos aquí, que llega únicamente hasta Pío XII) se explica en qué consiste el pecado original más allá de reproducir el texto del Génesis. Lo importante para la fe de la Iglesia no es saber en qué consistió el pecado, sino saber que los hombres estaban destinados a una vida dichosa y ellos –inducidos por Lucifer- se labraron para sí mismos y para sus descendientes el sufrimiento y la muerte.

En el Catecismo de la Iglesia católica

Hay que decir, no obstante, que el Catecismo de la Iglesia Católica, sí dice en qué consiste dicho pecado:

«El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (Cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (Cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad».(n. 397).

El pecado comienza allí donde la creatura deja de confiar en su creador. La desobediencia es consecuencia lógica de la desconfianza.

«Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.» (Gn 3,4).

La serpiente siembra la duda en la mujer, sugiriendo mala intención en el mandato divino. Éste es el pecado original. El que está en el origen de todo pecado, también de nuestros pecados personales. Allí donde la creatura toma distancia frente a Dios, desconfía de él procurando una falsa autonomía, ahí está negando su propio ser, lo que viene a resultar en su autodestrucción.

2. El pecado original. Dificultades de los textos

Los textos que sustentan el dogma del pecado original [PECADO ORIGINAL (textos Denzinger)] ofrecen dificultades que, aunque hoy por hoy no hayan sido resueltas, haríamos mal en fingir que no existen. Veamos algunas de las más importantes:

a) El pecado original. Dificultades antiguas

El hombre fue creado inmortal no sólo en el alma, sino también en el cuerpo

La muerte es consecuencia del pecado: “Quienquiera que dijere que el primer hombre, Adán, fue creado mortal, de suerte que tanto si pecaba como si no pecaba tenía que morir en el cuerpo, es decir, que saldría del cuerpo no por castigo del pecado, sino por necesidad de la naturaleza, sea anatema” (XVI Concilio de Cartago, año 418. D 101).

El pecado original es “transmitido a toda alma (…) por descendencia” (D 109a)

Forma parte de la fe de la Iglesia que el alma de cada uno de nosotros es creada por Dios de la nada (D 348) en el momento de la generación. Así pues el pecado, que es algo propio del alma, viene transmitido por la generaDibujo que representa un gen modificado por el pecado original. Es un ejemplo para que se vea gráficamente cómo el pecado original modifica la naturaleza de todo hombre. Esto no tiene nada que ver con la culpa.ción del cuerpo.

Esta cuestión es abordada por Santo Tomás de Aquino, dando una respuesta muy sugestiva en la buena dirección. Comienza introduciendo una pregunta que en un primer momento parece totalmente innecesaria: ¿qué pasaría si un hombre naciera de otro, pero no del modo habitual, sino a partir de alguno de sus miembros (una especie de clonación milagrosa)?

La respuesta del Aquinate es que este hombre no nacería con el pecado original, porque –y aquí está lo importante- lo que genera el pecado no es la carne pecadora, sino la intervención humana. Cuando el hombre interviene en la generación, transmite el pecado original. Esto no sucedería si un hombre naciese de otro hombre de una forma milagrosa, porque entonces el hombre no sería causa de dicha generación (cf. Suma Teológica I-II, q. 81 a. 4). Obsérvese que, según este razonamiento, el argumento se basa en que la generación es un acto humano y no, como alguna vez se ha interpretado, en una supuesta “suciedad” asociada al sexo.

b) El pecado original. Una dificultad nueva

Dibujo que representa la teoría de la evoluciónLa fe en el dogma del pecado original se encuentra fundamentada en una narración según la cual todos descendemos de una única pareja humana. Suponer la existencia de diversas familias humanas de orígenes distintos pondría en entredicho bien el hecho mismo del pecado original, bien el libre albedrío del hombre. No se puede sostener simultáneamente que hubo muchas parejas incomunicadas y que todas pecaron “necesariamente”. Como mucho se podría suponer la existencia de una familia, tribu o pueblo que pecaran de manera solidaria, pero esta suposición, además de ser totalmente gratuita, nos dejaría exactamente en el mismo punto que una aceptación literal del texto del Génesis.

3. El ser humano tal y como lo conocemos

El Génesis es un libro de teología y el relato del Pecado original explica por qué el hombre, a pesar de ser creatura de Dios, lleva en sus genes la maldad.

