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Conocimiento interno del Señor. Dibujo a carboncillo del rostro de Jesús coronado de espinasConocimiento interno del Señor, es el encuentro de nuestro ser más íntimo con la persona misma del Resucitado. Es intimidad y es búsqueda. Es personal e intransferible. Va mucho más allá de la doctrina o de las prácticas religiosas. No es consuelo, sino aguijón y, sin embargo, es lo único que puede llenar nuestro corazón inquieto.

La búsqueda de Dios puede tomar muchas formas, aunque siempre debe ir acompañada de la búsqueda de la verdad.

Para quien ya es cristiano, esa búsqueda de Dios no puede ser otra que la búsqueda de Cristo. Alguien podría pensar que, quien ya es cristiano, ya se encontró con Cristo y no precisa buscar más.

Nada más lejos de la verdad. En primer lugar porque, salvo una experiencia como la de san Pablo, el encuentro con Cristo es siempre mediado. Y, por tanto, a medias mientras no haya un encuentro personal más allá del testimonio de otros. En segundo lugar porque el encuentro con Cristo, como todo encuentro personal, es siempre algo en proceso. Por ello, cuanto mayor es nuestro conocimiento interno del Señor, mayor es nuestra percepción de lo lejos que estamos de conocerle y de amarle.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE S. IGNACIO [1]

 

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son una forma no infalible, ni tampoco imprescindible, pero sí muy eficaz de alcanzar este conocimiento interno. Estoy hablando del mes de ejercicios.

Lo que san Ignacio pretende es recrear en lo posible la experiencia que los discípulos tuvieron con Jesús. El fruto de los ejercicios es el encuentro con Jesús de Nazaret. Una experiencia espiritual que, cuando se alcanza, deja huella. Este es el auténtico fruto de los ejercicios.

Tres son los lugares en los que san Ignacio habla del conocimiento interno.

Conocimiento interno de mis pecados

En la primera semana de ejercicios, san Ignacio nos propone tres coloquios. El primer coloquio será con Nuestra Señora, el segundo con el Hijo. Finalmente nuestra petición se dirigirá al Padre. En los tres coloquios la petición es siempre la misma: «conocimiento interno de mis pecados y aborrecimiento de ellos» (EE [63]).

Estos coloquios incluyen otras peticiones relacionadas con la anterior, por ejemplo «conocimiento del mundo». Pero no se vuelve a hablar de conocimiento interno.

Mirando en mi interior

¿Qué significa aquí la expresión «conocimiento interno»? El ejercitante pide luz para descubrir sus pecados, para no engañarse a sí mismo, para ver en su interior. Pero está  pidiendo mucho más.

Conocerse uno a sí mismo no es nada fácil. Reconocer las propias faltas es un ejercicio muy duro, que requiere una notable madurez y equilibrio afectivo. Derribar los mecanismos de defensa para dejarse curar por Dios es una gracia.

Pero lo que el ejercitante está pidiendo aquí va mucho más allá de este ejercicio ascético.

Mirando hacia Dios

Conocimiento interno. Fotografía del mural que preside las escaleras del colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)
Mural en el colegio Regina Assumpta. Cercedilla (Madrid)

Porque no se trata de una introspección para descubrir mis faltas, mis defectos o las cosas que hago mal. Estamos hablando de «mis pecados». Y los pecados hacen siempre referencia a Dios. De modo que no puede haber «conocimiento interno de mis pecados» que no nazca del conocimiento interno del amor que  Dios me tiene.

Quien reconoce sus faltas está mirando hacia sí mismo. En cambio, el conocimiento interno de mis pecados es un acto de adoración y de amor a Dios. Mirar hacia las propias faltas puede llevar al rechazo hacia nosotros mismos. Presentar nuestras miserias ante Dios lleva al conocimiento interno de su Amor.

De esta manera, ya desde la primera semana, se viene preparando lo que culminará, como veremos, en la cuarta semana.

Conocimiento interno del Señor

El conocimiento interno del Señor es el eje sobre el que pivota la segunda semana de ejercicios.

Conocimiento interno. Para que mas le ame y le siga. Fotografía de unas huellasEsta semana comienza, a modo de introducción, con la contemplación del Rey Eternal (EE [91-100]). Inmediatamente después, comienza propiamente la segunda semana con la contemplación de la Encarnación. Y es ahí donde san Ignacio propone al ejercitante que comience pidiendo: «demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga» (EE [104]).

Tres preámbulos

Encontramos esta petición en el tercer preámbulo. En los dos preámbulos anteriores, el ejercitante habrá preparado la contemplación. Primero trayendo el contenido de la contemplación y después colocándose en situación: «contemplación, viendo el lugar».

El proceso, por lo tanto, es el siguiente: Primero los datos conocidos por el testimonio de otros. Segundo e importantísimo, yo formando parte de la escena. Finalmente el conocimiento interno, que ya no depende de mí y, por eso, no puedo hacer sino pedirlo.

El conocimiento interno no es obra de la inteligencia (primer preámbulo) ni de la voluntad (segundo preámbulo), sino que es gracia.

