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sed-misericordiosos-como-vuestro-padre-es-misericordioso

Charla pronunciada el día 16 de julio de 2016 en el Monasterio de la Sagrada Familia. Carmelitas descalzas de La Granja de san Ildefonso (Segovia)

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Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso pdf

A modo de introducción diré que me resulta muy difícil hablar de la misericordia y ello es por dos motivos.

El primero, porque la misericordia forma parte de la experiencia profunda del cristiano y de las experiencias espirituales no es fácil hablar cuando son verdaderas.

El segundo motivo por el que no me ha resultado nada fácil preparar esta charla es precisamente porque estamos en el Jubileo de la misericordia. ¡Como si ahora tocase celebrar la misericordia de Dios y en otra oportunidad tocase otra cosa! ¡Como si la misericordia de Dios no fuera el centro de la vida del cristiano todos los días de todos los años!

Al hablar de la misericordia corremos el riesgo de quedarnos superficialmente en dos aspectos. De una parte el perdón de los pecados y, por consiguiente, en el Sacramento de la Reconciliación y, de otra parte, las obras de misericordia.

Pero esto no expresa suficientemente lo que realmente significa la misericordia de Dios. Por eso me voy a limitar casi exclusivamente a dejar hablar a los textos bíblicos. Dejar que Dios nos diga quién es y qué quiere de nosotros.

Comenzaré por el Antiguo Testamento porque, contra lo que algunos piensan, Dios se muestra ya en él como padre lleno de ternura.

I. LA MISERICORDIA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

 Para describir la misericordia de Dios, el Antiguo Testamento utiliza sobre todo dos términos.

1. Las entrañas de Dios

El primero de dichos términos es “rohamim” (רחמים), hace referencia a las entrañas y expresa el apego instintivo de un ser a otro.

El juicio de Salomón. Cuadro de Raffaello SanzioTodos ustedes recordarán la astucia del rey Salomón al dirimir la cuestión entre dos mujeres que acababan de dar a luz y ambas afirmaban ser la madre del niño vivo. El rey dijo: «Partid en dos al niño vivo y dad una mitad a una y otra a la otra». Salomón descubrió a la auténtica madre en la mujer que, para salvar a su hijo, prefirió que fuera entregado a la otra mujer y el texto dice expresamente: “porque sus entrañas se conmovieron por su hijo” (1 Re 3,26).

Éste término que se utiliza para referirse a las entrañas de una madre es el mismo que encontramos referido a Dios, por ejemplo en Jer 31,20 cuando dice:

“¿Es un hijo tan caro para mí Efraím, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme - oráculo de Yahveh -.”

En el Antiguo Testamento es frecuente que se atribuyan “sentimientos” a Dios. Dios se conmueve, siente ternura, siente también ira y tiene “entrañas de misericordia”. Dios ama a su pueblo de una forma apasionada. Dios vive con intensidad su relación con el pueblo de Israel.

2. La fidelidad de Dios

El segundo término para expresar la misericordia de Dios es el término hebreo “hesed” (חסד) que las versiones castellanas traducen indistintamente por misericordia o por amor. Así, por ejemplo, el primer versículo del salmo 107 unas versiones de la Biblia lo traducen así:

“Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor”.

Y otras de esta otra forma:

“Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Y es que, aunque los términos amor y misericordia no son sinónimos, lo cierto es que no hay amor sin misericordia, ni misericordia sin amor. Salvo en el caso de nuestro amor a Dios, porque Dios no carece de nada. No así el amor de Dios hacia nosotros.

El término hesed lleva consigo la idea de fidelidad. No se trata ya de un afecto instintivo, sino que tiene unas connotaciones de voluntariedad moral. La misericordia de Dios hacia su pueblo no es un sentimiento momentáneo, sino un compromiso en fidelidad.

