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Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Silueta de persona oranteLos discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar (cf. Lc 11,1). No es de extrañar. No sólo porque Juan hubiera enseñado a sus discípulos, sino porque Jesús se retiraba con mucha frecuencia a orar y lo hacía durante horas. Esto tuvo que marcar profundamente a todos aquellos que tenían trato íntimo con él.

Lo que Jesús hizo

En un artículo anterior vimos a Jesús orando, casi siempre a solas. También pudimos escuchar las pocas veces que lo hizo en medio de la multitud. Nos quedamos con ganas de escucharle alguna de esas noches que él pasó al raso entregado a la oración. Pero nos ha quedado el testimonio de la última y más decisiva de todas ellas: la oración del huerto. Esta oración fue parcialmente escuchada por los suyos, se supone que antes de que el sueño les venciera.

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar. Jerusalén. Iglesia del padrenuestro. Azulejos representando el padrenuestro en españolLo que Jesús dijo

Jesús enseña a sus discípulos la oración del Padrenuestro (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4). También les hace numerosas indicaciones acerca de cómo debe ser su oración. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Están explicando estas indicaciones la forma en la que debe ser rezado el Padrenuestro o es el Padrenuestro el que sintetiza todo lo que puede decirse de la oración cristiana? ¿Se trata únicamente de una oración para que sus discípulos reciten en determinados momentos o se trata más bien de una forma de orar, algo así como el eje vertebrador de la oración cristiana? Esto último sería además coherente con el sentido que para los judíos tiene el Shemá Israel.

Antes de responder a estas preguntas vamos a escuchar qué es lo que nos dice Jesús acerca de la oración. Lo vamos a hacer encuadrando sus enseñanzas en el contexto del Padrenuestro.

Padre nuestro

Intimidad con Dios

La oración del cristiano es intimidad con el Padre: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6,6).

Dibujo que representa un hombre orante ante la cruzPor eso, lo importante no son las palabras, sino el estar, ponerse uno a tiro del Señor: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras (…) pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,7-8).

La oración del cristiano es relación personal y amorosa: «Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios» (Jn 16,26-27).

Perseverar en la oración

Por eso es necesario orar siempre: «Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Quien ora únicamente cuando se encuentra en una situación apurada, dejará de orar cuando las cosas le van bien… o cuando la persistencia de los problemas le hagan pensar que su oración no está siendo escuchada.

Configuración con Cristo

Cuadro que representa las manos de un sacerdote alzando la hostia después de la consagraciónEl fruto más importante de la oración es la transformación del orante. Más allá de lo que pidamos, la oración nos va configurando con Cristo: «Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20).

La mejor garantía de que nuestra oración ha sido escuchada es experimentar el gozo de la amistad con Cristo. Si, además, recibe lo que ha pedido, entonces la alegría es completa: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).

La oración lo puede todo

Cuadro de François Boucher. San Pedro intentando andar sobre las aguasLa fe lo puede todo: «Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”» (Mc 9,23).

La oración del cristiano se basa en la confianza absoluta en que el Padre nos ama: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (…) Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7,7-8.11; cf. Lc 11,5-13).

La oración del cristiano es confianza absoluta en que Dios lo puede todo: «Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis» (Mc 11, 24; cf. Mt 21,22).

Hay una cosa más. La oración no es un monólogo, sino que es sobre todo escucha. Esta escucha transforma nuestros deseos. Entonces no somos nosotros los que pedimos, sino que es Cristo quien pide en nosotros: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 14,7).

Santificado sea tu nombre

Foto de Siete picos tomada desde la Carretera de la República. Texto con la oración de san Ignacio de Loyola: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me disteis, A Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que con ésta me basta."Santificar el nombre del Padre es reconocerlo como Dios, no sólo ni principalmente con los labios, sino sobre todo con el corazón y con los hechos: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mc 7,6-7; cf. Is 29,13).

Por eso no hay verdadera oración cuando sale de nosotros, porque entonces son palabras humanas. La verdadera oración la hace el Espíritu en nosotros y es él quien santifica en nosotros el nombre del Padre: «El Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,17).