Para que más le ame y le siga

La petición de conocimiento interno tiene además un por qué y un para qué. Pido conocimiento interno del Señor «que por mí se ha hecho hombre». No se trata de un dato añadido, sino de la razón por la cual yo deseo conocerle y amarle: porque él me amó primero. Y es por esto que yo deseo a mi vez amarle y seguirle. «Para que más le ame y le siga». El conocimiento interno tiene por finalidad el amor, y un seguimiento que no es externo ni funcional, sino interno y personal. Se trata de conocerle tan íntimamente que su persona sea reconocible en la nuestra.

Conocimiento interno de tanto bien recibido

En la cuarta semana de ejercicios, encontramos la tercera petición de conocimiento interno. Aquí, conocimiento interno de nuestra profunda deuda para con Dios. Este conocimiento nos llevará al reconocimiento amoroso hacia nuestro Creador.

El segundo preámbulo de la contemplación para alcanzar amor es: «pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad» EE [233].

La contemplación comienza con la composición de lugar, que consiste en hacerme consciente de que estoy en la presencia de Dios nuestro Señor. Este Señor es el Resucitado y aparece rodeado de los ángeles y de los santos, que interceden por mí. Estoy ante el Cristo total.

En este contexto, el ejercitante pedirá conocimiento interno de tanto bien recibido. En los cuatro puntos de los que consta la contemplación (EE [234-237]), san Ignacio se encarga de enumerar la multitud de dones recibidos.

El inmenso gozo de sabernos creaturas

La composición nos ayuda a entender el sentido que tiene el conocimiento interno en este contexto. El conocimiento interno es conocimiento ante la presencia de Dios. ¿Quién no se ha sentido muchas veces feliz ante cualquier hecho o circunstancia? Dar gracias a la vida es un ejercicio muy sano, que nos esponja el corazón. Pero el conocimiento interno va más allá.

El conocimiento interno es penetración de la realidad a la luz de la fe. El conocimiento interno de los bienes recibidos es experimentar en lo más profundo de nuestro ser que todo se lo debemos a Dios. Es el reconocimiento, no teórico sino actual, de nuestra condición de creaturas. Es sabernos totalmente dependientes de Dios, saber que somos suyos, de modo que deseemos con toda el alma «en todo amar y servir».

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO

 

Sentir y gustar de las cosas internamente

San Ignacio comienza el libro de los ejercicios espirituales con unas anotaciones. En ellas indica a quien da los ejercicios que no se extienda en la predicación. La razón que da para ello es que «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» EE [2].

Este sentir y gustar internamente equivale al conocimiento interno. Para san Ignacio, el conocimiento interno del Señor equivale a conocimiento personal. Es sentir y gustar de su presencia. El conocimiento interno es alimentado por el amor recíproco. Es el conocimiento que nace del trato, del encuentro y de la experiencia.

El conocimiento interno va tomando cuerpo por medio de la oración personal, a la luz de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios.

Por eso, es muy significativo que a quien da los ejercicios se le diga textualmente: «discurriendo solamente por los puntos con breve o sumaria declaración». Porque es de mucho más fruto espiritual que el ejercitante descubra por sí mismo (por su propio raciocinio o por virtud divina) el sentido de la historia.

Cuando el director de ejercicios se explaya en exceso, se está interponiendo entre el Señor y el ejercitante. Su labor es ir guiando, pero dejando que sea el ejercitante quien realice su propia oración. El conocimiento interno es el que nace de dentro. El predicador puede aumentar nuestro conocimiento intelectual. También puede encender el sentimiento religioso. Pero el único que puede alcanzarnos el conocimiento interno es el Señor mismo.

Conocer en nuestro interior

El conocimiento interno del Señor es en primer lugar conocimiento que se realiza desde la fe, desde lo más íntimo de nosotros mismos.

El conocimiento interno nace del amor

Conocimiento interno del Señor. Dibujo de un corazón grande que representa a Cristo y, dentro de él, un corazón enamorado que nos representa a nosotros.
Conocimiento interno del Señor

Para alcanzar el conocimiento interno del Señor son de mucha ayuda el estudio y la profundización teológica. Pero no son imprescindibles y, desde luego, no son suficientes. Podría decirse que el conocimiento interno nace del amor y poco amor demuestra quien no busca conocer de todas las formas posibles. Pero el conocimiento interno solamente se puede alcanzar mediante la oración, mediante el trato íntimo con el Señor.

El conocimiento interno es un don que hay que pedir y que se da únicamente en la entrega de la propia persona. Se percibe en el alma, pero nace del ver y el escuchar, oler, palpar. Sentir y gustar. El conocimiento interno no es aceptación de una doctrina, sino enamoramiento.

El conocimiento interno del Señor nos mueve a su búsqueda

Conocimiento interno es intuición. Es ese percibir que nace de la convivencia. Es esa sintonía que nace de la amistad, cuando las palabras sobran. De ahí viene el reconocimiento que nos capacita para distinguir dónde está Cristo y dónde no. En eso consiste el discernimiento, que va mucho más allá de la elección de estado. El discernimiento es un estado que para san Ignacio fue permanente. En todo amar y servir supone una actitud de perpetuo discernimiento.

El conocimiento interno es amar a Cristo con toda el alma, y supone una actitud de alerta continua. Porque el conocimiento interno es un don. Sabiendo, además, que con gran facilidad podemos ser engañados. Unas veces conformándonos con muy poco (tentaciones de primera semana). Otras veces proyectando nuestros deseos sobre la realidad (tentaciones de segunda semana).