Cuadro moderno en el que se ve sobre todo un incendio, pero también un combatiente, un tanque y una calavera. Representa la guerra.Porque la existencia del pecado es un hecho. No tenemos más que echar una ojeada en derredor. Es un hecho que el mal moral existe. No es necesario recordar todas las atrocidades que vemos cada día en las noticias.

El ser humano tiene una tendencia innata al mal. Esto es algo que queda patente observando el comportamiento de los niños. No sólo nacemos egoístas (“yo, yo, mío, mío”), sino también presas de la soberbia y de la ira (rabietas y agresividad desde bien pequeños). Crueles incluso. Lo bien que se lo pasan algunos angelitos torturando insectos y, pocos años después, matando pájaros o, directamente, haciendo la vida imposible a algún compañero de clase.

Dibujo de un niño detrás de una alambrada. El niño dice: "No sé si tengo poco sentido del humor o ellos poca vergüenza, pero llamar a esto campo de refugiados es una cruel ironía"Es importante subrayar que hay en esto algo profundamente escandaloso. ¿Cómo es posible que Dios, que fue creando todo y fue viendo que todo “estaba bien”, se estrellase justamente al llegar a lo que se supone que era la cumbre de su obra? Somos creaturas de Dios y atribuir a Dios nuestra maldad sería la peor de las blasfemias.

Así pues, el pecado original es –antes que nada- una explicación teológica de esa maldad que habita en nosotros. No el mal que cometemos consciente y deliberadamente como fruto de nuestro libre albedrío, sino aquélla maldad que está alojada en el fondo de nuestro corazón y nos arrastra hacia el mal incluso cuando no queremos (cf. Rom 7,19). Esa maldad nos viene de nacimiento, pero no puede ser obra de Dios, sino de alguien que desfiguró lo que Dios tenía planeado que fuera.

LA SALVACIÓN EN CRISTO

Leyendo los textos de referencia acerca del dogma del pecado original comprobamos que la mayoría se centran, no en el pecado, sino en la gracia que nos viene por Cristo.

1. La Providencia divina tiene siempre la última palabra

Que el mal es una realidad, no hay como negarlo. Ahora bien, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento encontramos sombra alguna de dualismo. El bien y el mal no son dos principios equiparables.

La Iglesia tampoco acepta el monismo moderno que sostiene algo así como un principio a la vez bueno y malo en todas las cosas. Solamente hay un principio, Dios y de él procede todo bien en un doble sentido: todo lo que Dios ha hecho está bien y todo lo que está bien procede de Dios.

El mal no es un principio creador. El mal tiene su origen en la libre decisión de aquellas creaturas que, pudiendo elegir entre el bien y el mal, decidieron rebelarse contra Dios.

En cualquier caso, el mal no tiene nunca la última palabra. Los malos hacen muchas cosas contra la voluntad de Dios, pero Dios utiliza ese mal para sus fines buenos (San Agustín, La Ciudad de Dios, XXII,1-2).

2. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia

Fotografía de la Piedad. Escultura de Miguel Ángel

Nos limitaremos aquí a hacer una breve síntesis de aquellos textos del Denzinger en los que se habla de la gracia en relación con el pecado original.

Nadie se salva si no es por medio de Nuestro Señor Jesucristo

  • El deseo del bautismo no es fruto del libre albedrío, sino de la generosidad de Cristo (D 199).
  • El pecado original se quita por los méritos del sólo mediador Nuestro Señor Jesucristo (D 790).

El pecado original se perdona por medio del sacramento del bautismo

  • Por la muerte de Cristo se rompe esa cédula de muerte y por el bautismo somos liberados (D 109 a).
  • «(…) por el sacramento del bautismo, rubricado por la sangre de Cristo, se perdona la culpa y se llega también al reino de los cielos, cuya puerta abrió misericordiosamente a todos los fieles la sangre de Cristo» (D 410).
  • A propósito del bautismo de los niños, leemos: «El [pecado] original, pues, que se contrae sin consentimiento, sin consentimiento se perdona en virtud del sacramento» (D 410).

En la vida del cristiano todo es don de Dios, regalo inmerecido, gracia

  • El Espíritu Santo es el artífice, no sólo de que sean perdonados nuestros pecados, sino que también obra en nuestra voluntad el deseo de que esto suceda (D 177).
  • Ni llegar a la fe, ni nuestro aumento de fe, si siquiera desear la fe es obra nuestra (D 178).
  • Todo bien que hay en los hombres viene de Dios (D 195)
  • Amar a Dios es un don de Dios (D 198; D 199).
  • Nadie se salva, sino por la misericordia de Dios y esto hubiera sido así incluso aunque no hubiera habido pecado original (D 192). Esto es importante. La gracia de Dios hubiera sido en cualquier caso necesaria, más aún después de la caída.

