Saltar al contenido

3

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Silueta de persona oranteLos discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar (cf. Lc 11,1). No es de extrañar. No sólo porque Juan hubiera enseñado a sus discípulos, sino porque Jesús se retiraba con mucha frecuencia a orar y lo hacía durante horas. Esto tuvo que marcar profundamente a todos aquellos que tenían trato íntimo con él.

Lo que Jesús hizo

En un artículo anterior vimos a Jesús orando, casi siempre a solas. También pudimos escuchar las pocas veces que lo hizo en medio de la multitud. Nos quedamos con ganas de escucharle alguna de esas noches que él pasó al raso entregado a la oración. Pero nos ha quedado el testimonio de la última y más decisiva de todas ellas: la oración del huerto. Esta oración fue parcialmente escuchada por los suyos, se supone que antes de que el sueño les venciera.

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Jerusalén. Iglesia del padrenuestro. Azulejos representando el padrenuestro en españolLo que Jesús dijo

Jesús enseña a sus discípulos la oración del Padrenuestro (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4). También les hace numerosas indicaciones acerca de cómo debe ser su oración. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Están explicando estas indicaciones la forma en la que debe ser rezado el Padrenuestro o es el Padrenuestro el que sintetiza todo lo que puede decirse de la oración cristiana? ¿Se trata únicamente de una oración para que sus discípulos reciten en determinados momentos o se trata más bien de una forma de orar, algo así como el eje vertebrador de la oración cristiana? Esto último sería además coherente con el sentido que para los judíos tiene el Shemá Israel.

Antes de responder a estas preguntas vamos a escuchar qué es lo que nos dice Jesús acerca de la oración. Lo vamos a hacer encuadrando sus enseñanzas en el contexto del Padrenuestro.

Padre nuestro

Intimidad con Dios

La oración del cristiano es intimidad con el Padre: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6,6).

Dibujo que representa un hombre orante ante la cruzPor eso, lo importante no son las palabras, sino el estar, ponerse uno a tiro del Señor: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras (…) pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,7-8).

La oración del cristiano es relación personal y amorosa: «Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios» (Jn 16,26-27).

Perseverar en la oración

Por eso es necesario orar siempre: «Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Quien ora únicamente cuando se encuentra en una situación apurada, dejará de orar cuando las cosas le van bien… o cuando la persistencia de los problemas le hagan pensar que su oración no está siendo escuchada.

Configuración con Cristo

Cuadro que representa las manos de un sacerdote alzando la hostia después de la consagraciónEl fruto más importante de la oración es la transformación del orante. Más allá de lo que pidamos, la oración nos va configurando con Cristo: «Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20).

La mejor garantía de que nuestra oración ha sido escuchada es experimentar el gozo de la amistad con Cristo. Si, además, recibe lo que ha pedido, entonces la alegría es completa: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).

La oración lo puede todo

Cuadro de François Boucher. San Pedro intentando andar sobre las aguasLa fe lo puede todo: «Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”» (Mc 9,23).

La oración del cristiano se basa en la confianza absoluta en que el Padre nos ama: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (…) Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7,7-8.11; cf. Lc 11,5-13).

La oración del cristiano es confianza absoluta en que Dios lo puede todo: «Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis» (Mc 11, 24; cf. Mt 21,22).

Hay una cosa más. La oración no es un monólogo, sino que es sobre todo escucha. Esta escucha transforma nuestros deseos. Entonces no somos nosotros los que pedimos, sino que es Cristo quien pide en nosotros: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 14,7).

Santificado sea tu nombre

Foto de Siete picos tomada desde la Carretera de la República. Texto con la oración de san Ignacio de Loyola: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me disteis, A Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que con ésta me basta."Santificar el nombre del Padre es reconocerlo como Dios, no sólo ni principalmente con los labios, sino sobre todo con el corazón y con los hechos: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mc 7,6-7; cf. Is 29,13).

Por eso no hay verdadera oración cuando sale de nosotros, porque entonces son palabras humanas. La verdadera oración la hace el Espíritu en nosotros y es él quien santifica en nosotros el nombre del Padre: «El Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,17).

Gatito bebiendo leche de un biberónY ésta es la garantía de que seremos escuchados: «pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).

En realidad, lo único que tenemos que hacer es dejarnos, y ese dejarnos es también un don. El Espíritu pone en nuestro corazón las palabras y el Hijo glorifica al Padre escuchando nuestra oración. «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13-14). Es como estar en medio de ese abrazo trinitario, dejándonos querer. Santificar el nombre de Dios es entonces reconocer nuestra nada ante Dios, esperarlo todo de él y rebosar de gratitud por ello.

Venga tu reino

Veíamos hace un momento cómo Jesús promete a sus seguidores que su oración será escuchada. Lo promete en numerosas ocasiones y pone como única condición el pedirlo con fe.

El silencio de Dios

cruz de madera, sin imagen, en una zona de montañaA estas alturas algunos estarán seguramente echando de menos unas palabras acerca del silencio de Dios. Cuando pedimos –supuestamente con fe- y no obtenemos lo que pedimos. Ante esta cuestión, que no podemos eludir, lo primero que hay que responder es que los evangelios no se plantean siquiera esa posibilidad. Por mucho que rebusquemos en ellos no encontraremos un solo lugar en el que Jesús ni tan siquiera sugiera que Dios alguna vez pueda hacer oídos sordos a nuestras peticiones.

La respuesta más sencilla es en estos casos suponer que el orante no lo hizo con suficiente fe. Y ésta es, justamente, la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le preguntan: «Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?”. Les contestó: “por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: ʻTrasládate desde ahí hasta aquíʼ, y se trasladaría. Nada os sería imposible”» (Mt 17,19-20).

¿Qué es tener fe?

Dibujo representando la silueta de un hombre orandoAhora bien, ¿qué es tener fe? Porque, cuando hablamos de la fe referida a la oración, solemos pensar que rezar con fe es rezar con el convencimiento de que Dios nos va a escuchar. Pero nos olvidamos del contexto. No el contexto de la necesidad que motiva nuestra petición, sino el contexto de nuestra propia vida de fe.

Porque la fe no es algo puntual. Ayuda mucho a la oración que lo que pidamos sea vital para nosotros. Jesús fue salvando personas, no satisfaciendo caprichos. Pero la fe es algo que abarca a la persona entera y a cada instante de su vida. La fe no dura cinco minutos, ni media hora (el tiempo que dure la oración). Y, sobre todo, la fe no se refiere a mis necesidades –por muy acuciantes que sean y muy lícito que sea pedir por ellas- sino a Jesús y al reino de Dios.

Es muy importante tener además presente que la fe va mucho más allá de un mero asentimiento intelectual. Quien no está dispuesto a perder sus seguridades, es que no cree (no lo suficiente). Y ¿quién puede decir que cree de esta manera? Cuando Jesús afirma –y lo hace con contundencia- que todo cuanto pidamos nos será concedido, está hablando a sus discípulos. Jesús se dirige a aquéllos que lo han dejado todo para seguirle. Y aún a estos acabamos de ver cómo –en ese momento, es decir, antes de la resurrección de Jesús- no tenían fe suficiente (cf. Mt 17,16).

Búsqueda del Reino de Dios

León tumbado y junto a él un cordero. Pacíficamente juntos representando el texto en el que Isaías profetiza cómo será el Reino de Dios: "El león pacerá con el cordero"Es en esa búsqueda del reino de Dios en la que se encuadran los milagros de Jesús. La primera petición es que venga a nosotros el reino de Dios. Pero el reino de Dios es algo que –aunque a nosotros nos parezca mentira- Dios no puede hacer sin nosotros. Por eso, pedir que venga a nosotros el reino de Dios no es pedir que el reino de Dios nos llueva del cielo, sino que es pedir a Dios que guíe nuestros pasos, que nos allane el camino, que lo haga posible. Y entonces empiezan a suceder cosas.

Dibujo que representa trabajadores del campoEl deseo por el reino es ponerse en marcha y pedir para que muchos otros lo hagan también: «Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,37-38; cf. Lc 10,2). Conviene aclarar que pedir que Dios mande trabajadores a su mies no es pedir por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Trabajar en la mies del Señor es tarea de todos los cristianos, cada cual como sepa y pueda y como el Señor le vaya guiando.