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

El conocimiento interno es conocimiento desde nuestro interior, pero es también conocimiento del interior del propio Cristo.

Esto último parece extraordinaria osadía. Sin embargo, seguir a Cristo supone conocerle en la profundidad de su persona. No hay verdadero seguimiento si no hay conocimiento interno.

Conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle

Seguir a Cristo no es imitar exteriormente sus acciones. Tampoco es seguir su doctrina. Y, contra lo que algunas formas de espiritualidad practican, tampoco es obedecer a una persona. Ni que sea el director espiritual. Seguir a Cristo es identificarse con él, sentir como él, ser otro Cristo. Por ello, el conocimiento verdadero de Cristo ha de ser conocimiento interno. Conocimiento de su persona, de sus “por qués”, como observa Santiago Arzubialde [2]. No conocemos a alguien hasta que no somos capaces de intuir por qué actúa del modo en el que lo hace.

Imitar a Jesús puede ser muy meritorio, pero no dejaría de ser una caricatura. Jesús actuó del modo en que lo hizo, porque esa fue la voluntad del Padre en las circunstancias concretas que le tocó vivir. Seguir a Jesús es ser dóciles al Padre como él lo fue.

Seguir la doctrina de Jesús parece algo más realista. Lo parece. Porque la doctrina que nos muestran los Evangelios es de imposible cumplimiento con las solas fuerzas humanas. Así pues, sin el conocimiento interno de Cristo, tenemos de nuevo una caricatura. Porque el único mandamiento de Cristo es el mandato del amor. Y es el amor el único que puede guiar nuestros pasos.

De ahí la petición de «conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga». Un conocimiento interno que solo es posible a través de la oración. Amor y seguimiento que es amor al Padre y entrega de la vida en sus manos.

 

EL CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR EN LA VIDA DEL CRISTIANO

 

Muchos cristianos salen de ejercicios identificando erróneamente el fruto de los ejercicios con los «propósitos» de ejercicios. Nunca están mal los buenos propósitos, pero son más propios de la Nochevieja que de la experiencia de ejercicios.

El fruto de los ejercicios es la experiencia en sí misma. El encuentro del Señor, cuando es genuino, deja huella. Si en ejercicios nuestra oración se ha quedado en la superficie, poco durará en nosotros la consolación que hayamos creído tener. Pero si hemos alcanzado algún conocimiento interno, este es perdurable.

En cualquier caso, existe una diferencia cualitativa entre la vida de fe que nace del conocimiento interno y la vida de fe que se alimenta por medio de terceros. Esto no significa que unos y otros no puedan alcanzar el mismo grado de santidad. De hecho, la santidad se mide en términos de fidelidad. El conocimiento interno es un don, y «a quien mucho fue dado, mucho será demandado» (Lc 12,48). Pero sí da lugar a dos modos totalmente distintos de experimentar la pertenencia a la Iglesia. Y ello tiene importantes consecuencias, especialmente cuando se vive en una sociedad desacralizada como la nuestra.

El conocimiento interno requiere una vida de oración

El conocimiento interno del Señor, es conocimiento personal, relación personal con él. Y la oración es justamente esto.

¿Qué es oración?

Ahora bien, ¿qué es oración? Porque es un hecho que, muchas veces, la oración no nos lleva al conocimiento interno. Lo primero que nos viene a la mente es la parábola del fariseo y el publicano. El publicano volvió justificado, porque puso en las manos de Dios su realidad. Podríamos decir que tuvo conocimiento interno de sus pecados.

¿Qué hizo de malo el fariseo? Dio gracias a Dios y no mintió al enumerar todas las cosas buenas que había hecho. Pero juzgó a los demás y se tuvo por superior a ellos. De este modo se atribuyó a sí mismo el mérito de sus buenas obras y, por consiguiente, no fue del todo sincero al dar gracias a Dios. Aún peor, no se dejó interpelar por Dios. Habló y habló, pero no escuchó. Si hubiera tenido una actitud de escucha, su oración hubiera virado en algún momento y se hubiera convertido en acto de contrición.

Esto no significa que toda oración sincera tenga que tener la forma de petición de perdón. Lo imprescindible de la oración es el reconocimiento de que todo se lo debemos a Dios. Y no menos importante es la actitud de escucha. Por eso Jesús dice a sus discípulos que no utilicen muchas palabras como hacen los paganos. Porque, cuando hablamos mucho, la oración se convierte en un monólogo.

El silencio de Dios

Y aquí nos encontramos con lo que muchos llaman el «silencio de Dios». Cuando pedimos a Dios y él parece no escuchar. Cuando tenemos que tomar una decisión y nos gustaría que nos dijese con claridad lo que espera de nosotros.

En los salmos vemos que lo que la oración transforma es ante todo al orante. Podemos observar cómo los salmos de petición comienzan con el salmista al borde del abismo y terminan dando gracias a Dios. Así nos sucede también a nosotros.

Dios se vale de nuestras necesidades para realizar su pedagogía. Lo que la oración realiza en nosotros es, ante todo, un cambio radical de perspectiva.