Terminamos con un texto del II Concilio de Orange que resume de modo admirable lo que supone la gracia de Dios en la vida del creyente:

«También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero —sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte— la fe y el amor a Él, para que busquemos fielmente el sacramento del bautismo, y para que después del bautismo, con ayuda suya, podamos cumplir lo que a Él agrada» (D 200).

Fotografía de un gato adulto tumbado sobre los brazos de una persona. El gato está en posición supina, cosa que en un gato significa confianza total y, además, está con las patas delanteras dobladas en una postura que refuerza el lenguaje corporal de confianza. Todo lo bueno que hacemos es, de principio a fin, obra de Dios. Él es quien inspira y es él quien sustenta. Esto debería ser para nosotros motivo de enorme alegría y paz. No hay lugar para ciertas actitudes de agobio que se observan en algunas personas piadosas. Lo único que podemos hacer nosotros es reconocer, agradecer, pedir para que nos dejemos hacer… a sabiendas de que todo está en las manos de Dios.

Espiritualidad cristiana y ecología

Espiritualidad cristiana y ecología. ¿Qué relación existe entre ambas? La respuesta es doble. Por un lado, es evidente que la fe en un Dios creador nos lleva a amar la naturaleza. Como obra suya que es, no podemos sino dar a Dios gracias por ella. Por otro lado, la Iglesia nunca ha visto con buenos ojos por ejemplo el amor a los animales. La teología católica ha encumbrado al hombre en oposición a la naturaleza. Como si la redención fuera un acto excluyente. Cometiendo el error de plantearse la relación del hombre con la naturaleza como si se tratase de dos realidades independientes. Por eso, es tan importante el giro que ha dado el Papa Francisco con su encíclica "Laudato si".

En ella, el Papa nos dice que, en la naturaleza, todo está interrelacionado. Los seres humanos –a pesar de nuestra especificidad- no estamos fuera de la naturaleza, sino que formamos parte de ella. El cuidado de la naturaleza, la justicia hacia los pobres y la paz interior son realidades inseparables. Utilizar la naturaleza como objeto de uso y dominio lleva consigo la exclusión de los pobres y nuestro propio empobrecimiento humano y espiritual. Por otra parte, los cristianos tenemos una ineludible obligación hacia la creación y sabemos, además, que Cristo, por su resurrección, envuelve misteriosamente todas las cosas y las orienta a un futuro de plenitud.
Estas tres realidades forman un círculo que se opone a la "cultura del descarte" (números 16, 22, 43 y 123). ¿Qué es la cultura del descarte y por qué dicha cultura está socavando los pilares de la sociedad humana?

La cultura del descarte

Fotografía de un pobre tumbado sobre el suelo
Espiritualidad cristiana y ecología

La cultura del descarte parte de la base de que la naturaleza es ilimitada y el hombre su dueño absoluto. Aquí tenemos ya tres falsedades y no dos como pudiera parecer. En primer lugar, cada vez se hace más evidente que la naturaleza no es ilimitada. Los recursos son finitos y hay que economizarlos. En segundo lugar, tampoco es cierto que el hombre sea el dueño absoluto de la naturaleza. El mandato del Génesis (Gen 1,28) significa el uso y disfrute de todo lo necesario para la vida humana, no su malversación por parte de algunos. Y aquí está la tercera falsedad. Los derechos que teóricamente se proclaman para "todos los seres humanos", son negados sistemáticamente en la práctica. Así, por ejemplo, cuando los telediarios han hablado de "víctimas" por un lado y de "daños colaterales" por otro.

La cultura del descarte es lo opuesto al reciclaje, pero va mucho más allá, convirtiendo TODO en objeto de usar y tirar. Consecuencia de esto son los mares invadidos por las omnipresentes bolsas de plástico. Bolsas que antes se regalaban y ahora te las cobran, pero que se siguen usando igual. O los vidrios que tiras al contenedor correspondiente, pero que a nadie se le ocurre reutilizar. ¿Por qué romperlas en lugar de devolver el casco como se hacía antes? En todo caso continuamos hablando de "cosas". Pero ¿qué pasa con los desaprensivos que abandonan a sus animales? Esto es también cultura del descarte. El perro perdió el olfato o, simplemente, perdió la gracia. Y se le "descarta". De ahí a descartar a la abuela hay sólo un paso. Aunque algo bueno ha tenido la crisis: por la fuerza de la necesidad, muchos están "reciclando" a sus mayores.