Gatito bebiendo leche de un biberónY ésta es la garantía de que seremos escuchados: «pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).

En realidad, lo único que tenemos que hacer es dejarnos, y ese dejarnos es también un don. El Espíritu pone en nuestro corazón las palabras y el Hijo glorifica al Padre escuchando nuestra oración. «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13-14). Es como estar en medio de ese abrazo trinitario, dejándonos querer. Santificar el nombre de Dios es entonces reconocer nuestra nada ante Dios, esperarlo todo de él y rebosar de gratitud por ello.

Venga tu reino

Veíamos hace un momento cómo Jesús promete a sus seguidores que su oración será escuchada. Lo promete en numerosas ocasiones y pone como única condición el pedirlo con fe.

El silencio de Dios

cruz de madera, sin imagen, en una zona de montañaA estas alturas algunos estarán seguramente echando de menos unas palabras acerca del silencio de Dios. Cuando pedimos –supuestamente con fe- y no obtenemos lo que pedimos. Ante esta cuestión, que no podemos eludir, lo primero que hay que responder es que los evangelios no se plantean siquiera esa posibilidad. Por mucho que rebusquemos en ellos no encontraremos un solo lugar en el que Jesús ni tan siquiera sugiera que Dios alguna vez pueda hacer oídos sordos a nuestras peticiones.

La respuesta más sencilla es en estos casos suponer que el orante no lo hizo con suficiente fe. Y ésta es, justamente, la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le preguntan: «Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?”. Les contestó: “por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: ʻTrasládate desde ahí hasta aquíʼ, y se trasladaría. Nada os sería imposible”» (Mt 17,19-20).

¿Qué es tener fe?

Dibujo representando la silueta de un hombre orandoAhora bien, ¿qué es tener fe? Porque, cuando hablamos de la fe referida a la oración, solemos pensar que rezar con fe es rezar con el convencimiento de que Dios nos va a escuchar. Pero nos olvidamos del contexto. No el contexto de la necesidad que motiva nuestra petición, sino el contexto de nuestra propia vida de fe.

Porque la fe no es algo puntual. Ayuda mucho a la oración que lo que pidamos sea vital para nosotros. Jesús fue salvando personas, no satisfaciendo caprichos. Pero la fe es algo que abarca a la persona entera y a cada instante de su vida. La fe no dura cinco minutos, ni media hora (el tiempo que dure la oración). Y, sobre todo, la fe no se refiere a mis necesidades –por muy acuciantes que sean y muy lícito que sea pedir por ellas- sino a Jesús y al reino de Dios.

Es muy importante tener además presente que la fe va mucho más allá de un mero asentimiento intelectual. Quien no está dispuesto a perder sus seguridades, es que no cree (no lo suficiente). Y ¿quién puede decir que cree de esta manera? Cuando Jesús afirma –y lo hace con contundencia- que todo cuanto pidamos nos será concedido, está hablando a sus discípulos. Jesús se dirige a aquéllos que lo han dejado todo para seguirle. Y aún a estos acabamos de ver cómo –en ese momento, es decir, antes de la resurrección de Jesús- no tenían fe suficiente (cf. Mt 17,16).

Búsqueda del Reino de Dios

León tumbado y junto a él un cordero. Pacíficamente juntos representando el texto en el que Isaías profetiza cómo será el Reino de Dios: "El león pacerá con el cordero"Es en esa búsqueda del reino de Dios en la que se encuadran los milagros de Jesús. La primera petición es que venga a nosotros el reino de Dios. Pero el reino de Dios es algo que –aunque a nosotros nos parezca mentira- Dios no puede hacer sin nosotros. Por eso, pedir que venga a nosotros el reino de Dios no es pedir que el reino de Dios nos llueva del cielo, sino que es pedir a Dios que guíe nuestros pasos, que nos allane el camino, que lo haga posible. Y entonces empiezan a suceder cosas.