La oración nos hace ver la realidad con los ojos de Dios. No estoy hablando de resignación, sino de esperanza. En nuestra vida, sucede con frecuencia que los árboles no nos dejan ver el bosque. Carecemos de perspectiva y de paciencia. La oración contextualiza nuestra realidad, haciendo que experimentemos nuestra vida en las manos de Dios. Hablo de experiencia, no de doctrina. No se trata de decirnos a nosotros mismos que nuestra vida está en las manos de Dios. El sentir y gustar de las cosas internamente es experiencia y es gracia.

En el caso más extremo, encontramos la oración de Jesús en el Huerto: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Conocimiento interno del Señor y discernimiento

No hay conocimiento interno del Señor sin discernimiento. Porque el conocimiento interno del Señor no es algo que se consiga de una vez y para siempre. Por eso es necesario estar muy atentos para discernir dónde está el Señor y dónde no.

Conocimiento interno. Discernimiento. Foto de una lupa como símbolo de búsquedaAlgunas veces es relativamente sencillo descubrir dónde «no» está el Señor, pero con frecuencia podemos creer que seguimos al Señor cuando, en realidad, estamos siguiendo nuestras propias inclinaciones [3].

También puede suceder que, de forma autónoma o por indicación de otros, estemos viviendo una vida que no es la nuestra. Por eso, el discernimiento debe hacerlo cada uno personalmente ante Dios. Nadie puede suplirnos en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre nosotros.

Para el encuentro con Cristo no hay recetas. Existen unas normas morales que son para todos, pero seguir a Cristo es mucho más que una ética. El consejo de personas espirituales es siempre bienvenido e incluso necesario, pero el conocimiento interno es personal e intransferible. Cada cual debe encontrar la voluntad de Dios en cada instante de su vida. Esto exige un continuo abrir nuestro corazón a Cristo.

No solo en las grandes decisiones. Las grandes decisiones están condicionadas por lo que somos. Y lo que somos viene dado por esas pequeñas decisiones que hemos ido tomando a lo largo de toda nuestra vida.

Pobreza con Cristo pobre

El conocimiento interno del Señor lleva al amor. El amor lleva al deseo de seguirle. Y el deseo de seguirle va indefectiblemente unido al deseo de parecernos más a él.

La pobreza no es un fin, pero ayuda

Esta pobreza no debe ser entendida como forma de imitación externa de una determinada situación socioeconómica.

La pobreza no es un fin, pero ayuda. Hoy en día, antes siquiera de comenzar a trabajar en cualquier cosa (también en lo pastoral), lo primero que se mira son los medios materiales. Esto, que parece razonable para un partido político, es letal para la Iglesia. Al corazón de las personas no se llega con grandes templos, ni con emisoras de televisión, sino con nuestra entrega, nuestra fe, nuestro amor y con el ejemplo de nuestra vida.

Seguir a Cristo hasta la cruz

San Ignacio no nos invita a abrazar la pobreza sin más, sino «pobreza con Cristo pobre», que no es lo mismo. Se trata de seguir a Cristo hasta la cruz. Por eso san Ignacio va más allá. El texto ignaciano dice así:

«… por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente de este mundo» (Tercera manera de humildad, EE [167]).

Esto subvierte los criterios mundanos que son una tentación constante para la Iglesia.

Conocimiento interno. Pobreza con Cristo pobre. Fotografía de la iglesia del Carmen en Cercedilla (Madrid)
Iglesia del Carmen - Cercedilla

¿Dónde está Cristo? ¿En la prudencia o en el amor? ¿Acaso en las comunidades pobres que no tienen ni templo o en las parroquias ricas que, cuando tienen goteras en alguno de sus edificios, echan el templo abajo y lo vuelven a construir? ¿En los excelentísimos y reverendísimos señores o en algunas de esas ancianas en quienes nadie repara?

Para concluir

El conocimiento interno del Señor es ese conocimiento del que el Señor dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeñitos» (Lc 10,21).

Los pequeñitos no son los niños. Tampoco son, sin más, la gente sencilla. Los pequeñitos son todos aquellos que tienen conocimiento interno de su realidad de creaturas. Que sienten y gustan interiormente que su vida dependa enteramente de Dios. Y esto, obviamente, es mucho más fácil para aquellos cuyo único valedor es Dios.

El conocimiento interno del Señor es el Señor mismo que se entrega a quienes se saben pequeños [4]. Que lo saben de verdad, no de boquilla;  y que lo viven con gozo, no deseando que sea de otra forma.

Conocimiento interno del Señor es ante todo experiencia del Señor. Y esta experiencia del Señor lleva consigo ver la realidad con los ojos de la fe. Es ver el mundo y a nosotros mismos con los ojos de Dios.

El conocimiento interno del Señor lleva a una continua acción de gracias. Por aquello que nos agrada, y también por lo que no nos agrada (cf. Rom 8,28)

NOTAS

[1] El texto de los ejercicios espirituales de san Ignacio pueden encontrarlo en la página de descarga gratis.

[2] ARZUBIALDE, Santiago, Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Historia y Análisis, Mensajero-Sal Terrae (Bilbao-Santander, 1991) pp. 284-285.