África, continente descartado

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Esta forma de vivir que afecta a las personas de forma individual muestra su lado más cruel en las relaciones internacionales. De hecho, África se ha vuelto el continente descartado. Muy poco sabemos de las guerras que ha habido y continúa habiendo en el África subsahariana. Para los mass-media África sencillamente no existe. La sensibilidad que el mercado bursátil muestra desde Tokio hasta Wall Street cuando en el mundo se da la más mínima contingencia contrasta vivamente con su nula reacción ante cualquier atrocidad que pueda suceder en África: las bolsas ni se inmutan.

Sabemos únicamente de los náufragos que cada día llegan a nuestras fronteras. Y, de estos, ni siquiera sabemos sus países de procedencia y mucho menos las razones de su viaje. Damos por hecho que todos lo hacen por motivos económicos. Nadie nos informa y, a decir verdad, esta ignorancia no nos quita el sueño.

Así es que descartamos las bolsas de plástico, descartamos los animales cuando nos hartamos de ellos, descartamos a la gente que no produce -recordemos en qué ha quedado en términos reales la ley de dependencia- y, ya puestos, descartamos a la mayoría de la humanidad.

La paz interior

Y, ¿cómo encaja todo esto con lo de la paz interior? Cuando la conciencia se adormece, el interior se apacigua y el personal se queda tan oreado. No hay más que ver el desparpajo de algunos a quienes se les debería caer la cara de vergüenza y, en cambio, se permiten el lujo de dar lecciones de decencia por televisión. ¿Cómo relaciona el Papa lo de la paz interior con las otras dos cuestiones? La impresión es que, en la encíclica, este tercer aspecto no está tan trabajado como lo anterior. No obstante, fundamentándome en lo que leemos en el número 225, parece evidente que la paz interior a la que el Papa se refiere va mucho más allá de la tranquilidad de conciencia que da una actuación honesta (o, en su caso, la deshonestidad crónica).

Consolación ignaciana

Aventurando una hipótesis, pienso que la paz de la que habla Francisco I tiene mucho más que ver con el significado que en la espiritualidad ignaciana [1] tiene la palabra "paz" como sinónimo de "consolación" y que está mucho más relacionado con el amor a Dios que con la ausencia de remordimientos.

Esa paz no nace de uno mismo, sino de ver a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios. Lo que se opone a esta paz es justamente el deseo irrefrenable (que S. Ignacio llama "afección desordenada") de poseer algo que de suyo puede ser bueno, pero a lo que nos aferramos de manera irracional.

La paz interior como fruto de la libertad

La "paz interior" se entendería entonces como fruto de la libertad de quien usa de las cosas sin sentirse dueño de ellas. En este sentido, ciertamente, se cierra el círculo: "respeto a la naturaleza - justicia ante los pobres - paz interior".

Letrero que dice así: "No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. (Mateo 10,34-36).
Espiritualidad cristiana y ecología

Esta paz interior es el mayor bien que el ser humano puede alcanzar, aquello que le confiere la profundidad de lo verdaderamente humano. No debe ser confundida con el conformismo de quien no aspira a nada, porque no espera nada de la vida. Tampoco es la actitud del vago que sopesa cuánto le costará alcanzar sus metas y decide abandonar. La paz interior es una paz activa, una paz en lucha, una paz frecuentemente perseguida.

En la medida en que perdemos esta paz interior, nuestras relaciones con las cosas y con los demás se vuelven más y más superficiales hasta llegar a incapacitarnos cualquier experiencia verdaderamente humana. Por ejemplo, algo tan genuino -y aparentemente tan cotidiano- como la amistad se queda en mero compadreo cuando no en puro interés.

La paz interior es fruto de un corazón sincero y, en muchos casos, fruto también de la madurez humana (lo que define la verdadera sabiduría, frente a la mera información acumulada). Sin embargo, su culmen, como el culmen de todo lo verdaderamente humano, tiene su fuente en el amor que es regalo de Dios en Cristo resucitado.

 [1] Espiritualidad de san Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, orden religiosa a la que el Papa pertenece

 

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