En el A.T., la misericordia de Dios es la respuesta del Amor de Dios ante las miserias de su pueblo. Así, por ejemplo, en el libro de los Jueces leemos:

“(…) porque Yahweh era movido a misericordia por sus gemidos [los gemidos de su pueblo] a causa de los que los oprimían y afligían” (Jue 2,18)

Ésta es la razón por la cual los hombres piadosos tienen la convicción inquebrantable de que no serán abandonados por Dios en sus desgracias. De este modo la misericordia y la fe en la providencia divina no son sino las dos caras de una misma moneda.

No es de extrañar la importancia que en la memoria colectiva de Israel tiene el Éxodo. El pueblo de Israel experimenta la misericordia de Dios en su historia y por eso puede estar seguro de que su vida está en las manos de Dios. Recíprocamente, es solamente desde la fe desde donde el pueblo de Israel puede leer adecuadamente los acontecimientos de la historia para descubrir en ellos la misericordia de Dios.

Moisés con las tablas de la ley. Cuadro de RembrandtMás adelante esta misericordia vendrá explicada por la fidelidad de Dios a la Alianza con “su” pueblo. Se establece de esta manera una relación de sangre. Israel pasa así a ser “linaje” de Dios.

Esta ternura de Dios se manifestará de forma especial cuando Israel peque contra Dios rompiendo de este modo unilateralmente la Alianza.

Y es importante señalar que en el mismo texto en el que se habla de la misericordia de Dios se habla también de castigo.

Después del relato en el que el pueblo de Israel traiciona a Yahweh y su Alianza (tablas de la Ley) construyéndose un becerro de oro, Moisés vuelve al Sinaí con unas nuevas tablas y dirigiéndose a Dios con estas palabras:

 «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.» (Exodo 34,6-7)

Es importante subrayar que en el mismo texto se habla de misericordia, de amor y de perdón, pero no de impunidad: “perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes”. El texto no menciona la justicia. No se trata de una contraposición entre justicia y misericordia. En el A.T. el castigo al pecado es visto como la pedagogía de Dios con su pueblo. Y la pedagogía es fruto del amor.

Ver el castigo divino como una especie de venganza sería tener una imagen muy pobre de Dios. Éste no es, desde luego, el espíritu de la Biblia. A Dios le duele el pecado de su pueblo y le duele también el castigo. El castigo no está ni mucho menos reñido con el amor. Frecuentemente sucede lo contrario. Quienes tenéis hijos sabéis que educar no es decir a todo que sí y que lo fácil es hacer la vista gorda.

Vemos así que, al menos en el Antiguo Testamento, la misericordia nada tiene que ver con la manga ancha o la indiferencia.

Por otro lado, vemos que a Dios le duele castigar a su pueblo y que se llena de conmiseración en cuanto el pueblo clama a Él desde el fondo de su miseria.

Así, por ejemplo, el libro de Oseas nos muestra a Dios estremecido por el castigo que no le queda otro remedio que infligir a su pueblo:

«¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel? ¿Voy a dejarte como a Admá, y hacerte semejante a Seboyim? Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira.» (Oseas 11,8-9)

Contra lo que algunos piensan, el A.T. no nos muestra –ni mucho menos- un Dios lejano. Todo lo contrario. En el A.T. se nos presenta a Dios con características radicalmente humanas. “Mi corazón está en mí trastornado”. Dios sufre con el sufrimiento de su pueblo, diríase que el castigo le duele a Dios más que al pueblo.

Dios «no guarda rencor eterno» (Jer 3,12s.), pero quiere que el pecador reconozca su malicia; lo que Dios quiere es la conversión del pecador:

«Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahveh, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar. » (Isaías 55,7)

Todos sabemos lo difícil que es reconocer que estamos obrando mal cuando las cosas nos van bien. Todos sabemos que son generalmente los fracasos los que nos hacen madurar. Por eso sería necedad pensar que la misericordia de Dios nos exime de asumir las consecuencias de nuestros actos.

La misericordia de Dios no conoce más límite que el endurecimiento del pecador:

«No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Massá en el desierto, donde me pusieron a prueba vuestros padres, me tentaron aunque habían visto mis obras.