Dibujo que representa trabajadores del campoEl deseo por el reino es ponerse en marcha y pedir para que muchos otros lo hagan también: «Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,37-38; cf. Lc 10,2). Conviene aclarar que pedir que Dios mande trabajadores a su mies no es pedir por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Trabajar en la mies del Señor es tarea de todos los cristianos, cada cual como sepa y pueda y como el Señor le vaya guiando.

Por cierto, que eso no es nunca sin consecuencias. Por eso, a quienes son perseguidos por causa de la justicia (cf. Lc 6,22-23), Jesús les dice: «(…) pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar» (Lc 18,7-8).

Hágase tu voluntad

Llegamos aquí al test de calidad de nuestra oración. Nuestra oración, incluso fervorosa, se convierte en vana palabrería si no se concreta en la realidad de nuestra vida: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

Imagen de Jesús orando de rodillas con los brazos apoyados sobre una piedraY éste es el momento de volver de una forma especial nuestras miradas hacia Jesús. En la oración del huerto (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46) encontramos una súplica, pero sobre todo la entrega total de la voluntad en las manos del Padre. Un “hágase tu voluntad” que a Jesús le sale de las entrañas y le cuesta la vida. No es el “hágase” (“que se haga”, que “alguien” haga) que tantas veces pronunciamos distraídamente y que suena más bien a algo que esperamos que suceda sin que a nosotros nos afecte para nada.

Decíamos antes que el testimonio de los evangelistas es unánime e insistente en afirmar sin fisuras que la oración del que cree es siempre escuchada. Una fe que consiste justamente en ponerse totalmente en las manos de Dios para hacer su voluntad. Y es precisamente ese sometimiento a la voluntad de Dios el que hace que Jesús renuncie voluntariamente a salvarse El Cristo de san Juan de la Cruz. Cuadro de Dalía sí mismo: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,16).

Ésta es la única vez que –según nuestros criterios humanos- Jesús parece experimentar el silencio de Dios. La realidad es, sin embargo, que la respuesta del Padre se manifiesta justamente en la fidelidad de Jesús hasta el final. Aquí está el germen de la resurrección y éste es el sentido que tiene decir que, por el bautismo, hemos resucitado con Cristo (cuando estamos aún en esta tierra).

Danos hoy nuestro pan de cada día

Fotografía que representa un trozo de pan

Cuando alguien dice que Dios no escucha sus oraciones, suele referirse a necesidades materiales de un tipo u otro. Todavía no he oído a nadie quejarse porque, a pesar de sus oraciones, cada vez hay más guerras. Ni porque lleva años rezando para que los hombres encuentren a Cristo y cada vez andan más perdidos. Es “el pan de cada día” lo que centra las oraciones de nuestros cristianos. El pan en un sentido amplio… pero no mucho, porque no suele ir mucho más allá de la familia y, si acaso, algunos amigos. Incluso hay quien tiene una lista para no olvidarse de ninguno.

Aprender a orar

Fotografía que representa un gorrión macho en una rama

Los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, y Jesús les enseña a no agobiarse: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia» (Mt 6,31-34).

¿Qué significa rezar con fe?

Y aquí volvemos al tema de la fe. Rezar con fe no es estar seguro de que ese puesto de trabajo al que aspiras va a ser para ti. Esta seguridad es muy conveniente de cara a causar buena imagen en las entrevistas de trabajo. No es esta la seguridad a la que Jesús se refiere. Tener fe es centrar tu vida en la búsqueda del reino de Dios, de manera que todo lo demás pase a un segundo plano. A quien pone de este modo sus necesidades en las manos de Dios –no por holgazanería, sino por un interés superior- no ha de faltarle la ayuda necesaria. Bien entendido que no estamos diciendo que la búsqueda del reino de Dios nos exima de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente (cf. 2 Tes 3,10).

Y, en la pequeñísima medida en que actuamos así, comprobamos hasta qué punto es esto cierto y, quienes lo han vivido, rebosan de gozo al contarlo. «Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien anhela sobre todo a Cristo, eso es lo que pide de modo incesante. Y el Padre que nos entregó a su Hijo, «¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8,32).