Por cierto, que eso no es nunca sin consecuencias. Por eso, a quienes son perseguidos por causa de la justicia (cf. Lc 6,22-23), Jesús les dice: «(…) pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar» (Lc 18,7-8).

Hágase tu voluntad

Llegamos aquí al test de calidad de nuestra oración. Nuestra oración, incluso fervorosa, se convierte en vana palabrería si no se concreta en la realidad de nuestra vida: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

Imagen de Jesús orando de rodillas con los brazos apoyados sobre una piedraY éste es el momento de volver de una forma especial nuestras miradas hacia Jesús. En la oración del huerto (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46) encontramos una súplica, pero sobre todo la entrega total de la voluntad en las manos del Padre. Un “hágase tu voluntad” que a Jesús le sale de las entrañas y le cuesta la vida. No es el “hágase” (“que se haga”, que “alguien” haga) que tantas veces pronunciamos distraídamente y que suena más bien a algo que esperamos que suceda sin que a nosotros nos afecte para nada.

Decíamos antes que el testimonio de los evangelistas es unánime e insistente en afirmar sin fisuras que la oración del que cree es siempre escuchada. Una fe que consiste justamente en ponerse totalmente en las manos de Dios para hacer su voluntad. Y es precisamente ese sometimiento a la voluntad de Dios el que hace que Jesús renuncie voluntariamente a salvarse El Cristo de san Juan de la Cruz. Cuadro de Dalía sí mismo: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,16).

Ésta es la única vez que –según nuestros criterios humanos- Jesús parece experimentar el silencio de Dios. La realidad es, sin embargo, que la respuesta del Padre se manifiesta justamente en la fidelidad de Jesús hasta el final. Aquí está el germen de la resurrección y éste es el sentido que tiene decir que, por el bautismo, hemos resucitado con Cristo (cuando estamos aún en esta tierra).

Danos hoy nuestro pan de cada día

Fotografía que representa un trozo de pan

Cuando alguien dice que Dios no escucha sus oraciones, suele referirse a necesidades materiales de un tipo u otro. Todavía no he oído a nadie quejarse porque, a pesar de sus oraciones, cada vez hay más guerras. Ni porque lleva años rezando para que los hombres encuentren a Cristo y cada vez andan más perdidos. Es “el pan de cada día” lo que centra las oraciones de nuestros cristianos. El pan en un sentido amplio… pero no mucho, porque no suele ir mucho más allá de la familia y, si acaso, algunos amigos. Incluso hay quien tiene una lista para no olvidarse de ninguno.

Aprender a orar

Fotografía que representa un gorrión macho en una rama

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, y Jesús les enseña a no agobiarse: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia» (Mt 6,31-34).

¿Qué significa rezar con fe?

Y aquí volvemos al tema de la fe. Rezar con fe no es estar seguro de que ese puesto de trabajo al que aspiras va a ser para ti. Esta seguridad es muy conveniente de cara a causar buena imagen en las entrevistas de trabajo. No es esta la seguridad a la que Jesús se refiere. Tener fe es centrar tu vida en la búsqueda del reino de Dios, de manera que todo lo demás pase a un segundo plano. A quien pone de este modo sus necesidades en las manos de Dios –no por holgazanería, sino por un interés superior- no ha de faltarle la ayuda necesaria. Bien entendido que no estamos diciendo que la búsqueda del reino de Dios nos exima de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente (cf. 2 Tes 3,10).

Y, en la pequeñísima medida en que actuamos así, comprobamos hasta qué punto es esto cierto y, quienes lo han vivido, rebosan de gozo al contarlo. «Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien anhela sobre todo a Cristo, eso es lo que pide de modo incesante. Y el Padre que nos entregó a su Hijo, «¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8,32).

Perdona nuestras ofensas

Fotografía de un confesionario en una iglesiaLa oración es relación con Dios. Los hombres suelen valorar más a aquél que se da importancia, pero esta estrategia está ante Dios condenada al fracaso. Porque él nos conoce por dentro. Por eso, pedir perdón no es un elemento ritual y tampoco nace de un sentimiento de culpabilidad. Se trata de reconocer nuestra realidad ante Dios, para que él penetre hasta el último rincón de nuestro ser.

Pedir perdón a Dios no es preparación, sino consecuencia de la oración

Es notable que la petición de perdón sea prácticamente el colofón del Padrenuestro. Si comenzásemos pidiendo perdón, se podría considerar un acto de purificación necesario para ponernos en la presencia de Dios. Situado al final, sin embargo, es conclusión agradecida. Empezamos, sin preámbulos, llamando Padre a Dios. Terminamos pidiendo perdón o, lo que viene a ser lo mismo, realizando un acto de profundo agradecimiento. Porque no pedimos perdón mirando hacia nosotros, sino mirando hacia Dios y todos los dones que de él hemos recibido.

El encuentro con Dios te pone en tu sitio, no al modo humano, sino con un gozo muy superior a cualquier otro:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,10-14).

El que se pone a sí mismo como ejemplo, está manteniendo un monólogo. No se ha encontrado con Dios.

Quien se sabe perdonado no puede guardar rencor

Dibujo en el que aparecen abrazados un palestino y un judío. Debajo de ellos una bandera formada por las dos banderas respectivasPero, claro está, sería una tremenda contradicción pedir perdón a Dios a quien debemos todo, mientras mantenemos nuestro corazón cerrado a la reconciliación con los demás (cf. Mt 18,21-35: parábola sobre el perdón y la misericordia). La contrición es un acto de amor agradecido, y de ese acto de amor no podemos excluir a nadie: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

En ese mismo sentido, pero en un contexto litúrgico: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24).

Pero Jesús nos pide más. No ya perdonar. Quien perdona, olvida. Y el olvido expulsa todo rencor del corazón, pero muchas veces también todo aprecio. El olvido se refiere al pasado. Quien te ha hecho daño en el pasado puede pasar a formar parte de un recuerdo borroso e indiferente, en un pasar página liberador. Pero Jesús va mucho más allá: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44). Nos está pidiendo que amemos a quienes, no ya en el pasado sino incluso ahora mismo, buscan nuestro mal. Y que recemos por ellos. Y no nos lo manda al modo que suelen hacerlo los hombres –que mandan una cosa y hacen otra-. Jesús nos manda hacer aquello mismo que él hizo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

A modo de conclusión

Comenzaba este artículo formulando las preguntas que yo me había planteado a mí misma antes de comenzar a escribir. Llegados a este punto, la respuesta parece evidente. En el Padrenuestro encontramos las líneas maestras de la oración cristiana, una especie de criba por la que pasar nuestra vida haciendo nuestras, no tanto las palabras cuando el espíritu que ellas contienen.

Dicho de otro modo, que cuando Jesús dice: «Vosotros orad así» (Mt 6,9) y, en otro lugar: «Es necesario orar siempre» (Lc 18,1), no está diciendo que nos pasemos todo el día rezando padrenuestros. Lo que Jesús quiere es que vivamos continuamente en el reconocimiento agradecido de que Dios es nuestro Padre. Santificar a Dios con nuestra vida. Pedir sin descanso que venga a nosotros el reino de Dios. Que reine en el mundo el temor de Dios. Conscientes de que somos pecadores, pedirle continuamente que ilumine nuestros ojos y ablande nuestro corazón para hacer siempre su voluntad. Que en nuestro corazón no habite nunca el rencor. Y que continúe cuidando de nosotros, no para beneficio nuestro, sino para poder servirle en todo mientras nos quede un hálito de vida.

8

Importancia de la oración en la vida del cristiano

Sin oración, no es posible la fe. Pueden darse unas prácticas religiosas, puede incluso existir un fuerte sentimiento de pertenencia y hasta un compromiso efectivo. Pero no lo que realmente significa la fe. De ahí la importancia de la oración en la vida del cristiano.