«Cuarenta años me asqueó aquella generación, y dije: Pueblo son de corazón torcido, que mis caminos no conocen. Y por eso en mi cólera juré: ¡No han de entrar en mi reposo!» (Sal 95,8-11)

En todo caso, la misericordia de Dios está siempre abierta al pecador:

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. Porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro.» (Sal 103,8-9.13-14).

Todo el Antiguo Testamento y, de forma especial, los salmos y los escritos proféticos nos muestran a Dios como padre entrañable y misericordioso. Aunque en ocasiones pueda parecernos severo, no olvidemos que una cosa es “amar” y otra muy diferente “consentir”.

II. LA MISERICORDIA DE DIOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Después de ver cómo el Antiguo Testamento nos muestra un Dios amoroso y paternal, debemos preguntarnos en qué consiste la novedad radical del Nuevo Testamento.

Antes de nada hay que decir que la Revelación es progresiva y que no es posible una recta interpretación del Nuevo Testamento haciendo tabla rasa del Antiguo Testamento[1]. Cristo no ha venido para abolir la Ley y los Profetas, sino a dar cumplimiento (cf. Mateo 5,17). Cristo es culmen y plenitud de la Revelación, novedad radical, pero no a nuestro modo, sino al modo de Dios. Dios no necesita destruir para hacer nuevas todas las cosas.

1. La novedad del Nuevo Testamento

a) La misericordia alcanza a todos los hombres

Un mundo pequeñito en las manos de una personaLo primero que hay que decir es que lo nuevo no es la misericordia, sino el ofrecimiento de esta misericordia a todos los hombres. El pueblo de Israel tuvo el privilegio de descubrir a Dios como padre amoroso cuyas entrañas se conmueven ante el sufrimiento de su pueblo. Pero tendría que llegar el Nuevo Testamento para revelar que Dios no es propiedad de un pueblo, que el linaje de Dios no viene por el nacimiento o la herencia, sino por la Gracia de Dios y es invitación universal.

Es san Pablo quien expresa con mayor claridad de qué forma se muestra en Cristo la plenitud de la misericordia divina.

Porque los judíos creían que podían alcanzar la justicia por medio de la Ley, es decir, por medio del cumplimiento de la Ley. Ocurre, sin embargo, que la Ley había llegado a ser tan compleja que era prácticamente imposible no ya practicarla, sino incluso conocerla en todos sus detalles.

Dice así san Pablo:

«En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.» (Rom 11,30-32).

Es decir que, habiendo el pueblo judío rechazado a Jesús, el Evangelio es predicado a los gentiles –es decir, nosotros- y así recibieron la salvación aquellos que no tenían mérito alguno y, al revelarse los judíos contra la misericordia de Dios, del mismo modo que hizo el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, han dejado de ser justos y, por consiguiente, ahora todos necesitan de la misericordia.

Para quien piense que este texto es un tanto difícil de entender, digamos que san Pablo era consciente de ello y por eso el texto continúa así:

«¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa? (Rom 11,33-34)

b) Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

Crucifijo en el que vemos al Padre crucificado con el Hijo y el Espíritu Santo en forma de paloma posado sobre la cabeza del PadreEsta invitación universal nos ha sido ganada por el mismo Dios hecho hombre en Jesucristo. En orden al tema que nos ocupa, que no es otro que descubrir el designio amoroso de Dios para con nosotros, eso significa que Dios ya no se vale de intermediarios para comunicarse con los hombres. Jesús no es un profeta, Jesús es el mismo Dios y, por consiguiente, es en las palabras y en las obras de Jesús donde nosotros podemos conocer cómo es Dios.

Como leemos en la carta a los Hebreos:

«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos» (Heb 1,1-2)

O, como leemos en el Evangelio según san Juan:

“quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).

Veamos, pues, cuál es la imagen de Jesús que nos muestra el Nuevo Testamento.

2. La obra de la Redención

A alguno le parecerá quizás extraño que empecemos por lo que podría parecer el final. Sucede, sin embargo que, al hablar de Jesús, el final no es el punto donde todo termina, sino a donde todo se dirige. Y esta finalidad no es otra que la obra de la Redención. Ése es el contexto de todo lo que digamos a continuación.