Perdona nuestras ofensas

Fotografía de un confesionario en una iglesiaLa oración es relación con Dios. Los hombres suelen valorar más a aquél que se da importancia, pero esta estrategia está ante Dios condenada al fracaso. Porque él nos conoce por dentro. Por eso, pedir perdón no es un elemento ritual y tampoco nace de un sentimiento de culpabilidad. Se trata de reconocer nuestra realidad ante Dios, para que él penetre hasta el último rincón de nuestro ser.

Pedir perdón a Dios no es preparación, sino consecuencia de la oración

Es notable que la petición de perdón sea prácticamente el colofón del Padrenuestro. Si comenzásemos pidiendo perdón, se podría considerar un acto de purificación necesario para ponernos en la presencia de Dios. Situado al final, sin embargo, es conclusión agradecida. Empezamos, sin preámbulos, llamando Padre a Dios. Terminamos pidiendo perdón o, lo que viene a ser lo mismo, realizando un acto de profundo agradecimiento. Porque no pedimos perdón mirando hacia nosotros, sino mirando hacia Dios y todos los dones que de él hemos recibido.

El encuentro con Dios te pone en tu sitio, no al modo humano, sino con un gozo muy superior a cualquier otro:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,10-14).

El que se pone a sí mismo como ejemplo, está manteniendo un monólogo. No se ha encontrado con Dios.

Quien se sabe perdonado no puede guardar rencor

Dibujo en el que aparecen abrazados un palestino y un judío. Debajo de ellos una bandera formada por las dos banderas respectivasPero, claro está, sería una tremenda contradicción pedir perdón a Dios a quien debemos todo, mientras mantenemos nuestro corazón cerrado a la reconciliación con los demás (cf. Mt 18,21-35: parábola sobre el perdón y la misericordia). La contrición es un acto de amor agradecido, y de ese acto de amor no podemos excluir a nadie: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

En ese mismo sentido, pero en un contexto litúrgico: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24).

Pero Jesús nos pide más. No ya perdonar. Quien perdona, olvida. Y el olvido expulsa todo rencor del corazón, pero muchas veces también todo aprecio. El olvido se refiere al pasado. Quien te ha hecho daño en el pasado puede pasar a formar parte de un recuerdo borroso e indiferente, en un pasar página liberador. Pero Jesús va mucho más allá: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44). Nos está pidiendo que amemos a quienes, no ya en el pasado sino incluso ahora mismo, buscan nuestro mal. Y que recemos por ellos. Y no nos lo manda al modo que suelen hacerlo los hombres –que mandan una cosa y hacen otra-. Jesús nos manda hacer aquello mismo que él hizo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

A modo de conclusión

Comenzaba este artículo formulando las preguntas que yo me había planteado a mí misma antes de comenzar a escribir. Llegados a este punto, la respuesta parece evidente. En el Padrenuestro encontramos las líneas maestras de la oración cristiana, una especie de criba por la que pasar nuestra vida haciendo nuestras, no tanto las palabras cuando el espíritu que ellas contienen.

Dicho de otro modo, que cuando Jesús dice: «Vosotros orad así» (Mt 6,9) y, en otro lugar: «Es necesario orar siempre» (Lc 18,1), no está diciendo que nos pasemos todo el día rezando padrenuestros. Lo que Jesús quiere es que vivamos continuamente en el reconocimiento agradecido de que Dios es nuestro Padre. Santificar a Dios con nuestra vida. Pedir sin descanso que venga a nosotros el reino de Dios. Que reine en el mundo el temor de Dios. Conscientes de que somos pecadores, pedirle continuamente que ilumine nuestros ojos y ablande nuestro corazón para hacer siempre su voluntad. Que en nuestro corazón no habite nunca el rencor. Y que continúe cuidando de nosotros, no para beneficio nuestro, sino para poder servirle en todo mientras nos quede un hálito de vida.

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Importancia de la oración en la vida del cristiano

Sin oración, no es posible la fe. Pueden darse unas prácticas religiosas, puede incluso existir un fuerte sentimiento de pertenencia y hasta un compromiso efectivo. Pero no lo que realmente significa la fe. De ahí la importancia de la oración en la vida del cristiano.