Sin oración, los contenidos y las prácticas cristianas permanecen fuera de la persona, no afectan a lo más íntimo de su ser y, de este modo, el individuo o el grupo no alcanzarán a ver en el cristianismo sino exigencia –normas morales- o ideología desde la que crear un confortable nido en el que buscar seguridad.

Hay que añadir, no obstante, que la oración también puede convertirse en mero cumplimiento, penosa obligación o agradable soliloquio. Pero no trataremos de ello en este artículo.

Tampoco hablaremos de lo que Jesús dijo sobre la oración. Nos limitaremos a observar lo que él hizo. Lo que aquí propongo es que nos adentremos en los evangelios para observar a Jesús y poner en valor las muchas veces que nos lo encontramos rezando.

1. La sabiduría y la fortaleza como frutos de la oración

Jesús de 12 años en el templo. Cuadro de Salvador García BardónHay dos episodios que muestran la profunda vida de oración de Jesús. El primero de ellos es cuando, siendo aún un niño, se queda en el templo discutiendo con los maestros y la respuesta que le da a su madre cuando ésta le riñe (cf. Lc 2,41-50). No solamente por la respuesta de Jesús: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49), sino por la sabiduría con la que, con tan solo 12 años, tenía maravillados a los maestros de la Ley. Las cosas de Dios se pueden conocer de segunda mano –así ocurre con quien ha estudiado mucha teología- o de primera mano –como ocurre con las personas de oración-.

Tentaciones de Jesús. Cuadro de Carl Heinrich BlochEl segundo episodio es el de las Tentaciones (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12s; Lc 4,1-13). Ahí tampoco vemos a Jesús orando, pero se nos dice que “el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto” (Lc 4,1-2). Ése dejarse llevar por el Espíritu es por sí sólo un testimonio de que Jesús pasó esos cuarenta días en oración y otra prueba de ello es que resistió a las tentaciones que, si las leemos detenidamente, son las tentaciones en las que la Iglesia cae muy a menudo: 1) utilizar la religión en beneficio propio; 2) buscar el poder traicionando a Dios; 3) buscar notoriedad con el pretexto de buscar la gloria de Dios. Si nosotros no vencemos a la tentación a lo mejor es porque no oramos o no lo hacemos de verdad, aunque pasemos horas creyendo hacerlo.

Como decíamos, estos dos textos no nos muestran –no explícitamente- a Jesús orando, pero no podíamos dejar de mencionarlos porque en ellos aparecen de forma muy clara los frutos por los que se puede reconocer a la persona de oración.

2. La oración frecuente de Jesús, especialmente en los momentos clave de su vida

a) La oración de Jesús en el momento que marca el comienzo de su vida pública

Bautismo de Jesús, Cuadro que se encuentra en la Cartuja de GranadaDel bautismo de Jesús por parte de Juan el Bautista tenemos la versión de los cuatro evangelistas, pero solamente S. Lucas se refiere a la oración de Jesús. Dice así: «Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos (…)» (Lc 3,21). La revelación que tendrá lugar entonces se sitúa de este modo, no como un hecho sobrevenido, sino en el contexto de la oración.

b) La oración de Jesús en el momento de la elección de los Apóstoles

De la elección de los doce discípulos o apóstoles tenemos la versión más distendida del cuarto evangelista y las versiones más resumidas de los Sinópticos. Entre éstos, Mateo va directamente al grano sin darnos idea del contexto (Mt 10,1ss); Marcos comienza diciendo que Jesús “subió al monte” (Mc 3,13). Es importante señalar que, cuando los evangelistas nos dicen que Jesús subió al monte, están dando a entender que iba a orar. S. Lucas es mucho más explícito: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que nombró apóstoles (…)» (Lc 6,12-13). Antes de tomar una decisión que sería sin duda decisiva, Jesús sube al monte y lo hace para pasar toda la noche orando.

c) La oración de Jesús en el momento en que prepara a sus más íntimos para lo que iba a venir

La transfiguración. Cuadro de Rafael Sanzio (1520).Del relato de la Transfiguración tenemos la versión de los tres Sinópticos, pero es nuevamente S. Lucas quien alude explícitamente a la oración diciendo: «(…) tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba (…)» (Lc 9,28-29). Mateo y Marcos no mencionan expresamente la finalidad de esta subida, ni la circunstancia de que Jesús estuviera orando en el momento de su transfiguración, pero hablan de la subida de Jesús a un monte alto con estos tres discípulos (Mt 17,1 ; Mc 9,2). Como hemos dicho hace un momento, la propia expresión “subir al monte” ya está situándonos en un contexto de oración. En este caso, además, tanto Mateo como Marcos dicen que se fueron “aparte” y Marcos incluso recalca “ellos solos”. La subida al monte y la búsqueda de soledad están en los evangelios situando a Jesús en oración.

d) La oración de Jesús en la confesión de Pedro

Cristo le entrega las llaves a san Pedro. Cuadro de Pietro PeruginoLos tres Sinópticos dan testimonio unánime de cómo Jesús pregunta a sus discípulos por lo que la gente dice de él, para a continuación dar un paso más y arrancarles la confesión de fe que sale de la boca de Pedro (cf. Mt,16,13ss; Mc 8,27; Lc 9,18ss). Pero es nuevamente S. Lucas quien habla explícitamente de la oración de Jesús: «Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó (…)» (Lc 9,18). Es muy curioso que nos diga que Jesús estaba orando solo, para decir a continuación que lo acompañaban sus discípulos.

No es la primera ni la última vez que vemos cómo Jesús se va a orar y sus discípulos le acompañan en el paseo, aunque no en la oración. Sin embargo, al menos de momento, Jesús guarda silencio. No manda ni recrimina. Pero tampoco se esconde. Calla y otorga. Semilla que tardará en fructificar, pero no quedará baldía.

e) La oración en muchas otras ocasiones

Estando en Cafarnaún, «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35). Estaba muy oscuro, es decir, era todavía de noche. Jesús sale y busca intimidad para orar.

Parque natural de la Sierra de GuadarramaEn otra ocasión, Jesús manda a sus discípulos subir a la barca mientras él se queda en tierra para despedir a la gente. «Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar» (Mc 6,45). Mateo subraya el hecho de que Jesús estaba solo, habla no sólo del monte, sino también de la subida y menciona una vez más la noche: «Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo» (Mt 14,23). Jesús busca la soledad, no por casualidad lo hace en el monte, y se pone una vez más en las manos de Dios.

Mucho más genérico es el texto de Lucas que dice así: «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración» (Lc 5,16). Genérico en el sentido de que no nos indica lugar y genérico en el sentido de general. Jesús solía, era su costumbre, lo hacía con frecuencia. Se retiraba y se entregaba a la oración. Se entregaba. No se limitaba a pasar un tiempo, sino que se entregaba. Con toda su alma, con todo su ser.

f) La oración de Jesús en el momento decisivo

La oración en el huerto de los olivos nos la narran los tres Sinópticos (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46), mientras que Juan se limita a hacer una breve alusión (cf. Jn 18,1-2).

La oración del huerto. Cuadro de Luis de MoralesLo primero que hay que señalar es que tanto Lucas como Juan nos dicen que aquél era un lugar al que Jesús solía ir con sus discípulos. Juan dice que «Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos» (Jn 18,2). No nos indica en qué consistían dichas reuniones. Lucas, en cambio, dice que: «Salió y se encaminó, como de costumbre» (Lc 22,39). Ahí ya nos da pie para pensar que esa costumbre no se limitaba al lugar, sino también a la actividad. Mateo -en otro contexto- nos sitúa allí a Jesús sentado, cuando se le acercan los discípulos «en privado» a preguntarle por el fin de los tiempos (cf. Mt 24,3ss). Que los discípulos se acerquen a Jesús en privado, indica que Jesús estaba sólo. Seguramente orando, aunque no se dice. La pregunta de los discípulos da lugar a un momento de intensa enseñanza.

En lo que viene a continuación, tenemos dos versiones algo diferentes.