Veamos, entonces, lo que nos dice la carta a los Hebreos:

«Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. » (Hebreos 2,10)Cuadro de Velazquez que representa a Cristo crucificado

A la hora de hablar de la misericordia de Dios no podemos perder de vista la cruz. Cuando se olvida lo caros que le costaron a Jesús nuestros pecados, corremos el riesgo de no tomarnos en serio nuestra fe cristiana.

Lo hemos proclamado tantas veces que corremos el peligro de que nuestras palabras sean vacías cuando decimos que Cristo murió por nuestros pecados. Si nos tomásemos en serio la Redención, lloraríamos por nuestros pecados igual que la pecadora de la que habla san Lucas (Lc 7,36-50).

Jesús quiso «hacerse en todo semejante a sus hermanos», a fin de experimentar la miseria misma de los que venía a salvar.

Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.» (Hebreos 2,17-18)

No hay mayor prueba de la misericordia divina que el hecho de la Encarnación. Hacerse uno de nosotros es el acto supremo de la misericordia que ilumina todo el hacer de Jesús durante su vida mortal.

3. El comienzo de la predicación: el anuncio de la Buena Nueva

En el Evangelio según san Marcos, la predicación de Jesús comienza con las palabras siguientes:

«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.»

En el Nuevo Testamento no se dice qué es el Reino de Dios y, debido a que los evangelios utilizan indistintamente los términos Reino de Dios y Reino de los cielos, muchos cristianos lo identifican sin más con el cielo. Sin embargo, identificar el Reino de Dios con el cielo equivale a “puentear” ilegítimamente el sufrimiento de tantos semejantes nuestros a los que nosotros estamos llamados a ayudar.

Por otra parte, hay que decir que, para los oyentes de Jesús, el término no era desconocido. Decirles a los judíos “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” era lo mismo que decirles: “yo soy el Mesías, convertíos y creed en mí”.

Este Reino de Dios ya estaba anunciado en el Antiguo Testamento, hacía referencia al Mesías y consistía en un reino de paz:

«Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos.

León reposando junto a un cordero en una pradera. Representa la paz que traerá consigo la venida del Reino de Dios, según anuncia el profeta Isaías: "El león pacerá con el cordero"Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar.» (Isaías 11,1-9)

Jesé era el padre de David, por eso decir: “saldrá un vástago del tronco de Jesé” es lo mismo que decir que surgirá “un nuevo David”. La alusión a la justicia para los débiles y para los pobres no es casual. El Reino de Dios prometido al pueblo judío es un Reino en el que los poderosos no abusarán de los débiles. Nadie temerá, porque todos se respetarán. Tiene un fuerte simbolismo que se diga que tanto el león como los bueyes comerán paja. Es decir, no se comerán unos a otros. Y eso sucederá porque “la tierra estará llena de conocimiento de Yahweh.

Podemos ver cómo los evangelistas san Mateo y san Lucas, que son mucho más explícitos que san Marcos, van en esta línea cuando examinan el significado de la Buena Nueva.

Así, en el evangelio según san Lucas, la predicación de Jesús comienza en la Sinagoga cuando Jesús es invitado a leer y comentar un texto del profeta Isaías:

Torah. Fotografía con los rollos de la Ley (tal como en los antiguos judíos leían el Antiguo Testamento)Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él.

Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy(Lucas 4,17-21).

Jakarta. Vida en los suburbios. Fotografía de niños en una chabola. Jesús es el cumplimiento de las promesas. Y esas promesas son una buena noticia para todos aquellos que se encuentran en una situación de marginación o de opresión: los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. Hoy en día podríamos traducirlo así: “yo he venido a dar trabajo a los parados, a dar casa a los desahuciados, a acoger a los refugiados…”.

Una descripción semejante volvemos a encontrarla poco después. Cuando Juan (el Bautista) manda a sus discípulos para que le pregunten a Jesús si es el Mesías, Jesús les responde:

Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lucas 7,22-23).