Sin oración, los contenidos y las prácticas cristianas permanecen fuera de la persona, no afectan a lo más íntimo de su ser y, de este modo, el individuo o el grupo no alcanzarán a ver en el cristianismo sino exigencia –normas morales- o ideología desde la que crear un confortable nido en el que buscar seguridad.

Hay que añadir, no obstante, que la oración también puede convertirse en mero cumplimiento, penosa obligación o agradable soliloquio. Pero no trataremos de ello en este artículo.

Tampoco hablaremos de lo que Jesús dijo sobre la oración. Nos limitaremos a observar lo que él hizo. Lo que aquí propongo es que nos adentremos en los evangelios para observar a Jesús y poner en valor las muchas veces que nos lo encontramos rezando.

1. La sabiduría y la fortaleza como frutos de la oración

Jesús de 12 años en el templo. Cuadro de Salvador García BardónHay dos episodios que muestran la profunda vida de oración de Jesús. El primero de ellos es cuando, siendo aún un niño, se queda en el templo discutiendo con los maestros y la respuesta que le da a su madre cuando ésta le riñe (cf. Lc 2,41-50). No solamente por la respuesta de Jesús: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49), sino por la sabiduría con la que, con tan solo 12 años, tenía maravillados a los maestros de la Ley. Las cosas de Dios se pueden conocer de segunda mano –así ocurre con quien ha estudiado mucha teología- o de primera mano –como ocurre con las personas de oración-.

Tentaciones de Jesús. Cuadro de Carl Heinrich BlochEl segundo episodio es el de las Tentaciones (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12s; Lc 4,1-13). Ahí tampoco vemos a Jesús orando, pero se nos dice que “el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto” (Lc 4,1-2). Ése dejarse llevar por el Espíritu es por sí sólo un testimonio de que Jesús pasó esos cuarenta días en oración y otra prueba de ello es que resistió a las tentaciones que, si las leemos detenidamente, son las tentaciones en las que la Iglesia cae muy a menudo: 1) utilizar la religión en beneficio propio; 2) buscar el poder traicionando a Dios; 3) buscar notoriedad con el pretexto de buscar la gloria de Dios. Si nosotros no vencemos a la tentación a lo mejor es porque no oramos o no lo hacemos de verdad, aunque pasemos horas creyendo hacerlo.

Como decíamos, estos dos textos no nos muestran –no explícitamente- a Jesús orando, pero no podíamos dejar de mencionarlos porque en ellos aparecen de forma muy clara los frutos por los que se puede reconocer a la persona de oración.

2. La oración frecuente de Jesús, especialmente en los momentos clave de su vida

a) La oración de Jesús en el momento que marca el comienzo de su vida pública

Bautismo de Jesús, Cuadro que se encuentra en la Cartuja de GranadaDel bautismo de Jesús por parte de Juan el Bautista tenemos la versión de los cuatro evangelistas, pero solamente S. Lucas se refiere a la oración de Jesús. Dice así: «Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos (…)» (Lc 3,21). La revelación que tendrá lugar entonces se sitúa de este modo, no como un hecho sobrevenido, sino en el contexto de la oración.

b) La oración de Jesús en el momento de la elección de los Apóstoles

De la elección de los doce discípulos o apóstoles tenemos la versión más distendida del cuarto evangelista y las versiones más resumidas de los Sinópticos. Entre éstos, Mateo va directamente al grano sin darnos idea del contexto (Mt 10,1ss); Marcos comienza diciendo que Jesús “subió al monte” (Mc 3,13). Es importante señalar que, cuando los evangelistas nos dicen que Jesús subió al monte, están dando a entender que iba a orar. S. Lucas es mucho más explícito: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que nombró apóstoles (…)» (Lc 6,12-13). Antes de tomar una decisión que sería sin duda decisiva, Jesús sube al monte y lo hace para pasar toda la noche orando.

c) La oración de Jesús en el momento en que prepara a sus más íntimos para lo que iba a venir