[3] San Ignacio pone un ejemplo muy inocente, pero muy gráfico de su propia vida. Cuando era estudiante, tenía dificultades con el latín. Durante un tiempo observó que le invadía un repentino fervor cada vez que se ponía a estudiar. Entonces llegó a la conclusión de que ese fervor no venía de Dios, sino que era tentación. El encuentro con Cristo se da en cumplir su voluntad, que en este caso era que estudiase.

[4] Es importante señalar que este ser y sabernos pequeños no tiene nada que ver con ciertas actitudes que algunas veces se ven -o se esperan- en la Iglesia. El conocimiento interno es todo lo contrario de la pusilanimidad. El conocimiento interno del Señor da una fuerza extraordinaria. Aquella misma fuerza que el Resucitado infundió en los Apóstoles. Al mismo tiempo, la entrega de la propia vida en las manos de Dios nos da la fuerza para no dejarnos llevar por modas ni conveniencias de hombre alguno.

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Una santa de nuestros días. Quien lo desee, se puede descargar traducción al portugués en pdf. NO MÊS DE TODOS OS SANTOS UMA SANTA DOS NOSSOS DIAS

¿ Quién era Doña Elvira?

Una santa de nuestros días. Foto de Doña Elvira en la puerta de su casa
Una santa de nuestros días. Doña Elvira en la puerta de su casa el día 7 de marzo de 1997

Una santa de nuestros días.

Doña Elvira Silveira Santana, nacida  en el estado brasileño de Bahía el día 18 de noviembre de 1939. Fallecida en Campo Grande -Mato Grosso do Sul, Brasil-  el día 17 de noviembre de 2015.

Al día siguiente hubiera cumplido 76 años. Yo la conocí  con 20 años menos y es una de las personas que más huella ha dejado en mi vida.

Estaba casada y su marido -que tiene Alzheimer- no para de llorar [1]. El matrimonio tuvo 19 hijos de los cuales 9 murieron en la infancia. En la actualidad tenía 8 tataranietos.

Era doña Elvira una persona que nunca se alteraba por nada. Un día le pregunté cómo es que nunca se ponía nerviosa. Ella me respondió: "es que, si me pusiera nerviosa, ya me habría muerto". Tenía un carácter extraordinario y una vitalidad calmada, pero incombustible. Nunca se rendía.

La capilla Madre Paulina

Mapa_Politico_Brazil_1981_CIA (modificado)Estaba la Parroquia Cristo Luz dos Povos dividida en varias "capelas". Las grandes celebraciones tenían lugar en la "matriz" con la cual había un contacto constante, pero las celebraciones dominicales se realizaban en cada "capela" que tenía su propia estructura pastoral. La parroquia abarcaba una zona muy amplia cuyo centro estaba en un barrio residencial habitado por familias de clase media, al tiempo que se adentraba en una de las favelas de Campo Grande. Su proximidad al río hacía especialmente dura la situación de muchas familias que veían sus chabolas inundadas cada vez que llovía un poco más de lo habitual (que, en algunos meses, era un día sí y otro también).

En el lindero de esta favela estaba la Capela Madre Paulina. Por no haber, no había ni templo [2]. Las eucaristías y otras celebraciones litúrgicas tenían lugar en el patio cubierto de la pequeña escuela que el ayuntamiento cedía a la parroquia los domingos.

No había capilla de ladrillos, pero había comunidad. Y había un presidente de la comunidad y una serie de cargos laicales... pero, sobre todo, estaba Doña Elvira.

Una santa de nuestros días

Doña Elvira en el salón de su casaA Doña Elvira, el párroco que había en ese momento la tenía completamente ninguneada. Y Doña Elvira quería ser Ministra de la Eucaristía para llevar la comunión a los enfermos. Pero Doña Elvira no tenía estudios y el párroco seguramente pensó que no tenía la preparación adecuada. El párroco puso a un presidente de la comunidad que sí que tenía estudios, pero que no asistía a las reuniones... salvo que fueran en la matriz y hubiera ocasión de lucimiento.

Y fue entonces cuando yo aprendí que el trabajo por el Reino de Dios es el trabajo que Dios hace cuando todo está en contra y, muy especialmente, cuando nadie lo ve. Y yo aprendí a trabajar por el Reino de Dios poco menos que "en la clandestinidad". No era difícil. La capela Madre Paulina era muy pequeña y muy pobre y el párroco tampoco asistía a nuestras reuniones (sí que celebraba la Eucaristía el domingo que le tocaba, y con mucho fervor, por cierto).

En la comunidad casi nadie tenía teléfono, de modo que, para dar cualquier aviso, había que ir casa por casa.... o pasar un rato en casa de Doña Elvira. Bastaba con estar un par de horas en su casa para ver a todo el mundo.

Mujer de intensa oración

Y, en cuanto había un grupito de gente en su casa, Doña Elvira sacaba el rosario y allí no se libraba nadie. Yo no he visto en ninguna parte rezar el rosario de ese modo. Se creaba un ambiente increíble de oración, era un susurro envolvente en el que Cristo y María debían estar a sus anchas. Impresionante.

Doña Elvira no tenía estudios, pero tenía una vida interior que es muy difícil encontrar en nadie. Y, lo que es más difícil todavía, nunca pedía a los demás lo que ella no estuviera dispuesta a hacer. A decir verdad, ella no pedía nunca nada. Simplemente se ponía en marcha y lo mejor que uno podía hacer era seguirla en el convencimiento de que, donde fuera doña Elvira, allí estaba Cristo.