Las palabras de Jesús tuvieron que caer como una losa sobre sus oyentes. Dichoso aquél que no halle escándalo en mí. Jesús no se dirige a la gente respetada de Israel, sino a aquéllos que buscan misericordia. Y la respuesta de Jesús es, en primer lugar, aliviar su sufrimiento aquí en la tierra.

4. La compasión de Jesús

Los evangelios sinópticos (especialmente Mateo y Lucas) están llenos de textos en los que Jesús va compadeciéndose de las situaciones dramáticas de las gentes con las que se iba encontrando.

Jesús siente compasión de la gente:

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. (Mateo 9,35-36)

Y, en particular, por cada una de las situaciones que se encuentra a su paso. En especial por aquellas en las que alguien se encuentra en una situación de mayor precariedad, como podía ser en Israel la de una viuda sin hijos:

Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad.

Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores.»

Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate.» (Lucas 7,11-14)

Cuadro que representa una curaciónPara el tema que nos ocupa, no interesa el aspecto milagroso de los actos de Jesús, sino ese tener compasión del sufrimiento ajeno. Jesús ejemplariza el comportamiento del buen samaritano y eso tiene una gran importancia desde el punto de vista del seguimiento. Milagro no es la ruptura de las leyes de la naturaleza, mucho más milagroso es con frecuencia que las personas se apiaden unas de otras.

Jesús muestra su piedad para con todos y, por eso, no es de extrañar que muchos se dirijan a él clamando: ¡Señor, ten piedad!

  • Una mujer cananea:

En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» (Mt 15,22)

  • El padre de un epiléptico:

Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.» (Mateo 17,14-16)

  • Dos ciegos:

En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al enterarse que Jesús pasaba, se pusieron a gritar: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!» La gente les increpó para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David(Mateo 20,30-31)

5. No he venido a llamar a justos sino a pecadores

Pero Jesús no muestra su cercanía únicamente hacia el sufrimiento físico. Jesús tiende su mano también a los pecadores.

Cuando a Jesús le recriminan los fariseos por ser amigo de publicanos y pecadores, Jesús responde: “no he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores”.

Jesús con la samaritanaLos fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores(Lucas 5,30-32)

Dios Padre ha enviado a su Hijo para salvar a los seres humanos de su miseria y no hay mayor miseria que el pecado y la muerte. Las parábolas de la oveja perdida (Lc 15,4-7) de la dracma perdida (Lc 15,8-10) o del hijo pródigo (Lc 15,11-31) muestran la alegría de Dios por la conversión de un pecador:

Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. (Lc 15,7)

Esto nos puede dejar a nosotros tan perplejos, o incluso tan molestos, como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. ¿Qué pasa entonces con aquellas personas que llevan muchos años intentando ser fieles a Dios? La respuesta nos la da la misma parábola:

«Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; (Lc 15,31).

En este punto conviene advertir que no es que Dios no haya venido a buscar a los justos, sino que no ha venido a salvar a aquellos que se consideran a sí mismos justos. Que no es lo mismo. Porque el reconocimiento de la propia miseria es condición imprescindible para obtener misericordia.

Como leemos en la primera carta de san Juan:

Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros. (1 Jn 1,8-10)

Todos somos pecadores y quien se considere justo se está mintiendo a sí mismo. Basta con echar una mirada en rededor. Si vemos con tanta facilidad las faltas de los demás, cabe suponer que los demás se ven continuamente obligados a sufrir las nuestras, incluso aquellas de las que no nos damos cuenta.

Dibujo de una mano apuntando. Al dibujo acompañan las palabras siguientes: "¡¡Cuando apuntas con el dedo, recuerda que tres dedos te señalan a ti!!"«¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.» (Lucas 6,41-42)

Es bastante frecuente en personas piadosas que andan preocupadas con minucias propias y ajenas, al tiempo que pueden estar pasando por alto cosas mucho peores. Eso sucede porque las personas solemos marcarnos unos ideales, de tal manera que cualquier desajuste en esas metas que nos hemos marcado hace que nos sintamos mal. Y esto es perfectamente compatible con una tremenda falta de empatía para con los demás. Podemos estar pendientes de “nuestras faltas” al tiempo que estamos siendo un auténtico “purgatorio” para aquellos que conviven con nosotros. Por eso es importante pedir perdón, no ya por aquellas faltas que nos mortifican, sino también por todo aquello que hacemos sin darnos cuenta, pidiendo a Dios que cure nuestra ceguera.