La transfiguración. Cuadro de Rafael Sanzio (1520).Del relato de la Transfiguración tenemos la versión de los tres Sinópticos, pero es nuevamente S. Lucas quien alude explícitamente a la oración diciendo: «(…) tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba (…)» (Lc 9,28-29). Mateo y Marcos no mencionan expresamente la finalidad de esta subida, ni la circunstancia de que Jesús estuviera orando en el momento de su transfiguración, pero hablan de la subida de Jesús a un monte alto con estos tres discípulos (Mt 17,1 ; Mc 9,2). Como hemos dicho hace un momento, la propia expresión “subir al monte” ya está situándonos en un contexto de oración. En este caso, además, tanto Mateo como Marcos dicen que se fueron “aparte” y Marcos incluso recalca “ellos solos”. La subida al monte y la búsqueda de soledad están en los evangelios situando a Jesús en oración.

d) La oración de Jesús en la confesión de Pedro

Cristo le entrega las llaves a san Pedro. Cuadro de Pietro PeruginoLos tres Sinópticos dan testimonio unánime de cómo Jesús pregunta a sus discípulos por lo que la gente dice de él, para a continuación dar un paso más y arrancarles la confesión de fe que sale de la boca de Pedro (cf. Mt,16,13ss; Mc 8,27; Lc 9,18ss). Pero es nuevamente S. Lucas quien habla explícitamente de la oración de Jesús: «Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó (…)» (Lc 9,18). Es muy curioso que nos diga que Jesús estaba orando solo, para decir a continuación que lo acompañaban sus discípulos.

No es la primera ni la última vez que vemos cómo Jesús se va a orar y sus discípulos le acompañan en el paseo, aunque no en la oración. Sin embargo, al menos de momento, Jesús guarda silencio. No manda ni recrimina. Pero tampoco se esconde. Calla y otorga. Semilla que tardará en fructificar, pero no quedará baldía.

e) La oración en muchas otras ocasiones

Estando en Cafarnaún, «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35). Estaba muy oscuro, es decir, era todavía de noche. Jesús sale y busca intimidad para orar.

Parque natural de la Sierra de GuadarramaEn otra ocasión, Jesús manda a sus discípulos subir a la barca mientras él se queda en tierra para despedir a la gente. «Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar» (Mc 6,45). Mateo subraya el hecho de que Jesús estaba solo, habla no sólo del monte, sino también de la subida y menciona una vez más la noche: «Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo» (Mt 14,23). Jesús busca la soledad, no por casualidad lo hace en el monte, y se pone una vez más en las manos de Dios.

Mucho más genérico es el texto de Lucas que dice así: «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración» (Lc 5,16). Genérico en el sentido de que no nos indica lugar y genérico en el sentido de general. Jesús solía, era su costumbre, lo hacía con frecuencia. Se retiraba y se entregaba a la oración. Se entregaba. No se limitaba a pasar un tiempo, sino que se entregaba. Con toda su alma, con todo su ser.

f) La oración de Jesús en el momento decisivo

La oración en el huerto de los olivos nos la narran los tres Sinópticos (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46), mientras que Juan se limita a hacer una breve alusión (cf. Jn 18,1-2).

La oración del huerto. Cuadro de Luis de MoralesLo primero que hay que señalar es que tanto Lucas como Juan nos dicen que aquél era un lugar al que Jesús solía ir con sus discípulos. Juan dice que «Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos» (Jn 18,2). No nos indica en qué consistían dichas reuniones. Lucas, en cambio, dice que: «Salió y se encaminó, como de costumbre» (Lc 22,39). Ahí ya nos da pie para pensar que esa costumbre no se limitaba al lugar, sino también a la actividad. Mateo -en otro contexto- nos sitúa allí a Jesús sentado, cuando se le acercan los discípulos «en privado» a preguntarle por el fin de los tiempos (cf. Mt 24,3ss). Que los discípulos se acerquen a Jesús en privado, indica que Jesús estaba sólo. Seguramente orando, aunque no se dice. La pregunta de los discípulos da lugar a un momento de intensa enseñanza.