Una experiencia dramática

Nunca olvidaré la experiencia dramática que nos tocó vivir a ambas. Hacía unos días que había desaparecido una pareja de novios adolescentes. Una semana después aparecieron muertos, prácticamente carbonizados por el intenso calor. Habían tenido un accidente con la moto en una zona muy poco frecuentada. Las familias de los desafortunados jóvenes eran personas poco creyentes y bastante conflictivos. Nadie de la parroquia se atrevió a ir a darles el pésame en el convencimiento de que dicho gesto podría ser considerado como una provocación, que seguramente echarían la culpa a Dios de su desgracia y, de paso, a cualquiera que se atreviera a mencionarlo.

Doña Elvira en su casa levantando un cuadro que representa al Sagrado Corazón de JesúsPues bien, doña Elvira dijo que nuestro deber era ir a llevar a Dios a esa familia en su desgracia y que ella pensaba ir. Y yo me fui con ella a la casa de uno de los chicos. Allí, en un patio bastante grande, habría no menos de cuarenta personas. No recuerdo cómo fue. Solamente recuerdo a toda aquella gente sentada en un gran círculo. No se oía una mosca. Solamente se oía la voz de doña Elvira. Yo no podía dar crédito a mis oídos. Doña Elvira no tenía estudios, pero las palabras que salían de su boca eran las palabras de alguien sumergido en Dios y de alguien sabio. Estoy segura de que aquél día doña Elvira había rezado más de lo acostumbrado y que fue el mismo Cristo quien habló por su boca.

Aunque nadie promueva la causa de su beatificación

Y estoy también segura de que hoy hay en el cielo una nueva santa, una santa de nuestros días. Aunque seguramente nadie promoverá la causa de su beatificación. Lo sabrá Dios, lo sabrá la Virgen -a quien ella tanto amaba- lo sabrá su gran familia y lo sabremos todos aquéllos que tuvimos la enorme suerte de ser sus amigos.

Nuestra santa, una santa de nuestros días

Doña Sebastiana y su marido el señor Júlio

Dña. Sebastiana y su marido, el Sr. Julio
Dña. Sebastiana y su marido, el Sr. Julio

Aprovecho para recordar con mucho cariño a otras dos personas que eran parte muy importante de esa Comunidad y que también han fallecido este año. El matrimonio formado por doña Sebastiana y el Sr. Julio. Siempre estarán en mi corazón y sé que un día nos reencontraremos.

Esquela del Sr. Julio RochaEsquela de Doña Sebastiana José da Silva

 

 

 

Doña Ilda

La última foto que Doña Ilda me envió por whatsapp pocos días antes de morir El Señor se llevó ayer junto a sí a doña Dozailda Lima Madeiros da Silva. Había nacido el 17 de septiembre de 1951. Falleció en Campo Grande-MS- Brasil el 4 de diciembre de 2015, a las 17:10'. Es como si Dios quisiera que aquella pequeña comunidad volviera a reunirse en el Cielo. Pero la comunidad no sería lo mismo sin la inefable sonrisa de doña Ilda. Siempre parecía contenta y era una mujer muy divertida. Y no precisamente porque su vida fuera fácil. Pero ella era la mujer fuerte que hacía fácil lo difícil.

Llevaba varios años viuda y, aunque no tenía hijos, había criado como tal a su sobrino Samuel. Y de algún modo también era un poco madre de todos sus hermanos. De una forma discreta y humilde, pero era más que evidente el respeto que toda su familia le tenía. No tengo duda de que se lo había ganado a pulso.

[1] El Sr. Antônio falleció el día 10 de diciembre de 2016.

[2] Después de mi marcha, la situación ha cambiado mucho. Canalizaron el río, urbanizaron la zona y construyeron una preciosa capilla.

 

Una santa de nuestros días

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Muchas veces se ha dicho que la fe es creer en lo que no se ve. Fe sería también creer en el testimonio de otros, pero ¿es eso la fe? ¿Qué es la fe?

Es cierto que la fe incluye estas cosas y algunas más, pero la fe es mucho más que eso.

Una mirada nueva

¿Qué es la fe? Foto en la que se aprecian unos postes de la luz reflejados en el agua

La fe nos da una mirada nueva y, en ese sentido, el que cree ve más allá de las evidencias. Quien cree por el testimonio de otros, efectivamente cree cosas que no ve. Pero, si se trata únicamente de eso, lo que tenemos entonces es credulidad, no fe.

El cristianismo es una fe histórica, por ello, creer por el testimonio de otros puede que sea comienzo necesario. Pero la fe es mucho más que eso. Los ojos de la fe ven más allá de lo evidente a simple vista. La fe es luz que penetra las sombras.

En continuo discernimiento

Es cierto que el creyente camina muchas veces a tientas. Pero es el camino lo que está a oscuras. La fe es entonces linterna en medio de las tinieblas de la vida. En su caminar, el cristiano precisa buscar y hallar la voluntad de Dios sobre él o ella. Eso, contra lo que suele pensarse, dista mucho de ser un camino trillado. El cristiano no es alguien que va de forma gregaria sin más preocupación que no separarse del rebaño. La fe exige continuamente decisiones personales e intransferibles. Por ello la oración es imprescindible a la fe.