Más aún, aun suponiendo que alguien cumpla siempre escrupulosamente con todas sus obligaciones y sea extremadamente cuidadoso en el respeto a los demás, está el pecado de omisión, donde no existe límite en el bien obrar. Siempre está el egoísmo, siempre está la falta de compromiso, el hacernos los distraídos para no pringar o para ser políticamente correctos, para que no nos miren mal…

¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas. (Lucas 6,26).

Todos, pues, debemos reconocernos pecadores a fin de participar todos en la misericordia (Rom 11,32).

6. El seguimiento de Cristo

Esta misericordia que Dios ha usado con nosotros y esta misericordia que Jesús usó en los días de su vida mortal para con todos aquellos que le necesitaban, nos está mostrando el camino de la salvación.

La perfección que Jesús (Mateo 5,48) exige a sus discípulos consiste en el deber de ser misericordiosos “como vuestro Padre es misericordioso”.

«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá (Lucas 6,36-38)

Con la medida que midamos se nos medirá o, como leemos en las Bienaventuranzas según san Mateo:

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»  (Mateo 5,7)

Ésta es condición esencial para entrar en el Reino de los cielos. En ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos otra condición de ser salvados, sino creer en Cristo y tener como Él entrañas de misericordia.

Patera llena de inmigrantesY quiero subrayar que no estoy hablando de cumplir con las “obras de misericordia”. Éstas, de suyo, no son garantía de ser verdaderamente misericordiosos. Porque la verdadera misericordia no nace de la obligación, sino del amor. Quien realiza actos de caridad tratando de contabilizarlos, seguramente será una persona muy religiosa, pero en realidad no ha entendido la novedad del Evangelio.

La misericordia es hacerme –a semejanza del buen Samaritano (Lc 10,30-37)-, prójimo de aquél a quien encuentro en apuros. Hacerse prójimo no es dar una limosna, sino hacerse próximo. No tener miedo de los pobres, ni de los inmigrantes, ni de los refugiados. Acercarnos a quienes seguramente son nuestros vecinos con naturalidad. No ir por la vida con anteojeras, nos permitirá ver lo que sucede en las cunetas de nuestra vida.

Ser misericordiosos es hacer esto con el convencimiento de que no estamos haciendo nada de extraordinario, sino que estamos únicamente haciendo una mínima parte de lo que Dios ha hecho por nosotros. Y lo mismo cabe decir del perdón de las ofensas:

«Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: "Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré."

Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: "Paga lo que debes." Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: "Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré." Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?"Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano (Mateo 18,23-35)

Por extraño que pueda parecernos, en el Juicio final sólo nos examinarán acerca de nuestra misericordia: “porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber…” (Mateo 25,31-46).

En definitiva, que, al final de lo único que nos examinarán será del amor:

«Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?»

Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» (Mateo 22,34-40)

O, en palabras del cuarto evangelista:

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. (Jn 13,34)

En qué consiste este amor nos lo dice el mismo Juan en su primera carta:

Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3,17)

El amor a Dios se prueba en el amor al necesitado. Por sus obras los conoceréis. Por la actitud de nuestro corazón, por nuestra forma de actuar ante las personas que nos rodean, por nuestra forma de reaccionar ante el sufrimiento ajeno. Personal y comunitariamente.

III. PARA CONCLUIR

1. La misericordia de Dios para con nosotros

La misericordia de Dios para con nosotros tiene dos aspectos.

El primero se refiere a nuestras necesidades de todo tipo y ésta forma de misericordia de Dios para con nosotros es lo que solemos llamar la Providencia divina. Dios está continuamente sosteniendo la Creación con su providencia amorosa. De una forma especial, Dios escucha la oración de sus fieles y los socorre.