En lo que viene a continuación, tenemos dos versiones algo diferentes.

Versión de Mateo y Marcos

Según Mateo y Marcos, Jesús hace tres paradas. En la primera deja a la mayoría de los discípulos y se limita a decir que le esperen mientras él ora. A partir de ahí le acompañan únicamente Pedro, Santiago y Juan a los que dejará en la segunda parada, no sin antes decirles: «quedaos aquí y velad [conmigo]». Jesús se aleja aún un poco. A los primeros les pide únicamente que le esperen, es solamente a sus íntimos a quienes pide que velen, es decir, que oren también mientras le esperan.

Versión de Lucas

Según S. Lucas, Jesús hace únicamente dos paradas. En la primera deja a todos los discípulos al tiempo que les manda: «orad, para no caer en tentación» (Lc 22,40).

Notemos que Pedro, Santiago y Juan son los mismos que le acompañaron en la Transfiguración. En todo caso, Jesús les manda orar (Lucas) o velar (Mateo y Marcos), que viene a ser lo mismo.

Jesús pasa un rato en oración y los tres evangelistas nos dicen que, al volver, Jesús encuentra a sus discípulos dormidos. En el caso de Mateo y Marcos la escena se repite tres veces y en todos los casos la reacción de Jesús es de un cierto reproche y, sobre todo, insistir en la necesidad de orar –o velar- para no caer en tentación (cf. Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,40).

Importante señalar la relación causa-efecto que Jesús establece entre la oración y el no caer en tentación. La oración es el antídoto –el único- contra la tentación, porque la oración –la verdadera oración- es la que permite que Dios actúe por medio nuestro. Sin oración quedamos abandonados a nuestras propias fuerzas.

3. El contenido de la oración de Jesús

Hasta aquí nos hemos limitado a observar a Jesús en la distancia y le hemos visto rezando. No sólo en momentos puntuales, sino como tónica de su vida. Hasta ahora le hemos visto, apliquemos ahora el oído.

a) Una oración en medio de la gente

Jesús comienza dirigiéndose al Padre, para añadir sin solución de continuidad unas palabras de consuelo a la gente que le escucha. La oración dice así: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26; cf. Lc 10,21).

Comienza dando gracias a Dios. Eso lo primero. Después reconoce el poder de Dios, es decir, le reconoce como Dios. Después viene el contenido del agradecimiento que, en este caso, es el hecho cierto de que al conocimiento de Dios nadie accede por méritos propios, sino que es gracia que Dios da a quien quiere, que suele ser a quien se deja (y esto también es gracia). Finalmente viene una frase que recuerda al texto de la Creación: «así te ha parecido bien». Todo está en las manos de Dios, todo es creación de Dios y Dios todo lo hace bien.

b) Otra oración en público

La resurrección de Lázaro. Cuadro de José Casado del AlisalAntes de resucitar a Lázaro, Jesús dirige al Padre la oración siguiente: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11,41-42).

Jesús comienza de nuevo dando gracias a Dios. Ya van dos veces que Jesús comienza su oración dando gracias y el testimonio viene de dos evangelistas distintos. En la situación anterior, Jesús daba gracias por un hecho constatado. Ahora da las gracias por haber sido escuchado y da las gracias antes de que los presentes tengan constancia de tal circunstancia. Una muestra de absoluta confianza en que Dios no le iba a dejar mal.

c) La oración en el huerto

Ya hemos visto que la escena varía un poco entre los tres Sinópticos, sin embargo coinciden casi literalmente en el contenido de las palabras de Jesús: «¡Abba! Padre: tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,36; cf. Mt 26,39.42; Lc 22,42). Abba, expresión de confianza y familiaridad. Jesús sabe que Dios lo puede todo y pide que le libre del sufrimiento que le espera. Sabe que Dios no va a hacer lo que Jesús quiere y aún así lo pide. La obediencia de Jesús pasa por la súplica no para pedir fuerza para acatar, sino pidiendo una solución que no pase por la cruz. Y la oración termina con Jesús rendido a la voluntad de Dios: que sea «como tú quieres».