Versión de Mateo y Marcos

Según Mateo y Marcos, Jesús hace tres paradas. En la primera deja a la mayoría de los discípulos y se limita a decir que le esperen mientras él ora. A partir de ahí le acompañan únicamente Pedro, Santiago y Juan a los que dejará en la segunda parada, no sin antes decirles: «quedaos aquí y velad [conmigo]». Jesús se aleja aún un poco. A los primeros les pide únicamente que le esperen, es solamente a sus íntimos a quienes pide que velen, es decir, que oren también mientras le esperan.

Versión de Lucas

Según S. Lucas, Jesús hace únicamente dos paradas. En la primera deja a todos los discípulos al tiempo que les manda: «orad, para no caer en tentación» (Lc 22,40).

Notemos que Pedro, Santiago y Juan son los mismos que le acompañaron en la Transfiguración. En todo caso, Jesús les manda orar (Lucas) o velar (Mateo y Marcos), que viene a ser lo mismo.

Jesús pasa un rato en oración y los tres evangelistas nos dicen que, al volver, Jesús encuentra a sus discípulos dormidos. En el caso de Mateo y Marcos la escena se repite tres veces y en todos los casos la reacción de Jesús es de un cierto reproche y, sobre todo, insistir en la necesidad de orar –o velar- para no caer en tentación (cf. Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,40).

Importante señalar la relación causa-efecto que Jesús establece entre la oración y el no caer en tentación. La oración es el antídoto –el único- contra la tentación, porque la oración –la verdadera oración- es la que permite que Dios actúe por medio nuestro. Sin oración quedamos abandonados a nuestras propias fuerzas.

3. El contenido de la oración de Jesús

Hasta aquí nos hemos limitado a observar a Jesús en la distancia y le hemos visto rezando. No sólo en momentos puntuales, sino como tónica de su vida. Hasta ahora le hemos visto, apliquemos ahora el oído.

a) Una oración en medio de la gente

Jesús comienza dirigiéndose al Padre, para añadir sin solución de continuidad unas palabras de consuelo a la gente que le escucha. La oración dice así: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26; cf. Lc 10,21).

Comienza dando gracias a Dios. Eso lo primero. Después reconoce el poder de Dios, es decir, le reconoce como Dios. Después viene el contenido del agradecimiento que, en este caso, es el hecho cierto de que al conocimiento de Dios nadie accede por méritos propios, sino que es gracia que Dios da a quien quiere, que suele ser a quien se deja (y esto también es gracia). Finalmente viene una frase que recuerda al texto de la Creación: «así te ha parecido bien». Todo está en las manos de Dios, todo es creación de Dios y Dios todo lo hace bien.

b) Otra oración en público

La resurrección de Lázaro. Cuadro de José Casado del AlisalAntes de resucitar a Lázaro, Jesús dirige al Padre la oración siguiente: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11,41-42).

Jesús comienza de nuevo dando gracias a Dios. Ya van dos veces que Jesús comienza su oración dando gracias y el testimonio viene de dos evangelistas distintos. En la situación anterior, Jesús daba gracias por un hecho constatado. Ahora da las gracias por haber sido escuchado y da las gracias antes de que los presentes tengan constancia de tal circunstancia. Una muestra de absoluta confianza en que Dios no le iba a dejar mal.

c) La oración en el huerto

Ya hemos visto que la escena varía un poco entre los tres Sinópticos, sin embargo coinciden casi literalmente en el contenido de las palabras de Jesús: «¡Abba! Padre: tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,36; cf. Mt 26,39.42; Lc 22,42). Abba, expresión de confianza y familiaridad. Jesús sabe que Dios lo puede todo y pide que le libre del sufrimiento que le espera. Sabe que Dios no va a hacer lo que Jesús quiere y aún así lo pide. La obediencia de Jesús pasa por la súplica no para pedir fuerza para acatar, sino pidiendo una solución que no pase por la cruz. Y la oración termina con Jesús rendido a la voluntad de Dios: que sea «como tú quieres».

Como vemos en los salmos de petición, la oración no siempre transforma la realidad, pero sí que transforma al orante.

d) Jesús ora en la cruz

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Cristo crucificado. Cuadro de VelázquezDe las palabras que Jesús pronuncia en la cruz, tres van dirigidas a Dios. Los dos primeros evangelistas nos presentan la primera de ellas: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (Mc 15,34; Mt 27,46). Se trata de una cita literal de Sal 22,2 que sin duda alguna Jesús –como otros muchos judíos- habría rezado en numerosas ocasiones y se sabría de memoria. El salmo termina con un canto de esperanza con alusiones inconfundibles al futuro Reino de Dios. Que esto resonaría en el corazón de Jesús, no hay como negarlo. Pero eso no quita para que el grito de Jesús saliera del fondo de su ser como un clamor. Es posible que Jesús, llegado al límite de su humanidad, se sintiera abandonado por Dios. Digo que es posible, no que sucediera de ese modo.

Breve reflexión a propósito de estas palabras de Jesús

Dar por hecho que Jesús se sintió abandonado por Dios es sin duda una insolencia escandalosa. No así el considerarlo como posibilidad, siquiera remota. Hay que decir que un sentimiento de abandono es perfectamente compatible con el convencimiento de que Dios tiene siempre la última palabra.

Por otra parte, negar que fuera así, puede que provenga de un prejuicio docetista. Si Jesús tenía en la mente el salmo entero -y de eso no cabe la menor duda- entonces no hay razón para pensar que hizo suyos los últimos versículos, pero no los primeros.

Que Jesús pudiera sentirse -que no pensarse- abandonado por Dios no quita nada a la divinidad de Jesús y puede que dé cabal muestra de hasta qué punto Jesús se hizo en todo semejante a sus hermanos. Dios no pugna con la creación, sino que la interpenetra haciéndola más vigorosa. En Jesús, la divinidad no eclipsa a la humanidad, sino que la lleva a plenitud. Y sabido es que las personas, cuanto más espirituales, más conscientes y más sensibles son ante el sufrimiento moral. En todo caso, lo único seguro es que no estamos a la altura de imaginar siquiera cuál fue la experiencia espiritual de Jesús en ese momento.

En S. Lucas encontramos las otras dos oraciones:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús va más allá del perdón o incluso del olvido. Quien olvida, pasa página. Jesús no olvida, sino que intercede ante Dios en favor de sus asesinos.

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). La oración es entrega de la vida y del espíritu. Eso era lo que Jesús llevaba haciendo toda su vida. Esta vez lo hace de manera final y definitiva.

d) La conocida como oración sacerdotal

Cristo resucitado. Cuadro de NovelliEn ella (cf. Jn 17), Jesús pide insistentemente ser glorificado lo que, en vísperas de su Pasión, no puede significar sino una cosa: Jesús pide al Padre que le resucite para que él, a su vez, pueda glorificar al Padre dando la vida eterna a los suyos. Pide la resurrección para resucitar a los suyos, pide la vida para volver a darla. Y continúa pidiendo por los suyos, por aquéllos que el Padre le ha dado y que son suyos (del Padre).

Jesús es responsable de aquéllos que el Padre le entregó y, al dejar este mundo, los pone nuevamente en las manos del Padre para que el Padre cuide de ellos. No sólo de los seguidores de Jesús en ese momento, sino de los que vendrán después. Y ese cuidado se limita a una sola cosa: incorporarlos a la unidad que existe entre Jesús y el Padre. Esa es la vida eterna (cf. Jn 17,3) que se recibe aún en vida (cf. Jn 17,15).

Y esto es lo mismo que la oración. Se trata de esa unión continua que necesita alimentarse de momentos especiales de intimidad. Si Jesús necesitaba pasar noches enteras en oración, ¿qué no necesitaremos nosotros?

Importancia de la oración en la vida del cristiano. Dibujo de niño rezando de rodillas en su cama

3

Plan Diocesano de Evangelización

Evangelización versus militancia. Foto de Monseñor Carlos Osoro, cardenal arzobispo de Madrid
Evangelización versus militancia

Evangelización versus militancia. En el seno del llamado Plan Diocesano de Evangelización, la archidiócesis de Madrid ha organizado unas reuniones periódicas. Estas reuniones tienen una curiosa estructura. Los participantes reciben por correo electrónico y con bastante antelación una especie de encuesta. Dicha encuesta versa fundamentalmente sobre la pastoral parroquial. La dinámica es, al menos en la letra, la de la Lectio divina. En este contexto, la encuesta –cuyas respuestas ya ha reflexionado cada uno en su casa- se responde de forma colectiva.