El segundo aspecto se refiere, como no podía ser de otra forma, al perdón de los pecados y a la promesa de la Vida Eterna.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura;
(Sal 103,3-4)

Ahora bien, hoy en día está bastante extendida la opinión de que esta misericordia de Dios viene a ser algo así como la garantía de aprobado general para toda la humanidad. Ante esto se me ocurren, entre otras, las siguientes preguntas:

  • El perdón de Dios es gratuito, pero ¿cómo puede Dios perdonar a quien no pide perdón?
  • Si Cristo ganó en la Pascua la salvación para todos los hombres sin excepción (crean o no crean, hagan lo que hagan, pidan perdón o no lo pidan), ¿qué necesidad hay entonces de la Iglesia? Más aún, ¿en qué consiste entonces esa salvación? ¿no estaríamos entonces cayendo en una especie de nuevo docetismo como si los años que pasó Jesús entre nosotros fueran del todo irrelevantes?
  • ¿Cómo habría que entender entonces las palabras de Jesús: «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran. (Mt 7,13-14)
  • Finalmente, si los Evangelios son tan claros al decir que la condición de la misericordia es el ser misericordiosos con nuestros hermanos, ¿acaso estamos rechazando la Palabra de Dios para hacernos un Evangelio a la medida, pues según parece Dios es tan misericordioso que en realidad da lo mismo lo que hagamos nos vamos a salvar igual?

2. Nuestra misericordia para con los demás

Como nos dice san Agustín, “en la Iglesia hay dos clases de misericordia[2], y una de esas formas es gratis “y consiste en perdonar a quien te ofendió. Para dar esta limosna tienes el tesoro en tu corazón: en él resuelves el asunto en presencia de Dios”[3]

Respecto a la otra clase de misericordia, es nuevamente S. Agustín quien nos dice:

«La misericordia trae su nombre del dolor por un miserable: la palabra incluye otras dos: (…) miseria y corazón. Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude tu corazón. (…) Por ejemplo: das pan a un hambriento: ofrécele tu misericordia de corazón, no con desprecio; (…) Si amamos a Dios y al prójimo, no hacemos nada de esto sin dolor del corazón(Sermón 358 A, 1).

Dicho de otra forma, la misericordia es expresión del amor. Algunas veces se nos ha dicho que el amor no es un sentimiento, pero esto no es del todo cierto. Es verdad que, como nos dice san Ignacio en sus ejercicios espirituales, el amor hay que ponerlo más en los hechos que en las palabras, pero si el sufrimiento ajeno no nos conmueve, entonces no hemos conocido la misericordia, por muchas limosnas que demos o muchos voluntariados en los que estemos.

Digamos finalmente que no hay nada que una más que la misericordia compartida comunitariamente.

Y aquí no puedo por menos que mencionar siquiera a los refugiados sirios a los que este invierno hemos visto atravesar a pie media Europa y de los que todo el mundo parece haberse olvidado ya a pesar de que el Papa ha estado pidiendo que fueran acogidos por comunidadesed-misericordiosos-como-vuestro-padre-es-misericordioso. Cientos de refugiados caminando por la orilla de una carreteras cristianas.

Ahora bien, acoger comunitariamente no significa buscar –y en su caso presionar- a personas o familias cristianas para que los acojan en sus casas sin darles otra cosa que un poco de adulación. Eso no es acoger comunitariamente, eso es lavarse la mala conciencia con el sacrificio de los demás.

Acoger de forma comunitaria sería pagar a escote el alquiler de una vivienda y ofrecer a esas personas –de forma comunitaria- un apoyo en forma no sólo de comida, sino también de relación personal: no sólo visitarles, sino también invitarles a comer por las casas. Esto no sólo sería fácil para cualquier parroquia, sino que sería una forma magnífica de decir nuevamente a los hombres: “convertíos y creed en la Buena Nueva”.

[1] Algunos cristianos piensan que el Antiguo Testamento muestra un Dios lejano y vengativo, mientras que en el Nuevo Testamento se nos presentaría un Dios cercano y benevolente. Se trata de una herejía antigua.

[2] Sermón 259,4

[3] Ibidem