¿Qué es la fe?

Dibujo de libro con un candado abierto, pero no quitado

En la Carta a los Hebreos leemos: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Heb 11,1). Esto no es sin más identificable con creer lo que uno no ve. En la vida -todavía más en la situación actual donde predomina el cientificismo- todos nosotros creemos muchísimas cosas porque nos fiamos de lo que leemos y de lo que escuchamos y porque, además, la información que recibimos al día es tan abrumadora y tan especializada, que no podemos siquiera plantearnos contrastarla. ¿Tendría sentido hablar aquí de fe? Obviamente no.

¿Qué es la fe? Es "garantía de lo que se espera" y "prueba" de lo que no se ve No nos limitamos a creer lo que nos dicen, sino que lo reconocemos como verdadero porque ya se encuentra en nuestro interior. Esto es lo que la Iglesia llama sensus fidei.

La fe lleva y nace del amor

¿Qué es la fe? Fotografía de unas escaleras que discurren por lo que parece un parque
¿Qué es la fe?

Por otra parte, hoy en día muchos identifican la fe cristiana con una ética.

Es cierto que la fe sin obras es una fe muerta (Santiago 2,17), pero la fe no es una ética pues, ni los cristianos somos mejores que los demás, ni las personas buenas y entregadas pueden ser consideradas cristianos anónimos como pretendió hace algunos años un teólogo católico de forma a mi entender muy poco afortunada.

En el Nuevo Testamento, y muy especialmente en los evangelios, encontramos una ética muy exigente. En realidad, frente a la "obligación" que lleva consigo toda ética, la ética evangélica es tan exigente que sólo puede nacer de la libertad que da el amor.

Arboleda muy espesa y atravesada de forma tenue por los rayos del sol

Amor y fe son de este modo inseparables. La fe no es creer determinadas verdades, sino que es creer que Cristo vive en mí (Gal 2,20). Esta fe lleva y nace del amor (amor a Cristo vivo y vivificante). Esta fe y este amor iluminan la realidad haciéndola de esta forma nueva.

La fe y el amor se alimentan por medio de la esperanza

Nido con dos polluelos y un pájaro adulto
¿Qué es la fe?

A su vez esta fe y este amor siempre en camino se alimentan por medio de la esperanza que muchas veces se ha identificado equivocadamente con un "premio" que estaríamos esperando los cristianos convirtiéndonos de este modo en mercenarios, gentes mezquinas que estarían contabilizando sus buenas acciones en espera de recompensa. La falta de fe hace así flaquear la esperanza y olvidar el amor, convirtiendo de este modo la moral en carga pesada y la práctica cristiana en amargura. Por el contrario, Jesús dice: "mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mateo 11,30).

La esperanza es alimento de esa fe y de ese amor capaz de ver a Dios en todas las cosas y a todas en Él. La esperanza es el anhelo tan bien expresado por san Agustín en la oración con la que comienza su libro de las Confesiones: "... porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti" (Conf 1,1).

Espiritualidad cristiana y ecología

Espiritualidad cristiana y ecología. ¿Qué relación existe entre ambas? La respuesta es doble. Por un lado, es evidente que la fe en un Dios creador nos lleva a amar la naturaleza. Como obra suya que es, no podemos sino dar a Dios gracias por ella. Por otro lado, la Iglesia nunca ha visto con buenos ojos por ejemplo el amor a los animales. La teología católica ha encumbrado al hombre en oposición a la naturaleza. Como si la redención fuera un acto excluyente. Cometiendo el error de plantearse la relación del hombre con la naturaleza como si se tratase de dos realidades independientes. Por eso, es tan importante el giro que ha dado el Papa Francisco con su encíclica "Laudato si".

En ella, el Papa nos dice que, en la naturaleza, todo está interrelacionado. Los seres humanos –a pesar de nuestra especificidad- no estamos fuera de la naturaleza, sino que formamos parte de ella. El cuidado de la naturaleza, la justicia hacia los pobres y la paz interior son realidades inseparables. Utilizar la naturaleza como objeto de uso y dominio lleva consigo la exclusión de los pobres y nuestro propio empobrecimiento humano y espiritual. Por otra parte, los cristianos tenemos una ineludible obligación hacia la creación y sabemos, además, que Cristo, por su resurrección, envuelve misteriosamente todas las cosas y las orienta a un futuro de plenitud.
Estas tres realidades forman un círculo que se opone a la "cultura del descarte" (números 16, 22, 43 y 123). ¿Qué es la cultura del descarte y por qué dicha cultura está socavando los pilares de la sociedad humana?

La cultura del descarte

Fotografía de un pobre tumbado sobre el suelo
Espiritualidad cristiana y ecología

La cultura del descarte parte de la base de que la naturaleza es ilimitada y el hombre su dueño absoluto. Aquí tenemos ya tres falsedades y no dos como pudiera parecer. En primer lugar, cada vez se hace más evidente que la naturaleza no es ilimitada. Los recursos son finitos y hay que economizarlos. En segundo lugar, tampoco es cierto que el hombre sea el dueño absoluto de la naturaleza. El mandato del Génesis (Gen 1,28) significa el uso y disfrute de todo lo necesario para la vida humana, no su malversación por parte de algunos. Y aquí está la tercera falsedad. Los derechos que teóricamente se proclaman para "todos los seres humanos", son negados sistemáticamente en la práctica. Así, por ejemplo, cuando los telediarios han hablado de "víctimas" por un lado y de "daños colaterales" por otro.