La Lectio divina

Digamos en primer lugar que la Lectio divina Dibujo que representa la Lectio Divina con sus cuatro brazos: Lectio, meditatio, oratio, contemplatio. es una antigua y muy provechosa forma de oración. Usada durante siglos en los monasterios, ha sido redescubierta hace algunos años sobre todo en América Latina.

 

Lo que no es la Lectio divina

Cuadro que representa a san Benito de pie y con una pluma en la mano como interrumpido en su tarea de escribir
San Benito

La cuestión está en que la Lectio divina es un método de oración, no una dinámica de grupos. Por consiguiente, lo que se precisa no es un buen “animador”, sino alguien que haya tenido la experiencia espiritual. Y que crea en ella.

Cuando esta oración tiene lugar con un grupo de fieles, es costumbre que se realicen algunas preguntas. Estas preguntas ayudan en especial a personas poco habituadas a esta forma de oración. Un pequeño cuestionario ayuda a centrar la imaginación para no irse por las ramas. Sin embargo, las preguntas nunca pueden tener como finalidad substituir la oración de cada uno. El momento final o contemplación debe de ser espontáneo y fruto de la oración precedente. En ningún caso la "acción" puede venir inducida de modo artificial y  mucho menos desde fuera.

Cómo la lectio divina  puede enriquecer la fe de la Iglesia

En Brasil tuve esta experiencia, que era -además- itinerante. Algunas personas dirigían la oración que se realizaba en la casa de quien nos invitaba. Cada día en un hogar diferente. El compromiso del anfitrión era el de invitar a sus vecinos. De esta forma se hacía una pastoral no ya con las personas que habitualmente iban a la iglesia, sino también con otros que nunca hubieran ido a la parroquia y que, de este modo, tenían la oportunidad de descubrir la Palabra de Dios. La lectura era elegida en función de las circunstancias, pero las respuestas no venían dadas de antemano. Algunas veces no salía nada y otras te estremecías al ver la acción del Espíritu y comprobar hasta qué punto es cierto que: “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Evangelización versus militancia

En la Diócesis de Madrid, algunas personas están confusas porque la encuesta les parece un añadido fuera de lugar en el contexto de la Lectio divina. Dado el estilo tan profesional que tiene la propuesta, no parece lógico suponer que se trate de una inadvertida incoherencia. Parece más bien una “ayuda extra” al Espíritu Santo, por si se le ocurre sugerir algo que no entre dentro de los objetivos que sin duda están en el origen de todas estas actividades.

Fotografía en la que aparece una multitud en la que no se distingue nada. Corresponde a la JMJ que tuvo lugar en Madrid en el 2011Ahora bien, cuando los objetivos de una determinada pastoral vienen marcados de antemano al modo en que por ejemplo un profesor puede marcar los de su materia o un empresario su plan de ventas, puede que los objetivos materiales (militancia) se consigan, pero la evangelización es otra cosa. Evangelización versus militancia.

Los documentos para el Plan Diocesano de Evangelización

Presento a la consideración de los lectores los primeros documentos emanados de la Diócesis para la realización de dicho PDE.

El cuaderno animador

Evangelización versus militancia. Portada de un folleto titulado: Plan Diocesano de Evangelización 2015-2018. El animador del grupo del PDEEn primer lugar tenemos el CUADERNO ANIMADOR, extenso folleto en el que se detalla el "perfil" que se espera del "animador". En dicho cuaderno se describe al perfecto moderador y se añade: “a ser posible, estar familiarizado con la metodología de la Lectio divina”. Este requisito no es imprescindible. Es decir, que un buen presentador de televisión o un buen profesor serían sujetos ideales para el puesto. De la fe, las costumbres o el compromiso cristiano no se dice ni una palabra. Evangelización versus militancia.

El Cuestionario Núcleo 1 PDE

Preguntas en las que Cristo está ausente

En segundo lugar tenemos el Cuestionario Núcleo 1 PDE. Que nadie espere en él preguntas tales como: “de 0 a 10, ¿cómo valorarías el lugar que ocupa Cristo en tu vida?”. En lugar de eso, aparece una serie de puntos en los que se pregunta por tu “grado de desánimo”. ¿Desánimo frente a la falta de fe o de práctica cristiana en nuestra sociedad? En modo alguno. El grado de desánimo es frente a las actividades pastorales de la parroquia. Grado de desánimo, es decir, que “0” significa que todo lo que se hace en tu parroquia te parece genial y “10” significa que te parece que lo que se está haciendo no sirve para nada.

La mejor defensa es un buen ataque

Evangelización versus militancia. Chiste que representa a un individuo bajo un paraguas abierto. En la calle no llueve, pero sí que lo hace debajo del paraguasNo se pregunta por la opinión que te merece la pastoral parroquial. La pregunta es por el "grado de desánimo", dejando de este modo zanjada cualquier crítica que pudiera surgir. El grado de desánimo es algo totalmente subjetivo, el desánimo nace de tu interior, no tiene nada que ver con la realidad objetiva. Así pues, si tú criticas el modo en el que se lleva a cabo la pastoral de tu parroquia, el problema lo tienes tú (y es culpa tuya). Evangelización versus militancia.

Preguntas abiertas para cuestiones irrelevantes

En los primeros apartados, las preguntas son totalmente cerradas y no se da ninguna opción a hacer la más mínima sugerencia. Es al final, y ante cuestiones totalmente irrelevantes, donde se piden sugerencias. Se trata sobre todo de las diversas cuestaciones que suelen tener lugar en las diócesis. Pero también hay otras cuestiones un tanto desconcertantes. Por ejemplo, se piden sugerencias sobre “La Fiesta de Nuestra Señora de la Almudena”. Mientras las primeras preguntas eran totalmente cerradas, aquí la pregunta es tan abierta que resulta difícil saber acerca de qué se están pidiendo sugerencias. ¿Cambiar la fecha?, ¿cambiar la hora de la misa…? Porque no quiero pensar que el Obispo de Madrid esté pidiendo sugerencias para atraer a los turistas a base de borracheras como hacen en otros lugares para “honrar” –así lo llaman- a sus respectivos patronos.

El Cuaderno de trabajo Núcleo 2

Evangelización versus militancia. Dibujo que representa una enorme tela de araña en forma de madeja junto a una araña también enorme. Dentro de la tela de araña hay un hombre y una mujer junto con un perro. Fuera un hombre corre a refugiarse en la tela de araña, mientras los de dentro le dicen: "¡Bienvenido al nido!"
Evangelización versus militancia

En fin, en el Cuaderno Trabajo Núcleo 2 se nos presenta como tema de oración, reflexión más bien, el texto de Hechos 17,16-34 donde se nos muestra a san Pablo hablando en el Areópago y aprovechando la oportunidad que se le presenta para hablar de Cristo al ver un altar dedicado “al dios desconocido”. Las preguntas son tan concretas que no dejan opción a responder sino lo que tiene previsto el autor de dicho cuaderno. El texto es tan claro que las preguntas en lugar de abrir, cierran y en lugar de ayudar, estorban. Son tan prolijas, que las respuestas difícilmente surgirán de la oración comunitaria o de la experiencia profunda de los presentes, sino más bien de lo que sea percibido por estos como la “respuesta correcta”.

¿Más Cristo o más control de la jerarquía sobre los laicos?

Fotografía del interior de una iglesia abandonada y casi en ruinasAsí pues, ante la indiferencia general de la sociedad española frente a la Iglesia, la “Evangelización” no es vista por nuestra jerarquía como una vuelta a Cristo de todos -en primer lugar de los que pretenden estar más cerca (Mc 9,35)-, sino como el promover un sentimiento de pertenencia más parecido al ingreso en un club o en un partido político que una adhesión personal a Cristo.

"Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15). Convertíos, vosotros. Todos. Volveos a Cristo, que eso es creer en el Evangelio. No hay evangelización sin conversión y no hay evangelizador que no necesite de esa misma conversión que predica. La evangelización es una llamada que comienza por uno mismo a vivir la vida de Cristo desde el humilde reconocimiento de nuestra realidad pecadora, pero fijos los ojos en Aquél que hace Nuevas todas las cosas. Convertirse es volverse hacia Dios y nadie tiene más necesidad de conversión que aquél que desea convertir a los demás, pues nadie da lo que no tiene. Y, como Cristo es el único que salva, el evangelizador debe ser como un nuevo Juan el Bautista, siempre dispuesto a disminuir para que Él crezca (Jn 3,30).

Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. Noli me tangere. Cuadro de Jerónimo Cósida
Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano!

Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo.

Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe». (1 Corintios 15, 1-14)

Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe

Cristo resucitado, fundamento de nuestra fe. Discípulos de Emaús. Cuadro de Jan Wildens

Ante la cruz todo parece venirse abajo. La muerte es el final del suplicio, pero también de toda esperanza. Es el “nosotros esperábamos” de los discípulos de Emaús.

Si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría ningún sentido. Podría acaso salvarse una forma heroica de ver la vida, una nueva moral muy generosa, pero está claro que no tendría ningún sentido una oración dirigida a Jesús y, por consiguiente, tampoco a María ni a ningún santo.

La dificultad no se salva argumentando que, como Cristo era Dios, continúa vivo. Porque, si bien es cierto que Dios no puede morir, eso haría de la Encarnación una especie de fingimiento no muy distinto del que predicaba el docetismo.

Cristo continúa presente en medio nuestro

El núcleo del cristianismo no es una moral, por muy sublime que ésta sea. Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. El núcleo del cristianismo es que Cristo continúa presente en medio de nosotros. Con una presencia real en la Eucaristía, pero también de manera espiritual pero no menos verdadera en nuestro interior. Cuando el cristiano ora, no mira hacia fuera, sino que entra en su interior y es allí donde se encuentra con el mismo Cristo. Los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte para que vivamos una Vida Nueva (Rom 6,3-4).

Jesús con María Magdalena. Cuadro de El Marco

Esa Vida Nueva consiste en encontrarse con Jesucristo y dejarle entrar en nuestra vida de modo que forme parte de ella y se convierta en presencia continua. Esto no significa necesariamente pasar el día rezando. Se trata más bien de una compañía constante, algo así como un continuo saber que Cristo está contigo. Cristo resucitado es el fundamento de nuestra fe. El "hallar a Dios en todas las cosas" del que nos habla san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. 

Es evidente que vivir de este modo supone una determinada moral, pero poner la obligación moral por encima de la fe no puede ser sino motivo de amargura y no raras veces de soberbia. Por el contrario, la fe lleva a la alegría y a la humildad. A la alegría que nace de la confianza, porque el Amor de Dios no depende de mis méritos. A la humildad, porque uno se va haciendo cada vez más consciente de que con sus propias fuerzas no puede dar ni un solo paso, que cada vez que intentas hacer algo por tu cuenta, no haces sino meter la pata y que todo lo que eres o consigues hacer es un regalo de Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo.

La pasión de Cristo. Cristo en la cruz. Cuadro de Barocci
La pasión de Cristo en el centro de la vida del cristiano

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Anónimo español publicado por primera vez en 1628)

LA PASIÓN DE CRISTO EN EL CENTRO DE LA VIDA DEL CRISTIANO

Sentimientos encontrados

La pasión de Cristo nos engancha por la fuerza del Amor hasta el extremo. Al mismo tiempo, las escenas tan duras se nos hacen insoportables hasta el punto de provocar en nosotros un terrible rechazo.

Cristo nos atrae, su amor nos enamora. Pero el sufrimiento nos echa para atrás. Esto sucede especialmente a medida que la experiencia de vida nos va haciendo cada vez más conscientes de que, efectivamente, esto es un “valle de lágrimas”. Por cierto que la cultura actual trata por todos los medios de olvidar el sufrimiento. Mientras tanto, los telediarios se encargan machaconamente de amargarnos la sobremesa.

 

La oración en estos días

Pero entonces, ¿cuál es la oración adecuada en estos días?

Imagen tridimensional de Cristo coronado de espinas. En la foto de la imagen solamente se ve el rostro a modo de busto. El domingo pasado (de Ramos), me estremecí al escuchar la canción que tuvieron la ocurrencia de cantar en misa. “Oh Dios por qué nos has abandonado”.

El canto debió parecerles muy adecuado. La letra es aparentemente muy respetuosa con el salmo 21 (salmo responsorial de la misa). El plural, sin embargo, cambia por completo el sentido que dicho salmo tiene en el contexto del Domingo de Ramos.

En el contexto de la Semana Santa, cantar o rezar el salmo 21 en plural raya en lo blasfemo. Porque la identificación con Jesucristo no pasa por fingir que sus vivencias son nuestras vivencias. Pero, sobre todo, porque la Cruz de Cristo es precisamente el sello de la Alianza de Dios con nosotros. Es justamente la prueba de que ni nos ha abandonado, ni nos abandonará jamás.

Y, por si eso fuera poco, el canto resultó obsceno en el contexto en el que se estaba cantando. Por el lugar y por el momento histórico ¿Acaso tenemos nosotros motivos para sentirnos nada menos que abandonados por Dios cuando no nos falta de nada, al tiempo que nuestro silencio cómplice está impidiendo que otros muchos experimenten por nuestro medio que Dios les ama?

Sentido de la pasión de Cristo

Muchas veces se ha dicho que no debemos quedarnos en los sentimientos. Sin embargo, ante una situación tan dramática, es difícil no quedarse en lo evidente. El terrible sufrimiento físico y espiritual de Jesús. No sólo la muerte en cruz, sino también el abandono de los suyos y, lo que es mucho peor, el aparente fracaso de su misión hasta el extremo de rezar: “Oh, Dios, ¿por qué me has abandonado?”.

El hecho de que sea un salmo no le quita fuerza, sino todo lo contrario. Jesús eligió ese salmo y no otro. Puestos a interpretar, Jesús podía haber rezado así: “aunque pase por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”.

Imagen de una chica joven sentada en el suelo y hecha un ovillo sobre sus piernas dobladasEl cristiano que reza ante la cruz de Cristo se encuentra con esa situación, que es la misma que puede imaginar cualquier persona -creyente o no- con un mínimo de empatía.

Pero entonces, ¿qué encuentra el cristiano cuando medita sobre la pasión de Cristo? La empatía desencarnada puede ser incluso gratificante. No es difícil sentir devoción ante la contemplación de la Pasión de Cristo. Por el contrario, la empatía encarnada produce un intenso malestar –no exento de miedo- que nos lleva a huir e incluso negar a Cristo, no ya ante otros, sino incluso en nuestro interior.

Fotografía de un chico que se tapa la cara con las manos y al que solamente se le ve el pelo y un ojo que aparece muy abierto entre dos de sus dedos. La huida puede tomar la forma de rechazo, pero también existe una forma de huida hacia adelante que es dar la pasión de Cristo por amortizada y pasar directamente a la Resurrección. Esto último es en realidad un paso en falso, porque la Resurrección es algo totalmente Nuevo y no simplemente el final del sufrimiento (especialmente cuando dicho sufrimiento nos lo podemos dosificar nosotros a voluntad).

La cruz como acto redentor

obstáculoEn la espiritualidad cristiana la cruz es al mismo tiempo iluminación y oscuridad. A través de la cruz se nos muestra el rostro de Dios. Pero la cruz es al mismo tiempo un objeto cuyo significado se nos oculta a causa de nuestros prejuicios. Y no es para menos.

luz de CristoLa cruz no puede ser tomada a la ligera, pero lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el mismo Dios actuando –de forma misteriosa- a través del sufrimiento de Jesucristo.

El núcleo central de la fe cristiana no está en una genérica fe en un Dios amoroso que nos dice que tenemos que ser buenos. Esto es tan impreciso que prácticamente equivale a no decir nada.