Como vemos en los salmos de petición, la oración no siempre transforma la realidad, pero sí que transforma al orante.

d) Jesús ora en la cruz

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Cristo crucificado. Cuadro de VelázquezDe las palabras que Jesús pronuncia en la cruz, tres van dirigidas a Dios. Los dos primeros evangelistas nos presentan la primera de ellas: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (Mc 15,34; Mt 27,46). Se trata de una cita literal de Sal 22,2 que sin duda alguna Jesús –como otros muchos judíos- habría rezado en numerosas ocasiones y se sabría de memoria. El salmo termina con un canto de esperanza con alusiones inconfundibles al futuro Reino de Dios. Que esto resonaría en el corazón de Jesús, no hay como negarlo. Pero eso no quita para que el grito de Jesús saliera del fondo de su ser como un clamor. Es posible que Jesús, llegado al límite de su humanidad, se sintiera abandonado por Dios. Digo que es posible, no que sucediera de ese modo.

Breve reflexión a propósito de estas palabras de Jesús

Dar por hecho que Jesús se sintió abandonado por Dios es sin duda una insolencia escandalosa. No así el considerarlo como posibilidad, siquiera remota. Hay que decir que un sentimiento de abandono es perfectamente compatible con el convencimiento de que Dios tiene siempre la última palabra.

Por otra parte, negar que fuera así, puede que provenga de un prejuicio docetista. Si Jesús tenía en la mente el salmo entero -y de eso no cabe la menor duda- entonces no hay razón para pensar que hizo suyos los últimos versículos, pero no los primeros.

Que Jesús pudiera sentirse -que no pensarse- abandonado por Dios no quita nada a la divinidad de Jesús y puede que dé cabal muestra de hasta qué punto Jesús se hizo en todo semejante a sus hermanos. Dios no pugna con la creación, sino que la interpenetra haciéndola más vigorosa. En Jesús, la divinidad no eclipsa a la humanidad, sino que la lleva a plenitud. Y sabido es que las personas, cuanto más espirituales, más conscientes y más sensibles son ante el sufrimiento moral. En todo caso, lo único seguro es que no estamos a la altura de imaginar siquiera cuál fue la experiencia espiritual de Jesús en ese momento.

En S. Lucas encontramos las otras dos oraciones:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús va más allá del perdón o incluso del olvido. Quien olvida, pasa página. Jesús no olvida, sino que intercede ante Dios en favor de sus asesinos.

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). La oración es entrega de la vida y del espíritu. Eso era lo que Jesús llevaba haciendo toda su vida. Esta vez lo hace de manera final y definitiva.

d) La conocida como oración sacerdotal

Cristo resucitado. Cuadro de NovelliEn ella (cf. Jn 17), Jesús pide insistentemente ser glorificado lo que, en vísperas de su Pasión, no puede significar sino una cosa: Jesús pide al Padre que le resucite para que él, a su vez, pueda glorificar al Padre dando la vida eterna a los suyos. Pide la resurrección para resucitar a los suyos, pide la vida para volver a darla. Y continúa pidiendo por los suyos, por aquéllos que el Padre le ha dado y que son suyos (del Padre).

Jesús es responsable de aquéllos que el Padre le entregó y, al dejar este mundo, los pone nuevamente en las manos del Padre para que el Padre cuide de ellos. No sólo de los seguidores de Jesús en ese momento, sino de los que vendrán después. Y ese cuidado se limita a una sola cosa: incorporarlos a la unidad que existe entre Jesús y el Padre. Esa es la vida eterna (cf. Jn 17,3) que se recibe aún en vida (cf. Jn 17,15).

Y esto es lo mismo que la oración. Se trata de esa unión continua que necesita alimentarse de momentos especiales de intimidad. Si Jesús necesitaba pasar noches enteras en oración, ¿qué no necesitaremos nosotros?

Importancia de la oración en la vida del cristiano. Dibujo de niño rezando de rodillas en su cama