La cultura del descarte es lo opuesto al reciclaje, pero va mucho más allá, convirtiendo TODO en objeto de usar y tirar. Consecuencia de esto son los mares invadidos por las omnipresentes bolsas de plástico. Bolsas que antes se regalaban y ahora te las cobran, pero que se siguen usando igual. O los vidrios que tiras al contenedor correspondiente, pero que a nadie se le ocurre reutilizar. ¿Por qué romperlas en lugar de devolver el casco como se hacía antes? En todo caso continuamos hablando de "cosas". Pero ¿qué pasa con los desaprensivos que abandonan a sus animales? Esto es también cultura del descarte. El perro perdió el olfato o, simplemente, perdió la gracia. Y se le "descarta". De ahí a descartar a la abuela hay sólo un paso. Aunque algo bueno ha tenido la crisis: por la fuerza de la necesidad, muchos están "reciclando" a sus mayores.

África, continente descartado

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Esta forma de vivir que afecta a las personas de forma individual muestra su lado más cruel en las relaciones internacionales. De hecho, África se ha vuelto el continente descartado. Muy poco sabemos de las guerras que ha habido y continúa habiendo en el África subsahariana. Para los mass-media África sencillamente no existe. La sensibilidad que el mercado bursátil muestra desde Tokio hasta Wall Street cuando en el mundo se da la más mínima contingencia contrasta vivamente con su nula reacción ante cualquier atrocidad que pueda suceder en África: las bolsas ni se inmutan.

Sabemos únicamente de los náufragos que cada día llegan a nuestras fronteras. Y, de estos, ni siquiera sabemos sus países de procedencia y mucho menos las razones de su viaje. Damos por hecho que todos lo hacen por motivos económicos. Nadie nos informa y, a decir verdad, esta ignorancia no nos quita el sueño.

Así es que descartamos las bolsas de plástico, descartamos los animales cuando nos hartamos de ellos, descartamos a la gente que no produce -recordemos en qué ha quedado en términos reales la ley de dependencia- y, ya puestos, descartamos a la mayoría de la humanidad.

La paz interior

Y, ¿cómo encaja todo esto con lo de la paz interior? Cuando la conciencia se adormece, el interior se apacigua y el personal se queda tan oreado. No hay más que ver el desparpajo de algunos a quienes se les debería caer la cara de vergüenza y, en cambio, se permiten el lujo de dar lecciones de decencia por televisión. ¿Cómo relaciona el Papa lo de la paz interior con las otras dos cuestiones? La impresión es que, en la encíclica, este tercer aspecto no está tan trabajado como lo anterior. No obstante, fundamentándome en lo que leemos en el número 225, parece evidente que la paz interior a la que el Papa se refiere va mucho más allá de la tranquilidad de conciencia que da una actuación honesta (o, en su caso, la deshonestidad crónica).

Consolación ignaciana

Aventurando una hipótesis, pienso que la paz de la que habla Francisco I tiene mucho más que ver con el significado que en la espiritualidad ignaciana [1] tiene la palabra "paz" como sinónimo de "consolación" y que está mucho más relacionado con el amor a Dios que con la ausencia de remordimientos.

Esa paz no nace de uno mismo, sino de ver a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios. Lo que se opone a esta paz es justamente el deseo irrefrenable (que S. Ignacio llama "afección desordenada") de poseer algo que de suyo puede ser bueno, pero a lo que nos aferramos de manera irracional.

La paz interior como fruto de la libertad

La "paz interior" se entendería entonces como fruto de la libertad de quien usa de las cosas sin sentirse dueño de ellas. En este sentido, ciertamente, se cierra el círculo: "respeto a la naturaleza - justicia ante los pobres - paz interior".

Letrero que dice así: "No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. (Mateo 10,34-36).
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Esta paz interior es el mayor bien que el ser humano puede alcanzar, aquello que le confiere la profundidad de lo verdaderamente humano. No debe ser confundida con el conformismo de quien no aspira a nada, porque no espera nada de la vida. Tampoco es la actitud del vago que sopesa cuánto le costará alcanzar sus metas y decide abandonar. La paz interior es una paz activa, una paz en lucha, una paz frecuentemente perseguida.

En la medida en que perdemos esta paz interior, nuestras relaciones con las cosas y con los demás se vuelven más y más superficiales hasta llegar a incapacitarnos cualquier experiencia verdaderamente humana. Por ejemplo, algo tan genuino -y aparentemente tan cotidiano- como la amistad se queda en mero compadreo cuando no en puro interés.

La paz interior es fruto de un corazón sincero y, en muchos casos, fruto también de la madurez humana (lo que define la verdadera sabiduría, frente a la mera información acumulada). Sin embargo, su culmen, como el culmen de todo lo verdaderamente humano, tiene su fuente en el amor que es regalo de Dios en Cristo resucitado.

 [1] Espiritualidad de san Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, orden religiosa a la que el Papa pertenece

 

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