El centro de la vida cristiana es mucho más concreto y consiste en creer que Jesucristo es Dios de una forma misteriosa (Santísima Trinidad) y que se ofreció voluntariamente al Padre para nuestra Redención.

cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros. Palabras que aparecen sobre un dibujo de un cordero desangrándoseLa teología católica ha explicado este ofrecimiento con las categorías de sacrificio que encontramos en el Antiguo Testamento. Estas categorías son muy difíciles de asimilar para la mentalidad de hoy. Pero, categorías aparte, lo irrenunciable de nuestra fe es que Cristo murió por nuestros pecados. No solo a causa de nuestros pecados (lo cual es obvio), sino también para liberarnos de nuestros pecados.

Como si presente me hallase

Eso significa ir más allá de lo sentimental a la hora de contemplar a Cristo en la cruz. Ante el sufrimiento injusto y cruel de Jesús uno puede sentir compasión o espanto, pero ninguna de las dos cosas tiene nada que ver con la fe. Son reacciones espontáneas que se pueden fomentar o eludir, pero que no afectan al núcleo más profundo de la persona.

En lo nuclear de la fe está el hacerse presente a ese sufrimiento. Presente de una forma espiritual pero mucho más real que la representación imaginativa de la escena. Es ser parte de la acción, no para tomar el lugar de alguno de los personajes que estuvieron presentes en Jerusalén, sino haciéndome presente en el corazón del propio Cristo que ha muerto “por mi”, en su doble acepción: “por mi causa” y “a favor mío”.

Ése es el centro de nuestra fe, una fe que no consiste en mero asentimiento intelectual sino que, para ser verdad, tiene que hacerse convencimiento profundo y motivador de un cambio real de vida. Bien entendido que dicho cambio de vida rara vez será espectacular: la calidad espiritual suele estar más bien en los detalles.

El amor con el que Dios nos ama

La meditación ante Cristo crucificado es así meditación más bien sobre el amor que Dios nos tiene. “Por mí”. Dios ha hecho esto “por mí”.

¿Lleva esto a pensar que el sufrimiento tiene en la vida cristiana un lugar preponderante? Pienso que no, no al menos como nos lo han podido transmitir algunas veces.

San Pedro. Cuadro de Francisco de Goya
San Pedro (Francisco de Goya)

Ante Cristo crucificado, la conclusión no puede ser otra que un profundo acto de contrición. Si mis pecados -nuestros pecados- tienen tales consecuencias, yo no tengo ningún derecho a tomármelos a la ligera y lo menos que puedo hacer es pedir perdón con toda mi alma. Es precisamente esta contrición la que me libera de mis pecados. No hablo de los pecados pasados, sino de los presentes y de los futuros. Hablo en suma de esa gratitud que nos cambia por dentro: “yo tampoco te condeno, vete y, en adelante, no peques más”.

Esto lleva a un conocimiento interior que no es fruto de la introspección, sino del reconocimiento del amor que Dios me tiene. Esa confianza nos da fuerza para encontrarnos en nuestro interior, no con nuestras miserias (lo cual es insoportable) sino con Él.

Otra imagen de Dios

Ante el escándalo que provoca que Dios haya cuanto menos permitido que su Hijo muriera de forma tan ignominiosa, quiero terminar haciendo una breve reflexión.

No sabemos por qué Dios permite ciertas cosas. En La Ciudad de Dios, San Agustín justifica de forma muy ingeniosa que lo que es malo para unos es bueno para otros. El mal no sería nunca algo absoluto. En este caso, lo malo para Jesús sería bueno para nosotros.

El lavatorio. Cuadro de Tintoreto
El lavatorio (Tintoretto)

Más allá de cualquier modo que tengamos de justificar –o no- la existencia del mal en el mundo, lo que la cruz nos muestra es una forma muy distinta de ser Dios (“el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor”). Ésta es la forma que Dios tiene de responder al eterno deseo humano de “ser como Dios”. Éste -y no otro- es el pecado original. En la Biblia no se habla de manzana, sino de “fruto”.

La cruz debería ser de este modo vacuna antes que escalera, guía que apunta al cielo por el camino de la entrega y el sacrificio, huyendo de todo lo que sea apariencia o autobombo.

Tal vez no se había hablado nunca tanto de derechos humanos. Tampoco había habido nunca un antropocentrismo tan explícito como ahora. Y, sin embargo, nunca como ahora la vida humana había importado tan poco. ¿Cómo se puede entender semejante contradicción?

El humanismo

La Academia de Atenas. Fresco pintado por Rafael SanzioAunque no existe consenso por lo que respecta a la definición de humanismo, sí parece haber unanimidad a la hora de hacer coincidir el humanismo con el fin de la Edad Media. Como veremos después, esto tiene extraordinaria importancia.

Es interesante la distinción que algún autor hace entre humanismo y Renacimiento. El humanismo tendría un interés sobre todo histórico en la búsqueda de los orígenes clásicos (Grecia). El Renacimiento, sin renunciar a los principios básicos del humanismo, se centraría más abiertamente en el hombre desde una perspectiva más científica.

El hombre de VitrubioEl humanismo se suele relacionar con los valores. Valores humanos que algunos contraponen a un supuesto salvajismo que en ningún momento viene identificado. Por eso no es de extrañar que algún autor considere tautológico que muchos colegios se publiciten como centros de formación "humanista”.

Cabe preguntarse: ¿es el humanismo la única manera de enseñar valores? ¿Acaso no existían valores antes o fuera de la Europa que surgió a partir del siglo XV?

Antes de sacar conclusiones erróneas conviene conocer los orígenes del humanismo para entender el significado del término. Salvo que alguno pretenda darle un sentido diferente, en cuyo caso deberá advertirlo antes de comenzar.

Porque de lo que no cabe duda es de que el humanismo surge como reivindicación del hombre “natural” como contrapuesto a lo divino y sobrenatural que estaba en el centro del pensamiento medieval.

Antropocentrismo

Antropocentrismo. Fragmento de la escultura del David de Miguen ÁngelEl antropocentrismo es la doctrina central del Renacimiento, frente al teocentrismo medieval. El antropocentrismo  es  una corriente de pensamiento que afirma la posición central del ser humano en el cosmos. Se caracteriza por su confianza en el hombre y en sus obras -artes, ciencia, razón- y por su preocupación por la existencia terrena y los placeres que ofrece.

Pero, ¿es posible un verdadero antropocentrismo? La pregunta no es retórica. Un verdadero antropocentrismo sería aquél que hiciera del ser humano (de todos los seres humanos) el centro. Mi opinión es que el antropocentrismo -si en algún momento existió- muta inmediatamente en etnocentrismo. De ahí, tras pasar por sucesivas mutaciones, desemboca en individualismo. Mejor dicho, en egoísmo puro y duro.

Esto sucede en primer lugar porque el ser humano como tal no existe. Existen los seres humanos. Y, cuando el individuo habla de ser humano… en realidad está hablando de su raza, de su pueblo, de su familia o, directamente, de sí mismo.

Esta estrechez de miras suele venir envuelta bajo un ropaje pretendidamente filosófico que puede confundir a algunos. Lo cierto es que la búsqueda de la verdad requiere perspectiva.

Los árboles que no dejan ver el bosque

Fotografía en la que aparece una densa arboledaCuando caminamos por el bosque, si es muy frondoso, lo normal es que nos perdamos. Salvo que haya algún camino bien señalizado o vayamos acompañados de una brújula, un GPS o un guía experto. Esto mismo es lo que sucede cuando el hombre fija su mirada únicamente en el hombre.

Se da la curiosa paradoja de que, para conocer la realidad, a menudo hay que salir de ella. Por eso los equipos de rescate necesitan muchas veces la ayuda de un helicóptero. ¿Y qué se ve desde el aire? Desde el aire se ven, por ejemplo, los límites del bosque. Y se ve también el acceso más fácil para rescatar al infortunado montañero.

La filosofía debería ser entonces como un espejo situado por encima de las copas de los árboles. Algo así como los espejos que ponen los ayuntamientos en algunas esquinas o a la salida de algunos aparcamientos. De la misma manera que el hombre puede físicamente sobrevolar el mundo en el que vive, su perspectiva vital puede también sobrevolar el estrecho ámbito de lo antropológico.

El contexto

Que los seres humanos -plural- se preocupen de forma prioritaria de todo lo humano, es razonable. Reflexionar sobre el ser humano como si no existiera nada más es enorme torpeza.

avaricia. Fotografía en la que aparecen varios billetes de dólar. No se puede saber cuántos (no muchos). Alguien ha tenido el ingenio de dividirlos en dos grupos para formar con ellos la imagen de un corazón. Y es curioso que sea precisamente el Renacimiento, y su reivindicación de lo "natural" en el hombre, el comienzo de un engrandecimiento de las obras humanas de manera tal que la "naturaleza" es cada vez más vista únicamente en función de su utilidad para el hombre. Nuestra experiencia nos dice que la "naturaleza" termina así transformada nada más que en dinero.

Más curioso es todavía que la Iglesia haya asumido como suyas gran parte de las consecuencias de esta forma de ver la vida.

Digo que es curioso, porque la Iglesia ha abrazado de una forma muy generalizada lo que se llama "humanismo cristiano". El humanismo cristiano recoge -aunque algo edulcoradas- las características de un movimiento que surge básicamente como reacción contra el teocentrismo medieval, no para transformarlo, sino para liberarse de él. Mayoría de edad le llaman. No es de extrañar, pues, que aunque algunos defiendan un humanismo teísta, el humanismo termine siendo-en el mejor de los casos- deísta.

La realidad es tozuda. Cuando el hombre individual (porque el Hombre no existe) se torna el centro del universo, expulsa de dicho centro a todo lo que no sea él y su entorno más cercano. Esto desde luego incluye a la mayor parte de sus congéneres.

La salida

La única forma de que nos tomemos en serio la humanidad -no como género, sino en la realidad irrepetible de cada ser humano- curiosamente no es otra sino desinflar nuestro ego.

Esa pretendida liberación, que podría ser real individualmente considerada, no puede ser sino falsa al referirnos a una colectividad enorme. Porque el hombre es un ser social y en toda sociedad hay líderes. Yo personalmente prefiero que mis gobernantes no se consideren por encima del bien y del mal. Ya estamos viendo que esto es más frecuente de lo que a menudo se piensa.

Esto se puede conseguir de dos formas. Bien considerando al ser humano como un ser viviente entre otros, lo cual nos lleva a un respeto general hacia la naturaleza (y al hombre formando parte de ella). Bien reconociendo la existencia de un Ser Supremo que lo ha creado todo (de forma que nosotros no somos dueños ni siquiera de nuestra propia vida, cuanto menos de la de los demás).

Como vemos, la salida no es única, pero sí seguramente convergente.

Reconocimiento de nuestra pequeñez

Rayos de sol en un crepúsculo entre montañasEl respeto a la naturaleza tiene mucho de religioso, aunque no vaya acompañado de la fe en un ser supremo. Por su parte, alguien que cree en la existencia de un Dios que sostiene el universo y cuanto contiene en un acto eterno de creación, alguien que cree en esto -que se lo cree de verdad- no puede sino respetar religiosamente la creación.

Es importante hacer notar que, en ambos casos, el hombre toma conciencia de su pequeñez. Y esta toma de conciencia, más allá de los sentimientos que pueda provocar en el hombre, es un verdadero encuentro con su propia realidad más allá de cualquier demagógico delirio de grandeza (sólo desde el reconocimiento de la verdad puede haber ejercicio de la libertad).

Pues bien, sólo desde este respeto universal a la vida (por sabernos parte y no todo, o por saber que todo está en Dios), resulta creíble el respeto por la vida humana de forma verdaderamente universal.

5

Muchas veces se ha dicho que la fe es creer en lo que no se ve. Fe sería también creer en el testimonio de otros, pero ¿es eso la fe? ¿Qué es la fe?

Es cierto que la fe incluye estas cosas y algunas más, pero la fe es mucho más que eso.

Una mirada nueva

¿Qué es la fe? Foto en la que se aprecian unos postes de la luz reflejados en el agua

La fe nos da una mirada nueva y, en ese sentido, el que cree ve más allá de las evidencias. Quien cree por el testimonio de otros, efectivamente cree cosas que no ve. Pero, si se trata únicamente de eso, lo que tenemos entonces es credulidad, no fe.

El cristianismo es una fe histórica, por ello, creer por el testimonio de otros puede que sea comienzo necesario. Pero la fe es mucho más que eso. Los ojos de la fe ven más allá de lo evidente a simple vista. La fe es luz que penetra las sombras.

En continuo discernimiento

Es cierto que el creyente camina muchas veces a tientas. Pero es el camino lo que está a oscuras. La fe es entonces linterna en medio de las tinieblas de la vida. En su caminar, el cristiano precisa buscar y hallar la voluntad de Dios sobre él o ella. Eso, contra lo que suele pensarse, dista mucho de ser un camino trillado. El cristiano no es alguien que va de forma gregaria sin más preocupación que no separarse del rebaño. La fe exige continuamente decisiones personales e intransferibles. Por ello la oración es imprescindible a la fe.

¿Qué es la fe?

Dibujo de libro con un candado abierto, pero no quitado

En la Carta a los Hebreos leemos: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Heb 11,1). Esto no es sin más identificable con creer lo que uno no ve. En la vida -todavía más en la situación actual donde predomina el cientificismo- todos nosotros creemos muchísimas cosas porque nos fiamos de lo que leemos y de lo que escuchamos y porque, además, la información que recibimos al día es tan abrumadora y tan especializada, que no podemos siquiera plantearnos contrastarla. ¿Tendría sentido hablar aquí de fe? Obviamente no.

¿Qué es la fe? Es "garantía de lo que se espera" y "prueba" de lo que no se ve No nos limitamos a creer lo que nos dicen, sino que lo reconocemos como verdadero porque ya se encuentra en nuestro interior. Esto es lo que la Iglesia llama sensus fidei.

La fe lleva y nace del amor

¿Qué es la fe? Fotografía de unas escaleras que discurren por lo que parece un parque

Por otra parte, hoy en día muchos identifican la fe cristiana con una ética.

Es cierto que la fe sin obras es una fe muerta (Santiago 2,17), pero la fe no es una ética pues, ni los cristianos somos mejores que los demás, ni las personas buenas y entregadas pueden ser consideradas cristianos anónimos como pretendió hace algunos años un teólogo católico de forma a mi entender muy poco afortunada.

En el Nuevo Testamento, y muy especialmente en los evangelios, encontramos una ética muy exigente. En realidad, frente a la "obligación" que lleva consigo toda ética, la ética evangélica es tan exigente que sólo puede nacer de la libertad que da el amor.

Arboleda muy espesa y atravesada de forma tenue por los rayos del sol

Amor y fe son de este modo inseparables. La fe no es creer determinadas verdades, sino que es creer que Cristo vive en mí (Gal 2,20). Esta fe lleva y nace del amor (amor a Cristo vivo y vivificante). Esta fe y este amor iluminan la realidad haciéndola de esta forma nueva.

La fe y el amor se alimentan por medio de la esperanza

Nido con dos polluelos y un pájaro adulto

A su vez esta fe y este amor siempre en camino se alimentan por medio de la esperanza que muchas veces se ha identificado equivocadamente con un "premio" que estaríamos esperando los cristianos convirtiéndonos de este modo en mercenarios, gentes mezquinas que estarían contabilizando sus buenas acciones en espera de recompensa. La falta de fe hace así flaquear la esperanza y olvidar el amor, convirtiendo de este modo la moral en carga pesada y la práctica cristiana en amargura. Por el contrario, Jesús dice: "mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mateo 11,30).

La esperanza es alimento de esa fe y de ese amor capaz de ver a Dios en todas las cosas y a todas en Él. La esperanza es el anhelo tan bien expresado por san Agustín en la oración con la que comienza su libro de las Confesiones: "... porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti" (Conf 1,1).